Ya hemos visto las tres peticiones primeras del Padrenuestro referidas a la gloria de Dios que deseamos se manifieste en una vida santa, dejando que reine en nosotros y se haga su voluntad. A continuación, vienen cuatro peticiones que hacemos desde nuestra indigencia.
Danos hoy nuestro pan de cada día, decimos en primer lugar. Un pan que significa también todo lo que necesitamos para subsistir: alimento, abrigo, cobijo, … Pedir el pan de cada día supone que lo pedimos día a día, que no buscamos almacenar para asegurarnos el futuro, sino que alimentamos la confianza puesta en el Señor que nos dice: No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir (Mt 6, 31). Vivamos el momento presente, vivamos cada día en confianza. Palabras hermosas que inducen a la confianza en el Señor, pero que no es de todos vivirlo hasta las últimas consecuencias. Pienso que estamos llamados a ser previsores recogiendo la cosecha en su momento y almacenándola para poder comer en el invierno, pero sin caer en la obsesión de almacenar más para un futuro incierto, lo que nos haría olvidar los bienes espirituales, pues, como nos dijo Jesús, Dios y el dinero idolatrado son incompatibles.
La imagen del maná en el desierto ilustra adecuadamente esta petición del pan de cada día: Apareció en la superficie del desierto un polvo fino … Moisés les dijo: “Es el pan que el Señor os da de comer … que cada uno recoja lo que necesite … “Unos recogieron más y otros menos. Y al pesar la ración, no sobraba al que había recogido más, ni faltaba al que había recogido menos: cada uno había recogido lo que necesitaba para comer. Moisés les dijo: “Que nadie guarde para mañana”. Mas no hicieron caso a Moisés, sino que algunos guardaron para el día siguiente; pero salieron gusanos que lo echaron a perder (Ex 16, 14-20).
El tránsito por el desierto fue un verdadero aprendizaje. Dios habla al corazón y nosotros nos rebelamos, teniendo que aprender no siempre de buenas maneras. Nos da vértigo perder el control de nuestras vidas y vivir desde la confianza en Dios. También en la vida monástica nos desprendemos inicialmente de todo y luego, casi sin darnos cuenta, tratamos de recuperarlo y asegurarnos las cosas poniendo cualquier excusa.
Jesús nos enseña a pedir el pan que nos sustenta, pero también nos recuerda que vayamos más allá: Trabajad no por alimento perecedero, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre (Jn 6, 27). Ese es el pan que nutre al hombre verdadero, al hombre espiritual “hecho” a imagen de Dios, nos dice Orígenes.
El sentido literal y el sentido espiritual del pan son igualmente provechosos. Si nos fijamos, cuando pedimos el pan decimos lo mismo que cuando nos referimos a Dios Padre. No decimos: “danos el pan de cada día”, sino que decimos: “danos el pan nuestro de cada día”. ¿Por qué añadimos la palabra “nuestro”? Así como el Padre lo compartimos todos y lo llamamos nuestro, así el pan no es solo mío, sino nuestro, siendo injusto retenerlo para mí cuando al otro le falta. Los bienes de este mundo les pertenecen a todos, y si alguien abunda cuando a otro le falta, se está apropiando de lo que no le corresponde. Bien sabemos que esto no significa que todos deben tener exactamente lo mismo, ni que se niegue la propiedad privada, ni que se elimine la cultura del esfuerzo y del mérito, sino que es injusto dejar que algunos carezcan de unos bienes que son suyos para vivir con dignidad, pues esos bienes son nuestros y no solo míos, unos bienes recibidos de Dios al que se los pedimos cada día.
Tertuliano, como también otros Padres, ven en ese pan al mismo Cristo, pues él mismo nos dijo: “Yo soy el pan de vida. el que viene a mí no tendrá hambre” (Jn 6, 35). Y poco antes decía: “No fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Jn 6, 32-33). Es decir, que en el Padrenuestro también pedimos el cuerpo Cristo, del que necesitamos alimentarnos por la fe diariamente. Necesitamos de las realidades de este mundo para afrontar las dificultades personales y comunitarias, pero sin una visión de fe, nada lograremos.
La siguiente petición es central en toda la enseñanza de Jesús: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Una petición y una condición. ¿No hubiera sido más fácil que nos hubiera dejado solo la petición: “perdónanos”? Ni en el evangelio de Mateo ni en el de Lucas se omite la segunda parte. Lo que sí es curioso es la forma cómo lo expresan. No se dice: “perdónanos si nosotros perdonamos”, sino que afirma que ya lo hacemos y por eso nos atrevemos a pedir para nosotros lo que ya hacemos nosotros con nuestros hermanos: “perdónanos como nosotros lo hacemos”. A Dios le rechina la oración del hipócrita que pide para sí lo que él no da.
Pero ese “como” tiene también dos significados: puede ser una constatación o una modalidad. Puede querer decir que nosotros ya lo hacemos o puede significar que pedimos un perdón al estilo como nosotros lo damos, pidiendo se use con nosotros la misma vara de medir que nosotros usamos, ya que Jesús nos recuerda: se os medirá con la medida que vosotros midáis (Mt 7, 2). Para iluminar esto Jesús nos cuenta la parábola del siervo que fue perdonado y no perdonó, lo que hizo volverse atrás a su señor: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano (Mt 18, 32-35). Esto que podemos ver como una amenaza también es una garantía, pues ya que no conseguimos ser perfectos, sí podemos tener garantizado nuestro perdón si perdonamos: Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial” (Mt 6, 15).
Y se concluye con dos peticiones muy relacionadas: No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. La tentación no viene de Dios, sino que brota de nosotros, nos dice Santiago: Cuando alguien se vea tentado, que no diga: “Es Dios quien me tienta”; pues Dios no es tentado por el mal y él no tienta a nadie. A cada uno lo tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce (St 1, 13). Y, por otro lado, al reflexionar San Pablo sobre el pecado dice: Si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí (Rm 7, 20). El mal puede suscitarnos la tentación, pero el mal lo vamos alimentando o pacificando nosotros mismos. La mayor parte de las tentaciones brotan de un corazón alejado de Dios y ensimismado en sus concupiscencias, aunque también puede ser instigación del mal espíritu. En cualquier caso, sabemos que Dios nos da los medios necesarios para combatir la tentación, como nos recuerda asimismo San Pablo: Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla (1 Cor 10, 13). Pero en el momento final de la gran tribulación la prueba puede ser insoportable, por lo que Dios en su misericordia la acortará (cf. Mt 24, 21-22). Es aquí donde puede hacerse presente ese mal que también acechó a Jesús en su pasión.
Finalmente, hay que recordar que en muchos manuscritos el Padrenuestro se concluía con una doxología que veréis en algunas versiones musicalizadas de esta oración: “porque tuyo es el reino y el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén”. En realidad, es una costumbre del judaísmo que solía concluir las oraciones con una doxología formal y que los primeros cristianos también seguían con frecuencia, pero que en los manuscritos más dignos de confianza parece que no estaba.








