El relato de la transfiguración del Señor camino de Jerusalén, y tras el anuncio de su muerte y resurrección, recuerda mucho a la subida de Moisés al monte Sinaí camino de la tierra prometida y lugar de la antigua alianza.
Aunque la montaña de la transfiguración se asocia comúnmente con el monte Tabor que se eleva sobre una llanura, pudiera ser también una montaña simbólica sobre la que se reviven los acontecimientos del Sinaí en la vida del nuevo Moisés. Pensemos que tras el bautismo Jesús es conducido al desierto donde será tentado durante 40 días, como sucediera con Israel durante 40 años. También con claras reminiscencias bíblicas lo vemos subir al monte de las bienaventuranzas donde, como un nuevo Moisés, dará su ley que profundiza lo escrito en las tablas de los diez mandamientos. Ahora, en su camino a Jerusalén, lugar de las promesas, sube a un monte alto donde la alianza del AT y la nueva alianza parecen unirse en su persona, como un paso de relevos hasta llegar a la plenitud de la meta.
Ante sus apóstoles más representativos (Pedro, Santiago y Juan) Jesús se va a transfigurar repitiéndose hechos parecidos a los vividos por Moisés: ambos suben a la montaña alta, ambos escuchan la voz de Dios, la brillante claridad que rodea a Jesús recuerda el resplandor del rostro de Moisés, ambos tienen esa experiencia envueltos en una densa nube -nube luminosa, la llama el evangelista Mateo-, ambas experiencias produjeron espanto en los que estaban con ellos. Produce espanto y suscita el deseo de permanecer: Bueno es estarnos aquí, exclamó Pedro dispuesto a levantar tres tiendas, tiendas que aluden a la fiesta de los Tabernáculos (cabañas) con la que los israelitas conmemoran precisamente la estancia en el Sinaí mientras recibían la revelación de la Ley.
Así como el sol nos ciega si lo miramos directamente, pero ilumina todo lo que toca con sus rayos, así el Señor Jesús. El rostro de Jesús resplandecía como el sol, iluminando lo que toca. Nos ilumina, pero nunca podremos apropiarnos de ese resplandor suyo que nos ciega. San Bernardo nos dice que Jesús se transfiguró ante sus discípulos invitándonos a elevar nuestra mirada y fijarnos en “la gloria que se ha de manifestar en nosotros mismos” (Rm 8, 18). Una gloria a la que no se puede comparar los sufrimientos de ahora. La transfiguración del Señor nos transfigura a nosotros con su reflejo motivándonos para afrontar las dificultades del camino en nuestro anhelo porque un día se cumpla en nosotros lo que ahora solo intuimos y deseamos. Un destino que da sentido a los sufrimientos presentes. Mientras el rostro de Jesús resplandecía como el sol y sus vestidos como la luz, los apóstoles estaban bajo la sombra de una nube luminosa de la que salía una voz que les invitaba a escuchar a Jesús, su Hijo amado, experiencia de la presencia de Dios que no llegamos a palpar. Frente a la luz de Cristo aparecen manifiestas nuestras sombras, aunque son iluminadas.
Al final, los discípulos solo ven a Jesús, no a sus precursores Moisés y Elías que simbolizaban la Ley y los Profetas, es decir, el AT. Cuando el anunciado ha llegado ya no son necesarios los precursores que concluyeron su misión, aunque siga siendo bueno conocerlos. Su tarea ha alcanzado plenamente su sentido, pero ahora deben hacerse a un lado. Y si esto sucedió con el profeta y el legislador más grande, cuánto más con nosotros cuando somos instrumentos de la luz de Dios que se refleja en nosotros en favor de los demás. Aprender a cumplir la misión recibida sin pretender eclipsar la luz que nos atraviesa es saberse servidor de Dios sin creerse más de lo que somos. No hacerlo es caer en el grave error de algunos guías espirituales que, emborrachados de la acción de Dios a través de ellos, pretendieron ocupar su lugar y abusaron de los que a ellos acudían.
Jesús se acerca a sus discípulos caídos de bruces y llenos de espanto y les dice: “levantaos, no temáis”. Nos caemos por la debilidad y la torpeza, nos paralizamos por el miedo. Les sucedió a los apóstoles y no se avergonzaron de reconocerlo. Nos sucede también a nosotros y es bueno reconocerlo, pero escuchando las palabras de Jesús: “levántate y no temas”. No es un consejo, es un mandato. Un mandato para el que confía en él y se olvida de sí. Mirar nuestras sombras es motivo suficiente para caer y quedar paralizados. Dejarnos atravesar por la luz del Transfigurado nos da el gozo y la confianza del que confía en aquel que le ha llamado y enviado.
Necesitamos cambiar la orientación de nuestra mirada. Una y otra vez se dirige a nuestro ombligo. Una y otra vez busca mil argumentos para alejar de sí las propias sombras, dificultades y miedos. Una y otra vez tropezamos con el desengaño, y la tristeza nos invade. Solo cuando reorientamos la mirada descubrimos que nuestra grandeza está en su presencia en nosotros, que la misión recibida es la que nos abre el horizonte sin dejarnos caídos de bruces lamentándonos por nuestras cuitas.
Jesús termina el episodio de la transfiguración con un mandato a sus discípulos: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Me hace gracia. Es como tratar de coger con las manos el olor que percibimos para mostrárselo a los demás. Lo único que obtendríamos es una mirada benevolente y silenciosa que pensara: “pobrecito, espero que no vaya a más”. Para transmitir algo se necesitan tres cosas. En primer lugar, que quien quiere hablar comprenda lo que va a decir. En segundo lugar, que aquello que va a decir tenga algún sentido. En tercer lugar, que el receptor tenga la capacidad suficiente para comprender. Pienso que ninguna de las tres cosas se daba: ni los discípulos eran conscientes de lo que estaba pasando, ni parece muy coherente que se nos hable de glorificación cuando se va camino del fracaso de la cruz, ni los posibles oyentes les iban a comprender sin haber tenido ellos mismos una experiencia similar.
Hay cosas que se necesitan experimentar para poder comprender. Solo la experiencia pascual tras la resurrección del Señor lo pudo hacer. El Espíritu del Resucitado es el que les daba a comprender todo hasta hacerlo propio y predisponerlos a seguir los pasos del Maestro y no otros. Que esto sea una realidad en nuestra comunidad y en cada uno de nosotros, pues solo así seremos capaces de transfigurar lo que vivimos y aparecer nosotros mismos como transfigurados.








