La acogida era un valor muy apreciado por el pueblo hebreo. Él fue nómada y migrante, por lo que tenía experiencia de la importancia de acoger al que pasa frente a su casa, siendo la hospitalidad una de las virtudes más valoradas. Cuando Jesús manda a sus discípulos ir delante de él los envía vulnerables, dependientes de la voluntad de los demás. Habrá quien les abra la puerta de su casa y habrá quien no lo haga.
Si la acogida es importante, también lo es el dejarse acoger. Quien acoge recibe al huésped con todo lo que es. Así también el que es acogido debe aceptar a su anfitrión como es, aceptando su casa y lo que en ella hay. Cuando alguien os acoja -nos dice Jesús- quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tenga: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. La acogida es un acto de humanidad y nos enriquece con lo que el otro trae, pero también resulta exigente al tenerlo que acoger con todo lo que es, no solo con lo que nos resulta agradable de él, sino también con lo que no lo es tanto, pues acogemos a la persona en sí misma. Esto ya es un claro signo del reino de Dios que nos valora por lo que somos. No obstante, la tentación de cambiar de casa nos acecha, buscando aquello que nos resulta más agradable. No andéis cambiando de casa, nos dice el Señor, a no ser que os echen o haya una sólida razón para ello.
Es interesante la forma cómo se plasma en la serie The Chosen la diversidad de los apóstoles y la necesidad de aceptarse mutuamente, aunque algunos parezcan un poco raros, como Mateo, representado con rasgos autistas al evitar el contacto corporal con los demás, mostrar gran dificultad de comprender conversaciones con doble intención -pues a pesar de su inteligencia es mucho más primario y directo, faltándole herramientas para relacionarse sosegadamente-, o sentirse una persona extraña al grupo de los humanos, etc. También tenemos al impulsivo Pedro con sus fanfarronerías y capacidad innata de liderazgo, etc. Y a todos los eligió el Señor.
Jesús nos manda algo que pone de relieve la necesidad de acoger las peculiaridades del otro si no queremos arruinar la acogida. Lo hace con el tema de los alimentos, que para los judíos revestía una especial importancia, pues rechazaban algunos de ellos: Quedaos en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan. ¿Y si lo que se nos da es carne de cerdo o algo ofrecido a los dioses? El conflicto de conciencia era evidente. Así lo manifiesta San Pablo cuando dice: Si os invita un no creyente y deseáis ir, comed de todo lo que os pongan delante, sin poneros a investigar nada por razones de conciencia (1Cor 10, 27). Podemos hacer una extrapolación de esta recomendación a otros muchos ejemplos de la vida. Es verdad que debemos apartarnos de aquello que nos pueda inducir al pecado, pero la mayor parte de las veces se trata simplemente de diferentes formas de pensar o costumbres de los otros que me cuestan más o menos.
Y no solo se trata de acoger lo que el otro nos ofrece según sus costumbres, sino que hemos de pensar que nos da lo que tiene, y no todos son igual de ricos en dinero, inteligencia, buen gusto o cualidades. Acoger a alguien o dejarse acoger por él supone aceptar sus límites, pues el obrero merece su salario, nos recuerda igualmente Jesús. Esto no es sencillo, pues, aunque todos queremos hacer el bien, ponemos inconscientemente algunas condiciones que desbaratan nuestra sincera intención. Así como queremos ayudar al pobre, pero siempre que no nos moleste, sea educado y humilde, etc., así también nos sucede con la hospitalidad y otras cosas. Queremos relacionarnos con una pobreza vip, con una hospitalidad impoluta, etc., o. lo que es lo mismo, queremos que los demás sean y piensen como nosotros y sean atractivos para poder ayudarlos. Ese tipo de acogida no es más que apariencia, querer aparentar lo que realmente no se es.
Así como a nosotros nos puede resultar difícil acoger al otro, también nosotros podemos ser rechazados. ¿Qué solemos decir entonces? Nuestro pensamiento suele ser bastante común y simple. Si yo no acojo a alguien creo tener buenas razones para actuar así, descargando la culpa en el no acogido: no se merece que lo acoja. Y cuando no me acogen a mí, entonces también son los otros los responsables, ya que parece que están esperando a que yo cambie para ser aceptado, y eso me resulta intolerable.
Jesús nos habla de la posibilidad de no ser acogidos en una ciudad, pero aquí hay un interesante matiz. No se trata de ser acogidos o rechazados por nuestra forma de ser, sino por la misión que llevamos, el mensaje que portamos, que no es otro que el anuncio del reino de Dios. Los que son acogidos deben decir: El reino de Dios ha llegado a vosotros. Los que no son acogidos deben decir: De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado. Es como la gracia que llama a nuestra puerta, querámoslo o no ha llegado, pero solo nos beneficiamos de ella si le abrimos la puerta para que entre. Así es la gracia y así los mensajeros que nos la traen en forma de hermanos y acontecimientos.
Dejarse llevar por las apariencias tiene sus riesgos, pues o bien nos dejamos encandilar siendo estafados, o bien rechazamos el tesoro de la gracia por el feo envoltorio en el que viene empaquetado. El reino de Dios llega a nosotros en todo acontecimiento y en toda persona, no lo rechacemos fácilmente construyendo relatos que justifiquen nuestra cerrazón a la gracia.
Rechazar la gracia o a los mensajeros de la gracia, tiene sus consecuencias. En realidad, todas nuestras decisiones en la vida tienen sus consecuencias y las hemos de afrontar. Para Jesús, el rechazo de la gracia es el mayor pecado, más que el de Sodoma, prototipo de la ciudad viciosa y pecadora: Os digo que aquél día será más llevadero para Sodoma que para esta ciudad (que no acoge el mensaje que yo le envío, la gracia que le mando). Y vuelve a recordarnos que podemos ser unos afortunados caídos en desgracia, pues si otros hubieran tenido las oportunidades que nosotros hemos tenido, seguramente hubieran cambiado de vida dejados llevar por la gracia divina. Por eso el ninguneo a la gracia es peor que el pecado del que la desconoce.








