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Miércoles, 15 Abril 2020 10:05

De la codicia al confinamiento, dos lecciones para dos crisis

Dicen que un sabio había perdido la llave de su casa y se puso a buscarla alrededor de la misma. Poco después llegan algunos de sus discípulos y le preguntan qué hace. Tras recibir su explicación se ofrecen a ayudarlo en la búsqueda. Después de un buen rato buscando detenidamente por el jardín a la luz de un sol radiante, uno de sus discípulos más avispados le pregunta: “Maestro, ¿recuerdas por dónde perdiste la llave?”. A lo que responde sin inmutarse: “Sí, dentro de casa”. “Entonces ¿por qué estamos buscando fuera”, le contesta el discípulo. Y le dice el maestro, “por qué aquí fuera hay más luz”.

¡Cuántas veces vivimos en ese absurdo prefiriendo los focos a la verdad! La crisis que tuvimos que pasar a partir de 2008 fue la crisis de la codicia. Una crisis producida por nuestro afán de tener. El crecimiento económico iba viento en popa sin que pareciera tener fin, por lo que nos endeudábamos con una facilidad pasmosa y la corrupción no encontraba obstáculos. Hicimos del dinero nuestro dios y las consecuencias fueron terribles, saliendo a la luz lo peor de nosotros. Intentamos apuntalar ese dios confortable que se venía abajo y acrecentamos un mayor sufrimiento, pues con la necesidad de rescatar entidades financieras para que no se volviesen insolventes y trajeran el caos, se olvidó a muchos que quedaron en la calle y sin protección, con no pocas heridas personales y familiares.

La crisis que ahora vivimos es muy diferente. Es algo que nos ha venido de golpe sin que haya habido un pecado aparente por nuestra parte y los bancos no amenazan quiebra. Se intenta actuar lo mejor posible, quedando de manifiesto nuestras limitaciones a la hora de tomar decisiones, así como nuestra fragilidad al pensar que estábamos bien protegidos y constatar que no es así. Quizá también se hayan manifestado ciertas actitudes egoístas que buscaban proteger primero lo propio. Pero a pesar de ello y de la incredulidad inicial ante lo que se nos venía encima, ha surgido una fuerte ola de solidaridad, revitalizando el sentido de unidad frente a un peligro común, que las visiones políticas partidistas pudieran resquebrajar convencidos de sus quejas razonables. Todos reconocemos el trabajo heroico de tantos sanitarios al estar poniendo en riesgo sus vidas. Y hay una conjura mayoritaria de luchar contra la pandemia aceptando recluirse en sus casas, lo que no es nada fácil al surgir tensiones familiares y tener que confrontarse consigo mismo en la soledad de un espacio reducido, llenos de preocupaciones ante un futuro incierto.

Y en medio de todo esto surge también una oportunidad: buscar la llave de nuestra casa allí donde verdaderamente se encuentra, dentro de casa. Como nos atrae más la luz, nos costaba entrar dentro. En esta crisis, y quizás en las que vengan, se nos da la oportunidad, entre otras muchas cosas, de entrar y permanecer dentro de nuestra casa familiar y personal. El espacio físico compartido es una sala de pruebas. Allí brotan en nosotros sentimientos, emociones y situaciones que desconocíamos o las creíamos superadas. Echaremos la culpa a los otros, pero, como no podemos huir, más nos vale entrar en nuestra casa interior y descubrir qué se está cociendo en ella para que brote dentro de mí lo que me está brotando, sin poder salir a distraerme en el jardín. Es una ocasión que nos permite conocernos mejor, también a los religiosos, y cambiar nuestra valoración del tiempo como oportunidad para hacer cosas. El confinamiento nos ha permitido percibir mejor la invitación a descubrir lo que somos y serlo.

No sabemos lo que nos deparará el futuro, pero parece ser duro por el mucho daño que está provocando en la economía, la estructura empresarial, y la incertidumbre sanitaria al no sentirnos protegidos. Sin embargo, toda la historia humana es una historia de salvación, la hora de Dios que nos invita a vivirlo todo desde la esperanza. Una esperanza que no se conforme con tratar de recuperar la seguridad material y sanitaria que añoramos. Una esperanza que nos enseñe a vivir todo esto como una oportunidad para sacar lo mejor de nosotros mismos y humanizarnos un poco más.

