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Domingo, 17 Septiembre 2017 15:09

Transmitid lo que habéis recibido

La mejor forma que tenemos de agradecer la vida que hemos recibido es transmitirla. Esa vida se nos da de múltiples formas. Es la vida biológica, pero también son los dones recibidos. El sabio que oculta su saber, retiene el flujo de la sabiduría recibida, dejando en la ignorancia a quien se pudo beneficiar de ella. Es lo que le sucede también a cualquier profesional, siendo especialmente doloroso en aquellos que hubieran podido ofrecer la salud al enfermo, la vista al que no ve, el camino saludable al que va errado o la esperanza al que carece de ella.

Jesús pidió a los cristianos que saliéramos por los caminos anunciando aquello que habíamos visto y oído. Jesús nos pidió dar a conocer lo que se nos ha dado a conocer. El que era manso y humilde de corazón no pretendía aumentar el número de sus seguidores para mostrar músculo, sino que deseaba ardientemente que todos nos beneficiáramos de su reino y de la felicidad que encierra. Es una actitud portadora de vida que mira hacia adelante con esperanza. Es una mirada de primavera –como nos dice el papa Francisco- y no de otoño, como el que está preocupado únicamente de recoger las velas y ponerlas a buen recaudo.

Los cristianos hemos de transmitir nuestra fe como el que da testimonio de algo que le hace feliz y da sentido a su existencia. Nunca como el que busca reclutar para ser un ejército más poderoso, ni como el que busca vender para sacar beneficio, ni como el que menosprecia otros caminos porque le resulta insufrible el que es diferente. Del mismo modo los que hemos recibido un carisma monástico hemos de hacer partícipes a otros de este gran don, haciendo ver su atractivo por lo atractivo que nos resulta a nosotros mismos y la vida que nos aporta.

A veces, es verdad, tienen que venir de fuera a despertarnos, quizá del lejano Oriente, de culturas milenarias o, incluso, jóvenes indignados ante la injusticia. No veamos un competidor en el que anuncia otros caminos de felicidad, sino un despertador de nuestra propia felicidad. Es lo que nos dice de forma plástica el siguiente relato:

“En Cracovia vivía hace mucho un judío pobre llamado Eisik que una noche en sueños recibió la orden de ir a Praga. Allí había un tesoro escondido bajo el puente del Rey, que él debería desenterrar y llevarse a casa. Sólo cuando el sueño se repitió otras dos veces, se puso en camino y marchó a Praga. Una vez allí, llegó fácilmente al puente del Rey, preguntando. Pero había guardia día y noche, y temió que lo apresaran si empezaba a excavar bajo el puente. ¿Qué hacer? Comenzó la búsqueda un poco alejado del puente. Cuando el jefe de guardia, que lo había visto en seguida, le preguntó que hacía, le contó el sueño. Lo primero que hizo el jefe de guardia fue reírse de él. Pero luego se puso serio y contó al judío que él había tenido un sueño parecido. Se le había dicho que en Cracovia, en la casa de un piadoso rabino llamado Eisik, detrás del horno había un tesoro escondido. No bien había oído éste su nombre, se despidió del jefe de guardia y se marchó apresuradamente a Cracovia. Llegado a casa, encontró en seguida el tesoro en su propio cuarto detrás del horno” (H.M.Enomiya-Lasalle, El zen entre cristianos, pp. 39-40, relato tomado de M. Eliade)

Sí, a veces algunos han dicho: “Conocer el budismo me ha hecho mejor cristiano”. Esto puede resultar desconcertante, pero expresa la realidad de algunas personas. Por algo el mismo concilio Vaticano II nos decía para desconcierto de algunos: “Consideren atentamente la manera de incorporar a la vida religiosa cristiana las tradiciones ascéticas y contemplativas, cuyas semillas ha esparcido Dios algunas veces en las antiguas culturas antes de la predicación del Evangelio” (Ad Gentes, 18). También los discípulos de Jesús se inquietaban frente a aquellos que hacían milagros y no eran de su grupo, por lo que tuvieron que escuchar de boca del Maestro: No os preocupéis que quien no está contra vosotros, está con vosotros (Lc 9, 49-50; Mc 9, 38-40).

