Jesús dijo a Simón el fariseo sobre la pecadora: “Sus muchos pecados han sido perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, poco ama”. Jesús perdona a la pecadora sus pecados y los fariseos se sienten fastidiados y se preguntan “¿Quién es este para perdonar pecados?”.
No hay forma ni manera de hacerlos entrar en razón. Es el amor lo que nos va a salvar, no nuestras obras. Nos salvará el amor que pongamos en las obras que realicemos, pero no unas obras sin amor, sin alma. ¿Cómo distinguir unas de otras? Jesús les cuenta otra parábola a los fariseos a ver si consiguen comprender, a algunos que se creían justos por sus obras y despreciaban a los demás. Nos dice: “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior -pues vergüenza le daba que se le escuchara- «¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pobre pecador». Os digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.
El fariseo ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de sus bienes como dice la ley. ¿Qué hay de malo en ello? Absolutamente nada. El problema radica en la motivación que tiene. Una motivación es buena: cumplir la ley. Pero otra motivación echa por tierra la primera: se pavonea de lo que hace, creyendo que con ello se garantiza la justicia y la salvación e, incluso, se permite compararse y juzgar a su prójimo. Cumplir la ley es bueno. Utilizar ese cumplimiento contra el hermano acusándolo, es malo. A nosotros nos toca vivir según los mandamientos de Dios, pero no juzgar a los demás. Dejemos el juicio para Dios, tal y como él nos dice. Esto no siempre nos resulta sencillo porque miramos las cosas desde nuestro propio interés o por cómo nos afectan, más que desde Dios o de cómo lo vive el hermano.
El fariseo da gracias a Dios, ¿qué hay de malo en ello? Lo malo es el motivo por el que da las gracias que revela la soberbia que hay en su corazón: “Gracias porque no soy como los demás hombres”. Es una constante en la enseñanza de Jesús el empeño por examinar y purificar nuestras motivaciones, que pueden cambiar radicalmente el valor de nuestras obras. Lo hizo en el sermón de la montaña y lo hace cuando se refiere a los cumplidores fariseos. El orgullo es una gran tentación para los que sirven a Dios creyéndose ser algo.
Decía el patriarca de Alejandría San Cirilo: Nadie que sea diestro en la lucha se corona nunca a sí mismo. Nadie, tampoco, recibe la corona de sí mismo, sino que espera la decisión del árbitro. “No soy como los demás hombres”, dice el fariseo. Coloca una puerta con su candado en tu lengua. Le hablas a Dios que lo sabe todo. Espera la sentencia del juez. La arrogancia es maldita y odiada por Dios. Por eso nos manda Jesús: No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Nadie que goce de buena salud se ríe del que está enfermo postrado en la cama. La debilidad de otros no es objeto adecuado para exaltar a aquellos que gozan de buena salud.
Con esto no se están justificando las malas acciones del pecador. Lo que Jesús ensalza del publicano es su actitud, la sinceridad de su arrepentimiento, la humildad en el reconocimiento de su pecado. De nada le valdría contar sus pecados si presume de ellos, como se hace a veces. La misericordia divina es gratuita, pero exige ser acogida con humildad. Siempre resulta más difícil confesar los propios pecados que las propias virtudes.
Para hacerles ver a los fariseos la hipocresía con la que actúan, Jesús les pone varios ejemplos concretos y evidentes, pero tampoco parece que tenga mucho éxito. Dios manda honrar a los padres, pero si los bienes con que se les puede ayudar se entregan al templo, los fariseos se veían exentos de cumplir tal precepto divino. Aún recuerdo aquellos tiempos en los que se estaba muriendo el padre o la madre de un monje o monja y no lo visitaba pudiendo hacerlo porque “habían entregado su vida a Dios”, aunque también es verdad que no siempre era así. Como vemos, no estamos nosotros tan lejos de aquellos a los que Jesús criticaba. También es cierto que podemos utilizar la reprimenda del Señor para hacer nuestra voluntad en cosas muy menores (“mi madre se resfrió, por lo que tengo derecho a dejar todas mis obligaciones para ir a estar con ella la semana del resfriado y otra más por si recae”). Todo necesita un discernimiento con alguien ajeno a uno mismo para no engañarse.
Anteponer nuestras costumbres a los mandatos de Dios nos hace vivir una religiosidad sin alma, como profetizaba el profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.
Todo esto nos puede meter en discusiones casuísticas interminables. Lo importante es fijarnos en lo esencial, en la actitud del corazón, en ver dónde está lo principal, pues así no erraremos. Para ello Jesús nos pone un principio general: fijémonos en lo que sale de nuestro corazón, en nuestras motivaciones más profundas, no en lo que viene de fuera. Lo que viene de fuera son las cosas que se hacen y pueden molestarnos, por lo que tratamos de que desaparezcan. Lo que viene de dentro es fruto del amor que tenemos a los demás, buscando su bien antes que nuestro bienestar. Lo que viene de fuera no hay que desdeñarlo, tiene su importancia, pero está sometido a lo que sale del corazón: No mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca…, pues esto brota del corazón, y esto es lo que hace impuro al hombre, porque del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias. Estas cosas son las que hacen impuro al hombre.
En la tradición espiritual se ha valorado el examen de conciencia diario. Con frecuencia se proponían dos momentos al día: después de sexta y al comenzar completas. Una tradición jesuítica nos presentaba un listado de temas que debíamos examinar por ver cómo los habíamos vivido y si habíamos caído en algo. El Señor nos anima a que valoremos todavía más el examinar el origen desde dónde actuamos, si nuestros actos brotan de un corazón bondadoso o si, por el contrario, actuamos desde la envidia, el rencor o el propio ego. Esto es, fijarnos en la fuente que podemos limpiar y no tanto en los recovecos del río de la vida que no podemos evitar completamente. La maldad que brota de un corazón impuro es lo que hace impuro al hombre, pero observar mejor o peor las costumbres humanas, no hace impuro al hombre, como no lo hace el comer sin lavarse antes las manos.
¿Qué pasó cuando Jesús dijo eso? Los suyos se lo advierten: Se acercaron los discípulos y le dijeron: “¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?”. Jesús no pretendía ser un gruñón ni un aguafiestas, pero tampoco dejó de decir lo que tenía que decir para no molestar. Más todavía, lejos de bajar el tono para que nadie se molestara, puso en evidencia el corazón de los fariseos: Respondió él: “La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos, guías ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo”. Y comienza con la sección de los “ayes” contra los fariseos, que dejo para el próximo día.








