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Viernes, 20 Febrero 2015 00:03

Capítulo IV-4

CUALES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS

(RB 4-04) 20.05.12

Hemos visto las primeras tres secciones de los instrumentos de las buenas obras, referidos al Decálogo, al amor al prójimo por las obras de misericordia y al espíritu del sermón de la montaña que nos invita a amar a nuestros enemigos y sufrir por causa de la justicia, pues todo amor conlleva un sufrimiento que debe ser abrazado. Con ello San Benito nos deja claro que todo ejercicio en la vida monástica, todo instrumento de las buenas obras, debe estar inserto en la unidad inseparable del amor a Dios y a los hombres, en la experiencia de Dios encarnado y en un amor humano que se trasciende en el Espíritu, uniendo así lo humano y lo divino, lo espiritual y lo terreno.

Esta primera parte concluye con un grupo de siete sentencias que se presentan en forma negativa y que no tienen mucha relación con lo anterior ni con lo posterior: no ser soberbio, ni dado al vino, ni glotón, ni dormilón, ni perezoso, ni murmurador, ni detractor. Sí que encontramos en ellas una alusión a los pecados capitales, previniéndonos contra ellos. Ya sabemos que el ejercicio monástico, la llamada “vida ascética”, se centró desde antiguo en el conocimiento de uno mismo para combatir las pasiones interiores que nos esclavizan (logismoi) y adquirir la pureza de corazón (apatheia) y la libertad (parresia) que nos abren la puerta al verdadero amor de donación (ágape) y a la oración contemplativa (theoria). Es un camino de liberación, de salir de nuestro yo al que idolatramos alimentando sus caprichos, su comodidad o -movidos por la envidia- difamando al prójimo por la murmuración y la crítica. El dominio de nosotros mismos  y la aceptación del prójimo sin buscar minar su fama nos permite usar de las cosas sin que ellas nos dominen, disfrutar de todo sin apropiarnos de nada y sin que nada se apropie de nosotros.

La segunda parte de este capítulo es un conjunto de máximas que invitan a tener una determinada actitud en la vida y en el propio camino espiritual para afrontar todo aquello que nos encontraremos en la vida monástica. Es una forma de ponernos en guardia avisándonos de las dificultades que vamos a encontrar.

Lo más importante es la actitud del corazón. Esa actitud debe estar asentada en la humildad. Quien se cree fuerte, quien se cree que tiene capacidad para “controlar” las cosas, los malos hábitos o las actitudes peligrosas, se hace especialmente vulnerable como el que no ve al enemigo, pues es grave error minusvalorar al adversario y confiar excesivamente en las propias fuerzas; quien así actúa suele tener malas experiencias. La humildad, por el contrario, nos hace más cautos y eleva nuestros ojos a Dios confiando en su gracia y acudiendo igualmente a la ayuda de los hermanos y a los medios que se nos ofrecen. La humildad supone el reconocimiento de la propia precariedad y la confianza en Dios. De ahí que San Benito nos invite a esperar en el Señor y atribuir a su gracia las obras buenas, sin huir de la propia responsabilidad en las obras malas: Poner la esperanza en Dios. Cuando viere en sí mismo algo bueno, atribuirlo a Dios, no a uno mismo; saber, en cambio, que el mal es siempre obra propia, y atribuírselo a sí mismo. Reconocer nuestra culpa en las obras negativas que realizamos nos puede hundir si vivimos desde la propia imagen, pero nos aumenta la esperanza si confiamos en la gracia divina.

En esta segunda parte San Benito comienza invitándonos a poner la esperanza en Dios y concluye diciéndonos: y jamás desesperar de la misericordia de Dios. La esperanza es una virtud que no se alcanza en un día. La esperanza no es  mero deseo, intuición o creencia. Hay esperanzas falsas que nos creamos autoengañándonos para poder sobrevivir. Hay también esperanzas poco fiables porque se sustentan sobre personas o cosas que nos pueden terminar defraudando. Hay esperanzas equivocadas cuando las fabricamos sobre expectativas muy concretas. La esperanza está en la línea de la fe y del amor. Quien cree en simples ideas o conceptos, no cree realmente, pues no sale de sí; simplemente está aceptando unas ideas que le parecen razonables y útiles para su vida, dándole seguridad. Quien ama en su mundo imaginario o intimista, no ama realmente, pues no sale de sí. Quien espera en sus deseos más profundos, no conocerá la verdadera esperanza, pues no sale de sí. Así como la fe es ante todo un fiarme de otro, y el amor un darme al otro, la esperanza es confiar en aquel en el que creo y al que amo. Si amo a alguien y creo en él, esperaré firmemente que actúe en consecuencia. El fracaso sólo puede venir por la precariedad del ser al que amo y en el que creo, pero cuando ese ser es Dios mismo, el fracaso es imposible, aunque no se cumpla ninguno de nuestros planes.

La confianza no se mide confrontando si nuestros deseos se ven cumplidos. Muy al contrario, es algo que va más a lo esencial y que, paradójicamente, quizá implique el no cumplimiento de nuestros deseos para que la pura esperanza asentada en la fe y el amor alcance todo su esplendor y gratuidad, liberándonos del pequeño yo en el que vivimos y al que adoramos. Por eso la esperanza o confianza en Dios no es algo propio de principiantes, aunque así se crea, como la auténtica pureza de corazón no es la del niño que aún no ha sido probado. Lo que diferencia la confianza de un niño de la de un adulto probado es su estabilidad, su perseverancia. Un niño confía, hasta que se ve defraudado y comienza a desconfiar. El que ha sido probado, el que ha sido despojado y aún así se mantiene, alcanza una confianza estable, gratuita, existencial, no dependiente del cumplimiento de sus deseos ni de los vaivenes de lo cotidiano. Todo requiere su trabajo, también la fidelidad a la gracia.

Por eso, cuando San Benito nos invita a reconocer nuestra responsabilidad en las obras negativas que realizamos y alabar la presencia de la gracia en las obras buenas, así como a tener presente las postrimerías (muerte, juicio, infierno, gloria), no es tanto para que vivamos desde el temor, sino para salir de nosotros mismos en referencia a Aquél de quien venimos, en quien nos movemos y existimos. La gracia viene de Dios. Nosotros no somos los únicos autores de nuestra historia. La acogida o rechazo a esa gracia inserta en cada uno de nosotros va marcando nuestro camino.

La desesperación es una realidad muy humana. Todos hemos experimentado ciertos momentos de abatimiento y oscuridad cuando el horizonte se nos cierra, cuando todo se nos pone cuesta arriba, cuando nos sentimos incoherentes o incapaces de realizar lo que deseamos. Es entonces el momento de gracia para vivir la verdadera esperanza que sabe esperar la hora de Dios y sabe vivir el presente como tiempo de salvación. ¡Si supiéramos lo que está preparado para los que perseveran hasta el fin! Es lo que nos viene a decir Jesús en varios pasajes del evangelio, como cuando nos habla del juicio futuro: venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25,34). Esos benditos no eran otros que aquellos que habían practicado las obras de misericordia con sus semejantes, manteniendo la esperanza hasta el final, a pesar de los pesares.