“Al que desea entrar en el monasterio díganle de antemano todas las cosas ásperas y duras a través de las cuales se va a Dios” (RB 58), pide San Benito. No se le debe engañar con promesas fáciles y falsas. El Señor no quiere followers (seguidores) que se limiten a enviar un “me gusta” o algún emoticón tierno. Jesús quiere seguidores que sigan sus pasos y estén dispuestos a dar la propia vida por el anuncio del evangelio. De ahí que camino a Jerusalén vuelva a avisar a sus discípulos de lo que le espera: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día”. “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres”, unos hombres que maltratan a aquel que comparte su humanidad y que es el Hijo muy amado de Dios con quien también comparte su naturaleza.
Estas son palabras duras e incómodas cuando queremos seguir al Señor. Por eso la mente humana busca refugio en el “no entender”. Cuando algo nos resulta especialmente difícil nuestra mente nos hace entender otra cosa. Como el niño que se tapa los ojos, ante el peligro nos escondemos, nos bloqueamos. Todo ello es comprensible por el miedo y rechazo que nos produce. Es lo que les sucedió a los primeros discípulos: No entendían lo que decía y les daba miedo preguntarle (Mc 9, 32). El evangelista Lucas dice: Les resultaba tan oscuro este lenguaje que no captaban su sentido (Lc 9, 45). ¡Vaya por Dios!, les resultaba incomprensible ese lenguaje cuando Jesús les había insistido: “Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”.
Esa invitación a entregar la vida se va a concretizar en nuestro día a día y Jesús nos enseña la manera. El Señor había formado una comunidad con sus discípulos y debía enseñarlos a relacionarse según su buena noticia. Es lo que hace en el llamado “discurso comunitario”. Bien sabemos que la vida comunitaria es hermosa, pero difícil, poniéndonos a prueba y poniendo de manifiesto nuestro ego. Por eso Jesús quiere formar a sus discípulos sobre cómo han de vivir en comunidad. Para ello nos recuerda tres cosas principales: los conflictos y nuestra ansia de poder o de creernos mejores que los demás es lo primero que debemos combatir, enfrentando las envidias y comparaciones con la humildad. Por otro lado, hemos de tratar de evitar escandalizar a los hermanos con nuestras malas costumbres o actitudes. Finalmente hemos de buscar la oveja perdida y sanar las relaciones dañadas con el perdón y la misericordia. No al ego y sí a la humildad. No al escándalo y sí al buen ejemplo. No al rencor y sí al perdón y la misericordia. Tres reglas claras y sencillas para construir la comunidad.
Pronto los discípulos cayeron en la primera de las tentaciones en una lucha de egos: Se suscitó entre ellos una discusión sobre quién sería el más importante. Probablemente nosotros no nos expresemos así, pues nos daría vergüenza, la misma que sintieron los discípulos cuando Jesús les preguntó de qué iban discutiendo por el camino: Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. ¿Cómo manifestamos entonces nosotros nuestra importancia? Hay dos formas principales de hacerlo: abajando al otro y ensalzándonos nosotros mismos. Abajamos al hermano al quitarle importancia, relativizando lo que hace, diciendo que no es para tanto las cosas que hace, que otros las han hecho todavía mejor, que quizás lo hace solo porque le gusta, porque tiene mucho tiempo y mucho apoyo, pero que podría hacer más, etc. Y si es una persona con cualidades, entonces la envida brota fácilmente, buscando denigrarlo al mismo que tiempo que me esfuerzo porque no se me note. Quien no sea capaz de reconocer lo que hace el hermano y alabarlo sin poner ningún “pero” a continuación, ha de preguntarse si no estará maniatado por la envidia.
La segunda manera de considerarnos más importantes es recordar todas las cosas que hacemos por la comunidad sin olvidar ninguna, elevando a la categoría de cargo lo que no pasa de ser un encargo. Yo hago esto, y esto, y esto, dejando al mismo tiempo una acusación velada para con los demás que no hacen lo que yo. Quizás, es verdad, hagamos algo más en un momento de mayor intensidad, pero tenemos la tentación de presentarlo como una constante en nuestra vida, con un toque de dramatismo por mi pesada carga, olvidándonos mencionar los otros momentos de mayor relajación que me permite mi cargo. También en ocasiones se da el caso de que mencionamos cosas que deberíamos hacer como si realmente las estuviéramos haciendo, fatigándonos solo de pensarlo antes de empezar a realizarlas o, incluso, sin llevarlas a cabo.
Pues bien, el Señor Jesús nos dice que nos dejemos de tonterías, que el mayor entre nosotros no es el que se pone medallas, sino el que recibe las medallas de los demás por su capacidad de servicio y su humildad. El evangelio nos invita a buscar los primeros puestos en dos ámbitos: el reino y la comunidad, mostrándonos quién es verdaderamente el mayor en el reino de los cielos y quién es el mayor entre los discípulos.
El mayor en el reino de los cielos es el que vive con la actitud confiada y receptiva del niño, acogiendo así el reino de Dios: “Quien no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10, 15). El niño se fía de sus padres y está predispuesto a imitarlos y aprender de ellos: “En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos” (Mt 18, 3-4). Al que se considera adulto, por el contrario, le cuesta mucho estar abierto a aprender, pensando que son los demás los que tendrían que aprender de él. También le cuesta confiar pensando que debe tenerlo todo controlado. Es interesante recordar aquí cómo San Benito invita a escuchar en comunidad a los más jóvenes, pues por ellos se puede manifestar la voluntad de Dios. Es lo que tiene la libertad del que está menos condicionado al estar iniciándose en un camino que desconoce.
En relación con los hermanos, el mayor de todos será el que busque el último lugar y esté al servicio de todos: “Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35). ¡Qué sencillo es el camino y qué difícil realizarlo! De poco vale el enfadarnos contra los que actúan mal, pongamos nuestro esfuerzo en alcanzar los mejores puestos poniéndonos al servicio de todos.
Por otro lado, no olvidemos que todo es gracia y la gracia actúa como le parece. Por eso a veces nos sorprende actuando en los que no son de los nuestros, en los que menos esperamos, en los que no es “normal” que actúe la gracia porque no piensan como nosotros o no son de nuestro grupo. Juan dijo a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros”. Jesús respondió: “No se lo impidáis… El que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9, 38-40). Estas palabras nos ayudan a tener una mirada más amplia que nos permita acoger a los que son diferentes a nosotros como el Señor Jesús los acoge. Hemos visto cómo evitar sentirnos mejores que los demás y ponernos al servicio de los hermanos. Todavía nos queda ver cómo evitar el escándalo en la comunidad y cómo practicar el perdón y la misericordia.








