En el evangelio de Lucas, al relato de Marta y María le sigue el Padrenuestro, donde también se refleja esa unidad entre la oración y la acción, entre nuestra vida orientada a Dios y el amor fraterno.
Todo comienza cuando los discípulos ven a Jesús orando y les pica la curiosidad y el deseo de imitarlo: Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar…”. Nuestra enseñanza puede producir admiración, pero solo nuestro ejemplo induce a la emulación, al deseo de hacer lo mismo. El testigo es más convincente que el predicador. Lo sabemos, pero lo olvidamos. Cuando hablamos decimos lo que hay que hacer, a veces con un velado toque acusador, pero solo cuando damos ejemplo suscitamos en los otros el deseo de hacer lo mismo. Esto es válido siempre, también en las cosas diarias. El niño que ve cómo sus padres se lavan los dientes todos los días tiene más probabilidades de hacer lo mismo que aquél que solo escucha de vez en cuando el consejo de la madre de que debe lavarse los dientes.
Esto nos sitúa a nosotros frente a una gran responsabilidad. Hemos recibido el mandato de evangelizar y de transmitir el carisma monástico. Ahora sabemos que la mejor forma de hacerlo es vivirlo nosotros mismos, dejando que crezca en los que nos contemplan el deseo de imitarnos. Cuando un día nos pregunten cómo hemos negociado con las monedas recibidas, sabremos la autenticidad de nuestras vidas en el deseo de emulación que hayamos suscitado.
¿Por qué llama la atención a sus discípulos la oración de Jesús? Los judíos también oraban, pero parece ser que con multitud de palabras. Y más todavía lo hacían los paganos, cuyas prolijas oraciones resultaban largas y tediosas, utilizando fórmulas mágicas que amontonaban epítetos sin sentido. Jesús prefiere la sencillez de lo que se fragua en el corazón y nos enseña cómo orientar nuestra oración en relación con Dios.
La enseñanza de Jesús sobre la oración no es nada sofisticada. Simplemente nos invita a dirigirnos a Dios como padre, reconociendo su señorío sobre nosotros y dirigiéndonos a él con confianza. El mismo Jesús siempre se dirige a Dios en su oración llamándolo Padre, usando especialmente la palabra aramea “abbá”, que significa papá. Cuando se refiere a él como Dios es al citar algún texto del AT, como cuando dice: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mc 15, 34; Sal 21, 2). De esta forma enseña también a sus discípulos, haciéndoles ver que también ellos son hijos, hijos en el Hijo, y que toda oración dirigida al Padre siempre se hace a través del Hijo.
En los evangelios hay dos relatos del Padrenuestro, uno en Mateo y el otro en Lucas. Seguiré el de Mateo por ser más completo y más cercano a nosotros.
Padre nuestro, comienza diciendo. Dos palabras que se hacen una. Dios y prójimo unidos inseparablemente. El nombre de Padre hemos de reservarlo exclusivamente a Dios, nos manda Jesús: No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, pues uno solo es vuestro Padre, el del cielo (Mt 23, 9). A Dios nos dirigimos como hermanos, no como hongos solitarios. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Dirigirnos a Dios como padre supone una actitud filial, dependiente, confiada. Pero también hay algo más. No se trata solo de que nosotros nos sintamos hermanos, sino de que reconocemos la paternidad de Dios en su Hijo Jesucristo que nos llama hermanos y nos hace así hijos adoptivos, hijos en el Hijo y hermanos en Cristo. Si una comunidad no tiene en su centro al Hijo, si cada uno de nosotros no vivimos desde Cristo, nuestra fraternidad hará aguas necesariamente, pues no es cosa de hombres, sino de Dios, no se alcanza con prácticas humanas, sino transformando la mirada y el corazón.
El tema de la oración y la meditación hoy día está muy extendido en una espiritualidad secularizada que se puede utilizar tanto para excluir a Dios de nuestras vidas por resultar irrelevante como para reafirmarse en una concepción de Dios demasiado antropomórfica. Curiosamente en los dos casos observamos cómo el hombre se pone en el centro, en uno rechazando la alteridad de Dios en una experiencia diluida, aunque es cierto que, como diría San Pablo, a Dios no hay que buscarlo muy lejos, pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 28), y en el otro caso rebajándolo a algo que se puede sentir, ver y casi palpar al colmarlo de atributos humanos. Por eso mismo Jesús también nos dice que en la oración no hablemos demasiado, que sea silenciosa, pues Dios escudriña los corazones y sabe lo que necesitamos mejor que nosotros mismos. Con esto no hace sino seguir la línea de los libros sapienciales, como nos recuerda el Eclesiastés cuando nos dice: Cuando estés ante Dios, no te precipites a hablar ni tu corazón se apresure a pronunciar palabras. Dios está en el cielo y tú en la tierra: sean por tanto pocas tus palabras (Qo 5, 1). Y también el libro del Eclesiástico: No repitas las palabras en tu oración (Si 7, 14). Jesús nos da la razón de ese silencio en la oración: Vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.
El Señor nos enseña a orar teniendo la actitud de hijos que saben que sus semejantes son sus hermanos, hijos de un mismo Padre. Un Padre que está en los cielos, pero no como un lugar geográfico. Ya San Agustín nos decía que no concibiéramos el cielo como una realidad espacial, como si los pájaros o los que viven en las colinas estuvieran más cerca de Dios que nosotros. Un Padre que puede llegar a lamentarse si no es reconocido, como decía el profeta Isaías: Yo engendré hijos que no me han reconocido, rebelándose contra mí (Is 1, 2).
Dios prefiere ser llamado Padre más que Señor para darnos más confianza al dirigirnos a él y pedirle. El siervo no siempre se atreve a pedir a su señor, pero sí el hijo a su padre. Y si pedimos cosas que no nos convienen y que el mismo Dios nos manda despreciar si la tuviéramos, como buen padre evitará dárnoslas.
El padrenuestro según San Mateo recoge siete peticiones. A modo de las tablas de la ley, las tres primeras se refieren a Dios y las cuatro restantes a nosotros.
Las tres primeras peticiones son sinónimas: santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase su voluntad. Esas peticiones expresan el deseo de que se instaure el reino de Dios que Cristo nos anuncia. Comienzan reconociendo la gloria a Dios y manifestando el deseo de que Dios sea glorificado poniéndolo en el centro de nuestra existencia. Que sea santificado el nombre de nuestro Padre que está en el cielo no sometido a los límites de nuestra existencia terrenal. Santificar su nombre no es trabajar para engrandecer lo que es del todo completo ni es cantarle loas, sino conocerlo y reconocerlo en nuestras vidas, dejarnos marcar por su nombre como propiedad suya, alabarlo con nuestras vidas. Brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 16), nos dice Jesús, y San Juan Crisóstomo decía que orar para santificar el nombre de Dios es orar para que seamos capaces de vivir tan intachablemente que por nosotros todos puedan glorificar a Dios.
Jesús expresa en la oración de la última cena: He manifestado tu nombre a los que me diste… Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra… Les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17, 6. 26).








