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Viernes, 01 Noviembre 2019 05:39

La crisis y la hora de Dios

La crisis y la hora de Dios

A lo largo de la vida todos nos encontramos con un visitante que nos quiere demasiado y de vez en cuando llama a nuestra puerta. Es un visitante que nos ayuda a avanzar, pero al que no quisiéramos ver. Solemos llamarlo “crisis”.

La crisis es una oportunidad en la que tenemos que decidir ante un momento importante en la vida. Según la decisión que tomemos tendrá unas consecuencias u otras. En medicina se llama crisis al cambio brusco durante una enfermedad que puede llevar a mejorarla o a empeorarla. La crisis, por lo tanto, es una situación que pone a prueba nuestra libertad de decisión.

Por lo general, la crisis nos desestabiliza y atormenta, probando nuestra solidez interior y nuestra coherencia con los ideales y opciones de vida que hemos tomado. Ver cómo nuestros ideales desfallecen o están en peligro, nos hace sufrir. Cuanto menos sensibles, menos sentimos la crisis, viviendo ciegos a la realidad. Pero cuanto más nos implicamos en la vida, mayor es la sensibilidad ante ella, generando en nosotros deseos de cambiar o de reafirmarnos. Solo quien ama tiene la motivación necesaria para afrontar la crisis y tomar la decisión adecuada.

La crisis no es algo que debamos solucionar de forma aislada, como quien quita una mancha, sino que surge de lo que somos y afecta a lo que somos. Por eso debemos examinar su origen y su efecto en nosotros. Quien se limita a echar la culpa a los acontecimientos o a los demás, no quiere afrontar la crisis, no se percata que es un momento importante en su camino, buscando simplemente eliminar el hecho que la provocó.

La crisis siempre nos está revelando algo previo, alguna fragilidad que la suscita. ¿Por qué un mismo hecho a unas personas las hace entrar en crisis y a otras no? De ahí la importancia de investigar en el propio interior para detectar el origen de la crisis. Aquí podemos constatar que todos estamos influenciados por experiencias negativas de la infancia o de otro momento de nuestra vida, sin que por ello estemos condenados a repetirlas, sino que nos servirán para comprendernos mejor hoy, sabiendo que somos libres de actuar aun con ese condicionante. Como también estamos influenciados por el contexto cultural en el que vivimos sin que eso anule nuestra libertad de elección, aunque sí condicione nuestro actuar. Quien afronta las crisis desde su pasado vivirá en una frustración permanente. Quien es capaz de aprender de su pasado y mirar hacia adelante, estará en un aprendizaje permanente.

Pero no basta con conocer el origen de la crisis, es necesario tomar conciencia de la gravedad de la situación en que nos encontramos para desear afrontarla. Mucho más peligroso que las crisis es vivir situaciones críticas sin hacerse ningún problema. Entonces habría qué desear entrar en crisis.

La crisis siempre es una ocasión, es la hora de Dios en nuestra vida, cuando se pone a prueba nuestra libertad, cuando se nos da la oportunidad de elegir desde el amor y desde la fe, pues no podemos controlarlo todo. Es la hora en que se pone a prueba nuestra fidelidad y nuestra confianza en Dios, viendo su presencia aun en las situaciones más absurdas humanamente hablando. Y no podemos olvidar que las grandes aspiraciones vienen acompañadas siempre de grandes crisis y tentaciones.

Es curioso la diversidad de formas que tenemos de afrontar las crisis. Los hay que dan la impresión de que nunca entran en crisis. Son los que parecen vivir tranquilos, haciendo lo que han hecho siempre sin meterse en muchos problemas ni complicarse la vida. Es verdad que han tenido las dificultades propias de la convivencia, pero parece que nunca han estado verdaderamente en crisis, pues han sabido acomodarse a su realidad, en algunos casos incluso con vivencias escandalosas en la clandestinidad.

Muchos de este grupo viven en la mediocridad, sin entusiasmo. Pueden parecer tranquilos, sin extravagancias ni grandes transgresiones, no tienen grandes dudas. Curiosamente, estas personas que nunca están en crisis, pero que siempre tienen que llevar la razón, suelen poner en crisis a otros para que estén en crisis en su lugar.

Luego hay otro grupo que parece que siempre está en crisis. Es la actitud contraria, pero quizá muy parecida. Quien siempre está en crisis es que nunca lo está realmente, pues la crisis en sí misma debe ser limitada en el tiempo al exigir una respuesta, tomar una decisión en algún sentido. Quien está en crisis continua suele ser por cosas que lo incomodan, utilizándolas como excusa para no tomar decisiones o hacer que los demás tengan más cuidado con él o, incluso, lo teman. Quizá pueda ser que se trate de una persona muy perfeccionista o que se mira demasiado a sí misma, y su miedo a equivocarse la paraliza. Solo podrá salir de esa situación cuando se olvide de sí misma y se arriesgue a caminar confiada.

Hay otro genero de personas que parecen vivir una crisis en standby, en estado de “espera”. Este tipo de no-crisis es la del que no quiere tenerla mientras pueda, negándola o alejándose de ella. Quien se limita a desconocer su mundo interior vive de forma anodina, con unas relaciones sin implicación interior, sin corazón.

Pero la espera no puede ser infinita. Tarde o temprano las ataduras con las que teníamos férreamente controlada la crisis empiezan a romperse. Los miedos, las prohibiciones y las normas comienzan a aflojarse en la meseta de la vida, a lo que se puede unir el cansancio o la desilusión. Y es precisamente entonces, cuando más frágiles y dubitativos estamos, cuando surge con fuerza aquello que habíamos reprimido, siendo más difícil dominarlo. De ahí la importancia de adelantarse, conocerlo, sentir la crisis y tratar de encauzarla a tiempo. Es necesario tomar conciencia de lo que nos pasa y aprender a gestionar los “fracasos” de la vida sin dramatismos, pues nos revelan la verdad que hay dentro de nosotros.

Entonces aprenderemos de las crisis y podremos sacar de ellas algo positivo sin negarla ni evitarla.