Jesús tenía muchos seguidores entre la gente sencilla, pero no tanto entre los poderosos en el ámbito religioso y social, donde gozaba de numerosos enemigos. Si los fariseos, letrados y sacerdotes le tenían en el punto de mira, también lo tuvieron algunos del mundo político, aunque por otros motivos. Tal era el caso del tetrarca Herodes Antipas.
Tener enemigos no nos asusta, lo que nos asusta es saber que los tenemos y nos pueden hacer daño. ¿Cómo reaccionamos? Lo decía el profeta Jeremías: Aquel día (…) se acobardarán el rey y los nobles, los sacerdotes quedarán aterrados, los profetas andarán espantados (Jr 4, 9) cuando conocieron la llegada del enemigo del norte. Pero Santiago nos pide que nuestra fe no desfallezca, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento (Sant 1, 6).
A Jesús le pusieron sobre aviso: “Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte”. ¡Vaya por Dios! ¿Y quiénes le dieron la voz de alarma? No fueron otros que los fariseos, aquellos que se oponían a Jesús y no sabían cómo quitárselo de en medio; ahora acuden a la estrategia de meterle miedo en el cuerpo para que sea él mismo el que se aparte y vaya a Judea, donde el sanedrín ejercía mayor poder que en el territorio de Herodes Antipas. Zorro y astuto era Herodes, como lo eran también los fariseos. Verdades envenenadas que debemos intuir al brotar de personas llenas de odio y doblez (tóxicas, diríamos hoy).
Jesús, lejos de asustarse y esconderse alejándose de la misión recibida de su Padre, encara la situación y al mismo enemigo. No solo no huye ni se aparta discretamente, sino que pide a los que le avisan que digan a Herodes que él seguirá haciendo su obra día tras día hasta que quede consumada. Esta respuesta de Jesús no se basa en una falsa creencia de que todo le irá bien haciendo lo que tiene que hacer, sino en la disponibilidad a abrazar la muerte sin apartarse de Jerusalén, pues no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. Esto bien puede ser otro aviso para los fariseos, mostrando que ni teme a Herodes ni les teme a ellos, pues lo único que le ocupa es hacer la voluntad de su Padre. Noble y realista actitud solo posible cuando tenemos claro que vivimos desde el Señor y para el Señor, no para nosotros mismos. Quien vive para sí mismo solo se preocupa de sí mismo, de cómo se encuentra, de su bienestar y de su futuro. Quien vive para el Señor, solo se preocupa de que su obra llegue a buen término, aunque haya que dar la vida.
Herodes era un caprichoso con poder, no importándole matar a Juan el Bautista para salvar su imagen de la promesa hecha estando ebrio, o perseguir a Jesús si lo veía como un peligro. El miedo nos impulsa a eliminar aquello que vemos como un peligro potencial. Lo hacemos con una araña, pero lo hacemos también con el prójimo que nos asusta. Jesús podía controlar el miedo que sentía humanamente porque vivía desde Dios. Herodes, sin embargo, estaba dispuesto a matar para ahuyentar un miedo que nacía y moría en sí mismo.
No fueron pocos los que pretendieron la muerte de Jesús, pero su hora y lugar estaban fijados para culminar su obra. Aquí se le atribuye a Herodes Antipas esa intención de matar a Jesús, pero antes la tuvo su padre Herodes I al mandar la matanza de inocentes en Belén y sus alrededores. Igualmente lo intentaron sus paisanos de Nazaret tratando de despeñarlo, y de forma continuada los fariseos y sacerdotes hasta que lo consiguieron.
Solo en Jerusalén podía morir el Señor, pues ahí se consumaba el sacrificio ritual, como mandó Moisés: Debéis destruir por completo todos los lugares donde las naciones que vais a desposeer han dado culto a sus dioses … Buscaréis el lugar que el Señor vuestro Dios eligiere de entre todas vuestras tribus para poner allí su nombre y morar en él, e iréis allí y allí llevaréis vuestros holocaustos y vuestros sacrificios de comunión … No ofrecerás tus sacrificios en cualquier lugar que veas, sino solo en el lugar que el Señor elija en una de tus tribus.
¡Cómo contrasta la necesidad de que muriese en Jerusalén para culminar allí su misión salvífica y el rechazo que le muestra esa ciudad!: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te envían! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido. Palabras que nos tocan profundamente, pues, como diría Juan Casiano, en Jerusalén no solo está reflejada la Iglesia, sino también cada uno de nosotros.
¿A quién son enviados los profetas? ¿Quién los rechaza y los mata? Todo sucede dentro de Jerusalén. Jerusalén está llamada a ser lugar de paz, lugar de reunión y encuentro, como gallina que reúne a sus polluelos, pero sus habitantes se resistieron, no quisieron estar bajo sus alas. Los sencillos sí lo recibieron al entrar Jesús en ella sobre un pollino, llevando en sus manos ramos de olivos y gritando: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Expresión utilizada para dar la bienvenida a los peregrinos a Jerusalén, como dice el salmo (sal 117, 26). Expresión con que se despide Jesús de un pueblo que no lo acoge: Os digo que no me veréis hasta el día que digáis: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Ese día lo anticipamos cuando pedimos su venida o, mejor todavía, la reconocemos en la vida concreta, tanto en los momentos de cruz como de gloria. No acoger al que viene a nuestras vidas es matarlo. Por eso se preguntó: ¿De qué vale echar lo santo a los perros o las perlas a los cerdos? (Mt 7, 6).
Jesús vive profundamente el amor por los suyos, doliéndole su rechazo. Solo pide el sí de nuestra libertad para que su gracia pueda actuar.








