Hay un pasaje evangélico que me hace sonreír porque refleja algo cotidiano en la vida comunitaria: la suposición o interpretación de lo que el otro dice o hace. Oímos, vemos y empezamos a imaginarnos lo que ha pretendido decirnos, equivocándonos la mayoría de las veces después de habernos hecho daño con dichas suposiciones que no son más que proyecciones de nuestros miedos, fantasmas o fastidios.
Jesús dijo a sus discípulos: “Estad atentos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos”. En lugar de preguntar con sencillez empezaron a imaginar que los estaba regañando porque se les había olvidado llevar pan. Es la vida misma. La suspicacia nos lo hace pasar muy mal y la sembramos en los demás: Discutían entre ellos diciendo: “Es porque no hemos cogido panes”. Cuánto daño hacen estas tonterías, pues van generando un ambiente de malestar sin fundamento. Somos seres sociables, por eso tendemos a compartir nuestros estados de ánimo. Lo hacemos con las cosas buenas, como el que lee un libro que le ilusiona y lo recomienda a los demás, pero también lo hacemos con las cosas que nos dañan, sintiendo la necesidad de sacarlas fuera de nosotros para tratar de aminorar la toxicidad de su veneno al compartirlo con los demás.
Jesús es quien tiene que darse cuenta de lo que está pasando, pues ellos hablaban entre sí, pero no se atrevían a preguntar. Entonces les explica lo que pretendía decirles. Se podría haber callado y dejarles seguir con sus especulaciones y juicios errados, pero quiso atajarlos haciéndoles ver el origen de su comportamiento: “¡Gente de poca fe!, ¿por qué andáis discutiendo entre vosotros que no tenéis panes? ¿Aún no entendéis?” … Entonces comprendieron que no hablaba de guardarse de la levadura del pan, sino de la enseñanza de los fariseos y saduceos. Es simpático. Se nos dice que al final de sus discusiones y temores comprendieron lo que dijo Jesús, es decir, exactamente lo que dijo desde un principio: que se guardaran de la levadura (de la enseñanza) de los fariseos. Vamos, que a los discípulos de Jesús les pasaba lo que también nos pasa a nosotros con frecuencia, que oímos al que nos habla, pero escuchamos nuestras fantasías, temores, prevenciones o prejuicios, teniendo que aguardar a recibir más explicaciones para poder comprender lo que se nos está diciendo desde el principio. Y peor todavía, como a veces damos más veracidad a lo que hemos imaginado que a lo que hemos escuchado, todo se torna más difícil de comprender, pues hemos de desmontar primero lo que nos hemos imaginado para poder volver a acoger lo que se nos había dicho realmente. De ahí que las personas sencillas vivan más en paz que los que tienen una mente complicada y suspicaz.
Es muy importante trabajar esto para no hacernos daño ni hacer daño, para acoger al otro y no rechazar la imagen que nosotros nos hemos fabricado de él, para comprender lo que nos dice y no combatir lo que no nos ha dicho. Pero para que esto se dé hemos de tener un corazón no violento, haber desterrado el rencor con el perdón, creer en la bondad de las personas sin identificarlas con los errores que hayan podido cometer en alguna ocasión. Sí, el problema no está fuera de nosotros, sino en nosotros. Cambiar de lugar no servirá de nada, pues el campo que tenemos que cultivar lo llevamos con nosotros mismos allí donde vayamos. El día que tomamos conciencia de ello, nuestros esfuerzos comienzan a dar fruto, pues nuestros golpes irán al clavo que sujetamos y no a la mano que lo sostiene.
Hay cosas que parecen importantes, pero no lo son tanto como otras que pueden hacer mella en nosotros. Si nos olvidamos de llevar alimento podemos pasar hambre un día, nada más, pero si tomamos algo tóxico nos vamos a encontrar mal durante muchos días. En la vida pasamos por diversas privaciones que nos incomodan, pero eso no nos hace daño, muy al contrario, nos puede hacer más fuertes si las sabemos sobrellevar. Sin embargo, si escuchamos ciertos pensamientos negativos, si acogemos las razones del mal espíritu para con los hermanos con los que convivimos o nos dejamos modelar por unas ideas egoístas e injustas que nos llevan a condenar a los que no son como yo o no pertenecen a mi grupo, eso sí que nos puede hacer mucho daño.
Es lo que decía Jesús a sus discípulos: no os preocupéis del pan que habéis olvidado, preocuparos del alimento insano que podéis tomar con una enseñanza tóxica a la que abrís vuestros oídos: la enseñanza de los fariseos hipócritas, que creen servir a Dios al condenar a su semejante porque no actúa como él, no es de su grupo o vive su fe de otra manera. Podemos estar más o menos de acuerdo con los otros, unos nos resultarán más o menos simpáticos que otros, podremos acercarnos más a aquellos con los que nos sentimos más identificados, pero nunca debiéramos juzgar y condenar, eso no nos toca a nosotros, nos dice también Jesús. Es difícil, pero es su enseñanza que estoy seguro nos dará vida, pues su levadura no es tóxica como la de los fariseos.








