A lo largo de nuestra vida recibimos diversos tipos de invitaciones. A unas acudimos con gusto y esperamos recibirlas, entristeciéndonos si no nos llegan. Otras, por el contrario, nos resultan incómodas, prefiriendo no haberlas recibido, por lo que buscamos alguna excusa para evitar acudir a ellas. El que una invitación nos resulte atractiva o no dependerá de la relación que tengamos con el que nos invita y lo que valoremos el motivo de la invitación.
Hay quien mira un diamante como una piedra y quien lo contempla como una joya muy valiosa. Algo así sucede con el reino de Dios. Uno dijo a Jesús: “¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!”. Entonces Jesús le responde con la parábola de los invitados al gran banquete que se excusaron, teniendo que cambiar la invitación y dirigirla a otros que sí iban a valorar el banquete. No basta con recibir la invitación, sino que hay que responder a ella. ¿Quiénes son los invitados que la rechazaron y quiénes son los que la acogieron y se alegran de recibirla?
Al gran banquete del reino los primeros invitados antepusieron intereses personales: ver un campo comprado, ver unos bueyes comprados, estar con la mujer desposada. En realidad, la invitación al banquete ni siquiera les exigía renunciar a nada, simplemente debían posponer su uso un breve tiempo, mientras duraba el banquete, pero ni a eso estaban dispuestos.
Me llama la atención cómo en la parábola se especifica que los que se excusaron fueron todos: todos a una comenzaron a excusarse, se nos dice. Espero que sea un mero giro literario, pues como sea una afirmación literal podemos empezarnos a preocupar los que hemos sido invitados. O quizás no, pues siendo cierto que todos nos hacemos los remolones ante la invitación del Señor, cuando se cambian las tornas en nuestra vida y experimentamos la pobreza y la adversidad esto puede ser una ocasión para cambiar también de actitud y de grupo de invitados. Quizás sea este el mensaje: cuando estamos pagados de nosotros mismos, cuando estamos entretenidos en nuestras cosas, cuando nos sentimos fuertes, seguros y queridos, es posible que no nos ilusione la invitación del Señor, pero cuando la vida nos despoja de todo eso, cuando estamos pasando un momento desgraciado, es posible que entonces se nos esté dando la bienaventuranza de los pobres al sembrar en nosotros el deseo, la necesidad y el agradecimiento por ser invitados al banquete de bodas, siendo reconocidos por Dios cuando los demás nos habían aparcado. Los predilectos de los hombres son los que triunfan en la vida, y sus banquetes son atractivos para los que son como ellos. El banquete que Dios prepara es diferente, por eso únicamente los que son sus predilectos acuden a él con gusto.
Al final la oportunidad de entrar en el banquete se da a todos, también a los alejados, descarriados o gentiles. Es el mandato de invitar a todo el que pase por las plazas o caminos que sean pobres de espíritu, los buscadores y humildes, aunque no pertenezcan al grupo de los elegidos.
En el evangelio de Mateo se indica que ese gran banquete era el de un rey que celebraba la boda de su hijo. Esto hace de la invitación un mayor honor, y su rechazo una mayor ofensa. Y, además, en clara alusión a los escribas, sacerdotes y fariseos, se dice cómo algunos incluso mataron a los mensajeros que les llevaban la invitación. Esto nos hace pensar que un signo del banquete escatológico es la presencia de los que no cuentan, de los descartados, que eran precisamente los que rodeaban y seguían a Jesús. Ese puede ser también un signo de discernimiento para nosotros. Para la mentalidad mundana es el poder y el éxito lo que cuenta. Para la mentalidad evangélica es algo muy distinto. Por eso San Pablo decía: No hay entre vosotros muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos ni muchos aristócratas; sino que lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso (1 Cor 1, 26-27). ¿Por qué entonces nos cuesta tanto sobrellevar nuestras debilidades? No pensemos que el Señor fue a buscar a los caminos a pobres bien vestidos, ignorantes educados, enfermos saludables o torpes sabios. Cuando somos pobres, pero deseosos de participar del banquete del Señor, entonces somos invitados privilegiados. Basta con que reconozcamos la magnanimidad de Dios sobre nosotros y acrecentar en ella nuestro deseo de él.
Cirilo de Alejandría arremete contra los que rechazaron la invitación al banquete del reino, pero buscaban al mismo tiempo los primeros lugares de honor en la asamblea: “Quiénes son esos que se negaron a venir a causa de las tierras, los bueyes y la procreación física de prole? Deben ser los que tomaban los primeros asientos en la sinagoga, personas con riqueza, esclavos de la codicia”. Los que se ensalzan no solo serán humillados, sino que ellos mismos anticipan su humillación al rechazar el oro de la invitación por el oropel de la apariencia.
El ser invitado a la boda es un honor, pero eso no nos exime de la responsabilidad de acudir a la boda de forma apropiada: Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda? (Mt 22, 12). Al banquete son todos invitados, los más cualificados y los menos, quedando fuera los que se autoexcluyeron. El banquete está dispuesto, pero algunos comensales no son dignos. No por haber entrado debemos estar seguros de nuestra dignidad si no vestimos el traje de boda que se nos dio en el bautismo como discípulos revestidos de Cristo. San Agustín nos dice: “Todos los que rechazaron la invitación son malos, pero no todos los que entraron son buenos”. Por eso está escrito: Quien come y bebe indignamente, come y bebe su condenación (1 Cor 11, 29). Y también nos dice el Señor: Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano y entonces vuelve a presentar tu ofrenda (Mt 5, 23-24). Si leemos este pasaje en el evangelio de Mateo nos podemos inquietar más, pues los primeros invitados fueron agresivos e incluso mataron a los mensajeros, por lo que fueron destruidos. Pero a los segundos invitados que acudieron sin traje de fiesta les sucedió algo parecido que a los primeros.
Hemos sido invitados al banquete de bodas y hemos de ir vestidos con la túnica blanca de nuestro bautismo, que es el mismo vestido de bodas que nos une al novio que nos invita. Una túnica que, si hemos manchado, hemos de lavar en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14). Hemos de hacerlo, sin permitirnos ir con ella sucia y mucho menos entrar así al banquete de bodas.








