Antes de empezar con el relato de hoy quisiera fijarme un momento en las últimas palabras del pasaje de la transfiguración del Señor que vimos la última vez. Se nos habla de la necesidad de la venida de Elías antes de la llegada del Mesías. Jesús afirma que Elías ya llegó, asimilándolo a Juan el Bautista. Pero lo que me llama la atención es la poca autoridad efectiva que parece haber tenido, pues nos dice Jesús: Os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido, rematando a continuación: Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos.
La autoridad de Jesús no es como la de los poderosos de este mundo. El poderoso impone su potestas sin dejarse ningunear, se encoleriza si alguien le cuestiona o le desobedece. La autoridad del poderoso no viene de Dios, sino de su poder personal. Al ser cosa de hombres se deja arrastrar por las pasiones humanas. La autoridad que viene de Dios se asienta en la misión recibida, además de ser una verdadera auctoritas moral que no se impone y busca el crecimiento de los demás. Su poder no es de este mundo, como diría Jesús ante Pilato. Por eso es enviado como oveja en medio de lobos. Deberá ser prudente y astuto, pero no violento, para que su autoridad recibida de Dios no se confunda con la del poderoso que termina siendo injusta al buscar su propio interés.
Esto nos puede servir a nosotros para examinar nuestras reacciones cuando somos cuestionados o desobedecidos en aquellas cosas que se nos han confiado y de las que somos responsables. Cómo ser entregados en la misión recibida estando más dispuestos a encajar los golpes que a darlos. Es el mensaje de Jesús que nos saca de quicio, pues su modo de pensar es diferente al nuestro y nos exige una conversión o cambio de criterio.
Como tantas veces que Jesús se iba a un lugar apartado para orar a su Padre, también ahora se nos dice que tras la experiencia del monte Tabor Jesús volvió donde estaba la gente y la gente acudía a él. Se alejaba, pero no se desentendía. Ni los más contemplativos pueden olvidarse de la humanidad a la que Dios quiere darse a conocer y a la que ha venido a salvar.
Enseguida presentan a Jesús un joven epiléptico. También se le llama “lunático” por la creencia antigua de que los ataques de demencia estaban ligados a las fases de la luna, pero los síntomas que muestra en este caso se refieren claramente a una crisis epiléptica. Más allá de los detalles de cómo se manifestaba la enfermedad, lo más importante es contemplar el diálogo que tiene lugar.
Es el padre del muchacho el que se dirige a Jesús con una humildad y angustia que le llevan a pedir de rodillas lo que desea. Mucho dependerá nuestra actitud del deseo que tengamos y del valor que demos a lo que pedimos. Se ve un padre desesperado por la vida de su hijo, su único hijo, que sufre mucho y se pone en peligro tirándose al fuego o al agua. Quizás sea esta una de las cosas que a los monjes nos cueste entender. Tener un hijo es un regalo y puede dar muchas alegrías, pero lo que está garantizado es que cambia la vida, se está más preocupado de él que de uno mismo, especialmente cuando es pequeño. Muchas tonterías desaparecen cuando hay una preocupación mayor movida por el amor.
El relato según el evangelista Marcos tiene todavía una mayor riqueza. La fe es el centro del relato. La mucha o poca fe del padre, pero también la de los discípulos. De todos es sabido que cuando estamos muy apurados acudimos a lo que sea para que nos saque del apuro, pero eso no significa que creamos realmente en ello, sino que probamos por si resulta. Jesús nos dice que ese no es el camino. No podemos acudir a él para ver si tenemos suerte. La fe es más importante que los resultados que buscamos. La fe pone de relieve nuestra confianza en el otro y nuestro abandono a él, acogiendo su decisión como la opción más salvífica para nosotros. La solución a nuestro problema deja el paso a la aceptación de la misma persona de Jesús, sabiendo que Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Eso nos permite vivir en paz.
Jesús sabe de sobra que muchos de los que se acercan a él lo hacen principalmente por interés, por eso exclama: “¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo tendré que soportaros?” No obstante, atiende a su demanda: “Traédmelo”. Se ve claro el interés en el diálogo con el padre del muchacho: “Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos”. A lo que el Señor responde: “Todo es posible al que tiene fe”. El Señor incide en la actitud del corazón, en la fe que debemos tener. Pero la fe no es algo lineal. Como el amor o la amistad, la fe tiene sus altibajos ya que es una respuesta libre que debe realizarse con todo lo que somos, nuestros miedos y dudas, nuestros deseos y necesidades, nuestras experiencias pasadas, hayan sido buenas o malas. “Creo, pero ayuda mi incredulidad”, lo expresa magistralmente el padre del muchacho. La fe es un acto de amor y confianza arriesgado, de ahí nuestras dudas y reparos. Esto no nos debe extrañar ni culpabilizar. Lo importante no es lo más o menos seguros que estemos, ni siquiera si se llega a realizar o no lo que creemos, lo verdaderamente importante para nosotros es lo que depende de nosotros, el acto de amor sublime que realizamos en el acto de fe, que no es algo irracional, sino un verdadero acto libre. Titubeó el padre del muchacho, pero también los discípulos de Jesús a los que igualmente reprochó su falta de fe, recordándoles que la fe es capaz, incluso, de mover montañas, de mover aquello que parece inamovible, de cambiar aquello que pensamos es imposible que cambie. Las personas de fe son las que han sido capaces de cambiar las cosas, aunque hayan tenido que dar su vida en el intento. Personas de oración y fe que saben que nada hay imposible para Dios y que la oración del justo es poderosa.