Aprovechemos lo bueno que puedan tener los demás para redescubrir mejor nuestro propio tesoro y ofrezcámoslo con orgullo y sencillez para que otros se puedan beneficiar de él. No nos quedemos frenados por los errores pasados o más recientes que haya podido tener la Iglesia. No nos enredemos tampoco en defensas teóricas de dogmas inaceptables cuando se carece de fe. Basta con testimoniar en todo momento con nuestra propia vida que somos discípulos de Jesús.

Ofrezcamos con humildad el tesoro que se nos ha confiado. Salgamos de nuestros refugios para compartir lo que hemos recibido. No tengamos miedo, que el Espíritu nos sostiene. No tengamos complejo, que la esencia de lo que ofrecemos es de gran calidad. No callemos por miedo a expresarnos torpemente, que es el Señor, y no nosotros, quien habla al corazón, cuando nuestra boca habla de lo que habita dentro de nosotros. Lo único que nos debe preocupar es tratar de vivir lo que anunciamos, pues nadie da lo que no tiene. Esto es especialmente cierto cuando invitamos a otros a tener una experiencia del Dios vivo en el silencio del corazón. Sólo el corazón silenciado por un vacío habitado puede anunciarlo creíblemente.

Sábado, 13 Mayo 2017 11:09

Nuestro paso por la ITV

La actitud que tengamos ante la vida es lo que nos hace felices o infelices. Hay quien ve la prueba como una oportunidad y hay quien la ve como un obstáculo.

Los acontecimientos de la vida son una gran ITV (Inspección Técnica de la Vida) en la que se ponen a prueba todos y cada uno de nuestros resortes. A los vehículos se les prueba el acelerador, pero también los frenos, se le comprueban las luces largas y las cortas, el estado de las ruedas y la nitidez de los espejos. Hay quien ve la ITV como un incordio para sacarnos los defectos, y hay quien la ve como un estímulo para tener a punto todas las partes de nuestro vehículo.

Así sucede con la vida. La vida pone continuamente a prueba todos nuestros resortes. ¿Qué diríamos de alguien que al llevar su coche a la ITV, cuando le dicen que la caja de cambios no funciona bien, se sienta en el suelo a llorar y a increpar a los técnicos porque son malos, que dejan al descubierto el defecto de su caja de cambios, que le están avergonzando y haciendo daño? Probablemente, tras un momento de perplejidad, diríamos que esa persona no está madura.

Pues bien, la vida pone a prueba continuamente todos nuestros resortes. Los momentos agradables ponen a prueba nuestra sobriedad, mientras que los momentos desagradables ponen a prueba nuestra resistencia. Aquellos nos resultan tan atractivos que podrían embobarnos provocándonos algún accidente, como el que se embelesa con las luces de su vehículo mientras conduce, jugando con ellas y poniendo en riesgo su vida. Basta saber que están ahí y usarlas cuando se necesitan.

Pero lo que más nos marca, sin duda alguna, son las deficiencias que encontramos en nosotros o los acontecimientos desagradables que vivimos. Para muchos son un obstáculo vital ante el que se frenan y se ponen a llorar su mala fortuna, sin darse cuenta que la ITV de la vida le está descubriendo algo que no va bien y debe afrontar para ir más cómodo y seguro por la vida.

