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Viernes, 31 Enero 2020 06:00

Somos relevantes o irrelevantes

¿Somos relevantes los cristianos en nuestro mundo?

Qué terrible es sentirse irrelevante. Un ser irrelevante es un ser con el que no se cuenta, aunque se le consienta vivir. Lo que dice no encuentra eco ni nada se le pregunta. Quizá no se le tape la boca, pero los demás se tapan los oídos.

Para vivir necesitamos sentirnos dignos de nuestra existencia. Por eso necesitamos valorarnos y que los demás nos valoren. Dice el refrán: “No hay mayor desprecio que el no hacer aprecio”. Por eso, desde la infancia buscamos ser reconocidos. En la adolescencia esa necesidad de ser reconocidos es todavía más fuerte, por lo que se llegan a hacer locuras para conseguirlo, siguiendo ciegamente a otros más afamados para buscar su reconocimiento, aunque nos lleven por caminos de muerte. Si preguntamos hoy a un adolescente qué quiere ser, es muy probable que nos diga que le gustaría ser un “influencer”, es decir, ser relevante, influir en los demás y que los demás le valoren con muchos “me gusta”. Y para ello estaría dispuesto a hacer cosas que denigran su persona, pero le hace famoso. En realidad, con ello se estará buscando una relevancia cautiva por la necesidad que tiene de ella, una relevancia que se esfuma en breve tiempo sin que nadie se vuelva a acordar de él, pues en nadie ha dejado una verdadera huella vital más allá de la admiración que hayan podido sentir en un momento dado.

Esto es comprensible en un adolescente por la inseguridad del que se está haciendo. Pero vemos cómo continúa a lo largo de la vida por el deseo del poder. Así lo vemos en el ámbito político, social o económico. Lo verdaderamente importante es logar votos, tener reconocimiento o admiración social y alcanzar un poder económico e ideológico sobre los demás. A todos los que consiguen esto se les dice que gozan de una relevancia social, aunque se trate de una relevancia cautiva, necesitada del reconocimiento ajeno.

¿Y los cristianos? ¿Qué relevancia tenemos en nuestra sociedad y qué relevancia deseamos? Como decía al principio, es terrible sentirse irrelevante, por lo que no debe sorprender el que a veces se desee actuar como el adolescente o como los políticos de turno, cayendo en una tramposa relevancia cautiva. Hay que mirar de forma diferente, más lejos y más profundo. La relevancia que no deja huella es fatua y estéril, no va más allá de la imagen que la promovió. Aquello que es capaz de llegar al corazón de la gente hasta transformarla de forma silenciosa, es lo que adquiere una relevancia mayor, que se extiende como la vida o el aire, que nadie ve, pero del que todos participamos para seguir siendo.

Hay un escrito cristiano muy antiguo que nos ayuda a enfocar bien la mirada para alcanzar la relevancia más duradera. Se trata de la Carta a Diogneto. En ella se nos indica cómo debemos actuar los cristianos en medio de nuestro mundo, con una relevancia evangélica que busca ser levadura en la masa, aunque nadie nos vea, dejando que lo relevante sea la vida de Cristo en nosotros y no nosotros mismos. Una relevancia libre, no cautiva del halago ajeno:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres…

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. 

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo y abundan en todo. Sufren la deshonra y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama y ello atestigua su justicia. Son maldecidos y bendicen; son tratados con ignominia y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. 

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres. 

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial.

Esa es la relevancia que debemos buscar y no otra. Solo así quedará patente el poder de Dios en nosotros y seremos levadura que entrega su vida para fermentar una masa que ama y a la que no condena. Nuestra relevancia no debe estar en el aplauso, sino en nuestra capacidad de aportar vida. Una relevancia que busca dar vida a los demás influenciando con la propia vida. Esa relevancia solo depende de nosotros, pues solo de nosotros depende cómo deseemos vivir.