Jesús es invitado por un fariseo a la cena festiva del Sabbat. Ahí se reunieron un grupo de letrados y fariseos. Invitar a Jesús podía ser arriesgado, pues no acostumbraba a ser diplomático, sino directo. Tras curar al hidrópico y echarles en cara su hipocresía delante de todos, observa cómo disimuladamente van eligiendo los primeros puestos en el banquete. Aprovecha eso para hablarnos de los primeros puestos en el banquete del reino al que nosotros mismos estamos invitados. Nos dice que el que quiera ser primero en el reino de los cielos sea el último de todos. No el último por incompetencia, sino por ponerse al servicio de los demás y no reclamar ser más importante que nadie.
Nosotros somos muy impacientes y queremos que las cosas cambien rápidamente. No sucede así con Jesús. ¿Por qué? Él también quiere que las cosas cambien, pero que sea fruto del cambio interior de cada uno. La impaciencia suele desear que las cosas cambien para sentirse más cómodos. Jesús, sin embargo, busca cambiar las cosas fomentando el cambio de la persona. El mundo no cambiará si cada uno no cambia. De nada sirve soñar en una comunidad idealizada y no estar dispuestos a cambiar nosotros mismos. Cambiar, no solo desear cambiar. Un cambio capaz de ceder nuestro protagonismo y reconocer la dignidad de los demás.
Es algo que no resulta sencillo, por lo que nos pone unos ejemplos de sentido común que nos pueden impulsar a hacerlo siquiera por interés. Es lo que sucede en la parábola del banquete de boda. El afán de protagonismo nos lleva a procurar los primeros puestos. ¿Quién no se cree mejor que los demás? ¿Acaso no es lo que hacemos cuando juzgamos con dureza a los otros? Actuando así corremos el riesgo de que nos releguen más atrás, de que nos digan que no somos tan importantes o virtuosos como creemos, y nos sintamos entonces avergonzados al no sabernos reconocidos. Muchas decepciones que experimentamos no son más que el resultado de una mala elección al creernos más de lo que somos y pretender ocupar puestos que no nos corresponden. Algo muy diferente sucede al que se coloca en los últimos lugares creyendo que es de los menos importantes y experimenta cómo lo invitan a subir más arriba. Que sean los demás los que me suban y no yo mismo el que me coloque por encima.
Con esto no creo que Jesús nos esté invitando a una humildad impostada que busca un mayor beneficio al pasar por humilde, ni pretenda enseñarnos unas normas de comportamiento social. Simplemente nos hace ver que la actitud humilde es beneficiosa hasta para con los criterios del mundo. Delante del espejo nos podemos creer importantes, pues lo somos para nosotros mismos, ¿pero somos tan importantes a los ojos de los demás?
La gente es importante para nosotros por motivos muy diversos: si es rica y poderosa, si es inteligente o si ocupa un puesto relevante en la sociedad. Pero las personas que son más importantes para cada uno de nosotros son aquellas que más amamos. No sin razón nos encontramos en un banquete de boda, donde el esposo decide quien es más importante para él. Los primeros puestos nosotros no los podemos arrebatar, como hacen los afortunados de este mundo. Si lo hacemos, tendremos que devolverlos como si de un robo se hubiera tratado, teniendo que pasar por la vergüenza que conlleva devolver lo robado. En el banquete de boda los primeros puestos los reserva el novio a los que más ama, que ya sabemos quiénes son. Lo sabemos, pero no nos gusta.
Hacerse la víctima, poner cara de oveja llevada al matadero o hacer un acto de humildad fingida no es muy difícil. Elegir de corazón el último puesto, aceptando ser servidor de todos, sin creerse mejor que los demás, no es nada fácil. Sin embargo, es el camino para acercarnos al ámbito de los amados por el esposo, pudiendo escuchar: “Amigo, sube más arriba”. “Amigo”, le llama. Le manda subir no por su apariencia, sino porque lo ama más. Entonces, dice Jesús, quedarás muy bien ante todos los comensales. Quedarás bien porque serás reconocido delante de todos como predilecto de aquél que consideró bienaventurados a los pobres, a los humildes, a los que no cuentan. Es cuando las apariencias caen y los libros de la vida se abren. Es cuando cada uno es valorado según los criterios del evangelio y no los del mundo. Porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.
Gran esfuerzo supone luchar por los primeros puestos ya que todos los desean, y muy fácil es ocupar los últimos que todos dejan vacantes. Sin embargo, ansiamos los primeros y abandonamos los segundos. Parece como si disfrutáramos con el esfuerzo. ¿O no? Luchar por los primeros puestos supone un esfuerzo exterior y competitivo relegando a los demás. Buscar los últimos puestos también supone un gran esfuerzo, pero en el propio corazón. Nada se alcanza sin esfuerzo. La sabiduría es valorar y luchar por lo que finalmente nos trae una recompensa mayor, y no solo en el más allá. Es la paradoja del camino de la soberbia y de a humildad. La escala de Jacob de la que nos habla San Benito: “por la cual bajaban y subían los ángeles. Sin duda no entendemos otra cosa en este bajar y subir que por la exaltación se baja y por la humildad se sube”.
Jesús da un paso más. no solo nos enseña quiénes son los predilectos de Dios, sino que nos pide que también nosotros elijamos como predilectos nuestros a los que nada nos pueden devolver, pues solo así mostraremos la gratuidad de nuestro don y Dios se fijará en ello. No nos pide que los pobres sean nuestros amigos, pero sí que sean nuestros predilectos: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos”. Actuar así produce una dicha doble. Seremos bienaventurados porque no nos pueden devolver el favor, dejando de manifiesto que nuestra recompensa está en el mismo acto de amor gratuito. Pero seremos también bienaventurados porque la generosidad de Dios no deja de actuar en beneficio de los que aman a los que él ama, los pobres y humildes, dando el ciento por uno a los que así actúan. El Señor es el abogado y el que salda las deudas de sus pobres.
Esto nos invita a ser pacientes, a entregar nuestra vida en gratuidad, y darnos sin exigir que los otros nos correspondan, dejando de hacer el bien si no cambian.








