Nos quedamos el domingo pasado constatando la medida diferente que usamos con nosotros mismos y con los demás, como hacían los escribas y fariseos, a los que su hipocresía los llevaba a exigir a los otros lo que ellos no daban. Lo que decían era verdad, y el Señor no lo cuestionaba: “Haced lo que os dicen”, pero su actitud era reprochable, pues no hacían lo que decían, cargando en las espaldas ajenas lo que ellos no estaban dispuestos a soportar: “No hagáis lo que ellos hacen”.
El otro día me sentí inspirado y comencé a hacer una lista de cosas que he ido observando en las que unos se quejan de los otros cuando ellos mismos hacen cosas muy similares en otros contextos o de otra forma. La lista era larga. Pensé por un momento qué pasaría si nos dijeran abiertamente nuestras incoherencias. Probablemente nos sentiríamos humillados delante de los demás, pues lo que vemos necesario hacer con los otros para que se corrijan, rechazamos profundamente que se haga con nosotros mismos. Son pocos los humildes que han avanzado en su camino espiritual beneficiándose de tales correcciones. Por lo general, el resto lo toma como un ataque personal y lo que debiera ser una corrección para cambiar de actitud se convierte en un sentimiento de haber sido agredido y humillado que provoca rencor, victimismo o deseo de venganza. Solo sirve de algo la corrección hecha personalmente, y aun así la respuesta suele ser la justificación, apuntar a los otros que hacen lo mismo o defenderse atacando. De vez en cuando Dios sorprende con una actitud humilde que acoge la corrección y muestra deseo de cambio. Son momentos de esperanza que ayudan a perseverar.
El evangelista Mateo nos pone los “ayes” de los que también habla Lucas, añadiendo otros que parece le salen a borbotones, dejando a las claras lo muy molesto que Jesús se sentía con los fariseos. “Ayes” que no son maldiciones, sino advertencias para no actuar así, pues la corrección o el aviso no es maldición ni signo de que se tiene algo contra mí, sino invitación a la conversión, aunque con frecuencia lo solemos tomar como un ataque personal o rechazo. A Jesús le molestaba ante todo el daño que su hipocresía y religiosidad formal provocaba, arrastrando a otros por un camino de condenación: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren… Viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis digno de la gehenna el doble que vosotros… Decís: «jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga» … Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello… Que edificáis sepulcros a los profetas… diciendo: «Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas» ¡Serpientes y raza de víboras! ¿Cómo escaparéis del juicio de la gehenna?” (Mt 23, 13-36).
La primera acusación es dolorosa: “cerráis a los hombres el reino de los cielos. Ni entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren”. Recuerda el pasaje donde Jesús pone a Pedro al frente de su Iglesia, dándole las llaves del reino de los cielos (cf. Mt 16, 19). Un reino que comienza con la predicación y el mensaje de Jesús al que se cierran los fariseos siguiendo sus propias costumbres. San Hilario de Poitiers decía de ellos que con su interpretación de la ley terminaban ocultando la verdad, que es la forma de cerrar el reino de los cielos a sí mismos y a los demás; que con su legalismo evitaban los pecados más leves provocando los más graves.
El no vivir en la verdad, sino en el mero formalismo, tiene sus consecuencias. Quien no vive en la verdad orientará su vida a las cosas con las que trata de llenar su vacío. Así vemos que algunas personas con apariencia virtuosa están más preocupadas por llenar su bolsa y asegurar su futuro. Ese disimulo lo ve también Jesús en los fariseos cuando les acusa: Devoráis los bienes de las viudas con pretexto de largas oraciones. Vuestra sentencia será por eso más severa.
Hacer el mal es siempre reprensible, pero hacerlo parapetados de algún modo en la religión resulta odioso, pues se justifica con lo que la ley prohíbe. El falso misticismo de los impostores de la santidad se apega fácilmente a las mujeres, especialmente a las viudas, por diversos motivos, decía un autor, al ser presas más fáciles de ser despojadas.
Lo que les interesaba a los fariseos era ellos mismo, garantizar su futuro, yendo por tierra y mar buscando algún prosélito. Jesús no quiere que busquemos discípulos, sino que anunciemos su reino buscando discípulos para el que es el único Maestro. Una pequeña y gran diferencia en la pastoral vocacional que se manifiesta en lo que sentimos. Podemos sentir rabia o desaliento cuando no conseguimos algo para nosotros. Pero si lo que busco es con puro corazón para el Señor, entonces el sentimiento será de dolor y pena porque otros no se puedan gozar de su conocimiento. Quien así actúa sabe acompañar sin atrapar, enseñar el camino del Señor y no el propio. Quien busca para sí, termina haciendo un gran mal al prosélito, pues el mal ejemplo y el egoísmo se contagia más fácilmente que la virtud.
Las sutilezas religiosas también pueden ser fruto de la necedad: Guías ciegos y necios que distinguís entre la obligación del juramento hecho sobre el templo y la obligación del juramento hecho sobre el oro del templo, o el que se hace sobre el altar y el que se hace sobre la ofrenda que se pone encima el altar. ¿Qué esconde esta casuística? Para que lo podamos entender viene a ser como las “restricciones mentales” que hacemos para llevar a cabo lo que denominamos “mentiras piadosas”. Es decir, decimos algo que parece un juramento incontestable para ser creídos, y le metemos una sutileza que nos tranquiliza la conciencia para sostener una mentira, pensando que estrictamente no la hemos dicho. Si jurar sobre la ofrenda del altar sí obliga, me limito a decir simplemente que juro por el altar y así me siento libre de cumplir mi juramento, pues no he mencionado la ofrenda, aunque se lo he hecho creer al que me escucha. Esto, que tristemente se hace con frecuencia, el Señor lo rechaza. Él quiere que seamos sencillos y sinceros, aunque nos cueste algún disgusto. Lo importante es la intención del corazón, no la literalidad de lo que decimos. Podemos engañar a los otros, pero no a Dios ni a nosotros mismos, aunque lo intentemos. Es más importante la pureza del corazón que nuestra imagen exterior. Solo la vivencia cercana con el Señor Jesús nos enseñará un camino muy alejado a los valores del mundo, que más que buscar la verdad y la pureza buscan el éxito y la imagen.








