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Noviciado Web 2017

 

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no. Se da el miedo, la lucha entre lo cómodo, lo establecido y el compromiso, la superación, la nobleza de vida, el amor a los demás.

Dios sigue llamando a que hagamos su voluntad, cada uno en la misma misión que se nos ha encomendado según su proyecto de amor. Cuanto más amigo de Dios, se percibe con más claridad lo que quiere de nosotros, cómo realizar su proyecto y hacerlo nuestro.

Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad. Desde luego, cuando uno está inquieto es señal de que Dios le está buscando.

La vida religiosa lo que hace es asumir totalmente el tipo de vida que quiso llevar Jesús: viviendo de cara al Padre y volcado a la humanidad. Y esta manera de vivir la quiere expresar en tres votos: virginidad, pobreza y obediencia.

La persona se consagra a vivir un amor esponsal exclusivo pero no excluyente: en cuanto a corazón no dividido por otros amores, sino integrados en el Amor (castidad). Eso le lleva a no querer poseer o retener otros bienes materiales o afectivos, sino en ponerse al servicio generoso y gratuito de los demás (pobreza).

Así crea unas relaciones de igualdad, sin someter ni dominar a nadie, ni estar sometido a nadie, sino únicamente al Amor de Dios, aceptando su voluntad de plena identificación con su Hijo Jesús (obediencia). Los monjes, además, hacemos la promesa de estabilidad y de llevar vida monástica en una comunidad en la que nos ayudamos mutuamente a crecer en la escuela del Amor.

Hola, ¿qué tal? Soy un postulante de Santa María de Huerta, y me han pedido que escribiera mi testimonio vocacional.

La verdad es que me ha costado mucho hacerlo. Tal vez sea por el hecho de dejar escrito algo que va a leer más gente, además de la responsabilidad que eso conlleva. Pero sobre todo me ha supuesto un esfuerzo porque se trata, como toda experiencia fuerte de vida, de algo muy personal, muy íntimo. Aunque, ¿sabes lo que me ha impulsado a escribirlo? Pues que yo, cuando me estaba planteando mi inquietud vocacional, como lo estás haciendo tú ahora, buscaba testimonios de personas que hubiesen dado un SÍ al Señor en la vida monástica. Por lo tanto, si esta humilde experiencia puede servir para profundizar en tu discernimiento, habrá valido la pena el trabajo que me ha costado el escribirlo. Mi proceso vocacional, la verdad sea dicha, es que ha durado mucho tiempo. Y, aunque muchas veces he culpado a factores externos (familia, estudios...) de esta prolongación, lo cierto es que se trataba, simple y llanamente, de miedo a dar el paso, a decir SÍ a lo que me pedía el Señor. Es curioso, aun teniendo bastante claro que este podía ser mi camino, mi vida, el miedo conseguía paralizarme.

Esta inquietud empezó cuando tenía 14 años. Yo sentía que el Señor me pedía algo pero no sabía qué era. Poco a poco fui buscando más ratos de oración personal. De prolongar más tiempo los encuentros con el Señor en la Iglesia. Hacer una lectura atenta del Evangelio de cada día. Todo esto fue creando en mi una especie de sed y búsqueda del Señor. Una sed y búsqueda que nunca podía satisfacer porque siempre me quedaba con ganas de más.

Fue entonces cuando descubrí que existían hombres y mujeres que consagraban su vida por completo a esa sed y búsqueda intensa de Dios, en un lugar especial, dedicado y preparado exclusivamente para ello: el MONASTERIO; o como dice san Benito en su Regla: la CASA DE DIOS.

Un día llegando a la conclusión de que nunca conseguiría ser plenamente feliz si no terminaba de discernir esta inquietud, encontré, casi por casualidad, en una búsqueda casi obsesiva de artículos, páginas web y todo lo que pudiese estar relacionado con la vida monástica, esta página en la que te encuentras ahora.

Estuve mirando y leyéndola por completo, y vi que la comunidad organizaba unos “cursillos de vida monástica y oración”. Dichos cursillos aunque no estaban orientados específicamente a la vocación, sí suponían poder aproximarse a la vida monástica y contrastarlo con mi inquietud interior, por lo que me inscribí y fui.

El cursillo fue muy revelador porque me confirmó la inquietud que tenía en mi interior. Así que decidí hablar con el maestro de novicios. Tras una intensa y agradable charla, el maestro, me invitó a hacer una experiencia de un mes conviviendo con la comunidad y así poder discernir si esta era la vida a la que el Señor me llamaba.

El mes de experiencia fue algo maravilloso, pues si bien los primeros días los pasé mal, llegando a creer que me había equivocado completamente; la perseverancia, la oración y el abrir el corazón a Dios, fueron confirmando día tras día que este era mi camino, la vida que quería vivir, y que durante tanto tiempo había estado buscando.

