Para construir la comunidad de Jesús no basta con acoger el reino de Dios como niños y ser servidores de todos, sino que también hemos de tener cuidado para no escandalizar. Vivir en comunidad hace que nuestras obras tengan una incidencia directa sobre los demás, ayudándolos a crecer o siendo un obstáculo en su camino. “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar”. Palabras muy duras de Jesús. No es un tema con el que se pueda jugar. Ser causa de escándalo hasta poner en crisis la fe del hermano es algo muy grave, pues estamos apartando de Dios al que vive unido a él por la fe. Incluso podemos ser también obstáculo para que se acerque a Dios aquel que lo está buscando y se retire al ser escandalizado por la forma de actuar del que se llama creyente.
Por desgracia hemos de reconocer que, en ocasiones, somos responsables del alejamiento de la fe de algunas personas que se han sentido escandalizados por nuestra incoherencia de vida o nuestras malas acciones cuando habían confiado en nosotros o nos tenían por referente en sus vidas. Hay que poner cuidado en eso, pues al Señor parece preocuparle especialmente que no se ponga en riesgo la fe de los sencillos, a los que primero llama «niñitos» y ahora pequeños, resaltando su pequeñez.
En el catecismo se define el escándalo como “la actitud o comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo, pudiéndole ocasionar la muerte espiritual (Cat. nº 2284), de ahí el serio aviso de Jesús. Somos responsables de nuestros actos, pero también del mal que pueda producir en otros. No vale diluir nuestra responsabilidad con expresiones como “ya somos mayores y cada uno debe responder de sí mismo”. Eso tiene parte de verdad, pero no nos libera de nuestra propia responsabilidad en la caída del hermano. El escándalo se define como una trampa o un obstáculo. El que cae en ella tiene su parte de responsabilidad por no haber sabido evitarlo, pero también la tiene el que puso la trampa. Y no hay que esperar a cometer faltas muy graves. Nuestra forma de vivir en la incoherencia puede resultar ya una piedra de escándalo para los más débiles.
Es curioso ver cómo nuestra sociedad necesita vivir del escándalo. Cuando evitamos algo es porque sentimos que nos puede dañar, mientras que cuando lo buscamos es porque nos proporciona algún beneficio. El evangelio busca evitar el escándalo que brota del pecado porque nos aleja de Dios y daña al prójimo. En nuestra cultura, sin embargo, se busca el escándalo porque da dinero. Una revista que no ofrezca algún escándalo no vende. Se pone el foco en los escándalos, se los magnifica o, incluso, se los inventa. Es curioso cómo se puede encumbrar el mal por el beneficio personal que puede traer, aun sabiendo el daño que produce en los otros. Es lo que sucede cuando se endiosa a la codicia y al dinero.
Jesús reconoce que es inevitable que sucedan escándalos, pero avisa al que los comete que no le irá nada bien. Es por eso que debemos estar dispuestos a pagar un precio para evitarlos: Si tu mano o tu pie te induce a pecar, córtatelo y arrójalo de ti… Si tu ojo te induce a pecar, sácatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida con un solo ojo que con los dos ser arrojado a la gehena del fuego.
A lo que se nos invita es a evitar aquello que nos puede dañar. El sabio puede alcanzar el éxito evitando el peligro al ser consciente de su debilidad. El que se cree fuerte y no se protege es fácil que sea derrotado por su temeridad. Se renuncia a algo bueno buscando alcanzar un bien mayor, ahí está el mérito. Renunciar a lo malo es de sentido común. Renunciar a algo bueno para alcanzar algo mejor es propio de sabios, como el que jugando al ajedrez sacrifica una torre para dar jaque mate en dos jugadas.
Al que escandaliza a sus hermanos y es tropiezo para la fe de los sencillos le está reservada la “gehenna”, dice el Señor. La gehena era el barranco al sur de Jerusalén donde antiguamente se echaba la basura para quemarla. El escándalo es basura para la comunidad y debe ser apartada de ella y ser quemada para que no haga daño.
Jesús se muestra especialmente sensible con los sencillos, con los pequeños que son escandalizados. Estos son los que más le preocupan. A veces, tendemos a preocuparnos más por evitar escándalos para no perder la fama personal tratando de disimularlos, así como al que los comete, para no resultar también nosotros manchados, protegiendo así a nuestro colectivo. Jesús, sin embargo, se preocupa ante todo por los pequeños que han sido escandalizados. Concluye con otra amenaza: Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial. Es decir, no hay nada escondido que Dios no lo pueda ver, muy especialmente las injusticias y escándalos con los más pequeños en edad, indefensión o por su fe sencilla. La mención a sus ángeles no solo pone el acento en que Dios lo ve todo, sino también en la familiaridad que tienen con él los sencillos, que viven la presencia de Dios en su vida cotidiana. Quizás no sean grandes teólogos ni gente importante, pero sí alimentan su fe con una presencia cercana y continua de Dios. Por eso son especialmente queridos por él y su escándalo es especialmente doloroso para el Señor. Tratemos de evitar ser escándalo para los hermanos estando atentos a nuestro actuar y sabiendo que no solo nos debemos a nosotros mismos, sino que somos responsables de cómo nuestras obras pueden afectar en los otros.