Nuestro mundo ha sufrido grandes impactos y transformaciones a lo largo de la historia.Los acontecimientos que estamos viviendo son de un calado tan profundo que todavía no podemos darnos cuenta de sus consecuencias por lo reciente y abrupto que está siendo todo y que puede llevar a un importante cambio en nuestra forma de relacionarnos y de vivir. Basta con intuir lo que sucederá a nivel laboral. Si en la crisis anterior aumentó mucho el paro a lo largo de varios años, ahora todo se ha desplomado de golpe y no habrá suficientes reservas, por lo que solo saldremos de ésta compartiendo nuestros bienes, lo que nos ayudará a vivir menos centrados en nosotros mismos y más preocupados por lo de todos. Constatar nuestra fragilidad de este modo no es algo que se pueda comprender fácilmente, necesitamos tiempo.

Nuestro primer impulso es volver a dejar los muebles en su sitio tras el temblor de tierra, pero es posible que muchos muebles ya no los podamos dejar ahí porque se hayan roto. Quizá pensemos entonces en fabricar otro tipo de muebles más sólidos previendo un futuro temblor, y nos demos cuenta de que no tenemos el poder adquisitivo para adquirirlos. Veremos también cómo nuestras relaciones humanas cambian en algo tan inmediato y sencillo como tomar distancia física entre nosotros, pues, aunque se encuentre una vacuna, ya estamos avisados ante réplicas casi seguras. Podemos obsesionarnos con construir fortalezas que pensemos son indestructibles, podemos vivir en un estado de alerta y desconfianza, podemos encapsularnos en un individualismo mayor, o podemos abrir caminos nuevos y más positivos de relación entre nosotros y con la naturaleza. Todo va a depender mucho de nosotros mismos, pues el temblor desestabiliza e induce al cambio, pero solo nosotros decidimos qué camino tomar y qué cambio realizar.

Es ilusorio pensar que el Estado va a ser el padre protector que hace billetes de dinero sin parar para resolver nuestros problemas y darnos todo lo que creemos que necesitamos. No tardaremos en darnos cuenta de que eso no es así. Que el dinero puede perder su valor. Quizá ese sea uno de los muebles que, al intentar dejar de nuevo en su sitio, nos demos cuenta de que ha quedado inservible. Los judíos antes del destierro pensaban que no les pasaría nada porque estaba con ellos el templo del Señor…, y a Babilonia marcharon siendo destruido ese templo supuestamente indestructible al residir allí su Dios. La Iglesia pensaba que mantendría su fuerza y privilegios porque es el cuerpo místico de Cristo, y ya vemos cómo nos encontramos y el pus que ha salido de dentro. Nada hay seguro y nada es perdurable…

Personalmente soy algo escéptico, pues tiendo a pensar aquello de “el perro vuelve a su vómito y la cerda recién lavada se revuelca en el fango” (2 Pe 2, 22). Hay un mecanismo en el ser humano que le lleva a olvidar los momentos atroces -algo necesario para poder subsistir-, y repetir los mismos errores -algo propio de nuestra necedad que solo vive en la inmediatez-. Lo importante es que no podemos vivir con el miedo en el cuerpo construyendo muros infinitos contra peligros desconocidos. Aprendamos de los errores, consolidemos preventivamente nuestras defensas, pero, sobre todo, sigamos mirando al futuro con esperanza, creyendo en el ser humano, que no puede ser la obra fallida de la creación. La esperanza y el deseo son los que hacen brotar nueva vida. Eso sí, aceptando que somos menos y más pobres, aceptando que somos frágiles y no lo tenemos todo bajo control. La humildad nos puede abrir las puertas que la soberbia nos cierra. La solidaridad hará llevadero el sufrimiento que siempre va a haber, mientras que el egoísmo lo acrecienta. Y la confianza es un don que reciben los que se saben hijos de Dios, un Dios Padre bondadoso que nos sostiene en los momentos difíciles sin privarnos del esfuerzo ni de las lágrimas, y no un dios fetiche que utilizamos para que la suerte nos sonría.

Una oportunidad para ser más humanos y sensibles al sufrimiento de los demás valorando lo realmente importante. Escuché que un hombre muy rico se infectó del coronavirus y murió en un hospital ahogándose y en soledad. Su hija decía que teniendo tanto dinero murió pidiendo lo que se nos da gratis: el aire, sin acordarse de las riquezas que dejó en casa. Y, además, siendo poderoso y aclamado por muchos, seguro que echó de menos lo que también recibimos gratis: la compañía de un ser querido.

Estamos ante una oportunidad que podemos perder o ganar. Oportunidad de ser más humanos y solidarios, pues si el edificio se tambalea afecta a todos los que viven en él.

Viernes, 31 Enero 2020 06:00

¿Somos relevantes los cristianos en nuestro mundo?

Qué terrible es sentirse irrelevante. Un ser irrelevante es un ser con el que no se cuenta, aunque se le consienta vivir. Lo que dice no encuentra eco ni nada se le pregunta. Quizá no se le tape la boca, pero los demás se tapan los oídos.