Hay algo que nos distorsiona la realidad y provoca en nosotros esas reacciones equivocadas. Eso nos sucede cuando funcionamos desde la comparación, desde metas que nos imponemos o los demás nos imponen, como si tuviéramos que alcanzar un patrón determinado que actúa como un juez severo sobre nuestras vidas. En una sociedad competitiva, donde prima el tener y el poder y donde la gratuidad no ocupa un lugar importante, la fuerza del amor no se utiliza. El amor como fuente satisfactoria del deseo, sí, pero el amor como forma de afrontar la realidad, no. Esta fuente del amor está dentro de nosotros, no fuera. Por ese motivo no dependerá de lo amable o poco amable que sea lo que tengamos delante, sino de cómo nosotros lo amamos. Las cosas podrán ser amables o no, pero en cuanto las amamos nos hacen felices, les damos un sentido. Como el que ama a un hijo poco dotado. Hay quien tiene una actitud tan negativa y pesimista que nada le resulta amable por muy amable que sea. Y, por el contrario, hay quien abraza la dificultad y termina transformándola. En este caso no se vive frente a las cosas comparándose con los demás, teniendo que responder a unas expectativas que nos imponen desde fuera. Simple y llanamente vivimos desde nuestro centro acogiendo en él a todo el que se nos acerca, nos guste más o menos. Es entonces cuando podemos ver nuestras mismas limitaciones y abrazarlas con amor para ir construyendo con ellas.

Los defectos siempre nos acompañan, y habremos de tomar conciencia de ellos de vez en cuando, pero no debieran estar en nuestros labios más tiempo del necesario. Quien se obsesiona con sus defectos, se paraliza. Quien se acostumbra a regodearse en los defectos y faltas de los demás, sacándolos a la luz con descaro o sutileza, termina siendo tóxico. Sólo el amor acoge, motiva y transforma.

Una vez leí lo que hacía un grupo de terapia con unos niños que tenían un trastorno alimentario que les llevaba a vomitar cuando comían alimento sólido. Cuando un niño conseguía mantener la comida en la boca durante más de un minuto, todo el grupo lo celebraba cantando, bailando, aplaudiendo, siendo el niño el centro de todo. Sin duda que esto fue mucho más eficaz que las reprimendas, insultos o castigos. El puro gozo de ser causa de tal felicidad cambiaba el sistema nervioso de los niños, que procuraban mantener en la boca la comida cada vez por más tiempo. Los niños deseaban los halagos y se sentían motivados por ellos, nosotros también.

Es bueno examinar cómo hablamos de los demás, si predominan las alabanzas, el reconocimiento de lo que hacen bien, o predominan las críticas, el resaltar lo que hacen mal. Es probable que enseguida justifiquemos nuestra mala tendencia con la excusa de motivar al otro a que cambie. Pero no nos engañemos, nuestra fijación en las faltas de los demás, en lo que nos molesta de ellos, ni nos ayuda a nosotros ni les ayuda a ellos.

¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué los demás se fijan más en nuestros fallos que en nuestros aciertos? ¿No será probablemente porque hacemos nosotros lo mismo? Y, sin embargo, no sólo estamos necesitados de reconocimiento o refuerzo positivo, sino que éste nos ayuda a mejorar y a sentirnos mejor, irradiando positividad a nuestro alrededor.

Domingo, 05 Marzo 2017 17:35

LA IMPORTANCIA DE LA MIRADA - CUARESMA 2017

 

En este inicio de cuaresma quisiera fijarme en un aspecto bastante inspirador del mensaje del papa para este tiempo litúrgico: la importancia de la mirada. Hay miradas que sanan: son miradas acogedoras, sonrientes, que no juzgan y están llenas de misericordia porque saben mirar con el corazón. Hay otras miradas duras, acusadoras, llenas de violencia, rencor o enfado, que nos arrugan, nos empequeñecen y hacen sentirnos culpables. Pero hay otras miradas todavía peores, miradas que matan sin disparar siquiera. Son las miradas que no ven porque ni siquiera miran, cuando tan necesitados estamos de ser mirados, de sentir que existimos para los demás.

