La codicia es una burda expresión del ego, mientras que su manifestación más elevada es la soberbia, que tan por encima de todos se alza que trata de ocupar el lugar de Dios. Olvidado de que todo es gracia, se apropia de los dones recibidos como algo conseguido, minusvalorando a los demás y ensalzando su propio yo torpemente con el orgullo y la vanidad. Pero cuando uno se desliza por esa pendiente que le aleja de Dios y de sus semejantes, termina buscando compensación en las cosas, abriendo los brazos a la codicia y la avaricia.
Nos pasamos buena parte de la vida tratando de acumular bienes y defender lo nuestro frente a los demás, dando culto a lo material que codiciamos y nos da seguridad, tratando así de llenar el vacío que nos habita. Y como los combatientes en una batalla que imploran cada uno por su lado la benevolencia de un mismo Dios, así buscamos nos den la razón a nosotros frente al hermano, como si en recibir la razón o hacernos con lo que está en litigio nos fuera la misma vida.
Entonces le dijo uno de la gente: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia” – ¿acaso no es algo justo? -. Él le respondió: “Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”. Y les dijo: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Hombre le llamó, porque está muy arraigado entre nosotros el deseo de poseer olvidándonos de otros valores o del mismo compartir.
Deberíamos buscar una herencia de inmortalidad, no de dinero, nos dice San Ambrosio, y nadie debería acudir a Jesús para hacer repartidor de esta última. “El que había descendido por razones divinas, con toda justicia rechaza las terrenas, y no se digna hacerse juez de pleitos ni repartidor de herencias terrenas, puesto que Él tenía que juzgar y decidir sobre los méritos de los vivos y los muertos” (AMBROSIO, Exposición sobre el Ev. de Lucas, 7, 122).
La codicia nos divide, mientras que la caridad nos une. El que se acercó a Jesús le dijo: “Di a mi hermano que divida conmigo la herencia recibida”. Dividir para contentar al yo de cada uno. Y se lo dice a Aquél que nos enseñó a compartir a Dios llamándolo Padre nuestro y no Padre mío. Queda aquí reflejado el empeño humano por dividir, crear partidos, buscar el enfrentamiento defendiendo a ultranza lo mío e intentando imponernos al otro. La caridad, por el contrario, busca la unidad, disfrutar juntos la herencia que juntos hemos recibido. La caridad brota del espíritu de Dios que nos habita, mientras que la codicia es fruto de un yo que trata de colmarse con lo que no le puede llenar. San Pablo define la codicia como idolatría. Resulta odiosa a Dios y también a los hombres.
Y para mostrarnos lo estéril de la codicia, el Señor nos propone la parábola del rico necio que tuvo una gran cosecha y planeó construir graneros más grandes para acumularla allí y dedicarse a vivir de esos bienes almacenados, descansando y banqueteando alegremente durante muchos años. Solo existía una pega, que Dios había decidido llamarlo esa misma noche. La idolatrización de sus bienes le había llevado a olvidarse de Dios, pues quien atesora para sí no es rico ante Dios. Tiempo perdido, fatigas inútiles, gran frustración.
Hay gente que recibe mucho y se arruina por una mala inversión. Se puede arruinar el que recibe muchas cualidades y las reserva para sí guardándolas en un pañuelo para que nadie lo moleste o las vaya a perder. Se puede arruinar el que recibe una fortuna y no la invierte en compartirla o en proyectos saludables de futuro, sino que la emplea en apuntalar lo que está en ruina o intentar llenar aljibes agrietados, vivir autorreferenciado sin acercarse a las periferias, como nos dice tantas veces el papa Francisco.
El ego desmesurado empequeñece el espíritu como la riqueza apaga la caridad. “¿Qué puedo hacer?”, se pregunta el rico necio. No levanta los ojos a Dios ni mira a su alrededor. Se olvida de atesorar en el espíritu para apacentar la carne, por eso dice a su alma: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. El alma, que es el principio de vida, la elige el rico necio en su dimensión más carnal, codiciando para sí lo que se le ha dado para el bien común. Olvida su dimensión espiritual que, mirando a Dios, impulsa a vivir en la caridad.
Cirilo de Alejandría dice respecto al rico necio: No mira al futuro. No levanta sus ojos a Dios. No considera que valga la pena ganar para el alma los tesoros que están arriba en el cielo. No aprecia el amor por el pobre ni desea la estima que esto reporta. No simpatiza con el que sufre. No le hace sufrir ni le afecta su dolor (Comentario al Ev. de Lucas, 89).
Los vientres de los pobres son más seguros que nuestros graneros, decía un padre de la Iglesia (S. Agustín), pues nuestras riquezas compartidas rescatan nuestra alma, ya que en el juicio final se nos dirá: “Tuve hambre y me distes o no de comer, etc.”. Así las riquezas se transforman en una oportunidad, como nos dice el libro de los Proverbios en la versión de la Vulgata: Con la riqueza el hombre rescata su vida -su alma- (Pr 13, 8).
El codicioso busca regalar su vida almacenando, sin saber si le dará tiempo a disfrutarlo. El sabio sabe que las cosas son perecederas, pero el hecho de compartirlas es inmortal, pues trae la vida eterna. Quien reparte de lo suyo siembra en aquello que da vida. Vanamente acumula riquezas quien no sabe si podrá disfrutar de ellas. Nuestra vida transcurre rápidamente, por lo que más nos vale no dejar pasar la ocasión de compartir todo lo que hemos recibido, pues no sabemos en qué terminará lo que poseemos ni quién lo heredará ni qué harán con ello. Todo se quedará aquí salvo la virtud y el amor que hayamos dado, que es lo único que acompaña a los difuntos, pues no ocupa espacio en los bolsillos de la mortaja. En otro lugar del evangelio de Lucas, tras exponernos el relato del administrador astuto, nos dice Jesús: “Haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando os falten, os reciban en las moradas eternas”. Es decir, quien extiende su mano generosa a las necesidades del pobre invierte sus riquezas del mejor modo posible.
Todo esto venía por aquella petición de uno que quería que Jesús interviniese para recibir la parte de la herencia que le tocaba. No pretendamos que el Señor intervenga en nuestros intereses personales, dándonos la razón para recibir nuestra herencia dividida y no compartida.