Bueno, pues este es mi testimonio, espero que te ayude. Sólo decirte que merece la pena dar el paso, independientemente de la decisión final que tomes. Nada más. Me despido, orando por ti para que el Señor te ilumine y tú le abras tu corazón.

“Aquí estoy como está escrito en tu libro, Para hacer tu voluntad”. (salmo 39,8-9)

¿y yo?
¿siento necesidad de más?
¿dejaría todo por seguir a Jesús?
¿Tengo miedo a dar este paso?
¿que me lo impide?
¿tiene sentido ser monje hoy?

¿y tú qué dices?

Jesús te llama: La decisión es tuya

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La vida monástica-contemplativa

 

"Los monjes siguen las huellas de quienes, en tiempos pasados, fueron llamados por Dios al combate espiritual en el desierto. Como ciudadanos del cielo se hacen extraños a la conducta del mundo. Ejercitados en la soledad y el silencio anhelan la paz interior en la que se engendra la sabiduría y se niegan a sí mismos para seguir a Cristo (Constitución 3.3)

El monje es un hombre que renuncia completamente al modo ordinario de vivir la vida humana y social y sigue el llamamiento de Cristo al "desierto" y a la "soledad", es decir, a una tierra desconocida para él no frecuentada por otros hombres. Su camino por el desierto no es una mera evasión del mundo y sus responsabilidades.

No bastan las razones meramente negativas para justificar el camino monástico en la soledad. La renuncia monástica es la respuesta a un llamamiento positivo de Dios, inexplicable, científicamente indemostrable y, sin embargo, capaz de ser experimentado por la fe y la sabiduría de la Iglesia.

 Profesion Daniel Web

El carisma cisterciense

 

"La vida cisterciense es cenobítica (=comunión de vida). Los monjes cistercienses buscan a Dios y siguen a Cristo bajo una Regla y un Abad en una comunidad estable, escuela de caridad fraterna" (Constitución 3.1)

"El monasterio es figura del misterio de la Iglesia. En él nada se antepone a la alabanza de la gloria del Padre; no se ahorra esfuerzo alguno para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio, y para que la comunidad no carezca de ningún don espiritual.

Los monjes se esfuerzan por vivir en comunión con todo el pueblo de Dios, y participar el vivo deseo de la unión de todos los cristianos. Con su vida monástica llevada con fidelidad, y por la secreta fecundidad apostólica que les es propia, sirven al pueblo de Dios y a todo el género humano" (Constitución 3.4)

 

Los valores cistercienses

 

"La conversión no se realiza en un solo día. ¡Ojalá pueda llevarse a cabo a lo largo de nuestra vida!" (San Bernardo de Claraval). La exigencia de conversión para el monje cisterciense coincide con el máximo compromiso de fe cristiano, en virtud del mismo bautismo.

Y, como la misma fe, la otra característica de la conversión es la alegría. En una fiesta gozosa, con una solemne e íntegra devolución generosa de todos los derechos filiales, culmina la vuelta del hijo pródigo al hogar, el Reino del Padre

Habitualmente se tiende a confundir la humildad con una falta de autoestima o incluso con un gusto por ser blanco de humillaciones.

Sin embargo ser humilde es otra cosa: es aceptarse de modo lúcido y sereno tal y como somos, con nuestros defectos y limitaciones, pero también con nuestros talentos y capacidades, y todo ello bajo la mirada amorosa del Dios Padre que nos acoge sin condiciones.

Ese sabernos amados por Dios es lo que nos llevará a aceptar a los hermanos tal como son, y a caminar por la vida sin egoísmo, soberbia, desprecio o desdén hacia los demás.

Como proyecto de vida centrado en el seguimiento de Jesús, la vida de fraternidad no es solamente, o no debería serlo, convivir en un mismo edificio, compartir los bienes materiales, realizar unas tareas comunes o participar conjuntamente en las celebraciones litúrgicas.

Al ser el monasterio un lugar de encuentro con el Dios verdadero, la comunidad es espacio en el que se hacen posibles la asunción de valores sustanciales y profundos como el servicio humilde a los otros – olvidándose de sí mismo y estando dispuesto a dar la vida por los demás –; un espíritu de gratuidad que no espera nada a cambio; la acogida y reconciliación sincera cuantas veces sea necesario; cooperación en las inquietudes comunitarias; un intercambiar los dones espirituales recibidos por la gracia; entre otros.

Pero no debemos olvidar que somos seres humanos, no ángeles, y por tanto la convivencia diaria en un espacio común reducido, junto con las diferencias de edad, procedencia, formación, cultura e incluso espiritualidad, conlleva diversas dificultades que se van superando si nuestra vida gira en torno a Jesús. Todo ello, junto a una necesaria dosis de afecto y ternura en el trato, así como una estrecha y profunda comunicación, hacen de la comunidad espacio propicio para el crecimiento espiritual y la maduración humana.