Para vivir necesitamos sentirnos dignos de nuestra existencia. Por eso necesitamos valorarnos y que los demás nos valoren. Dice el refrán: “No hay mayor desprecio que el no hacer aprecio”. Por eso, desde la infancia buscamos ser reconocidos. En la adolescencia esa necesidad de ser reconocidos es todavía más fuerte, por lo que se llegan a hacer locuras para conseguirlo, siguiendo ciegamente a otros más afamados para buscar su reconocimiento, aunque nos lleven por caminos de muerte. Si preguntamos hoy a un adolescente qué quiere ser, es muy probable que nos diga que le gustaría ser un “influencer”, es decir, ser relevante, influir en los demás y que los demás le valoren con muchos “me gusta”. Y para ello estaría dispuesto a hacer cosas que denigran su persona, pero le hace famoso. En realidad, con ello se estará buscando una relevancia cautiva por la necesidad que tiene de ella, una relevancia que se esfuma en breve tiempo sin que nadie se vuelva a acordar de él, pues en nadie ha dejado una verdadera huella vital más allá de la admiración que hayan podido sentir en un momento dado.

Esto es comprensible en un adolescente por la inseguridad del que se está haciendo. Pero vemos cómo continúa a lo largo de la vida por el deseo del poder. Así lo vemos en el ámbito político, social o económico. Lo verdaderamente importante es logar votos, tener reconocimiento o admiración social y alcanzar un poder económico e ideológico sobre los demás. A todos los que consiguen esto se les dice que gozan de una relevancia social, aunque se trate de una relevancia cautiva, necesitada del reconocimiento ajeno.

¿Y los cristianos? ¿Qué relevancia tenemos en nuestra sociedad y qué relevancia deseamos? Como decía al principio, es terrible sentirse irrelevante, por lo que no debe sorprender el que a veces se desee actuar como el adolescente o como los políticos de turno, cayendo en una tramposa relevancia cautiva. Hay que mirar de forma diferente, más lejos y más profundo. La relevancia que no deja huella es fatua y estéril, no va más allá de la imagen que la promovió. Aquello que es capaz de llegar al corazón de la gente hasta transformarla de forma silenciosa, es lo que adquiere una relevancia mayor, que se extiende como la vida o el aire, que nadie ve, pero del que todos participamos para seguir siendo.

Hay un escrito cristiano muy antiguo que nos ayuda a enfocar bien la mirada para alcanzar la relevancia más duradera. Se trata de la Carta a Diogneto. En ella se nos indica cómo debemos actuar los cristianos en medio de nuestro mundo, con una relevancia evangélica que busca ser levadura en la masa, aunque nadie nos vea, dejando que lo relevante sea la vida de Cristo en nosotros y no nosotros mismos. Una relevancia libre, no cautiva del halago ajeno:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres…

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. 

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo y abundan en todo. Sufren la deshonra y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama y ello atestigua su justicia. Son maldecidos y bendicen; son tratados con ignominia y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. 

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres. 

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial.

Esa es la relevancia que debemos buscar y no otra. Solo así quedará patente el poder de Dios en nosotros y seremos levadura que entrega su vida para fermentar una masa que ama y a la que no condena. Nuestra relevancia no debe estar en el aplauso, sino en nuestra capacidad de aportar vida. Una relevancia que busca dar vida a los demás influenciando con la propia vida. Esa relevancia solo depende de nosotros, pues solo de nosotros depende cómo deseemos vivir.

Miércoles, 01 Enero 2020 05:42

Jornada Mundial de la Paz

En este nuevo año necesitamos constructores de la paz, no los lloros y lamentos de los que solo buscan disfrutar de la paz y la felicidad. ¿Qué hay guerra?, no te lamentes, construye la paz. ¿Qué hay tristeza?, no te deprimas, siembra la felicidad. ¿Qué hay división?, no maldigas a nadie, crea lazos y puentes. Seamos felices sin pretender que todos nos sonrían, sino sonriendo a todos. Solo entonces, cuando brota de nosotros mismos la paz, la alegría, la unidad, el amor, es cuando alcanzaremos la verdadera felicidad sin esperarla de los demás, sino sembrándola y sorprendiéndonos de cómo vuelve a nosotros. La vida es un búmeran que nos devuelve lo que le damos.

Como de costumbre, el Papa nos da un mensaje a comienzo del año para desearnos la paz y mostrarnos el camino para vivirla. Bien sabemos que la paz es el saludo cristiano como nos mandó Jesús: Cuando entréis en una casa decid primero: “paz a esta casa” (Lc 10, 5). De esa forma se saludan también tanto los judíos: “shalom”, como los musulmanes: “salam”, aunque muchas veces esa paz la hayamos ahuyentado.

