En su camino hacia Jerusalén una mujer llamada Marta acoge a Jesús en su casa. Esa mujer tenía una hermana llamada María. Este relato que nos comenta solo el evangelio de Lucas nos presenta dos hermanas con unos rasgos parecidos a las hermanas de Lázaro que nos relata San Juan. En ambos casos es Marta la que toma la iniciativa, en el primero de ellos para acoger a Jesús, en el segundo, saliendo a su encuentro cuando fallece su hermano Lázaro. ¿Qué hubiera sido de María si Marta no hubiese tomado la iniciativa?
El pasaje de Marta y María ha sido muy comentado en la literatura cristiana, presentándose como dos realidades que existen en el seno de la Iglesia y en cada uno de nosotros: la dimensión contemplativa y la activa. Según los intereses de cada cual se ha defendido la prioridad de la vida contemplativa a los ojos de Jesús o se relativiza dicha predilección uniéndola inseparablemente a la vida activa. Discursos que hacen sonreír por verse tras ellos egos acurrucados que quieren arrimar el ascua a su sardina, considerándose mejores o luchando para que no se les relegue en importancia. Algo parecido a cuando hablamos de la Iglesia en términos de carisma e institución, colocándonos en la parte que creemos más importante, cuando ambas son necesarias para la existencia de la Iglesia. No son dos realidades contrapuestas, sino dos caras de una misma moneda, de forma que si eliminas una de las dos eliminas la otra. Como una persona sin cuerpo o sin alma que pretendiera ser algo en este mundo.
Este relato tiene una cierta relación con el anterior del buen samaritano. El escriba preguntó a Jesús sobre el principal mandamiento de la ley y Jesús le respondió con el primero y con el segundo, indicando que era semejante al primero: amar a Dios y al prójimo. Algo parecido encontramos en el relato de Marta y María. La oración, la escucha atenta de la palabra de Dios es lo primero, genera el deseo, provoca la transformación e impulsa a la acción. Es como el motor y el combustible del coche. Pero de nada nos valdría tenerlos si dejamos el coche parado. El movimiento se demuestra andando, dice la sabiduría popular. Igualmente, el conocimiento de Dios se demuestra amando lo que Dios ama y actuando como Dios actúa y nos revela su hijo Jesucristo. De ahí la importancia de tener una vida de verdadera oración, máxime en la vida monástica, para que nuestras obras irradien la obra de Dios y no nuestros propios deseos.
María escucha a Dios; Marta atiende al prójimo. Esa atención por las necesidades ajenas es lo que mueve a Marta a acoger a Jesús: Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Marta lo acogió en su casa, por eso María lo pudo escuchar, acogiéndolo en su interior. Son dos facetas interconectadas. Por eso es tan importante escrudiñar el origen de nuestras motivaciones. Si nuestra vida de oración es sincera, nos impulsará a actuar como Jesús actuó. Si nuestro quehacer es gratuito y evangélico será reflejo de una auténtica vida de fe abierta a la escucha del Maestro.
Sin embargo, parece que Marta se siente desbordada y se queja. No se queja por la actitud contemplativa de María, sino porque no da abasto. Reclama ayuda para sí sin valorar lo que hace su hermana. Algo muy conocido cuando se vive en comunidad y todos creemos que hacemos más que los demás, que los otros no hacen lo suficiente y podrían aliviar un poco mi carga, que lo que yo hago es más urgente y necesario, etc. Algo que desaparecería simplemente con dos actitudes: reconocer que formamos un solo cuerpo en el que todos nos beneficiamos con el quehacer de los otros y que nuestro estrés no lo hemos de achacar a los demás, sino intentar dar lo que podemos sin superar nuestra capacidad ni culpabilizar a los otros de nuestra fatiga. “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude”. Tan agitada estaba Marta que no dejó siquiera que respondiera Jesús, diciéndole de antemano lo que debía de hacer. Es algo que, como abad, me resulta familiar.
En realidad, María no es que no estuviese sin hacer nada, simplemente hacía algo aparentemente poco útil, que no resultaba rentable ni podía cuantificarse. Sin embargo, e incluso a nivel meramente humano, podemos intuir su gran valor. El valor de pararse a pensar antes de actuar. El valor del silencio de un anciano que procura llevar su vida monástica con alegría, acogiendo sus limitaciones y soledad con paz, respondiendo con una sonrisa benévola al joven que se afana con mil cosas. Esto hace mucho bien, aunque no se pueda cuantificar. O el tiempo que se dedica a estar con un enfermo o a escuchar al que lo necesita, aunque se repita una y otra vez, esto es una actividad tanto o más necesaria que la de Marta.
“Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas, pero una sola es necesaria: María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada”. No hace lo más cómodo, sino lo más importante. Tampoco se critica a Marta ni su actividad, sino que se alaba a María por elegir la prioridad.
San Agustín dice sobre este texto: Marta prepara el alimento para el Santo y los santos. María se deleita con el pan de la vida, comiendo al que escuchaba, al pan capaz de saciarnos plenamente.
San Benito pide al abad que vele por todas las necesidades de los hermanos, pero que no llegue a preocuparse tanto de las cosas materiales que olvide las espirituales, sabiendo que, si prioriza éstas, las otras las recibirá por añadidura. Se lo dice al abad, pero también se lo dice a los monjes para que tengan abierto el oído del corazón para escuchar lo que se les dice, pues solo un oído abierto es capaz de escuchar.
Casiano nos dice también: ¡Que nuestra alma esté continuamente adherida a Dios y a las cosas divinas! Todo lo que la aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener en nosotros un lugar puramente secundario.
La vida monástica facilita priorizar una vida de oración, al tener todo orientado a ello, pero no la provoca necesariamente. Cada uno de nosotros debe abrirse a ello con la voluntad (que supone esfuerzo y renuncia), acogiendo al Señor como lo hizo Marta para poder escucharlo como hizo María y, una vez transformados, volver a dar lo mejor de sí en favor de los demás como lo hizo Marta, ya sin quejas estériles.








