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Sábado, 03 Noviembre 2018 16:35

Capítulo 72 (3)

EL BUEN CELO QUE DEBEN TENER LOS MONJES

(RB 72-03)

La segunda máxima que nos propone San Benito para practicar el buen celo entre los hermanos es: que se soporten con la mayor paciencia sus debilidades, tanto físicas como morales. Llama la atención una afirmación tal en un grupo humano que se viene calificando tradicionalmente como “instituto de perfección”. Si se entiende la santidad como un camino de perfección, parece difícil comprender que San Benito nos invite a ser tolerantes, cuando quizás sería más efectivo ser exigentes, e incluso intransigentes. Quien busca alcanzar una meta humana, depura al máximo los defectos, sin pararse en romanticismos. Si una empresa quiere crecer más y más, elimina a los obreros poco rentables o ineficaces. Si un equipo de fútbol quiere estar en la élite, se desprende de sus jugadores mediocres sin pararse en consideraciones personales. Se busca la excelencia y la perfección porque eso es sinónimo de rentabilidad y éxito, máxime hoy día con el neoliberalismo que nos invade, donde el lugar de los débiles es cada vez más pequeño. Quizás no se aniquile lo débil y defectuoso por eso de los derechos humanos, pero sí es arrinconado, dejando que se consuma aparte, sin interrumpir el paso de un mundo muy competitivo.

¿Cómo, entonces, nos pide San Benito que seamos tolerantes? Paradójicamente la tolerancia es sinónimo de perfección en el evangelio de San Mateo cuando nos dice Jesús: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Sí, perfectos según el corazón de Dios que hace caer la lluvia sobre buenos y malos, no según el corazón del hombre que distingue entre buenos y malos según sus propios criterios. Perfectos en la paciencia y en el amor hacia los semejantes, en una tolerancia que ama a todos sin hacer distinciones, aunque aborrezca el pecado. La expresión: “aborrecer el pecado y amar al pecador” es un arma de doble filo que puede tener múltiples interpretaciones según la propia sensibilidad. Se puede entender desde el buenismo del que todo lo consiente obsesionado con el amor al pecador, hasta la actitud inflexible del que está convencido que no hay mayor amor para con el pecador que el ser intransigente con su pecado, para que así pueda crecer y lavar su culpa con el castigo merecido. ¿Cómo distinguir entonces cuándo somos tolerantes aborreciendo el pecado e intransigentes amando al pecador?

Por lo general nuestra actitud ante el comportamiento de los demás está muy condiciona por el cariño o el rechazo que nos provoca. Es algo que hemos dicho muchas veces. Cuando amamos, somos capaces de fijarnos primeramente en la persona, no en su debilidad. Es precisamente ese amor a la persona lo que nos da la clave para actuar con limpieza de corazón. Es imposible ser tolerantes o intransigentes evangélicamente si no se ama de corazón, si no se mira al hermano como Dios lo mira, con ojos de padre sin paternalismo. Cuando falta el amor, la tolerancia se transforma en comodidad, buscando no complicarnos la vida en corregir y sin importarnos que el hermano se vaya esclavizando más y más en su pecado. Cuando falta el amor, la intransigencia para con el pecado es simplemente fruto del malestar que nos produce y una buena excusa para dejar en evidencia al hermano y, si es posible, hacerle desaparecer de nuestra vista.

La tolerancia que brota del amor siempre nos hace crecer en la paciencia y en la gratuidad. Nuestros arrebatos espirituales frecuentemente son producto de nuestros sentimientos, y se suelen marchar casi con la misma rapidez con la que llegaron. La paciencia, sin embargo, es algo que nos mantiene en una situación incómoda, como si lleváramos el freno de mano echado o nos rozara el zapato, pero tiene la virtud de hacernos crecer en una paciencia que luego dará mucho fruto. Es por ello que la comunidad cristiana y monástica se convierte en verdadera escuela de perfección donde transformar el corazón según el corazón de Dios.

