A la hora de hacer un discernimiento vocacional suelo preguntar al candidato sobre el lugar que ocupa Cristo en su vida. Uno puede venir al monasterio por muchos motivos, así como hay motivos variados para permanecer en él. Solo el seguimiento de Jesús puede ser la razón última que justifique una vida como la nuestra. Seguimiento de Jesús en un carisma monástico, pero seguimiento de Jesús antes que nada. Pues no podemos olvidar que en la vida las razones más poderosas son las que brotan del corazón. Alguien que ama tiene la fuerza necesaria para perseverar en las dificultades propias de la vida manteniendo su opción fundamental. Sus motivaciones brotan de su interior porque ahí habitan. Pero quien no las tiene, tiene que llenarse de razones que le ayuden a ver que merece la pena perseverar en las pruebas.
Jesús cuestiona también sobre esto a sus discípulos. Primero lo hace mediante un rodeo: “¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?”. Luego lo hará directamente: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Primero es una pregunta teórica: “¿qué dicen los libros y la tradición que es la vida monástica?”. Aquí podemos poner cualquier modo de vivir nuestro bautismo, sea en la consagración religiosa, en la ordenación sacerdotal, en el matrimonio o en cualquier opción de vida motivada por el evangelio. Esa respuesta suele ser sencilla, pues la aprendimos en el noviciado o en la catequesis y la hemos escuchado muchas veces. La cuestión es cuando se nos pregunta directamente, como una experiencia personal: “¿y qué es para ti?”. Seguramente que ahí seguiremos tirando de cosas aprendidas pensando que son verdaderamente nuestras. ¿Cómo saber entonces realmente qué es para mí la vida monástica o el seguimiento de Jesús? Realmente es sencillo saberlo. Dejemos de buscar en nuestra mente lo que una vez aprendimos y escudriñemos en nuestras obras y en nuestro corazón. Ambas cosas revelan nuestra verdad. Hablamos de lo que llevamos en el corazón, y actuamos según lo que brota de él. No hay que dar ninguna imagen que tranquilice nuestra conciencia o busque la aprobación ajena. Simplemente expresaremos lo que habita y deseamos en nuestro interior.
A veces, lo que nos habita son buenos deseos, pero no suficientemente poderosos y clarificados. Algo así le sucedió a Pedro cuando respondió con rapidez al Señor según le brotaba de su interior. Tú eres el Mesías el Hijo de Dios vivo. Sí, acertó, pero como si se le hubiesen soplado al oído la respuesta o fuera una proyección de su deseo más profundo, pues enseguida tuvo que ser regañado por Jesús, llamándole incluso Satanás porque no abrazaba lo que realmente suponía ser el Mesías según el plan de Dios. Acertó la respuesta, pero ni la comprendía ni la aceptaba.
No se nos pide seguir verdades, sino seguir al que es la Verdad y la Vida. El seguimiento de una persona da sentido a nuestro caminar, mientras que el mero conocimiento de verdades sobre ella carece de motivación. El seguimiento nos habla de un camino incierto y desconocido que exige confianza y abandono, actitudes del discípulo y del hijo. Pedro acertó en la verdad: Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo, pero desconocía en qué consistía realmente eso. Más todavía, su acierto le llevó a corregir al mismo Señor: “lejos de ti, Señor, tener que padecer mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas y ser ejecutado, aunque resucites”. Esa es la arrogante ignorancia de los que creen saber bien cosas aprendidas en los libros, pero no en el que es el Camino, la Verdad y la Vida. ¡Cuántas veces nuestras ideas claras no pasan de ser exclusivamente nuestras: ideas y conclusiones que nos hemos formado!, con el peligro de escuchar un día lo que Pedro tuvo que escuchar de Jesús: “Apártate de mi vista, Satanás, no interceptes mi camino, déjame caminar por los designios del Padre, ponte detrás de mí y no delante, pues te has convertido para mí en piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”. Si ni el mismo Pedro, al que acababa de constituir en piedra sobre la que se edifica la Iglesia, se libra de la reprimenda de Jesús por malinterpretar su verdad, ¿qué puede suceder con nosotros?
Somos hombres y nuestra tendencia natural es pensar como los hombres, buscando nuestro propio beneficio. Pensar como Dios solo lo podremos hacer si nos dejamos llevar por el Espíritu de Dios. Quizás no tengamos siquiera que pensar, basta con que nos dejemos llevar, sabiendo que los designios de Dios son más sabios que nosotros. ¿Cómo, si no, podemos aceptar las palabras que nos dice avisándonos de que si lo queremos seguir hemos de ir por donde él va, teniendo que negarnos a nosotros mismos y cargar con nuestra cruz?
Pedro es puesto por Jesús como base de la Iglesia en el momento en el que reconoce su mesianismo. Un acto de escucha y de fe: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Pedro es nombrado piedra sobre la que se va levantando la Iglesia. Podemos entender que solo sobre la fe se construye la comunidad cristiana. Hemos de trabajar, pero no basta con nuestras estrategias humanas. Tenemos que reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros, pues solo desde ahí se podrá levantar el edificio de la comunidad cristiana. Cuando vienen el cansancio, las dudas o la frustración, hemos de escuchar la voz del Padre que nos dice: “no tengáis miedo, confiad, que yo estoy en medio de vosotros con el Espíritu de mi Hijo que os ha convocado”.








