Shalom es el saludo corriente entre los judíos. La expresión que utilizamos para saludar a los demás es algo que nos caracteriza. Buenos días, hola, ¿cómo estás?, querido amigo, ¡qué alegría verte!, salve, paz, … Jesús manda a sus discípulos saludar ofreciendo siempre la paz. Allí donde vayamos hemos de ofrecer la paz, curar a los enfermos y anunciar que el reino de Dios ha llegado. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”.
El deseo de la paz tiene un trasfondo bíblico muy especial. Es el deseo de la paz que Lucas asocia a la salvación que viene por Cristo. El que viene de lo alto guiará nuestros pasos por el camino de la paz, exclama Zacarías (Lc 1, 79). Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14), dijeron los ángeles a los pastores. Con frecuencia también Jesús despedía con la paz a los que beneficiaba con una gracia (Lc , 7, 50; 8, 48). Pero su paz no es una paz meramente mundana. Es un hecho que la paz es algo que todos los hombres desean, pues la paz es signo de bienestar y prosperidad. Sin duda que Jesús desea también esa paz, pero no de cualquier modo. La paz que mantiene un dictador con puño de hierro no es la paz que Dios quiere, pues no se fundamenta en la justicia. La paz de los comodones que no quieren complicarse la vida tampoco es la paz que Cristo promueve. Su paz se basa en la justicia y la verdad, en el anuncio de los valores evangélicos, aunque incomoden. ¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra (Lc 12, 51-53). La paz que Jesús anuncia no es la paz engañosa que encubre el mal que la habita. No es la pax romana, sino la paz que brota de la experiencia de Jesucristo, el príncipe de la paz.
Hay una paz fruto de los pactos o de la tolerancia para evitar los enfrentamientos o buscar un cauce al cese de hostilidades. Pero hay otra paz que anida en lo profundo de nosotros dándonos felicidad. Por ejemplo, cuando hemos completado una tarea o realizado una promesa nos sentimos descansados, en paz. Es la paz que reside en lo cotidiano, nuestro estado interior en armonía que nos produce reposo y felicidad.
Gozar de buena salud y estar en paz están en relación. El “saludo” no es más que desear la salud al otro. Si este saludo se expresa diciendo shalom, no hacemos otra cosa que desear la paz saludable al prójimo. La paz expresa nuestro propio estado saludable de vida. Por eso cuando estamos mal, ni estamos en paz ni somos capaces de desear la salud correctamente a los demás, en lugar de “saludarles” los espantamos. Los malvados no gozan de paz, pues su actitud no es saludable, aunque tengan muchos bienes o les sonría la fortuna; los que están atados por la amargura, tampoco. La paz no la dan las cosas, ni siquiera la ausencia de enfrentamientos, la paz es una experiencia interior que va más allá y habita en aquellos que viven de forma saludable, que gozan de esa salud que brota de la salvación que Cristo trae a los que viven según Dios (sean o no cristianos).
Salvación es sinónimo de liberación. Así como el pueblo hebreo fue liberado de Egipto, así la salvación que Cristo nos trae busca liberarnos de las ataduras del pecado haciéndonos recuperar la salud, lo que expresaba con los signos y milagros que le acompañaban curando a los enfermos y dándoles su paz: Vete en paz, tu fe te ha salvado, dijo a la hemorroísa; Vete en paz, tu fe te ha salvado, dijo también a la pecadora sorprendida en adulterio.
¿Cómo es nuestro saludo a los hermanos? Cuando están enfermos se convierten en el mejor momento para desearles la salud con un saludo que les llene de paz. No podemos esperar a que estén saludables para desearles la salud. Tendemos a saludar cuando hay paz, amistad, buena relación. Eso está bien, pero no sana, simplemente reconoce el estado saludable en el que nos encontramos. Cuando Jesús envía a sus discípulos les dice: ofreced la paz, curad a los enfermos y anunciad el reino de Dios. Tomar conciencia de esto nos ayudará mucho, pues quien vive esperando tener a su alrededor un entorno saludable, es posible que se desanime, mientras que el que toma conciencia de ser enviado para provocar un entorno saludable, se gozará de cumplir la misión recibida, sintiéndose motivado cuando ve que tiene un terreno donde trabajar para instaurar el reino de Dios.
Cristo nos da la paz y cuando habita en nosotros dicha paz, la transmitimos. La paz se ofrece, no se impone. Está en nuestra mano la paz que ofrecemos, pero no la del otro. La paz es como la amistad, produce gran gozo cuando es correspondida, pero si el otro es violento y no la desea, no se la podemos imponer, como tampoco podemos obligar a nadie que sea nuestro amigo. Por eso nos dice el evangelio: Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Estamos en paz cuando estamos en un contexto de confianza no violento. Quien confía vive en paz con el otro. Cuando decimos de alguien que fallece que ha muerto en paz, es que ha muerto reconciliado, confiando en aquél que le acoge en su seno para siempre. La reconciliación personal puede venir por una conciencia pura de haber actuado bien. Pero como no siempre podemos presumir de eso, también nos podemos acoger a la otra forma de reconciliación que es la de sabernos perdonados. Quien está convencido de la misericordia de Dios, muere reconciliado, no por sus buenas obras, sino por la fe firme en aquél del que se ha fiado y en quien confía no será defraudado. Cuando eso se da, la paz se anticipa a la hora final, transformando y pacificando a la persona.
El lema de San Benito es la paz. Una paz que desea reine en nuestras comunidades. Una paz fruto de la fe confiada y del amor fraterno. Vivir en la paz y la caridad es anticipar la Jerusalén celeste que anhelamos, la verdadera ciudad de paz. Pero es algo que debemos empeñarnos en construir día a día. Desearnos la paz sembrándola donde hay guerra y poniendo amor donde hay odio o recelos. El constatar su ausencia en ocasiones no debe ser motivo para desanimarse, sino impulso para tratar de fomentarla para hacer un mundo mejor según el evangelio.
La ausencia de conflictos lo podemos conseguir metiéndose cada cual en su cascarón, pero esa paz no es duradera. Ir al fondo de nuestra falta de paz personal o comunitaria es reconocer nuestro mundo agitado por violencias y egoísmos y tratar de pacificarlo con la paz del evangelio. Deseémonos la paz mutuamente y hagamos lo posible por irradiarla para que germine a nuestro alrededor. Isaías soñaba con el “príncipe de la paz” que nos traerá una paz sin límites (Is 9, 6). Dejémosle habitar entre nosotros sin espantarlo.








