El evangelista Lucas nos presenta tres parábolas de la misericordia que son archiconocidas. Con ellas quiere resaltar la misericordia de Dios con los pecadores y con los alejados. La primera sobre la oveja perdida ya la vimos en Mateo (SE 60), que también la recoge. Las otras dos sobre la moneda perdida y el hijo pródigo son propias de Lucas. San Ambrosio se refiere a ellas como la medicina de la Trinidad, donde el padre de los dos hijos representa a Dios Padre; el buen pastor, a Cristo; y la mujer, a la Iglesia. Cristo te lleva sobre sus brazos extendidos en la cruz como buen pastor, la Iglesia te busca sin cesar como madre, el Padre te recibe y vuelve a vestir. Los tres se desviven por recobrar al que se pierde o se aleja.
En el caso de la moneda perdida resaltan varios aspectos que coinciden milimétricamente con la oveja perdida: la pérdida de algo querido y valioso, la búsqueda cuidadosa interrumpiendo toda otra actividad hasta encontrarla, la alegría personal y compartida cuando se halla, y la alusión al reino de los cielos que quiere representar esa metáfora.
Todos tenemos cosas valiosas que apreciamos de forma singular. No basta con que sean valiosas, sino que hemos de apreciarlas. Hay quien puede tener una gran obra de arte en su casa sin que la valore, por lo que no se sentirá motivado a buscarla si la pierde. Pero si hay algo que queremos de corazón y además es de gran valor, se dan las dos circunstancias esenciales para aparcar todo lo demás y ponernos a buscarlo. Su pérdida nos ayuda a descubrir lo que realmente es valioso en nuestras vidas. Si decimos que algo es muy valioso y no dejamos todo para buscarlo cuando se pierde, quizás es que no es tan valioso, aunque lo digamos porque estaría mal visto decir lo contrario. Eso que se pierde puede ser una cosa, una vocación, una persona o nuestra misma fe. Los momentos difíciles por los que pasamos son una ocasión privilegiada que nos enseña cual es nuestra verdad, qué valoramos y dónde nos sostenemos. Perder algo que no valoramos no nos incomoda demasiado. Perder algo que valoramos mucho nos pone en camino, despierta todos nuestros recursos, nos impulsa a hacer lo que sea sin importarnos el qué dirán o lo que tengamos que dejar o sufrir. Imagen de ello puede ser lo que hace una madre si ve que está a punto de perder a su hijo pequeño. Todo lo demás ocupa un segundo lugar. Es como nuestro instinto de supervivencia en clave del amor al otro cuando lo sentimos como propio. Es lo que sería bueno brotase en nosotros cuando vemos a un hermano que se está perdiendo o a nosotros mismos cuando vemos que nos enfriamos espiritualmente.
Para Dios lo más querido es el ser humano, la obra salida de sus manos y de su corazón. No soporta dejar perderse lo que tanto ama, estando dispuesto a ir tras él, buscándolo en su extravío. “Dime fariseo -comenta Cirilo de Alejandría-, ¿por qué murmuras al ver que Cristo no desprecia el estar con publicanos y pecadores, sino que decididamente les proporciona los medios de salvación? Para salvar a las personas, se anonadó a sí mismo, se hizo como nosotros, y se revistió a sí mismo de la pobreza humana” (Comentario al Ev. de Lucas, 106).
Llama la atención la paciencia de Dios que no para de buscar hasta encontrar la oveja perdida. El impaciente pronto despreciaría a una sola oveja que se pierde sabiendo que todavía le quedan 99 en el rebaño. Es algo que vemos en nuestra vida. Cuando nos movemos en la abundancia no nos preocupa que algo o alguien se pierda, incluso podemos empujarlo si resulta molesto, pero en tiempo de escasez verdadera hasta el pan duro puede resultar sabroso y procuramos mantenerlo. Eso no es paciencia, sino necesidad. La paciencia con los demás vivida cuando estamos en la abundancia es más auténtica por ser gratuita.
Para San Ambrosio la moneda perdida es la fe. La fe perdida no es fácil encontrar, pero no hay que desesperar. ¿Qué es lo que hace la mujer que la pierde? Primero enciende la luz, es decir, la lámpara de su ojo interior, esa lámpara que se alimenta con el aceite del espíritu, y se pone a barrer cuidadosamente su casa. Cuando la tenemos llena de cachivaches, ocupaciones y preocupaciones vacías es fácil perder las cosas. Por eso necesitamos hacer un barrido de suciedades inútiles, y hacerlo encendiendo la luz del espíritu que brota al abrir de nuevo el ojo interior y el oído del corazón para ver y escuchar la palabra de Dios. La lámpara que no se alimenta de aceite continuamente, se apaga. No dejemos de prender esa luz en la oración y la escucha de su palabra para recuperar lo antes posible la moneda perdida.
Y si la cosa sale bien, todo culminará en alegría, una alegría compartida, pues necesitamos compartir lo más importante de nuestras vidas, ya sea el sufrimiento o la dicha. No es lo mismo comer solo que hacerlo en buena compañía. La compañía alivia el dolor y acrecienta el gozo. Esto sucede tanto con los pobres representados en esa mujer sencilla en una casa pequeña, como con los ricos, representados en el padre con sus dos hijos a los que da su herencia. Todos se alegran de recuperar aquello que han perdido y quieren compartir su alegría.
Toda pérdida genera frustración. Es como si se anulara algo de nosotros que debemos recuperar. Y cuando se trata de personas y seres queridos todo aumenta de valor. El dolor de la pérdida y la alegría de su recuperación están directamente relacionados. Por eso, el dolor que sentimos cuando perdemos a alguien nos revela el lugar que ocupa en nuestro afecto y así de potente será nuestra alegría posterior. Igualmente, cuando somos nosotros los perdidos y vemos el afán con que se nos busca y la alegría que produce el reencuentro, nos revela lo que somos amados por los otros.
La mujer que perdió la moneda se afana por recuperar la dracma que lleva impresa la figura del rey. Así nosotros hemos de buscar recuperar esa imagen perdida sin temor, pues como nos dice San Ambrosio: “Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él, sin embargo, te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete”.
Valiéndose de ese ejemplo, Jesús nos expresa lo valiosos que somos a los ojos de Dios. El que todo lo tiene, el que nada necesita, se alegra inmensamente con toda su corte celestial por cada uno de nosotros cuando nos dejamos encontrar y nos decidimos volver a Dios.