El primer paso que debemos dar es ser pacientes con nuestras propias debilidades sin dejar de trabajar en ellas, aceptándonos y viéndonos débiles en presencia de Dios. El mayor pecado es el de soberbia, y con frecuencia ese vicio se instala en los estamentos clericales o religiosos de todos los tiempos. Predicando un camino moral a los demás, uno mismo se ve en la obligación, aún sin pretenderlo, de presentarse modelo de aquello que predica, por lo que la falsedad se puede instalar en sus labios y en su corazón, ya que nunca logrará alejar completamente el pecado de su vida. Es entonces cuando se empieza a confundir la perfección según Dios, que supone el reconocimiento de la propia debilidad que implora el perdón y recibe gratuitamente la misericordia, con la perfección humana, que por ser inalcanzable se trasforma en hipocresía. ¡Cuántas veces se da esto en la Iglesia, entre nosotros! Por eso, cuando se levanta el escándalo -¡y tantos han aparecido en los últimos años!- se tambalean los cimientos. ¡Tan acostumbrados estábamos a predicarnos a nosotros mismos y ofrecernos como modelos! Y no sólo viene el escándalo hacia fuera, sino una gran frustración en el propio interior al descubrirnos falsos e incapaces de mantener una imagen que creemos debemos dar. Nos olvidamos que sólo sabiéndonos caminantes con otros caminantes, débiles con débiles, podremos indicar a los demás dónde está el Maestro, no porque seamos perfectos, sino porque hemos experimentado cómo él ha venido en nuestra ayuda para sostenernos en nuestra propia debilidad, que nunca desaparecerá del todo. Entonces la caída se transforma en estímulo. Dios ya no es motivo de rechazo porque nunca hemos usurpado su puesto, y el descubrimiento de nuestra debilidad no ha sido motivo de mancillar su nombre, sino de engrandecer su misericordia. Es entonces cuando también nos vamos reconciliando con nosotros mismos, en una tolerancia fruto del amor y no de la comodidad.

El segundo paso es la paciencia con las manías de los hermanos. Todos tenemos manías que no son ni buenas ni malas, simplemente resultan más atractivas o desagradables, según el carácter de las personas y las situaciones. Al niño le encanta rebozarse en el polvo mientras que a la madre le da un ataque de nervios pensar que le acaba de sacar del baño y poner la ropa de domingo. Cuando nos ponemos nerviosos y nos alteramos al no poder comprender determinadas actitudes de los hermanos, quizá vivamos cerrados en nosotros mismos. Debiéramos intentar comprender esas actitudes aunque no las compartamos. Saber comprender es saber ponerse en el pellejo del otro sin dejar el nuestro. Otra cosa diferente es que necesitemos establecer unas reglas de juego para poder convivir y que esa convivencia sea más llevadera, pues, de lo contrario, alguno podría hacer siempre de su capa un sayo, fastidiando en exceso a los demás. Quien infrinja la norma que nos ponemos, que pague la multa y siga caminando.

Pero el paso más difícil no es este, dado que todos asumimos nuestras diferencias. Lo verdaderamente difícil es aceptar aquello que consideramos que está mal. San Benito no pide que justifiquemos lo que está mal, sino que toleremos con suma paciencia nuestras debilidades. Una tolerancia no sólo pasiva, sino activa, que no se limita a soportar, sino que sobrelleva. Sobrellevar las debilidades físicas de los hermanos sin ridiculizarlas supone cierta calidad humana. Pero sobrellevar no significa aceptar esa deficiencia física y olvidarme de ella, sino “ponérmela encima”, cargar con ella para ayudar al hermano a llevarla. Cuesta aceptar las limitaciones de los demás porque nos molestan. Todavía cuesta más estar dispuestos a ayudarle porque nos complica y quita tiempo. Pero a fin de cuentas lo podemos hacer como gesto de amor. Ahora, lo que de verdad nos subleva es tener que tolerar y encima sobrellevar las debilidades morales. A fin de cuentas, en las deficiencias físicas no solemos tener mucha culpa, pues nos sobrevienen sin pretenderlas. Pero, ¿y las debilidades morales? Pensamos que si cada cual es responsable de su pecado, un pecado que le reportó primero algún tipo de complacencia, ahora es injusto que encima yo tenga que ayudar a sobrellevar esa carga ajena y culpable. Es por ello que se nos recuerda el ser perfectos según Dios y no según los hombres, optar por el buen celo que lleva a Dios y que es tan diferente del mal celo que se encierra en sí mismo. Todo un reto de perfección que se nos ofrece en la vida comunitaria.