Después de enseñar a sus discípulos en Galilea, Jesús emprende la subida a Jerusalén donde culminará su misión. Para este recorrido seguiré al evangelista Lucas. Bien sabemos que Jesús hizo varios viajes de Galilea a Judea, como nos relata Juan, y tiene cierta lógica. Sin embargo, Lucas nos habla del viaje como una realidad simbólica y teológica, no solo geográfica, por lo que muestra indiferencia hacia los lugares concretos por los que pasa. Jesús aparece en los evangelios siempre en camino. Sus raíces no están en un lugar, sino en hacer la voluntad del Padre, lo que predica por todas partes, alcanzando el pleno cumplimiento en Jerusalén, donde está la meta de su viaje. Una ciudad de la que será expulsado, muriendo fuera de sus murallas y transformándose en la nueva Jerusalén y el nuevo templo, así como el cordero degollado del que nos habla el libro del Apocalipsis.
Este camino se nos presenta como el camino del cristiano que va con Jesús hacia Jerusalén para compartir su muerte, resurrección y ascensión al cielo. Camino hacia la muerte y camino hacia la vida. Camino que nos lleva a la plenitud de la vida pasando por la muerte que conlleva la conversión, la toma de conciencia de nuestro hombre viejo para transformarlo en hombre nuevo.
Ese camino comienza con un rechazo. Al igual que le sucedió en Nazaret al comenzar su misión, le sucederá en Samaría. Para ir de Galilea a Jerusalén hay que atravesar Samaría. Entraron en una aldea y no los recibieron. ¿Por qué no recibieron a estos caminantes? Nos lo dice el evangelio: No lo recibieron porque su aspecto era el de uno que caminaba a Jerusalén. ¿Y cuál es el aspecto que tiene uno que camina a Jerusalén, a la ciudad de paz y de justicia? ¿Por qué motivo hay que rechazar al que camina hacia Jerusalén? Lo dice el libro de la Sabiduría: Acechemos al justo que nos resulta fastidioso… Es un reproche contra nuestros criterios… Lleva una vida distinta de todos los demás (Sab 2, 12.14-15). El que camina hacia Jerusalén busca la justicia y el mal quiere frenarlo.
Los samaritanos eran un pueblo originariamente gentil, descendientes de los extranjeros asentados en Israel después de la deportación de los israelitas el año 721 a. C. Al ser rechazados, la ira se apoderó de Santiago y Juan, que intentaron eliminarlos. Menos mal que antes de hacerlo preguntaron a Jesús: ¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos? Sin duda que su fe era grande, pero su celo e impulsividad también. Ante el rechazo tendemos a responder con violencia. Jesús no resiste al violento imponiéndose. Algunos manuscritos añaden: No sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido a destruir vidas humanas, sino a salvarlas.
Jesús propone, no impone, pero al mismo tiempo exige una disposición personal al que acepta seguirlo. Así como San Benito mandaba que se dijera al que quería entrar en el monasterio las cosas duras y ásperas que debería abrazar, así también Jesús se lo dice a los que le quieren seguir o son llamados por él. En el evangelio se nos presentan tres modelos: el que se siente atraído por Jesús y desea seguirlo (él elige lo que le gusta, un estilo y mensaje que le resulta atractivo); el que siente que Jesús lo llama (siente la atracción confiada de la llamada, le guste o no lo que encuentre, pues decide seguir a una persona sin buscar un contexto favorable); y el que desea seguirlo, pero “hoy no, mañana” -como diría el cómico-, en cuanto haya resuelto todos sus asuntos.
En el primer caso uno se siente tan fuerte y seguro de sí que espeta a Jesús: Te seguiré adondequiera que vayas. Un fanfarrón que nos recuerda al Pedro de las negaciones, seguro de sí, de sus principios y fortaleza. Quien se siente atraído por Jesús no se puede olvidar de su flaqueza y de que todo es gracia. Sentirse atraído por Jesús y dejarlo a un lado para ponerse él en el centro no presagia nada bueno. Por eso Jesús le recuerda que seguirlo supone pisar por donde pisa él, y su camino no es de rosas ni ofrece seguridades, pues su única seguridad y recompensa es hacer la voluntad del Padre. Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza, nos dice. Si afrontar dificultades es difícil, no tener un refugio que nos dé seguridad, todavía lo es más. un refugio que se puede llamar casa, dinero, salud, familia, institución, … Lo que nos viene a decir Jesús no es que renunciemos a todo eso, sino que antepongamos nuestro abandono en él, confiando en el Padre y buscando su voluntad. Si se tiene casa, dinero, salud, familia, bien, pero si no se tiene, también.
Quizás lo más duro de la vida es la inseguridad, la sensación de no tener refugio ni suelo donde apoyarse. Jesús nos dice que quien quiera seguirlo no busque seguridades ni trate de salirse con la suya, sino que descanse en él que sabe lo que nos conviene. Pero nuestra capacidad de autoengaño es muy grande, por lo que buscamos seguridades, hacemos lo posible e imposible para lograr lo que deseamos y luego ponemos cara de circunstancia y decimos: era la voluntad de Dios a la que yo me someto. En fin, al menos sirve para tranquilizar nuestras conciencias.
Cuando vivimos para lo que no da vida, terminamos siendo muertos en vida. Dejad que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios, dice al que quería aplazar la respuesta a su llamada. Responder a las urgencias materiales y trabajar por ellas es necesario, pero bien sabemos que ellas no dan vida por sí mismas. La vida la encontramos en otro sitio. Allí donde esté anclado nuestro corazón de ahí recibirá la vida o la muerte. Jesús nos exige priorizar: Tú vete a anunciar el reino de Dios, y a actuar como lo hizo el profeta Eliseo, que tras la llamada de Elías dejó sus doce yuntas de bueyes y lo siguió poniéndose a su servicio sin dar largas al asunto (1 Re 19, 19-21).
Jesús concluye con una frase lapidaria: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios. Ni esperar a que se muera mi padre y mis seres queridos ni pretender dejar resueltos todos mis asuntos. A veces pretendemos que la llamada del Señor Jesús sea un segundo plato, al que quizás respondamos cuando hayamos comido el primero. Lo podemos hacer al inicio, dando largas a la respuesta, o lo podemos hacer también puestos ya en camino, tentados por las cebollas de Egipto. Es el riesgo de seguir al Maestro que nos lo pide todo.








