La alegría es signo de vida y genera vida a su alrededor. Hay una alegría natural que depende de la edad o de la propia forma de ser y hay otra alegría que está motivada por las cosas que nos suceden. Este segundo tipo de alegría nos ayuda a conocernos mejor y a reconocer nuestras expectativas, qué tipo de cosas son las que nos producen bienestar, cuáles son las que anhelamos y valoramos y cuáles no.
Los 72 volvieron de la misión que les mandó el Señor y lo hicieron con alegría. ¿Cuál era el motivo de su alegría? Por lo visto se veían vencedores y eso siempre produce alegría, pues nos coloca por encima de los demás. Decían llenos de alegría a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Menos mal que añadieron esto último: “en tu nombre”, y no se arrogaron dicho poder como algo propio.
Una cosa es la alegría que produce un ego vencedor, que se impone a los demás sometiéndolos, y otra muy distinta la alegría del que reconoce la fuerza de Dios en él dándole gracias. La alegría del propio ego necesita alimentarse con más y más ego, de forma que por más victorias que se tengan, difícilmente se soportará una derrota. Sin embargo, la victoria del poder de Dios en nosotros, reconocida con humildad, nos llena de una alegría que permanece, pues no se sustenta en nuestro poder, siempre tan inconsistente, sino en la confianza del poder de Dios que no defrauda.
Jesús nos dice con rotundidad algo que no terminamos de creernos del todo: Os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Que nadie lo vaya a interpretar al pie de la letra si quiere evitarse un problema de salud. Aquí se está recordando el salmo 90 que rezamos a diario en completas y nos invita a descansar confiados en Dios, pues él nos ama y nos protege: Di al Señor: “Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti” … Él te llevará en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones.
Desde un sentido espiritual es evidente la interpretación: contra el poder de Dios nada puede el maligno. Así lo dice Jesús: “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo”. El acusador de los hombres ha perdido su poder, ya no hay quien acuse a la humanidad ante Dios que envió a su mismo Hijo para redimirla. Tomar conciencia de esto no puede sino provocar en nosotros una respuesta de agradecimiento y alabanza que transforme nuestras vidas. Aquí radica la verdadera alegría, una experiencia profunda de vivir en Dios que no depende para nada de los acontecimientos externos, sino de cómo los vivimos. por eso sigue diciendo Jesús: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.
¡Cuántas torres altas hemos visto caer estrepitosamente!, también en el ámbito espiritual. Y es que cuando uno adquiere fama, se le reconocen sus dotes espirituales, son evidentes sus éxitos gozando de muchos seguidores y grandes obras, tiene un verbo atractivo y don de gentes, es muy fácil atribuirse el protagonismo poniendo ahí su alegría. No, nuestra alegría debe residir en el amor de Dios que nos mira como hijos y nos inscribe en el libro de la vida lavando nuestros pecados en la sangre de su Hijo. Cultivar esta alegría nos da paz, una paz que nadie nos puede quitar, aunque la fama decaiga o mengüen las cualidades. La alegría que se sustenta en nuestras obras y la aprobación de los demás suele ser demasiado frágil, pues cometemos errores y los demás dejarán de mirarnos. Necesitamos pasar por la experiencia del fracaso y la humillación abrazándolo en confianza, pues solo así seremos sencillos y pobres según Dios. El ego es un potro salvaje que hay que domar. La humildad no se alcanza pensando en ella ni hablando sobre ella, lo que hacemos para instruir a los otros. Solo si domamos nuestro potro cabalgaremos con elegancia disfrutando de los diversos momentos del camino e iremos con la tranquilidad de que es Otro quien lleva las riendas de nuestro destino.
Es entonces cuando Jesús, lleno de la alegría en el Espíritu exclamó: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños”. Esa exclamación de Jesús nos invita a contemplar dónde está la verdadera alegría. Jesús se alegra porque su Padre Dios se revela a los pequeños, sus favoritos, los que se dejan hacer porque reconocen que no están hechos, los que piden porque saben que no tienen, los agradecidos porque son conscientes de que todo les viene de Dios por pura gracia.
Así como el sentir del Padre y del Hijo son una sola cosa en perfecta armonía, así estamos nosotros invitados a que nuestros sentimientos sean los mismos de Cristo, hasta el punto de que se puedan cumplir las palabras de Jesús: Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado. Una identificación de espíritu que va más allá del cargo que se ostenta o la misión recibida. Nos identificamos con el Maestro no por el título de discípulos que recibimos, sino cuando lo somos de corazón y lo dejamos traslucir en nuestro pensar y obrar.
Vivamos esa alegría que nadie nos puede quitar y seremos felices a pesar de los pesares, habiendo dejado que Dios reine en nosotros.








