Este sitio usa cookies y tecnologías similares. Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Acepto

Teléfono: +34 975 327 002 :: Email: huerta@planalfa.es

Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

Leer Más [+]

Comunidad

7 días en el monasterio

2 Monjes Arrodillados

¿Te interesa tener una experiencia de silencio y espiritualidad, de vida sencilla en armonía con uno mismo y con lo que nos rodea? La espiritualidad solo es real cuando se vive y nos transforma. Te ofrecemos esa posibilidad sin más pretensiones, con el deseo de compartir lo que hemos recibido. Una experiencia vivida desde dentro, con los monjes y como los monjes.

Leer Más [+]

Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

Leer Más [+]

Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2a

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

Leer Más [+]

Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad


 

Sábado, 30 Mayo 2020 15:50

SE 24 - Jesús se hace creíble por sus signos que vivifican

Hemos visto cómo el sermón del monte de las bienaventuranzas nos ha enseñado a ir más allá del decálogo que nos dio Moisés en el monte del Sinaí. Ahora Jesús va a refrendar la autenticidad de su predicación con una serie de milagros que dejan ver la acción de Dios en él. Todos necesitamos un motivo para creer a alguien que nos habla. Su credibilidad puede basarse en una relación de amor y confianza, pero ante un desconocido necesitamos tener algún motivo para creer en él. En los evangelios los milagros se presentan como signos que corroboran que Jesús es el Mesías de Dios y actúa como un profeta en nombre de Dios.

La fuerza del signo no está tanto en su espectacularidad -como si estuviésemos viendo actuar a un mago- cuanto en la carga salvífica que conlleva para uno mismo, la vivencia que tengamos del signo como algo que me libera, me cura, que me saca de la angustia y de la pena, iluminando mi vida y llenándola de sentido y felicidad. Por eso, los signos que hace Jesús necesitan una acogida en la fe, lo que supone ya una adhesión a su persona. El simple milagro no produce la fe, como recordaba Abraham al rico en la parábola del pobre Lázaro: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto (Lc 16, 31). No basta quedar impresionado por lo que se ve si no se abre el oído del corazón.

La dimensión salvífica del mensaje de Jesús hace que sus signos y milagros se centren especialmente en curaciones, pues la curación del cuerpo es signo de la curación del alma, así como la liberación de nuestras ataduras emocionales y psicológicas reflejan la liberación de nuestro espíritu frente al mal espíritu. Tras el sermón de la montaña, el evangelista Mateo nos relata diez signos o milagros: la curación de un leproso, del criado del centurión, de la suegra de Pedro, de un paralítico, de la hemorroísa, de dos ciegos; además de relatarnos la resurrección de la hija de Jairo y la liberación de los endemoniados gadarenos y de un endemoniado mudo. Solo uno de esos signos no está en relación con la salud de la persona: la tempestad calmada, pero todos ellos dan credibilidad a su persona y a su misión.

Jesús manifiesta su poder sobre todo sobre la enfermedad, sobre la muerte y sobre los malos espíritus. También se manifiesta poderoso sobre la naturaleza, que le obedece, pero no suele alterar su curso. Si se fija en la enfermedad, la muerte y los malos espíritus es porque se centra en el hombre mismo, tratando de sanarle desde dentro sin privarle de los acontecimientos que ha de vivir. Querer modificar el curso de la naturaleza o de las cosas está más en el ámbito de la magia y la superstición. Lo verdaderamente importante es ponernos unas botas para caminar y no alfombrar los caminos de nuestra vida, capacitarnos para afrontar todo lo que nos toque vivir y no buscar una vida fácil sin complicaciones. Sanar el corazón y enseñarnos a combatir los malos espíritus que nos llevan a la muerte, es el milagro más saludable y beneficioso.

