El último de los “ayes” en Mateo presagia la ejecución de Jesús. Después de echarles en cara a los fariseos todas sus actitudes hipócritas realizadas supuestamente para un mejor cumplimiento de la ley, les recuerda lo que sus padres hicieron con los profetas persiguiéndolos y ellos seguirán haciéndolo con él mismo y con sus discípulos. Y es que no solo critican a sus contemporáneos considerándose mejores que ellos, sino que se permiten condenar a sus antepasados por el mal trato dado a los profetas mientras ellos son peores.
Al construir las tumbas de los profetas y reprobar las acciones de sus antepasados, los fariseos se reconocen hijos de los que mataron a los profetas. Ellos mismos se delatan al considerarse sus hijos espirituales, que no biológicos. Es una forma de dejar de manifiesto su hipocresía y cinismo. Sería algo así como uno que insulta y mata a alguien y a continuación le hace un homenaje público ensalzando lo maravillosa que fue esa persona a la que mató. Algo de eso vemos en nuestras vidas y nos podemos sorprender haciéndolo nosotros mismos al criticar o difamar a alguien a sus espaldas y luego decirle que es una gran persona o decirlo delante de la gente para que no sospechen de que he sido yo quien lo ha destruido. Es el colmo del cinismo que tuvo que soportar el Señor en la cruz, donde tras ser entregado por los judíos un letrero colgaba en lo algo de la cruz pregonando que él era el rey de los judíos, coronado y todo como estaba.
Los padres de la Iglesia mostraban una sensibilidad evangélica verdaderamente admirable. Sabían muy bien que Dios no reside en construcciones humanas, sino muy especialmente en el corazón de cada hombre. Por eso se escandalizan cuando se hacían casas para Dios a costa de los pobres o se sostenía a los pobres con bienes injustos. Así decía uno de ellos: “Los pobres no se alegran nunca de recibir bienes que se han quitado a otros con violencia o engaño”. ¡Qué contraste con los donativos de la mafia para lavar su conciencia y cómo son recibidos por otros justificando los medios por el fin! Esa actitud refleja que no se busca la gloria de Dios, sino conseguir el favor humano. Solo es grato a Dios aquello que hacemos sin dañar al prójimo. Construir relicarios a costa de los pobres no es grato a Dios, como no lo es hacer cosas supuestamente para la gloria de Dios pisoteando al hermano. Cuando así actuamos lo hacemos más por nosotros mismos que por Dios, aunque digamos lo contrario. La ofrenda que procede del pecado no puede ser grata a Dios.
¡Raza de víboras!, los llama Jesús. ¡Qué insulto, Dios mío!, podemos exclamar. ¿Pero cómo puede ser un insulto llamar ladrón al que roba o adúltero al que mancilla su matrimonio? El insulto se lo hace uno a sí mismo cuando actúa de ese modo, no el que constata la realidad. Jesús llama víboras a los fariseos porque su actuar se asemeja al de las astutas serpientes. Su astucia no es para lo bueno, sino para lo malo. Buscan la manera de morder a alguien y, cuando lo consiguen, buscan esconderse. Así los hipócritas que, viviendo con apariencia de sencillez, maquinan en su astucia cómo dañar a alguien, y una vez dañado se comportan con normalidad, como si no hubieran hecho nada malo.
De nada sirve levantar tumbas, como de nada sirve edificar iglesias sin mantenerse en la fe de la Iglesia, ni leer las Escrituras sin creer en ellas, ni invocar a los santos sin imitar sus obras, como ya nos dijo el Maestro: No todo el que dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos … Pues no todos los que invocan al Señor son del Señor, sino los que cumplen su voluntad.
Y así como siempre tenemos una nueva oportunidad para hacer el bien, del mismo modo siempre tenemos una nueva oportunidad para repetir nuestros errores y dejar de manifiesto nuestro pecado, nosotros elegimos. Los fariseos se creían mejores que sus padres y decían: “Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”. ¿De verdad creéis lo que decís? ¿De verdad nos creemos mejores que aquellos a los que acusamos y condenamos? Jesús les dice y nos dice: No os preocupéis que os daré la oportunidad de poneros delante del espejo y sorprenderos de lo que habita dentro de vosotros”. O dicho con palabras del evangelio: Mirad, yo os envío profetas y sabios y escribas. A unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad. Más vale no presumir ni creerse mejor que nadie, por muy pecador que consideremos al otro.
En este pasaje Jesús nos está diciendo que también nosotros hemos de ser perseguidos como lo fue él. Y no pensemos en persecuciones con glamur que nos haga sentirnos mártires laureados y reconocidos en vida. La persecución vendrá del mal, experimentando su aguijón en el día a día, también a través de los que se consideran buenos y piensan que con ello están dando gloria a Dios. Esos momentos están para vivirlos como el Señor, no dando gritos lastimeros ni agitando en lo alto la palma del martirio, sino tomando conciencia de haber sido enviados para vencer el mal a fuerza de bien y el odio con amor. Poco podemos hacer contra lo que otros dicen y hacen, pero mucho podemos hacer con una respuesta evangélica o farisaica, según elijamos.
Que no caiga sobre nosotros la sangre derramada de nuestros hermanos, como avisó Jesús a los fariseos. Esa sangre de Abel derramada por envidia y que desde el suelo clamaba a Dios, recibiendo Caín la maldición de ese mismo suelo por haber transformado la fraternidad en fratricidio. El mal, como el eco en las montañas, retorna a nosotros según lo que de nosotros salió. Una sangre que también puede derramarse en un lugar de culto como sucedió con el profeta Zacarías, asesinado entre el santuario y el altar. Pues cuando el mal ciega la vista, importa ya poco el lugar donde se haga. La impotencia del amor no correspondido provoca lágrimas. “¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a quienes te han enviado, ¡cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, y no habéis querido!”. Lamento de amor despechado, un “¿quieres?” no atendido. El Señor trata de seducirnos, no imponerse, pues busca nuestra respuesta libre y amorosa, no un cumplimiento sin alma. Eso sí, nos avisa que nuestras decisiones tienen sus consecuencias. No es amenaza, sino aviso. No escuchar su palabra, no acogerlo a él, nos hará experimentar el vacío: “Vuestra casa quedará desierta”. Evitémoslo acogiéndolo en un abandono confiado, como hacen los profetas deseosos de proclamar lo escuchado aun a costa de ser rechazados.








