Nos dice la segunda carta de Pedro: No olvidéis una cosa, queridos míos, …, el Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan. Pero el día del Señor llegará como un ladrón … y la tierra con cuantas obras hay en ella quedarán al descubierto (2P 3, 8-10). Y el libro de la Sabiduría: Te compadeces de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan (Sab 11, 23). Esa doble imagen de la paciencia y la misericordia divinas se recoge en el relato evangélico de la higuera estéril que hoy vamos a ver.
En el evangelio encontramos dos versiones que nos hablan de la higuera. Por un lado, está Mateo, donde se nos recuerda la severidad del juicio, es decir, que Dios termina dando a cada uno lo que se merece: Viendo Jesús una higuera junto al camino se acercó, pero no encontró en ella nada más que hojas y dijo: “¡Que nunca jamás brote fruto de ti!”. E inmediatamente se secó la higuera (Mt 21, 19). Si no daba fruto, ¿de qué le servían las hojas? Si un árbol frutal deja de dar fruto se le arranca, no tiene sentido, pues su razón de ser es dar fruto. Algo parecido nos sucede a nosotros que hemos sido llamados para dar fruto, como dijo Jesús en la última cena: Os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure (Jn 15, 16). Y también: A todo sarmiento que no da fruto en mí (mi Padre) lo arranca… Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca.
En el evangelio de Lucas, sin embargo, el episodio es más alentador, ofreciéndonos la esperanza que brota de la paciencia y la misericordia de Dios: Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?». Pero el viñador respondió: «Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar»” (Lc 13, 6-9).
Este relato echa un poco de luz sobre las conclusiones erróneas que sacaban los judíos frente a las desgracias que nos pueden suceder. Hoy día gusta hablar del Karma afirmando que todos recibimos las consecuencias de nuestros actos -especialmente de las malas acciones- en forma de castigo. Jesús mismo ya nos lo recuerda en varias ocasiones que recibiremos el fruto de nuestras obras. Pues bien, Pilato había matado a unos galileos, ¿significaba eso que habían sido peor que los demás?, ¿que estaban sufriendo la consecuencia de sus malos actos? La torre de Siloé cayó sobre 18 personas, ¿significaba eso que las víctimas eran peores que los demás, que su Karma los había condenado? Esa rápida conclusión que sacamos no tiene por qué ser así. Y aún en el caso de que la calamidad sufrida fuera resultado de sus malas acciones, no podemos sacar la conclusión de que a nosotros no nos pasa porque somos mejores.
Es más sabio aprender en cabeza ajena que no esperar a que nos suceda a nosotros la desgracia para aprender por experiencia. Quizás a nosotros no nos sucede nada por la paciencia y misericordia de Dios que sabe esperar más que por nuestra virtud. “Convertíos”, exclama Jesús, porque si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera, les dijo a los judíos. Dios mira el corazón, mientras que nosotros nos limitamos a juzgar y sacar conclusiones por las apariencias.
Tanto la viña como la higuera aparecen en el AT como metáforas de Israel. En la parábola de Jesús se nos dice que la higuera está plantada en una viña. Por eso algunos han interpretado esa higuera como la sinagoga dentro de Israel. El Señor buscó en ella el fruto de la fe, pero no encontró nada. Jesús estuvo tres años entre ellos, pero seguían sin dar fruto, sin creer en él. Sin embargo, cuando la sentencia del Padre cayó sobre ellos, como la voz condenatoria que Moisés escuchó en el monte Horeb: Déjame que destruya a este pueblo (Ex 32, 10; Dt 9, 14), Jesús, como un nuevo Moisés, intercede por ellos: “Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, la cortarás”. Yavé concedió una oportunidad a Moisés para que intercediera mediante la oración, del mismo modo Jesús intercede ante Dios por la higuera.
El viñador intercede y ora, pero no se queda de brazos cruzados, sino que pone todos los medios posibles para que cambie la realidad y se pase de la esterilidad a la fecundidad cavando y abonando la higuera. Todo es gracia, pero la gracia no puede nada sin nosotros, sin nuestra disposición al cambio, a convertirnos para dar fruto. Es tentador hacerse la víctima, revolvernos contra el profeta que nos avisa, acusándolo de invadir mi intimidad. Pero eso no vale de nada si durante el tiempo que se nos da no cambiamos y damos fruto.
El proceso de conversión tiene dos momentos según la parábola: cavar y abonar. Cavar es ahondar, romper la dureza externa del terreno alrededor del árbol para ablandarlo, facilitando la oxigenación de las raíces. Es el camino de la humildad que rompe el manto duro de la soberbia favoreciendo el que las raíces puedan ser alimentadas con el abono de la gracia y la palabra de Dios.
El dueño de la viña quiere que su viña dé fruto, así como los árboles que hay en ella. Por ese motivo manda que se quiten aquellos que no dan fruto para dejar el puesto a otros que sí den fruto. Si la higuera estéril mira la realidad solo desde ella misma, podrá victimizarse acusando al dueño de poca comprensión. Pero si miramos el asunto desde fuera, con imparcialidad, comprendemos tal actitud. De ahí que en otro lugar Jesús diga: “Vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios, mientras que a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas”. Algo parecido sucede con los invitados al banquete de bodas y se excusan para no ir.