Hoy somos un poco precavidos ante los supuestos milagros, pues sabemos que hay muchos engaños y que la ciencia nos va descubriendo muchas cosas que antes desconocíamos. Pero resulta curioso cómo mucha gente es más crédula de lo que imaginamos frente a visionarios y echadores de cartas, escrutadores de astros o adivinos de posos de café. Paradójicamente, todos los vaticinios que estos suelen anticipar no importan nada al creyente ni son la función de los signos y milagros que el Espíritu de Jesús nos concede hacer. Lo que se busca en esos adivinos es conocer el futuro para intentar controlarlo, usando muchas veces amuletos de la buena suerte. Los signos de Jesús buscan capacitar al hombre para afrontar su futuro, su vida, haciéndole experimentar la salvación o salud del que cree.

Cuando Jesús baja del monte, donde ha expuesto su nueva ley para ser verdaderamente libres y vivir según el corazón de Dios, nos dice el evangelista que lo siguió una gran muchedumbre y comenzó a realizar milagros con los que se le acercaban. Es el mismo poder que dio a los apóstoles: Habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades (Lc 9, 1); y les dijo: Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios (Mt 10, 8).

Hoy día esas palabras nos desconciertan. Si alguien las entiende al pie de la letra le podemos tomar por un iluminado capaz de hacer barbaridades y cometer imprudencias. Si nos mantenemos en una mentalidad más en sintonía con nuestra cultura científica, nos vemos obligados a darle un sentido estrictamente espiritual o metafórico. Quizás ambas realidades se den de la mano. Algo parecido sucede con la enfermedad. Quien la percibe como algo malo que se debe evitar a toda costa, buscará con obsesión la curación, y se sentirá “disminuido” mientras la padezca, llegando a buscar una muerte supuestamente “digna” en los casos más graves que le postren en cama, lo que significa que entendemos el dolor y la enfermedad como algo indigno. Pero bien sabemos que la enfermedad no es una mera limitación física. Todos tenemos alguna limitación física que nos impide realizar determinadas cosas. La enfermedad será algo indigno o no según la visión que tengamos del ser humano y el valor que le demos. En una cultura donde se prioriza la eterna juventud o la estética, los viejos son como los enfermos porque les salen arrugas y no pueden correr como los jóvenes.

Más importante que las limitaciones es cómo vivimos nuestra realidad limitada. Ciertamente que debemos tratar de paliar nuestro dolor para vivir de forma más saludable, pero no tenemos por qué tratar de suprimir toda enfermedad de forma obsesiva, pues es imposible. Así como se debe buscar el alivio o los cuidados paliativos para el enfermo terminal, atacando la enfermedad y manteniendo vivo al enfermo, así debemos de buscar el sentido para vivir lo que vivimos de forma realista. Tener un sentido para vivir, tener esperanza y confianza en la vida, es la mayor sanación posible, pues nos permitirá vivir toda circunstancia adversa sin anularnos como personas. Podemos vivir postrados en nuestra camilla o podemos caminar llevando con garbo nuestra propia camilla. De nada vale perder el tiempo lamentando nuestra mala suerte. Dejemos de estar postrados en nuestra camilla para cogerla y caminar con ella.

Visto así, el poder del Señor Jesús fue sanador, como lo es el que nos da a sus discípulos. Fue algo realmente sanador más allá del hecho de ser curados físicamente o conseguir que desaparezca la adversidad. Lo verdaderamente sanador es el cambio de actitud ante todo lo que nos sucede, la forma cómo afrontamos todos los acontecimientos de nuestra vida con esperanza y alegría, apartando de nosotros las inclinaciones que nos mantienen postrados en la muerte de la desesperación. Y es que la enfermedad no es solo corporal, sino muy especialmente psicológica y espiritual.

Es por eso por lo que la buena noticia de Jesús, al llenarnos de esperanza, al mostrarnos el camino del amor, al permitirnos conocer el amor del Padre para con nosotros y verlo plasmado en la donación de su Hijo, nos sana y vivifica pudiendo llenar de vida la aparente muerte del dolor, la enfermedad o la adversidad. Pero esto solo es eficaz en los que tienen abierto el oído del corazón, no en los que esperan signos espectaculares.

Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

banner 16

monasterios con hospederia