Después de haber dejado claro Jesús que no quiere seguidores pusilánimes que dejan las cosas para mañana, que pretenden arreglar primero sus propios asuntos antes de seguirlo, que buscan mantener sus seguridades o que miran atrás una vez puesta la mano en el arado, ahora los manda de dos en dos como precursores “a los lugares donde pensaba ir él”. Esta expresión es significativa. Los discípulos van delante de él preparando su camino. No son ellos los protagonistas sino los que preparan el camino a la acción de Dios. El Señor siempre nos envía con una misión, no a caminar sin más por la vida. Saberse con una misión es de gran estímulo. Saber que esa misión es la de ser precursor del Señor es un gran honor y responsabilidad. Pero no cabe equivocarse, la acción salvífica es del Señor, es él quien actúa en cada uno, aunque necesita de nosotros para que vayamos abriendo camino con nuestro testimonio de vida. Somos como aquellos que llaman la atención para que los demás se fijen dónde está el Señor y éste pueda actuar en ellos. Somos importantes en el anuncio del evangelio, pero no somos más que mensajeros, siendo el Espíritu del Señor quien actúa. Es por ello que si perdemos nuestra condición de sal que sazona y luz que ilumina, estaremos dejando infecunda nuestra misión.
En otro pasaje (Mt 10, 1ss, Mc 3, 14ss, Lc 9, 1ss) Jesús envía a los Doce (cifra de Israel) a proclamar el evangelio. Ahora el evangelista Lucas nos habla del envío de otros 72, pudiendo ver en ello que la misión evangelizadora no solo compete a los apóstoles ni es solo para el pueblo de Israel, sino que alcanza a todos, significados por los setenta y dos, número simbólico de las naciones paganas (cf. Gn 10), y cuya mención aparece únicamente aquí en el NT. La forma de enviarlos es como a los Doce: como corderos en medio de lobos, sin bolsa, ni alforja ni dos túnicas. Se nos dice que la cosecha es abundante, pero que se necesitan operarios que la recojan. El tiempo apremia, por lo que no se puede esperar a estar provistos de todo, ni pararse a saludar por el camino al estilo de la cortesía oriental que exigía detenerse largamente. El seguimiento de Jesús no gusta de esperar a mañana.
El hecho de que Jesús envíe a sus discípulos como ovejas en medio de lobos hace pensar. No parece que esté constatando simplemente una realidad, sino que manifiesta una intención suya. Hemos de ir desarmados por fuera y por dentro, dejando de manifiesto que él es nuestra fuerza. No basta renunciar a las seguridades exteriores que nos protegen, sino que hemos de desarmarnos por dentro con la mansedumbre. La ira y la concupiscencia del poder están muy lejos del cordero de Dios, por más que pretendamos justificarlas a veces con buenas intenciones, con la excusa de buscar la conversión de los otros o de proteger el nombre de Dios. Los métodos del Señor son desconcertantes porque sus caminos no son los nuestros. Id como ovejas, nos dice, recordándonos al mismo tiempo que hemos de adentrarnos en tierra de lobos. Si queremos seguir al Maestro no hemos de extrañarnos si nos encontramos con algún lobo. No hemos de ser violentos, pero sí prudentes, como nos dice Jesús: Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10, 16). La sencillez no es ingenuidad.
El Mesías ha venido a cambiar el mundo y a eso nos invita a sus discípulos. Debemos trabajar con mansedumbre para que el mundo cambie, sin esperar a que desaparezcan los lobos ni a que otros lo cambien para salir yo a pasear por él cuando todo esté arreglado. En realidad, no somos nosotros quienes cambiaremos el mundo. A nosotros nos toca simplemente anunciarlo con nuestras vidas, habiéndonos convertido nosotros mismos. No debemos echarnos atrás si Jesús nos manda ir como ovejas en medio de lobos. Las ovejas huyen del lobo cuando lo ven llegar. A nosotros se nos manda ir en medio de lobos no como una acción suicida, sino fiados del que nos ha enviado para suscitar la mansedumbre del cordero en la agresividad del lobo. Esto lo hemos de hacer con los de fuera, pero también con los de dentro, con los que convivimos que pueden manifestarse agresivos o dominados por sus pasiones, y con nosotros mismos cuando nos habitan miedos que nos pueden aterrar. Solo podremos hacer eso si nuestro corazón descansa confiadamente en su pastor, como descansaba el de Jesús en su Padre, sabiendo que su misión era hacer su voluntad y seguir el camino que el Padre le mostraba. Eso nos lleva a la plenitud y la paz.
El tiempo apremia y la cosecha es muy abundante. Donde nosotros vemos lobos, dificultades y un campo estéril o devastado, el Señor ve una cosecha abundante esperando ser segada, una oportunidad que no podemos dejar pasar. Una cosecha que apremia, pues bien sabemos que, si no se cosecha a tiempo, la espiga termina cayendo y se pierde el grano. El tiempo apremia, pero ¿dónde están los operarios? Aquí se entiende bien la insistencia del papa Francisco a salir de nuestro cascarón e ir a todas las periferias de la vida, viendo en ellas una oportunidad para el crecimiento del reino y no una simple jauría de lobos que nos pueden morder.
Ir en medio de lobos, mansos como corderos y sin llevar provisiones ni seguridades no lo podemos hacer sin la fe. Que el escudo de la fe nos proteja, nos dice San Pablo, apagando en él las flechas incendiarias del maligno (Ef 6, 16). No la fe del que mira si hay nubes antes de hacer rogativas con garantías. O la del que pide la salud de un enfermo que se puede curar, pero no la del que está desahuciado. Jesús conoce el poder de Dios y pone las cosas más complicadas para que quede de manifiesto dicho poder, sin posibilidad de apropiarnos nosotros del éxito.
El Señor nos envía, nos lanza al camino de la vida y nos manda ir sin seguridades, pues él nos dará lo que necesitemos. ¿Y si no nos gusta lo que nos da? Nos responde: Cuando entréis en una casa … quedaos en ella comiendo y bebiendo de lo que tengan … No andéis cambiando de casa en casa. Ponerse en camino no es fácil, pues nos exige salir de nuestras comodidades. Caminar sin seguridades humanas requiere valor y confianza en aquel que nos envía. Acoger lo que se nos presenta en el camino supone morir a uno mismo día a día para abrazarlo y sacarle gusto, pues hasta el maná del desierto puede resultar aburrido, de ahí la necesidad de pedir la perseverancia.