La mirada es la puerta por la que se sale y por la que se deja entrar. La mirada que ve nos hace tomar conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor, nos despierta el corazón ante las necesidades ajenas y nos impulsa a actuar saliendo de nosotros mismos. La mirada que ve, llena de esperanza al que nos necesita al sentirse visto, como el náufrago que observa que le han divisado desde el barco que pasa cerca de él.

La cuaresma es un tiempo de despertar nuestra mirada para que mire donde tiene que mirar y vea lo que tiene que ver. En ese contexto el papa nos invita a reflexionar sobre la parábola del hombre rico y Lázaro pobre (cf. Lc 16, 19-31). ¿Cómo eran sus miradas?

Estos dos personajes nos pueden resultar familiares por su forma de vivir, sus actitudes y su relación con los demás. En primer lugar se nos describe al pobre en medio de un cuadro deprimente: está hundido, sin fuerzas ni para levantarse, tirado a la puerta de la casa del rico para intentar comer algunas migajas que puedan caer de su mesa. Además, se le ve todo él llagado y lamido por los perros. Eso sí, tenía nombre, era alguien concreto, no se trata de la pobreza en abstracto, sino de un pobre, un pobre que se llamaba Lázaro. Un nombre que para mayor perplejidad significa “Dios ayuda”. El pobre que pasa a nuestro lado, que llama a nuestra puerta, que nos mira necesitado y que no es nadie importante, ni siquiera agradable, y que además nos complica la vida y nos quita tiempo.

Sin embargo, ese pobre que miraba por ver si podía coger algunas migajas caídas de la mesa del rico –que no ofrecidas-, ni era visto ni era mirado por el rico. Su presencia resultaba invisible a los ojos del rico. Es precisamente esa una de las experiencias más duras que manifiestan ciertos pobres tirados en la calle: ser invisibles para los viandantes. El rico no mira a Lázaro porque no le resulta valioso, nada le puede ofrecer, no es nadie en su vida. Algo muy distinto nos sucede cuando vemos al otro como un don para nosotros, como alguien valioso que Dios pone en nuestro camino. Y, sin embargo, es el pobre aquel por el que un día nos dirán: tuve hambre, sed, estuve desnudo, preso, enfermo y me acogiste… o pasaste de largo. Por eso es un don. Porque es el mismo Dios que se nos da en su imagen humana. Resulta así que la presencia de Lázaro es la presencia de la “ayuda de Dios” para nosotros. Es la oportunidad que se nos ofrece para transformar el corazón de piedra en un corazón de carne. Es la oportunidad que Dios nos pone delante para recibirle a él mismo en nuestra casa, para ofrecerle lo nuestro y gozar de su presencia. Pero ¿cómo reconocer una presencia tan desconcertante, cuando pensamos que se debiera presentar en forma de paz, ausencia de problemas, vida ordenada y limpia, gozo sensible o sublime experiencia?

¿Por qué para el rico era invisible? El rico que se nos presenta en la parábola carece de nombre (epulón = rico). Viste de púrpura, como los dioses y los reyes. Su riqueza era excesiva y ostentosa, pues banqueteaba a diario espléndidamente, mostrando así su poder para ser halagado y disfrutar de la vida. Su riqueza le cegó, le llenó de vanidad y le ensimismó en una soberbia por la que ya no veía a nadie más que a sí mismo. El dinero y el poder en todas sus formas pueden endurecernos el corazón encerrándonos en nosotros mismos. De ahí la importancia de abrir nuestra puerta una y otra vez a la solidaridad, mirando las necesidades de los otros y compartiendo todo lo que hemos recibido. El otro se transforma así en un don que se nos hace, una ocasión que se nos da para vencer nuestro propio egoísmo, para evitarnos ser prisioneros de una apariencia vacía. El pobre y también los momentos de prueba en los que algo se nos quita, en los que somos rechazados o humillados, son un verdadero regalo de Dios para no quedar presos de nuestra apariencia y nuestra soberbia. La riqueza, el poder, el reconocimiento de los demás, nos pueden atontar encubriendo el vacío interior y haciéndonos olvidar nuestra propia fragilidad. Y embobados en nosotros mismos nos olvidamos de ver a los pobres que nos rodean. Es lo que tiene la riqueza en cualquiera de sus formas. No nos preocupemos cuando nos despojan, que es un don de Dios para ser libres.

