De nuevo nos encontramos con una higuera estéril en medio de la viña, es decir, una sinagoga que debiera dar vida, pero que impone la letra muerta que son las interpretaciones humanas de la ley. Vemos en la sinagoga a Jesús, al jefe de la sinagoga y a una mujer encorvada. Era sábado y Jesús estaba enseñando. La mujer encorvada llevaba 18 años enferma. Cada uno de los personajes tiene sus prioridades. La mujer cargada con su dolor de huesos, quizás por una artritis que la deformaba. Jesús movido por una empatía misericordiosa por los más débiles, como lo era la una mujer enferma, doliente y deformada. Y, finalmente, el jefe de la sinagoga preocupado por leyes humanas carentes de humanidad.
El jefe de la sinagoga se enfada no porque Jesús curara, que pienso que también, pues la envidia lo tenía que turbar al ver los milagros de Jesús, sino porque lo hiciera en sábado saltándose la interpretación de la ley que ellos hacían. A veces, la gente piensa que a las personas muy religiosas les falta humanidad. ¿Cómo no alegrarse con el que es curado y quedarse en la amargura del que se siente contrariado? Las personas falsamente religiosas suelen ser envidiosas, y pienso que este era el caso. Su razonamiento parece lógico: hay otros seis días a la semana donde poder ser curados, ¿por qué hacerlo en sábado? Sin mencionar que era precisamente en sábado cuando se reunían los judíos en la sinagoga y podían verse. Una mentira disfrazada de verdad.
La enfermedad es como una atadura. Nos limita el movimiento o nos puede atar literalmente a una silla o a una cama. Por eso la enfermedad tiene también un sentido espiritual. Aunque no sea consecuencia necesaria del pecado, sí que se asemeja a su atadura. El que se somete al pecado está atado a él y deja de hacer lo que desearía hacer. De ahí la comparación de Jesús: Si todos desatan su buey o su asno en sábado para llevarlos a beber, cuanto más una hija de Abrahán tenía que ser desatada de la atadura que Satanás le impuso hacía dieciocho años. Su curación simbolizaba la sanación espiritual, el poder del Señor para desatarnos del pecado, rompiendo sus ataduras por el perdón y la conversión. Su Espíritu es capaz de liberarnos de las ataduras de los malos espíritus.
¿Por qué Jesús menciona aquí al buey y al asno y no a otros animales, justo los animales que ponemos en el Belén? La Biblia está toda ella interrelacionada y es bueno encontrar su significado en ella misma. El profeta Isaías nos dice al comienzo de su profecía: El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende (Is 1, 3). El buey y el asno tenían que ser desatados para llevarlos a beber aun en sábado, así Israel necesita ser desatado de las ataduras del pecado para conocer a su amo y acercarse a la fuente de su nacimiento en medio de nosotros, es decir, conocer el pesebre de su dueño. De ahí viene la costumbre de poner un buey y un asno (o mula) junto al pesebre del Señor en Belén.
La enfermedad de esa mujer la había encorvado, teniendo que mirar hacia abajo. Una imagen muy conocida en la doctrina de San Bernardo, que sigue a San Agustín y que encontramos también en los clásicos griegos. Una imagen que recoge igualmente lo que dice el salmo: Mis culpas sobrepasan mi cabeza, son un peso superior a mis fuerzas. Mis llagas están podridas y supuran a causa de mi insensatez; voy encorvado y encogido, todo el día camino sombrío (Sal 37, 5-7). También San Pablo se hace eco de ello cuando dice: Buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra (Col 3, 1-2).
Es la imagen del alma encorvada que mira hacia la tierra como los animales en la región de la desemejanza y que está llamada a enderezarse mirando hacia arriba, donde está la morada de Dios, pues el ser humano fue hecho erguido para que contemple las realidades de arriba en el reino de la semejanza divina, dejando de vivir según los criterios mundanos.
Por lo general, estas enfermedades de las que sana Jesús son mencionadas como posesiones de malos espíritus, siendo las curaciones “signos”. ¿Signos de qué? Hasta el día del juicio final los demonios parecen gozar de cierta libertad en este mundo, lo que suelen emplear para dañar a los hombres a los que envidian, poseyéndolos y enfermándolos, lo que para los judíos era una consecuencia del pecado, algo con lo que Jesús no siempre estaba de acuerdo. Con las curaciones, Jesús está anunciando el reino mesiánico, el tiempo del Espíritu Santo que vence a los malos espíritu.
¿Quiénes son los que se indignan al ver que la mujer se endereza? Los encorvados, nos dice San Agustín. Encorvados porque no entendiendo los preceptos mismos de Dios los interpretaban con corazón terrenal. Son los que celebran carnalmente el sábado, pero sin captar su sentido espiritual. Estos se sienten abochornados cuando Jesús les echa en cara su impostura, mientras que los sencillos se alegran de ver a un Maestro que usa la ley para liberarlos y no para subyugarlos.
Este pasaje aparece de forma similar en otros dos lugares del evangelio: cuando Jesús cura en sábado al hombre de la mano paralizada y al hidrópico. En el caso del hombre que padecía hidropesía (inflamación del vientre por líquidos) Jesús no se encontraba en la sinagoga, sino en casa de un fariseo, pero igualmente estaba siendo espiado para ver de qué acusarlo. Cuando el corazón está embotado somos incapaces de ver la bondad, preocupados únicamente en buscar lo negativo que pueda hacer el prójimo para tratar de destruirlo. Y por más que intenta Jesús de hacerles comprender, es inútil, ellos van a lo suyo: Los fariseos lo estaban espiando… Y tomando la palabra, dijo a los maestros de la ley y a los fariseos: “¿Es lícito curar en sábado o no?”. Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió (Lc 14, 1-6), recordando a los fariseos lo que ellos hacen cuando un asno o un buey de su propiedad se cae en un pozo en sábado: lo sacan sin ningún tipo de escrúpulo.
En el caso del hombre con la mano paralizada en la sinagoga, se repite la situación: era sábado, Jesús se puso a enseñar, cura a un hombre con su mano paralizada cuestionando la enseñanza de los fariseos al anteponer la vida a la letra muerta y provocando en ellos la cólera que los cegaba buscando cómo destruirlo (cf. Lc 6, 6-11 y Mt 12, 9-14). Nada nuevo bajo el sol. es algo que podemos constatar entre nosotros cuando la cólera nos ciega buscando el mal del hermano que me ha contrariado y se cree en posesión de la verdad.








