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Jueves, 19 Febrero 2015 23:17

Capítulo II-2

CÓMO DEBE SER EL ABAD

(RB 2-02) 20.11.11

                No cabe duda que hablar del abad tal y como lo presenta San Benito y lo ha entendido la tradición, puede resultar un tanto incómodo a algunos. Nuestra cultura occidental lleva décadas con especial alergia a la autoridad. Es algo bastante generalizado, y no sólo dentro de la Iglesia. Basta con pensar el “entusiasmo” que levantan los políticos que alcanzan el poder, o la “devoción” que se tiene a la autoridad sapiencial de los ancianos. Igualmente está cuestionada la autoridad de no pocos padres que deben tener la manga más ancha que la de la cogulla de un  monje si no quieren que los hijos les den un portazo. La repulsa ante una autoridad que nos pueda someter es tal que nos espanta nada más intuir su presencia. Pero a pesar de todo, intentaré afrontar la figura del abad según San Benito sin reinventarme nada ni quedarme contemplándolo como si se tratase de una pieza arqueológica.

                San Benito justifica el que se llame al superior abad “porque hace las veces de Cristo en el monasterio”: En efecto, la fe nos dice que hace las veces de Cristo en el monasterio, ya que se le designa con su sobre nombre, según lo que dice el Apóstol: “Habéis recibido el espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar: ¡Abba, Padre! Hacer “las veces de” es “ser vicario de”, por lo que para San Benito el vicario de Cristo no sólo es el papa, sino también el abad, al menos dentro del monasterio. Eso no nos debe extrañar, pues en la antigüedad la palabra vicario tenía un sentido más amplio que en la actualidad y venía a expresar la presencia espiritual del Señor entre nosotros. El fundamento bíblico que utiliza la Regla es Rm 8,15, que parece una acomodación difícil de sostener, pues está hablando del Espíritu y del Padre. Pero hoy sabemos que muchos escritores cristianos primitivos como San Justino, Clemente de Alejandría, Orígenes, San Atanasio, Evagrio Póntico o el mismo San Agustín también se refirieron a la “paternidad” de Cristo. Para ello se acudía a una exégesis un tanto peculiar como el ver en Cristo –nuevo Adán- al esposo de la Iglesia, nuestra madre, y al esposo de nuestra madre lo podemos llamar padre; o también al referirse a él como maestro, sabiendo que el magisterio espiritual estaba unido a la paternidad espiritual.

                La Regla nos invita a mantener viva la dimensión de fe. La vida monástica tiene su razón de ser desde una perspectiva espiritual. Nadie viene al monasterio si no es movido por la acción del Espíritu, siendo el Espíritu el que le va haciendo crecer al monje en su humanidad y en su vida cristiana. La autoridad del abad es eminentemente carismática, no pudiendo buscar su razón de ser ni siquiera en la estructura jerárquica de la Iglesia (ligada al sacramento del Orden), aunque sea reconocida por ésta. Ello que queda aún más claro en el caso de las abadesas o cuando había abades no sacerdotes. Por eso, el limitar la función del abad a una mera gestión administrativa queda muy lejos de la mente de San Benito.

                En este capítulo de la RB se resalta con nitidez el triple aspecto de la misión del abad: padre, maestro y pastor.

Uno es padre porque genera vida, trasmite la vida que él mismo ha recibido. La paternidad no es un título honorífico, un diploma que se recibe, pues el único modo de ser padre es tener hijos efectivamente. En este sentido todos estamos llamados a ser padres, pues todos estamos llamados a generar vida física o espiritual. El no vivir nuestra paternidad es lisa y llanamente castrarnos a todos los niveles. Y cuando uno no da vida fuera de sí es que se limita a relamerla dentro de sí. Pues bien, al abad se le reconoce una paternidad oficial sobre un grupo de hermanos a los que sirve desde su papel abacial, implicando con ello una obligación específica de generar vida en sus hermanos. Nosotros hablamos hoy de animador, liderazgo, etc. Estos aspectos también corresponden al abad, siempre que se mantenga viva la dimensión de fe a la que invita San Benito.

El misterio de la vida conlleva una realidad peculiar: sin padre, no hay hijo; el padre y la madre transmiten al hijo algo suyo, pero el hijo es diferente y autónomo, con vida propia. Por eso todo deseo de hacer del hijo una realidad a la propia imagen y semejanza es injusto y frena la vida en lugar de estimularla. En este sentido es peligroso todo paternalismo dominante o proteccionista, aunque haya que enseñar y sostener. El padre es el que engendra vida y respeta al otro como distinto de sí, aunque muy cerca de sí.

Podemos pensar que hay una diferencia sustancial entre la paternidad biológica y la paternidad espiritual. Sin duda que es así, aunque coinciden en que sólo puede dar vida quien la tiene, siendo transmisor de algo recibido. Los muertos no dan vida. En el caso de la paternidad espiritual aún es más notoria la diferencia. En realidad el abad no está transmitiendo “su vida” a sus hermanos, sino que actúa como “partera”, ayudando a los hermanos a dar a luz la vida que han recibido del Espíritu, si bien influirá sin duda en ese nacimiento según su propia forma de ser. Todo abad influye en su comunidad como toda comunidad influye en su abad.

 

Por otro lado la RB es muy cristocéntrica. Nada hay que se pueda anteponer a Cristo y estamos llamados a transformarnos según el corazón de Cristo. En este sentido parece muy fuerte decir que el abad hace las veces de Cristo. ¿Cómo verle así si su actuar difícilmente se puede siquiera acercar a la altura de Cristo, ni a su sabiduría, ni a su dignidad, ni a nada absolutamente? Es por esto que sin una dimensión de fe es un absurdo intentar vivir en un monasterio. San Benito invita a que veamos al abad como una mediación a la que no se trata de contentar sus caprichos, sino de acoger como una presencia de Dios en nuestras vidas, como uno de tantos sacramentos de Dios en nuestra existencia, pero que adquiere un carácter especial al confrontarnos directamente por el acompañamiento, la enseñanza y la corrección.