Al final de la vida se revela nuestra realidad más profunda. Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él, nos recuerda San Pablo (1 Tim 6,7). El rico y el pobre se encontrarán de una forma nueva. Curiosamente, ahora será el rico quien mire al pobre Lázaro. La necesidad le abre los ojos y le quita el velo de la apariencia que da la riqueza y el poder. Ahora parece que el rico sí mira a Dios, viendo a Lázaro descansando en el seno de Abrahán. Quien no vio la presencia del pobre, ahora desea que el pobre le mire a él y vaya a aliviar su dolor. Sólo en la necesidad el rico toma conciencia de cómo tenía que haber actuado ante el pobre. Sólo en la necesidad seremos capaces nosotros mismos de mirar con la ternura de Dios. Sólo el enfermo comprende al enfermo, como sólo el pobre comprende al pobre.

La cuaresma comienza precisamente con el reconocimiento del propio pecado, con la invitación a tomar conciencia de lo que somos, recibiendo la ceniza que nos invita a salir de nuestro ensimismamiento. Pero bien sabemos que eso puede quedarse en un simple rito. De ahí la importancia del don de Dios para toparnos de frente con nuestra pobreza en todas sus formas. Don que nos permitirá tener una mirada benévola hacia los pobres que nos rodean. Es la espiritualidad de Jesús que tanto nos cuesta comprender porque nos cuesta aceptar nuestro propio pecado y buscamos una espiritual de apariencia con la que nos sintamos bien, sin ser molestados, sin mancharnos las manos, contentándonos con dejar caer algunas migajas de nuestra mesa, pero sin abrazar al pobre.

La parábola del rico y del pobre Lázaro no se ha escrito para consolar al que sufre prometiéndole un festín en la otra vida y así que pueda sobrellevar mejor el hambre en ésta. Es un aviso para nosotros cuando sentimos la tentación de vivir en una burbuja de seguridad, cayendo en la idolatría del dinero, del poder, de la buena fama, de la soberbia, de la vanidad o de la cerrazón de corazón. Justamente antes de esta parábola nos dice el evangelista: Los fariseos, que eran amigos del dinero,… se burlaban de Jesús. Y les dijo: “Vosotros os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que es sublime entre los hombres es abominable ante Dios (Lc 16, 14-15). Jesús se refiere a los ricos, pero lo que provoca la parábola no parecen ser los ricos paganos en primer lugar, sino los creyentes, incluso devotos y religiosos, que viven en la idolatría del dinero, el poder y la apariencia. A fin de cuentas el rico parece creer en Dios, pero sólo en el tormento de la condenación exclama: “Padre Abrahán”.

Moriremos según hayamos elegido vivir. La otra vida será plenitud de ésta. Por eso es tan importante tomar conciencia de lo que ahora estamos viviendo sin refugiarnos en la seguridad que nos da el ser hijos de Dios. Nos toca no sólo ser hijos, sino vivir como hijos y reconocer como hermanos a todos los demás. La cuaresma es un tiempo especial para ello experimentando nuestro vacío con el ayuno en todas sus formas, reconociendo la primacía de Dios en la oración y por la lectura asidua de su palabra y mirando al hermano necesitado con la limosna que se hace sentir, no bastando las migajas que se nos caigan de la mesa.

El problema del rico es que vive cerrado a la palabra de Dios. Quizá es una persona religiosa, pero cerrada a la palabra de Dios. Por eso dice el evangelista: es inútil que tenga una experiencia maravillosa, eso no le convertirá, pues si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Aprovechemos este tiempo cuaresmal para dejarnos hacer por la gracia estando abiertos a ella.