Jesús se alegra porque Dios se revela a los sencillos, que son sus predilectos, pero también se goza porque estos sencillos ven y escuchan realmente a Dios que se les revela. Es la tónica continua de la vida de Jesús, naciendo en Belén, con unos padres muy humildes, anunciado a los pastores, rehuyendo las ciudades importantes, predicando a los humildes, sanando a los pobres y necesitados y en un enfrentamiento continuo con los sabios y entendidos de la Escritura que sabían lo que allí estaba escrito, pero que no sabían a nada por no haberse dejado empapar de su Espíritu.
Los sencillos de corazón son dichosos porque alcanzan a ver incluso más que los profetas antiguos: Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Pues os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron. Podemos decir: “claro, tenían a Jesús delante”. Pero sabemos que eso no basta, pues si uno se niega a ver, como se negaban los escribas y fariseos, no será capaz de ver ni una catedral delante de sus ojos.
Ellos trataban de hacer caer a Jesús apartándolo de su vista, ocasión que utiliza el Señor para hacerles ver que su religión está vacía al pretender estar ligados a Dios al que no ven y desligados del prójimo necesitado que tienen delante. Es más fácil relacionarnos con un ídolo que no molesta, fabricado a nuestra imagen, que se mantiene mudo y quieto, que con un prójimo imagen e hijo de Dios que nos pone a prueba y puede resultar incómodo.
Los fariseos, habiendo oído que había enmudecido a los saduceos, se reunieron en grupo y uno de entre ellos le preguntó tentándole: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y primer mandamiento. El segundo le es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y para mostrar con un ejemplo quién es nuestro prójimo nos propone la parábola del buen samaritano.
Esta parábola es especialmente hiriente para los fariseos que interrogan a Jesús. Es dura fundamentalmente porque es un relato inventado, es decir, que Jesús mismo elige a los personajes. Podría haberse limitado a decirnos que nuestro prójimo es el que tenemos cerca, pero no. Se trata del prójimo al que se refiere el segundo mandamiento que resume la ley según Jesús, y que es semejante al primero de amar a Dios con todo nuestro corazón. Ese prójimo no es el que está próximo y puedo ignorarlo, sino aquel al que me hago próximo ayudándolo, aquel que el mismo Dios decidió ayudar enviándole a su Hijo.
El escenario está lleno de simbolismo. Un ciudadano de Jerusalén decide alejarse de la ciudad de Dios y bajar hasta Jericó. Una cuesta abajo de un kilómetro en vertical, pues Jerusalén está a 760 metros sobre el nivel del mar y Jericó a 250 metros por debajo. Uno que se aparta de la ciudad santa y de su templo para ir a una ciudad que fue maldecida (cf. Jos 6, 26) no puede ser más que un pecador que sufrirá sus consecuencias y el desinterés de los puros que van a Jerusalén a dar culto en el templo, y para quienes no parece ser digno de ser considerado prójimo.
Jerusalén significa “ciudad de paz”. Quien se aleja de la paz de Dios cae en manos de bandidos que lo desnudan y lo muelen a palos dejándolo medio muerto. Algunos Padres han visto en ese jerosolimitano que se alejaba de Jerusalén al género humano personificado en Adán y sufriendo con él los envites del mal y sus pasiones. Un pecado el de Adán que termina dañando a todo el género humano representado en él, de forma que todos nacemos recibiendo a un tiempo la naturaleza humana y la culpa del pecado, la vida y la muerte. La serpiente nos pica induciéndonos al pecado, la mujer (anima) se deleita en él, y el hombre (animus) consiente por la voluntad racional. Nuestra naturaleza dañada en su raíz parece repetir la tendencia a alejarse de Jerusalén en cada uno de nosotros.
Solemos ir vestidos no solo para abrigarnos, sino también para disimular y ocultar todo lo feo que hay en nosotros. En Jerusalén somos cubiertos con el manto de la misericordia, pero cuando nos alejamos quedan patentes las miserias que tanto nos hacen sufrir. Desnudos, quedando en evidencia lo que pretendemos ocultar, y sintiendo los frutos del pecado como si nos hubieran molido a palos, quedamos medio muertos.
El hombre que fue creado para vivir con Dios en la paz quiso alejarse y descender voluntariamente, por lo que tuvo que sufrir las heridas del alejamiento a manos de salteadores, que no son otros que los pecados capitales, nos dicen algunos Padres.
Estando medio muerto el jerosolimitano, tirado en el camino, se le acercan primero un sacerdote y luego un levita, pero dan un rodeo para esquivarlo. No quisieron, pero es que tampoco podían sanar al hombre caído, y mucho menos estaban dispuestos a cargar con él. El culto del templo y la ley no eran capaces de ello. Fue necesario el paso de un samaritano, rechazado por los que se creían justos y fieles seguidores de la ley. Para salvar al hombre caído que no se podía levantar vino el Buen Samaritano que, como buen pastor, lo cargó sobre su propia cabalgadura, o mejor todavía, entró en el enfermo transformándolo: tomando todo lo que es de su naturaleza humana (encarnación), echando fuera lo que es de la culpa (semejante en todo a nosotros menos en el pecado), sufriendo lo que conviene a la pena (dos denarios dio al posadero prometiendo pagarle lo que gastase de más) y trayendo la gracia, capacitando de nuevo a la naturaleza humana triunfar sobre la concupiscencia por obra de la gracia.
El hombre desnudo es revestido de Cristo por el bautismo, despojado del viejo Adán recibe la gracia que sana desde dentro su propia naturaleza, su propia raíz, quedándole a la concupiscencia la capacidad de atacar solo desde fuera. La libertad será ahora quien pueda elegir a quién escuchar, y si desea volver a Jerusalén.
¿Cuál de los personajes ha sido prójimo del hombre malherido?, preguntó Jesús. El que se hizo próximo a él practicando la misericordia, respondió el letrado. Pues anda y haz tú lo mismo, nos dice Jesús a cada uno de nosotros. Y uno se puede preguntar ¿por qué el sacerdote y el levita -personajes elegidos por Jesús- no quisieron hacerse próximos del necesitado? Yo no creo que fuera por mal corazón, pues todos tenemos sentimientos de humanidad. Para mí es que antepusieron su personaje a su persona, lo que representaban a lo que eran, su eficiencia a la humanidad (pues trataban de evitar quedarse sin poder oficiar en el templo por la impureza de un posible cadáver), su estatus e imagen a la misericordia, una vida tranquila a complicarse la existencia. ¿Quién está libre de pensar de ese modo?








