La oración debe ser confiada, pero también perseverante. Jesús nos pone un ejemplo que todos entendemos, aunque resulta casi ofensivo que se aplique a Dios una característica tan humana. En cualquier caso, lo entendemos bien: Si alguien nos pide algo con insistencia se lo terminaremos dando para que nos deje en paz. Suponed -nos dice- que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite (Lc 11, 5-8).
Solemos decir que la confianza da asco, pues nos permitimos ser más insistentes de lo normal. En este pasaje no se nos habla de simples vecinos, sino de amigos, que suelen permitirse actuar con mayor insistencia o “descaro” -como también se traduce- ante una necesidad. Un amigo se permite llegar a mi casa de viaje a medianoche y sin avisar, y yo me permito acudir a la casa de otro amigo a medianoche para pedirle algo de alimento. Confianza y exigencia de la amistad. Fijémonos en la imagen: “la puerta está cerrada”, no con una simple llave de las nuestras, sino trancada. Quitar la larga tranca o barra era fatigoso y molesto. “Mis hijos y yo estamos acostados”, todos juntos sobre una estera en la misma habitación en la parte superior de la casa (lo vi en una casa de la Kasbah de Midelt, en Marruecos), por lo que si uno se levanta despierta a los demás. Pero, a pesar de todo, el dueño de la casa no puede decir que no por los lazos de amistad que tiene con el visitante inoportuno y por su insistencia.
Podemos encontrar más enseñanzas en este texto. La insistencia del protagonista es fruto de la hospitalidad. Busca poder agasajar al que viene de camino. La hospitalidad era sagrada para los pueblos semitas. Lo vemos de forma muy potente en el caso de Lot, como lo vemos también en la “teofanía de Mambré” con Abraham, cuando se le apareció Yavé en forma de tres hombres que iban de camino. Quizás por eso en el relato evangélico aparece el amigo inoportuno pidiendo tres panes, no varios panes, sino tres panes. Y con esto se nos enseña, dice San Agustín, que, si el dormido es despertado contra su voluntad, viéndose obligado a dar, cuánto más Dios, que no puede dormir y hasta nos despierta a nosotros cuando dormimos para que le pidamos, responderá a nuestras súplicas cuando le pidamos (cf. Agustín, Cartas 130, 8, 15).
Esos “tres panes” que aluden al mismo Dios Trino, también nos dan una pista sobre las peticiones que serán atendidas, pues Dios no tiene que atender a todos nuestros caprichos ni nos dará lo que nos perjudique. De ahí que termine este pasaje con la expresión: “¿Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”. Sí, el Espíritu Santo, que no es otra cosa que la vida y el amor de Dios. En Mateo solo se dice que dará cosas buenas al que se lo pide, pues no se trata de satisfacer caprichos, sino de conceder lo que nos vaya bien, aunque a veces no seamos capaces de verlo inmediatamente. Es bueno que lo creamos sin dejarnos acomplejar por los que solo ven los acontecimientos de tejas abajo, con razonamientos puramente humanos incapaces de comprender más allá.
También el evangelista Lucas nos relata en otro lugar otra parábola de Jesús para animarnos a ser insistentes en lo que pedimos. Se trata del juez aquel que ni temía a Dios ni le importaban los hombres, pero que ante la insistencia de la indefensa viuda que le pedía justicia accedió a hacérsela porque le estaba molestando continuamente. Era pobre y no podía sobornar al juez inicuo que solo buscaba algún beneficio y prefería no disgustar a los poderosos, pero su insistencia consiguió lo que no pudo de otro modo. La lentitud de Dios en actuar no es por iniquidad, sino que espera dando la posibilidad al malvado para que cambie de actitud y al justo para que crezca en confianza y perseverante oración. Pero ¿encontrará esa fe suficiente el Señor cuando vuelva a hacer justicia a todos?, se pregunta Jesús a modo de conclusión. Pregunta un tanto inquietante.
Si esta debe ser nuestra confianza, es lógico que tanto Lucas como Mateo nos animen a pedir: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llama se le abre. Nos habla de forma imperativa, es un mandato: “pedid, buscad, llamad”. Nos lo dice ya no como amigo, sino como un padre, lo que nos hace sentir confianza en su poder y en el amor que nos tiene, como lo experimenta cualquier hijo con su padre. Aquí el Señor nos enseña cómo tenemos que pedir, con qué convencimiento e insistencia hemos de hacerlo. Me recuerda al pasaje del rey Joás cuando visitó al profeta Eliseo que se encontraba enfermo y deseaba verlo antes de morir e interesarse por el futuro de su reino. Entonces Eliseo le dijo: toma el puñado de flechas que tienes y golpea el suelo. Joás lo hizo solo tres veces y el profeta se enfadó diciendo: “¡Si hubieras golpeado cinco o seis veces, habrías derrotado por completo a Siria! Pero ahora derrotarás a Siria solo tres veces” (2Re 13, 14ss). Nuestra forma de pedir tiene que ser insistente y convencida. Jesús nos dice cómo debemos pedir, aunque no nos garantice que se nos dé todo lo que pedimos, pues a veces no sabemos lo que pedimos. Un padre siempre dará a su hijo lo que le pide si lo tiene y ve que le hará bien. Nunca buscará dañarlo. ¡Cuánto más Dios Padre lo hará con nosotros!
Con la confianza de sabernos hijos amados debemos pedir y confiar en el discernimiento divino. Por eso nuestra insistencia en la oración no debiera ser como la del niño caprichoso que se enrabieta para obtener algo que quiere, sino como la del adulto que cree y confía, poniendo delante de Dios su deseo más profundo al mismo tiempo que se pide se haga su voluntad, pues esperamos se comporte como un padre. La insistencia es la perseverancia en la oración y el abandono confiado, no otra cosa.








