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Miércoles, 01 Enero 2020 05:42

Construir la paz

Jornada Mundial de la Paz

En este nuevo año necesitamos constructores de la paz, no los lloros y lamentos de los que solo buscan disfrutar de la paz y la felicidad. ¿Qué hay guerra?, no te lamentes, construye la paz. ¿Qué hay tristeza?, no te deprimas, siembra la felicidad. ¿Qué hay división?, no maldigas a nadie, crea lazos y puentes. Seamos felices sin pretender que todos nos sonrían, sino sonriendo a todos. Solo entonces, cuando brota de nosotros mismos la paz, la alegría, la unidad, el amor, es cuando alcanzaremos la verdadera felicidad sin esperarla de los demás, sino sembrándola y sorprendiéndonos de cómo vuelve a nosotros. La vida es un búmeran que nos devuelve lo que le damos.

Como de costumbre, el Papa nos da un mensaje a comienzo del año para desearnos la paz y mostrarnos el camino para vivirla. Bien sabemos que la paz es el saludo cristiano como nos mandó Jesús: Cuando entréis en una casa decid primero: “paz a esta casa” (Lc 10, 5). De esa forma se saludan también tanto los judíos: “shalom”, como los musulmanes: “salam”, aunque muchas veces esa paz la hayamos ahuyentado.

En este año el Papa nos presenta la paz como un camino de esperanza. La esperanza conlleva un deseo de que las cosas vayan a mejor. Pero la esperanza debe ser activa, debemos tratar de provocar aquello que esperamos. Para hacer realidad esa mejoría, el Papa nos invita a seguir el camino del diálogo, de la reconciliación y de una conversión ecológica.

Cuando tenemos esperanza es que tenemos una meta, y cuando tenemos una meta afrontamos con mayor paz las dificultades del camino. Quien carece de meta no puede valorar las adversidades con las que se encuentra. Todo se le hace cuesta arriba. Se lamenta, echa la culpa a todos y a todo, solo ve un horizonte oscuro o, por el contrario, se desborda emocionalmente creyendo ser feliz cuando la vida le sonríe en un momento determinado, viniéndose abajo de nuevo cuando deja de sonreírle. Pero el que tiene una meta muy valiosa, lo afronta todo con la esperanza de alcanzarla, sin dar tanta importancia a los momentos más agradables o desagradables. Esto nos puede suceder en todos los ámbitos. Y si nuestra meta es la plenitud del amor, entonces todo adquiere sentido en nuestra vida por muy grande que sea la adversidad, ya que no nos paramos en los acontecimientos, sino que caminamos hacia la meta, y nadie nos puede impedir amar.

La falta de paz en el corazón nos va predisponiendo al enfrentamiento con el otro hasta terminar en guerras perversas, cuyos males los sufren primeramente los más débiles. Con frecuencia las guerras y los enfrentamientos comienzan por la intolerancia a la diversidad del otro. Cuando no aceptamos al otro y nos cargamos de razones para defender nuestra postura y nuestro rechazo, estamos preparando el enfrentamiento y la guerra que traerá mucho dolor a muchas personas. Sucede en las familias, en las comunidades y entre los pueblos. Cuando no toleramos al diferente tratamos de dominarlo y someterlo. Esto comenzamos a hacerlo alimentando el odio contra él, alimentando una imagen negativa del mismo y el miedo hacia él, instigando a su destrucción, deseando eliminarlo de mi camino por el peligro que veo en él antes incluso que haya hecho nada. El corazón soberbio y egoísta alimenta la violencia dentro de sí ahuyentando la paz en su interior, para hacerlo luego a su alrededor, emponzoñando las relaciones y abusando del propio poder.

Es imposible garantizar la paz con el miedo, pues el miedo conduce a la violencia. La paz surge con unas sanas relaciones no con prevenciones y desconfianza hacia el otro que imposibilita todo diálogo. La paz en el mundo no se puede fundar sobre el miedo a la mutua destrucción, sino sobre una ética global justa y solidaria. El más fuerte puede imponer su fuerza sometiendo a los demás y construyendo defensas frente a ellos, pero esa paz bien sabemos que es ilusoria, porque quien así actúa lo hace desde el miedo y siempre vivirá con el miedo a que se resquebraje en cualquier momento su seguridad, alimentando el odio en aquellos a quien oprime, sin que ni unos ni otros tengan paz y ambos alimenten la violencia.

Ese círculo vicioso solo lo podemos romper con la apertura al otro, con el reconocimiento del otro, con el diálogo mutuo, buscando una verdadera fraternidad y confianza. Donde no hay temor al diálogo se logra crear esos lazos y termina reinando la paz. A veces no se afronta el diálogo porque se interpreta que la opinión diferente del otro es un ataque contra mi persona, un deseo de confrontación contra mí, y se huye del diálogo para que reine una paz solo en apariencia. Quien pretende mantener la paz con la opresión y acallando al otro o, por el contrario, huyendo de toda sana confrontación, alimenta una olla a presión que tarde o temprano estallará perdiéndose la paz aparente por no existir la verdadera. La paz solo se construye con la escucha y apertura al otro, acogiendo al diferente y aceptando la incomodidad de la diversidad al dar más importancia a la persona que a su forma de pensar o sus actos que me incomodan. Tener esperanza en esa paz es trabajar por ella.

Pero ese camino no es fácil, pues todos creemos tener motivos para odiar. Recordamos bien lo que nos hicieron o lo que creemos que nos hicieron, sin poder pacificar nuestro corazón. Por eso es tan importante purificar la memoria. Decir lo que llevamos dentro, escuchar los recuerdos dolorosos que el otro lleva dentro y perdonar, pues la paz sólida solo se puede asentar en la verdad y en la justicia misericordiosa. La reconciliación es el mejor instrumento para la paz. A veces el contar lo que llevamos dentro nos permite aclarar lo erróneo de nuestra percepción al haber atribuido al otro unas intenciones que no tenía. Pero incluso cuando el daño que recibimos fue cierto e intencionado, el perdón y la reconciliación es el único camino que nos traerá la paz.

Y no solo hay que recordar los momentos amargos de enfrentamiento, sino también aquellos donde reinó la solidaridad y el amor. Son esos momentos luminosos los que nos ayudan a seguir creyendo en la persona humana. ¡Qué gran don es para las comunidades tener en su seno personas que viven desde el amor y creen no tener que perdonar porque no se sienten ofendidas! Su ejemplo de vida son luz y esperanza en nuestro trabajo por construir la paz.

El Papa nos dice: “El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación”. ¿Quién desea venir a trabajar en ese campo del Señor?

Y esa paz no solo estamos llamados a construirla en nuestras familias, nuestras comunidades y entre los pueblos, sino que también debemos vivirla frente a la naturaleza y todos los seres que en ella habitan. Todo es creación de Dios. El hombre tiene un papel preponderante en la naturaleza, pero su acción puede ser opresora, de dominio y abuso o, por el contrario, participando de la obra artesana del Creador. La falta de respeto a nuestra casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales genera una tensión que ahuyenta la paz y armonía en la misma creación. Ya no son modas, bien lo sabemos, es una situación urgente que debemos afrontar con una esperanza activa y comprometida.