Como proyecto de vida centrado en el seguimiento de Jesús, la vida de fraternidad no es solamente, o no debería serlo, convivir en un mismo edificio, compartir los bienes materiales, realizar unas tareas comunes o participar conjuntamente en las celebraciones litúrgicas.

Al ser el monasterio un lugar de encuentro con el Dios verdadero, la comunidad es espacio en el que se hacen posibles la asunción de valores sustanciales y profundos como el servicio humilde a los otros – olvidándose de sí mismo y estando dispuesto a dar la vida por los demás –; un espíritu de gratuidad que no espera nada a cambio; la acogida y reconciliación sincera cuantas veces sea necesario; cooperación en las inquietudes comunitarias; un intercambiar los dones espirituales recibidos por la gracia; entre otros.

Pero no debemos olvidar que somos seres humanos, no ángeles, y por tanto la convivencia diaria en un espacio común reducido, junto con las diferencias de edad, procedencia, formación, cultura e incluso espiritualidad, conlleva diversas dificultades que se van superando si nuestra vida gira en torno a Jesús. Todo ello, junto a una necesaria dosis de afecto y ternura en el trato, así como una estrecha y profunda comunicación, hacen de la comunidad espacio propicio para el crecimiento espiritual y la maduración humana.

"En Dios vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,28). Toda nuestra vida se desarrolla en la presencia de Dios. Esto no significa que estemos constantemente rezando o pensando en Dios, sino que sepamos reconocerle en el día a día, encontrarle en lo que está delante de nosotros, en todas partes y ocasiones, incluso las más cotidianas y “mundanas”, en todos los hombres, en toda la creación; y, además, tener la convicción de que a través de todos esos momentos, cosas y personas, nos está hablando, comunicando su mensaje a cada uno de nosotros en nuestro hoy.

Es el Dios vivo que está íntimamente presente y actuante en el mundo y la historia, sustentándolo, dinamizándolo y recreándolo todo. Pero para hacernos conscientes de esa presencia en nuestras vidas, necesitamos de la soledad. Ayudados por el silencio, la oración y la lectura, debemos adentrarnos en nuestro interior para descubrir en lo más hondo de nosotros mismos, en nuestras entrañas, a ese Dios que nos habita y nos hace desarrollar y ser lo que realmente somos.

Sólo dando este paso, que requiere tiempo y esfuerzo, podremos proyectarnos hacia fuera y ver el mundo, al otro, de una forma renovada: desde Dios, con Dios, en Dios.

“Por la lectura, Dios te habla; por la meditación le preguntas; por la oración, le imploras” (Isaac de Stella). La lectura asidua de la Escritura revelada es necesaria para llegar a un profundo conocimiento de Cristo. Ya san Jerónimo expresaba en el prólogo de su comentario al profeta Isaías que “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”.

La Palabra de Dios no se contenta con una simple lectura espiritual hecha al rasero humano; tampoco con un estudio. En cuanto educadora del corazón la palabra inspirada reclama un ejercicio completo del hombre.

Se combinan los tres niveles fundamentales de la persona: el corporal mediante un simple leer, lento, en práctica visual y auditiva; el psíquico, con sus facultades de atención, afecto e inteligencia; y el espiritual en cuanto aplicación de la capacidad de fe y acogida amorosa al misterio revelado.

“En vida hay que buscar la paz: la paz con Dios, con el prójimo y consigo mismo” (San Bernardo de Claraval). La paz del corazón no es fruto de una simple tranquilidad psíquica; supone un clima de silencio y de soledad en nuestro ámbito monástico, así como de serenidad y armonía en las relaciones con los hermanos.

Aquí radica el ocio laborioso, que alienta la oración y el recuerdo de Dios. Toda la persona del monje se vuelve disponible a la acción del Espíritu santo que otorga un gozo y una paz que el mundo desconoce.

“Según nuestra Regla, nada debemos anteponer a la obra de Dios. Así quiso denominar nuestro Padre Benito a las solemnes alabanzas que cada día se celebran en el oratorio” (Elredo de Rieval).

Basta con acercarse con ojos y corazón abiertos a un monasterio cisterciense para convencerse de que la divina liturgia es el alma de la vida del monje; y que la misma oración silenciosa gira en torno a ella. La celebración de la Eucaristía y el canto de los salmos, intercalados con otras lecturas bíblicas y de la tradición eclesial, trazan el camino a recorrer del monje hacia Dios.

Esta oración litúrgica es un quehacer vital que nos introduce en el ritmo cósmico. La luz natural va marcando las etapas y los momentos de nuestra alabanza.