Jesús distingue entre sus fans y sus discípulos. Tenía muchos fans que lo seguían y a los que invitaba a dar un paso adelante diciéndoles: si queréis ser además mis discípulos dos cosas necesitáis: no anteponer nada ni a nadie a mí y cargar con vuestra cruz diaria. Quien no esté dispuesto a estas dos cosas fracasará como discípulo mío, será como el que comienza una torre y no puede acabarla por no tener bastante dinero o como el que se aventura en una batalla envalentonado, pero sin fuerzas suficientes. No sé, dicho de ese modo me parece bastante mundana la prudencia de Jesús. Lanzarse a la batalla con un ejército superior o construir algo teniendo una economía muy saneada no me parece nada meritorio ni motivo para ser alabado evangélicamente. Sin embargo, sí tiene su parte de verdad, aunque tal prudencia yo la veo de otra forma.
En las parábolas que nos presenta Jesús para que entendamos lo que nos quiere decir encontramos una conclusión interesante. Ser discípulo suyo equivale a emprender algo como construir una torre o enfrentarse a un ejército. Antes de hacerlo nos ponemos a calcular cuáles son nuestras fuerzas, de qué bienes disponemos o con cuántos soldados contamos, pues ¿cómo lanzarnos a la aventura con las manos vacías? Pues he ahí la paradoja, los abultados bienes que necesitamos para construir la torre o el ejército que hemos de crear antes de entrar en combate no están en nuestra cuenta corriente ni en el número de los que nos rodean, sino en el poder y el amor de Dios que nos sostiene. Por ello concluye Jesús: Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. La torre se sostendrá si sus cimientos son sólidos, si está construida sobre el cimiento de Cristo, y no solo si es esbelta y grande a nuestros ojos hecha con nuestros propios bienes.
Con razón parecen tener cierta ventaja para ser sus discípulos como para aceptar el banquete de bodas aquellos que carecen de bienes o están lisiados de algún modo. Ellos, sin saberlo, tienen ya parte del camino hecho. Lo que consideraban una desgracia en su vida se revela como una ventaja, mientras que cambiar el corazón del rico es más difícil que tratar de meter a un camello por el ojo de una aguja. Cargar con esa cruz que me acompaña me predispone a descubrir la centralidad de Dios en mi vida, pero he de perseverar: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados -dice Jesús- que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso.
También podemos contemplar esta parábola como parte del camino ascético. La torre sirve para ver más lejos, para otear la llegada del enemigo. La torre ha de ser consistente, alta y colocada en un lugar apropiado. Si la torre que edificamos la construimos apoyada en la palabra y la fuerza de Dios, cumplirá su misión. Pero no basta con ver al enemigo que se acerca, sino que hemos de combatirlo. Ahí también hemos de considerar dónde radica la fuerza que nos sostiene, dónde está ese cimiento oculto que sostiene nuestro edificio y que en la vida espiritual no es otro que la fe y la oración.
En cualquier caso, solo Dios es quien nos dará la garantía de alcanzar la meta. Triunfaremos creyendo que “con Dios haremos proezas”, como dice el salmista: ¿Quién me guiará a la plaza fuerte?, ¿quién me conducirá a Edón?… Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil. Con Dios haremos proezas, él pisoteará a nuestros enemigos (Sal 59, 11-14). Él sale en auxilio de los suyos, pues es un Dios celoso que ama al que ama y por él desea ser amado sin ser antepuesto a nadie.
Dios es un Dios celoso, nos dice la Escritura. ¿Qué significa eso?, pues los celos pensamos que no son algo bueno, que tratan de limitar la libertad del otro para hacerlo solo mío. Los celos tienen una dimensión amorosa en cuanto reflejan el amor a otra persona intentando evitar el perderla, pero tienen también un enfoque egoísta que es cuando quiero hacer del amor del otro algo exclusivo para mí. El problema está en la exclusividad excluyente.
El judío piadoso reza a diario el Shemá que dice: “Escucha Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-5). Amor no excluyente, pero sí absoluto. El primer mandamiento del Decálogo ordena: “No tendrás otros dioses frente a mí. No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso” (Ex 20, 3-5). El amor a Dios no es excluyente, pero nada se le puede anteponer. De ahí que nos diga también: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso, a sí mismo, no puede ser discípulo mío…”. Es curioso, se llega al punto de mandarnos amar a nuestros enemigos y, al mismo tiempo, aborrecer a nuestra familia si es un obstáculo para su seguimiento. Todo esto solo pretende buscar la primacía del amor de Dios, de forma que solo podremos amar a nuestros enemigos si tenemos una motivación superior, y solo podremos relegar el amor de los nuestros si tenemos una motivación superior para ello.








