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Sábado, 26 Noviembre 2016 20:56

Capítulo 55 (1)

LA ROPA Y EL CALZADO DE LOS HERMANOS

(RB 55-01)

Ya hemos visto que el desprendimiento es necesario para ser libres y evitar las desigualdades. Pero, al mismo tiempo, todos tenemos unas necesidades que deben ser cubiertas para el mantenimiento de la paz. Una de nuestras necesidades es el vestido y el calzado. Parece que es algo poco importante como para ponerse a legislar sobre ello, pero esas cosas tan sencillas y cercanas son las que más nos afectan, y su ausencia genera fuertes tensiones. Basta con que hagamos la prueba para percatarnos.

Las prendas de vestir se darán a los hermanos según las condiciones y el clima de los lugares donde viven, puesto que en las regiones frías se necesitan más y en las cálidas menos. El abad, por lo tanto, lo tendrá presente. Nosotros creemos, con todo, que en los lugares templados son suficientes para los monjes una cogulla y una túnica para cada uno –la cogulla, afelpada en invierno, lisa o usada en verano- y un escapulario para el trabajo; escarpines y sandalias para calzarse.

Es significativo ver cómo San Benito no pretende hacer de sus monjes héroes de la extravagancia, ni quiere para ellos una humildad afectada, ni someterles a pruebas absurdas. Porque respeta a los hermanos, quiere que se les dé lo que necesitan, sin favoritismos y sin ceder a las envidias, sin que por ello dejen de hacer el camino del desprendimiento. No se le oculta al patriarca de los monjes que lo que se queda en meros principios puede desvirtuarse fácilmente, de ahí que concretice qué es lo que el monje necesita realmente, al menos como regla general para todos, en cuanto a ropa y calzado se refiere, sin tener que preocuparse de tener más. El no tener habitaciones en aquella época facilitaba el no poder acumular. Cuando más grande es la estancia que se tiene, más cosas se acumulan sin darse uno cuenta de lo incómodo que termina siendo nuestro hogar.

Resalta el hecho de que no se mencione exactamente cómo debía ser la vestimenta de los monjes, aunque sí menciona las prendas en sí mismas. En realidad los monjes no vestían de una forma muy distinta al resto de la gente, salvo en la cogulla. Colombás nos describe las prendas de vestir que usaban los monjes. La túnica que se menciona es la prenda ordinaria de la gente romana de entonces y se ponía directamente sobre el cuerpo. Desde el siglo III de nuestra era se había alargado hasta más abajo de las rodillas; provista de mangas, se vestía directamente sobre el cuerpo, debiendo ser ceñida con un cinturón siempre que uno se presentaba en público. La cogulla, sin embargo, era la vestimenta típica de los monjes, aunque ha sufrido muchas transformaciones. Originalmente consistía en un simple capuchón que cubría la cabeza y el cuello o parte de los hombros. Después fue adquiriendo diversas formas al combinarse con las otras prendas. En tiempos de San Benito parece ser que consistía en un manto semicircular cerrado, bastante largo, provisto de una capucha. Era el vestido exterior que, probablemente, se quitaban para trabajar, siendo sustituido por el escapulario. Ésta es la prenda más discutida. Algunos la identifican con aquello que nos habla Casiano: dos cintas de lana que “descienden de la nuca y, deslizándose por ambos lados del cuello, rodeando las axilas, ciñen el torso de una y otra parte”, sirviendo para ajustar al cuerpo las holguras del vestido; “con ello los brazos accionan libremente, y los monjes se hallan prontos para cualquier trabajo manual” (Inst. 1,5). Otros, sin embargo, prefieren ver en el escapulario “un modelo reducido de cogulla especialmente adaptado al trabajo manual”; “una cogulla particularmente ligera” por ser corta, pues no cubría más que las espaldas (scapulae = espalda, hombros). El calzado tampoco se define cómo debe ser exactamente. Se habla de medias que cubrían los pies y quizá las piernas, de sandalias que protegían la planta del pie y se sujetaban al tobillo por medio de una correa, etc.

