Cuando uno tiene una china en el zapato le resulta difícil concentrarse y se siente incómodo. Es lo que parece que le sucede a Jesús con los fariseos. Son una china en el zapato de la ley y de los que desean buscar a Dios. Pero además de molestos son peligrosos porque llevan al engaño y confunden a los sencillos alejándolos del camino que lleva a la vida para obligarlos a ir por otro camino que agota y resulta una carga insoportable que ellos no están dispuestos a sostener lo más mínimo. Es algo que sucede frecuentemente: se es duro y exigente con los demás, pero no con uno mismo, y cuanto más fallamos en algo, más exigimos a los demás que lo hagan.
Un fariseo invita a Jesús a comer y le cae una buena reprimenda durante la comida. Llama la atención la diferencia que existe entre este pasaje u otros parecidos como el del fariseo Simón que también lo invitó a comer (cf. Lc 7, 36ss; también Lc 14, 1ss) y cuando es invitado por pecadores como Leví (Lc 5, 29ss) o Zaqueo. Y es que en el fondo todos somos pecadores, pero unos lo saben y otros no, creyéndose justos. Jesús viene a salvarnos a todos, pero su actuar se adapta a cada situación. Con aquellos que se saben pecadores los desconcierta y dignifica comiendo a la mesa con ellos, sin juzgarlos sino atrayéndolos. A los que se creen justos les tiene que dar primero un coscorrón para que tomen conciencia de que no lo son y poder así convertirse. Jesús siempre busca salvar a todos.
El pobre fariseo que invita a comer a Jesús tuvo un mal comienzo. Como al que le sienta mal que otro no bendiga la mesa antes de empezar a comer o que no se quite el sombrero antes de sentarse a la mesa, él mostró su sorpresa de que Jesús no se lavara las manos antes de comer. La imagen deja entrever que Jesús estaba algo caliente, harto de ciertas actitudes que le hicieron estallar con una serie de “ayes” contra los fariseos poniendo al descubierto su hipocresía. “Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo. Alguno podría interpretar esto como un “y tú más”, me dices que no me lavo por fuera, pero tú estás sucio por dentro.
Jesús no se molesta porque critiquen su supuesta falta de urbanidad, ¿cómo lo iba a hacer aquel que pone la otra mejilla o se deja crucificar defendiendo a sus verdugos? A Jesús le duele la manía que tenemos de quedarnos con las apariencias y formalidades sin sanar la raíz. Y le duele no por él, sino por el daño que nos hacemos. Las apariencias no nos salvarán ni nos transformarán, solo lo hará la conversión del corazón, una vida vivida en coherencia y autenticidad según el evangelio, cumpliéndose aquello de que el hábito no hace al monje, solo le da apariencia de tal. Está bien que tengamos limpios y bien cuidados los alrededores del monasterio, como nos piden nuestras constituciones, pero aún es más importante que lo esté la vida comunitaria y personal.
El fariseo se siente molesto porque Jesús no sigue las costumbres que ellos mismos se han impuesto, dando a esas normas una importancia que realmente no tenían, llegando casi a escandalizarse. La ley de Moisés no dice nada al respecto. Pero lo más grave es lo que Jesús les echa en cara: con esos rituales de limpieza se olvidan de limpiar su interior. El evangelista Marcos aún se expresa con mayor ironía cuando dice: Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones de lavar vasos, jarras y ollas (Mc 7, 3-4).
El problema no es la tradición que legítimamente se puede defender y pudiera estar muy justificada, sino cuando se antepone una costumbre o norma humana al mandato divino. Jesús no está contra la ley, sino contra la importancia que se daban a las tradiciones recibidas.
Aunque esté bien la higiene exterior, el agua que usamos termina yéndose por el desagüe, nada más. La limpieza interior, sin embargo, enriquece a los demás y va en ayuda del necesitado. Por eso nos dice: Dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis todo limpio, y no os contentéis con limpiar por fuera la copa y el plato, rebosando por dentro de rapiña y maldad. Con razón nos dijo Jesús en otro lugar: No daña al hombre lo de fuera…, sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre (Mc 7, 15).
San Agustín quiere ver en ese dar limosna todo lo que se hace por misericordia en favor de los demás. Pues no solo da limosna el que da de comer o de beber, viste al desnudo, visita al enfermo o cautivo o acoge al peregrino, sino también lo hace el que perdona al que peca, el que corrige a aquel sobre quien le ha sido concedido autoridad; también el que perdona de corazón el pecado con el cual fue lastimado y ofendido, o pide que se le perdone al ofensor… Así, pues, muchas son las especies de limosna que, cuando las hacemos, nos ayudan para que sean perdonados nuestros pecados, nos dice el santo de Hipona.
Si observamos el episodio del fariseo Simón y la pecadora (Lc 7, 36ss) nos encontramos con algo parecido, pero al revés. Por un lado, Simón hace un juicio por las apariencias, se escandaliza porque Jesús se deja tocar por la pecadora y concluye que Jesús no puede ser un profeta porque habría adivinado la condición de esa mujer y no se habría dejado tocar. Acierta en la premisa, pero no en su conclusión. Es cierto que un profeta llega a ver lo que otros no ven, pero su corazón formalista le hace pensar que el profeta de Dios va a actuar según sus criterios mezquinos.
Por otro lado, Jesús le recrimina que él no ha cumplido siquiera sus propias normas, los ritos propios de la acogida: no me has dado agua para lavar los pies, no me diste el beso de la paz, no me has ungido la cabeza con ungüento. No es que le esté echando en cara que no lo hiciera, sino que contrapone el mero formalismo del ritual establecido con lo que sale del corazón, de un corazón roto que reconoce su pecado y suplica el perdón y la salud. Los ritos de la pecadora expresaban lo que había dentro, abrazando los pies de Jesús, aunque algunos se escandalizaran por dejarse tocar por una pecadora, regándolos con sus lágrimas y enjugándolos con sus cabellos. El ritual de la pecadora estaba lleno de alma, mientras que el de los fariseos carecía de ella. Por eso la pecadora fue justificada y los otros no, hasta que no tomasen conciencia de su necesidad y se movieran más por el amor que por sus costumbres. Solo quien tiene alma siembra vida a su alrededor.








