Jesús nos pone en guardia una y otra vez contra la hipocresía de los fariseos que manipulan una ley que debiera dar vida, transformándola en una pesada carga para los demás, que no para ellos: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar” (Mt 23, 2-4).
El gran Orígenes, cuando comenta la expresión: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos, dice que los escribas son los que no se apartan de la letra de la ley, siguiéndola a pies puntillas, mientras que los fariseos son los que sí se apartan de ella al considerarse superiores y mejores que los demás, llamándose por eso “fariseos”, que significa separados o apartados. Tanto quieren seguir la ley que se apartan de ella siguiendo sus costumbres.
Dolido por la dureza de corazón de los fariseos que se aferran a una ley sin alma, no le queda otra a Jesús que ponerlos en evidencia frente a su propia hipocresía, pues critican en los demás lo que ellos mismos hacen. Es la sección de los “ayes”, donde nos presenta un largo elenco de las actitudes farisaicas que ponen al descubierto su hipocresía y que nos pueden servir a nosotros para examinarnos y descubrir las nuestras. “¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto es lo que hay que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, los fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas! ¡Ay de vosotros que sois como tumbas que no se ven, sobre las que andan los hombres sin saberlo! (Lc 11, 42-44).
La ley mandaba pagar el diezmo de las cosechas y del ganado (Lv 27, 30ss). Los fariseos iban más allá y aplicaban el diezmo a cosas tan insignificantes como la hierbabuena, la ruda, la menta o el comino, olvidándose del amor y la misericordia de Dios. A fin de cuentas, aquello era más lucrativo que esto para los que vivían de la ley. Quienes viven de las apariencias, las fomentan, siendo muy importante para ellos la imagen, el reconocimiento y los primeros puestos. Engañan con su apariencia y su actuar fingido, dando a entender que tienen un valor del que carecen por estar habitados por la corrupción, asemejándose a las tumbas que se pisan cuando no están debidamente señaladas, por no percatarse de ellas el caminante al estar a ras del suelo. Pregonan todo lo que les sale bien y disimulan sus fracasos. Procuran que se reconozcan sus aciertos y sus esfuerzos, como los que buscan los primeros puestos para ser vistos y se regodean con los reconocimientos al recibir los halagos que consideran justos y necesarios, asemejándose así a los sepulcros disimulados, cuya hipocresía es odiosa a los ojos de Dios y de los hombres, no tardando demasiado en salir a la luz cuando el tiempo y la falta de perseverancia pone al descubierto lo que anida realmente en su interior, pues todo lo que hacen es simplemente para que los vea la gente, dejándolo de hacer cuando nadie los ve, lo que nos sirve también a nosotros para evaluar cuándo somos monjes y cuándo nos limitamos a actuar como monjes.
El hipócrita vive de las apariencias. Si ha hecho algo bien, se considera el mejor, como si alargara las filacterias y agrandase la orla del manto, ¡quién como él! Las filacterias eran cada una de las dos pequeñas cajas o envolturas de cuero que contienen tiras de pergamino con ciertos pasajes del Pentateuco (la ley), y que algunos judíos durante ciertos rezos llevan sujetas, una al brazo izquierdo y otra en la frente. Ensanchando las filacterias mostraban un alarde excesivo de esos objetos como queriendo dejar más manifiesta su piedad, así como ensanchando la orla del manto para que todos los honraran. San Jerónimo dice que llevando las filacterias visibles querían dar a entender algo que no siempre es así, pues también un armario puede contener muchos libros sin que podamos deducir por ello que goza de sabiduría y conocimiento de Dios. Algo que compara el padre de la Iglesia con la costumbre de algunas mujeres cristianas de su época que portaban pequeños evangelios con madera de la cruz, llamándolas supersticiosas. Todo eso se hace para ser vistos, cuando Jesús mandó a sus discípulos hacer buenas obras en lo escondido, para que solo Dios las vea.
El fariseo necesita que la gente reconozca sus capacidades haciéndole reverencias y llamándole maestro. Algo que gusta muy poco al verdadero Maestro que nos insiste en que unos a otros nos llamemos simplemente hermanos: No os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Luego vendrá la interpretación de que sí nos podemos dejar llamar maestro y padre no por nosotros mismos, sino por aquél a quien representamos, deslizándose poco a poco la tentación de apropiarse algo que no es propio, entendiendo la ofensa que se me hace como si se la hicieran al mismo Dios, y reclamando para sí la reverencia debida a Dios. Jesús nos anima a seguir el camino más seguro: ser el servidor de todos, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.
Debemos admitir que el deseo de ocupar los primeros puestos no solo se daba entre los escribas y fariseos, sino también en la Iglesia, nos recordaba ya Orígenes en el siglo III, todavía en tiempo de las persecuciones. Él denuncia que los que actúan así solo buscan aprovecharse de los demás, devorando las haciendas de las viudas como falsos diáconos. Están prontos para recibir, pero son tardos para dar. Y San Juan Crisóstomo nos hace notar que así como la reprensión sobre los cumplimientos minuciosos va dirigida en los evangelios solo a los fariseos, el aviso sobre el peligro de buscar los primeros puestos también se hace a los discípulos de Jesús: “la ambición de mando y el afán de arrebatar la cátedra de los maestros, eso sí lo saca Jesús a pública vergüenza, lo corrige con extraordinario empeño y sobre ello da también a sus discípulos los más enérgicos mandatos” (Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 72, 3). Jesús no sólo prohíbe al discípulo que ponga empeño en conseguir el primer puesto, sino que además le exige que busque el último.
De todos es sabido que una de las características de los santos es que son exigentes consigo mismos y benévolos con los demás. Los escribas y fariseos parecen distinguirse justo por lo contrario. A fin de cuentas, la cátedra del AT era la ley, que interpretada rígidamente terminaba aplastando. Algo muy diferente sucede en el NT, donde la cátedra es el mismo Cristo que carga con nuestras culpas y nos da su misericordia, buscando profundizar en el espíritu de la ley. Su carga no puede ser más que llevadera para el que se somete a él, que es manso y misericordioso. Pero, como nos recuerda igualmente Orígenes, tampoco dentro de la Iglesia se está exento de ese peligro, pues hay quien enseña lo que se debe hacer sin hacerlo él mismo y carga sobre los otros lo que él no está dispuesto a sostener. Menos mal que también podemos encontrar a quienes hacen antes de hablar y sostienen la carga animando a otros a hacer lo mismo. Seguiremos con esto el próximo domingo.