Lo verdaderamente importante para San Benito es que el monje utilice esas prendas para lo que realmente sirven: cubrir la desnudez y proteger el cuerpo, todo lo que pase de ahí se considera superfluo e impropio de la simplicidad del monje. Por eso se ha de dar una túnica y una cogulla adaptadas a la temperatura de la región. Como San Benito sólo conoce el ámbito mediterráneo, legisla para esa zona templada, hablando de una cogulla lanosa para el invierno y otra delgada para el verano. Pero en cualquier caso, deja al arbitrio del abad discernir lo que es necesario.

Esa necesidad en el vestido, no exento de belleza y buen gusto en la sencillez, no debe ocultar la belleza interior de lo que cada uno somos realmente. Cuando uno vive hacia el exterior de sí mismo, la preocupación por el vestido corporal y sus adornos puede que desfigure la belleza de su vestido interior. San Agustín nos dice cuando trata este tema: “Que no surja entre vosotros el enfrentamiento o la murmuración; si uno se lamenta porque ha recibido un vestido peor al que tenía, o considera que el que le dan no es digno de él como lo es el de su hermano, considerad vosotros mismos cuanto os falta del hábito interior del corazón si pleiteáis por el hábito del cuerpo”.

Las prendas que se dan sí deben cumplir la función de abrigar y tapar la desnudez. Por eso San Benito pide que el hábito no sea corto: Acerca del color y de la tosquedad de todas estas cosas no discutan los monjes, sino que se contenten con las que puedan hallarse en la región donde viven o las que pueden comprarse más barato. Pero el abad se interesará por la medida de los vestidos, para que no sean cortos, sino a la medida de los que los usan.

San Benito nos invita a vivir en la simplicidad, y uno de los medios mejores es precisamente el no estar preocupados por lo que vestimos. La libertad de espíritu no se alcanza meditando o leyendo sobre la libertad, sino tomando distancia de las cosas hasta sentirse libre frente a ellas. Especialmente tener libertad frente a esas cosas con las que adornamos nuestra imagen.

El desprendimiento siempre es costoso, y tanto más cuanto aquello de lo que nos desprendemos está más cerca de nosotros mismos, como es nuestra imagen ante los demás, eso que tratamos de adornar y embellecer para sentirnos acogidos. Pero se da un fenómeno curioso: lo que más tapamos o adornamos es lo que creemos menos visible. En el fondo se trata de la percepción que tenemos de nosotros mismos o lo vulnerables que somos al juicio de los demás. Si nos vemos feos, tratamos de “enmascararnos”. Y, claro está, el concepto de fealdad es muy cultural. Hoy día el prototipo de lo bonito y aceptable es la juventud y ciertos cánones de belleza. Es todo un reto ser libre ante ello. Eso no tiene nada que ver con el procurar presentarse con dignidad y limpieza, pues vivimos en sociedad.

De ahí que nuestra mayor o menor preocupación por los adornos estéticos esté reflejando nuestra vestimenta interior. Tampoco se trata de confundir la libertad con la dejadez. Ambas se distinguen con claridad cuando observamos el conjunto. Incluso se podría llegar al absurdo de caer en una vanidad menesterosa, tratando de dar una imagen de libertad que no se tiene.

Aceptando las diversas formas de ser, educación recibida o percepción cultural, todos debemos trabajar en alcanzar esa libertad interior que pasa por la libertad ante las apariencias con las que tratamos de embellecer nuestra imagen en cualquier aspecto de la vida, y no sólo en el vestido. Acojamos con sencillez lo que se nos da sin rechazarlo enseguida. Nuestra belleza interior embellecerá todo atuendo externo a los ojos de los demás, mientras que si carecemos de esa belleza interior pronto se marchitará la máscara que nos pongamos, por muy adornada que esté.