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Jueves, 19 Febrero 2015 23:22

Capítulo II-10

CÓMO DEBE SER EL ABAD

(RB 2-10) 26.02.12

A la hora de corregir a sus hermanos, San Benito vuelve a mandar al abad que se adapte al temperamento diverso de cada uno. Ahí parece que centra la RB la mayor dificultad de la tarea abacial: Sepa también cuán difícil y arduo es el oficio que aceptó: la dirección de almas y el servicio de temperamentos muy diversos. Por eso a uno tendrá que tratar con halagos, a otro con reprensiones, a otro con persuasiones; y conforme al modo de ser de cada uno y según su grado de inteligencia, deberá amoldarse a todos y lo dispondrá todo de tal manera, que, no sólo no tenga que lamentar ninguna pérdida en la grey que tiene confiada, sino que pueda alegrarse del aumento del buen rebaño.

Una de las cosas más interesantes de la vida comunitaria, pero también de las más difíciles, es la adaptación a los demás y buscar el bien común, dejando de lado los propios intereses. La adaptación exterior no suele resultar muy difícil. El trabajo, la oración litúrgica, la lectura, el estudio o la dinámica de una comunidad, son cosas a las que uno se va adaptando más o menos con cierta facilidad. Pero las relaciones fraternas nos ponen a prueba de forma especial porque tocan nuestro ego, tienden a descubrir lo que somos verdaderamente y a despojarnos de nosotros mismos. Se puede intentar huir refugiándose en las propias ocupaciones o soledad, pero en una vida comunitaria nunca nos podemos esconder del todo. Hay una tendencia natural a mirar las cosas desde uno mismo y hacer de nuestra visión el modelo que los demás debieran seguir, “lo que debe ser”. Y nos quejamos e impacientamos si los demás no se apresuran a cambiar su mirada. Las relaciones fraternas nos ponen a prueba en eso y nos piden un cambio de actitud, acogiendo al otro en su diversidad e incluso en sus manías, sobrellevando pacientemente aún sus debilidades.

Parece que San Benito presume que el abad ha debido hacer ya ese camino. No podemos atribuir a la RB ninguna actitud “relativista”, en el sentido negativo que hoy lo utilizan quienes prefieren postulados más seguros. El abad debe guiar a sus hermanos –“dirigir almas”, nos dice sin complejos la Regla-, pero al mismo tiempo debe “servirlos” de la forma más valiosa, fijándose en la persona, adaptándose a todos y cada uno.

Transmitir una doctrina exige un trabajo previo de estudio y reflexión. Uno mismo debe elaborar sus propias ideas para luego exponerlas. Ciertamente que ése es un trabajo serio, pero queda en el ámbito privado. El tener que guiar a otros desde el respeto a la persona –y no sólo adoctrinarlos- es algo diferente. No basta con dar alimento. El verdadero guía deja que el protagonismo pase de sí mismo al otro. No se trata de demostrar que se lleva razón, sino de ayudar al otro a que haga el camino. Es un trabajo interesante y fatigoso, pero al mismo tiempo sumamente rico, que acepta lo diferente, la pluralidad existente entre los hermanos, procurando no imponer el estilo personal, sino más bien adaptándose a la manera de ser de cada uno. Pero con harta frecuencia vemos que es precisamente la forma de ser diferente de cada uno lo que nos cierra a una relación más profunda, pues es más sencillo relacionarnos siempre con aquellos más afines a nosotros.

Esa misma diversidad al afrontar la realidad la encontramos en el seno de la Iglesia y en la sociedad, donde fácilmente se toma partido, parapetándose unos y otros tras unas consignas gregarias poco críticas. El grito vale más que el pensamiento. Metido en un partido, no se ve forma de aceptar al contrario ni a sus ideas. Se desfigura el pensamiento ajeno y se ridiculiza al diferente y sus propuestas, dejándose llevar más por la sensibilidad o la moda del momento presente para estar en el grupo mayoritario, sin analizar las consecuencias futuras de ciertas opciones que hoy pueden ser bien vistas.

En medio de todo esto cabría preguntarse: ¿qué pueden aportar los monjes? Quizá nuestra aportación debe ir más allá de tomar partido por una u otra sensibilidad. El monje debiera ofrecer una propuesta que se fije en la realidad más profunda en la que todos nos podemos encontrar. Con harta frecuencia vemos que la relación entre dos personas se hace imposible por supuestas verdades que se defienden o porque se está afiliado a distinto partido político o equipo de fútbol. Pues bien, puesto que ya hay muchos que se dedican a defender los diversos partidos, colores o camisetas, nosotros podemos ofrecer un camino de interiorización personal y comunitario que es capaz de acoger a todos -fijándonos en las personas, no en sus ideas-, si bien previamente lo hemos de hacer en el seno de la propia comunidad.

“Dirigir almas” exige para San Benito salir de uno mismo, por eso lo define como “servir” (servicio de temperamentos muy diversos). En todo aprendizaje hay varios momentos. En primer lugar, cuando estudiamos, lo hacemos para adquirir conocimientos, para nuestro propio enriquecimiento personal. Al comenzar a dar clase a otros se sigue manteniendo una fuerte carga narcisista, pues la preocupación principal se centra en comprender bien lo que hay que explicar y en hacerlo lo suficientemente ameno como para que los demás lo acojan positivamente y, si es posible, alaben mi trabajo. Sólo los maestros experimentados se preocupan sobre todo en que el alumno asimile el mensaje, comprenda lo que se le transmite y aprenda a pensar por sí mismo. Esto exige haber hecho un camino personal de salida de uno mismo y apertura al otro. Esto que sucede a nivel de enseñanza sucede también a nivel de la vida, del abad para con los hermanos y en el mismo seno de la comunidad unos para con otros.

En eso consiste dar el paso a la paternidad y magisterio que se le encomienda al abad y de la que todos los hermanos participan. El primer paso que debemos realizar para poder guiar o ayudar a los otros es conocerlos. Difícilmente podemos ayudarlos si primero no los escuchamos y acogemos. Espanta la rapidez con que damos consejos antes de haber escuchado a la otra persona en profundidad. Cuando esto sucede nos parecemos a maestros inexpertos, más necesitados de escucharse a sí mismos que de ayudar a los demás. Si respondemos antes de escuchar, no estamos más que diciéndole a la otra persona lo que nos pasó a nosotros, la experiencia que tuvimos, cómo la afrontamos, etc., regodeándonos en ello, contemplándonos como maestros capaces de aconsejar, pero corriendo el grave riesgo de no estar respondiendo a lo que se nos expone por no haber oído y conocido de verdad al otro.

Adaptarse al temperamento de los otros es aceptar la pluralidad en la comunidad. Pero para aceptar la pluralidad primero hay que valorarla como algo positivo. Sólo entonces se estará dispuesto a acogerla y abrazarla, para lo que se necesita una buena carga de olvido de sí mismo. Cuando hemos alcanzado esto, entonces sí que podremos dar un paso más y ayudarnos a crecer en el respeto de nuestra diversidad.

 

Una comunidad así es una comunidad que prepara la tierra para ser fecundada, que muestra su madurez para crecer en número y en variedad de carismas. No hay nada malo en desear crecer en número si la motivación no está centrada en uno mismo, sino en compartir lo recibido. San Benito dice que el abad se gozará del crecimiento de la comunidad. Algo así se nos decía en el libro de los Hechos, donde los hermanos se alegraban al ver cómo iba creciendo el número de los elegidos (cf. Hch 6,7; 12,24). La comunidad madura acoge el crecimiento aceptando la diversidad y buscando la comunión.