En este año el Papa nos presenta la paz como un camino de esperanza. La esperanza conlleva un deseo de que las cosas vayan a mejor. Pero la esperanza debe ser activa, debemos tratar de provocar aquello que esperamos. Para hacer realidad esa mejoría, el Papa nos invita a seguir el camino del diálogo, de la reconciliación y de una conversión ecológica.

Cuando tenemos esperanza es que tenemos una meta, y cuando tenemos una meta afrontamos con mayor paz las dificultades del camino. Quien carece de meta no puede valorar las adversidades con las que se encuentra. Todo se le hace cuesta arriba. Se lamenta, echa la culpa a todos y a todo, solo ve un horizonte oscuro o, por el contrario, se desborda emocionalmente creyendo ser feliz cuando la vida le sonríe en un momento determinado, viniéndose abajo de nuevo cuando deja de sonreírle. Pero el que tiene una meta muy valiosa, lo afronta todo con la esperanza de alcanzarla, sin dar tanta importancia a los momentos más agradables o desagradables. Esto nos puede suceder en todos los ámbitos. Y si nuestra meta es la plenitud del amor, entonces todo adquiere sentido en nuestra vida por muy grande que sea la adversidad, ya que no nos paramos en los acontecimientos, sino que caminamos hacia la meta, y nadie nos puede impedir amar.

La falta de paz en el corazón nos va predisponiendo al enfrentamiento con el otro hasta terminar en guerras perversas, cuyos males los sufren primeramente los más débiles. Con frecuencia las guerras y los enfrentamientos comienzan por la intolerancia a la diversidad del otro. Cuando no aceptamos al otro y nos cargamos de razones para defender nuestra postura y nuestro rechazo, estamos preparando el enfrentamiento y la guerra que traerá mucho dolor a muchas personas. Sucede en las familias, en las comunidades y entre los pueblos. Cuando no toleramos al diferente tratamos de dominarlo y someterlo. Esto comenzamos a hacerlo alimentando el odio contra él, alimentando una imagen negativa del mismo y el miedo hacia él, instigando a su destrucción, deseando eliminarlo de mi camino por el peligro que veo en él antes incluso que haya hecho nada. El corazón soberbio y egoísta alimenta la violencia dentro de sí ahuyentando la paz en su interior, para hacerlo luego a su alrededor, emponzoñando las relaciones y abusando del propio poder.

Es imposible garantizar la paz con el miedo, pues el miedo conduce a la violencia. La paz surge con unas sanas relaciones no con prevenciones y desconfianza hacia el otro que imposibilita todo diálogo. La paz en el mundo no se puede fundar sobre el miedo a la mutua destrucción, sino sobre una ética global justa y solidaria. El más fuerte puede imponer su fuerza sometiendo a los demás y construyendo defensas frente a ellos, pero esa paz bien sabemos que es ilusoria, porque quien así actúa lo hace desde el miedo y siempre vivirá con el miedo a que se resquebraje en cualquier momento su seguridad, alimentando el odio en aquellos a quien oprime, sin que ni unos ni otros tengan paz y ambos alimenten la violencia.

Ese círculo vicioso solo lo podemos romper con la apertura al otro, con el reconocimiento del otro, con el diálogo mutuo, buscando una verdadera fraternidad y confianza. Donde no hay temor al diálogo se logra crear esos lazos y termina reinando la paz. A veces no se afronta el diálogo porque se interpreta que la opinión diferente del otro es un ataque contra mi persona, un deseo de confrontación contra mí, y se huye del diálogo para que reine una paz solo en apariencia. Quien pretende mantener la paz con la opresión y acallando al otro o, por el contrario, huyendo de toda sana confrontación, alimenta una olla a presión que tarde o temprano estallará perdiéndose la paz aparente por no existir la verdadera. La paz solo se construye con la escucha y apertura al otro, acogiendo al diferente y aceptando la incomodidad de la diversidad al dar más importancia a la persona que a su forma de pensar o sus actos que me incomodan. Tener esperanza en esa paz es trabajar por ella.

Pero ese camino no es fácil, pues todos creemos tener motivos para odiar. Recordamos bien lo que nos hicieron o lo que creemos que nos hicieron, sin poder pacificar nuestro corazón. Por eso es tan importante purificar la memoria. Decir lo que llevamos dentro, escuchar los recuerdos dolorosos que el otro lleva dentro y perdonar, pues la paz sólida solo se puede asentar en la verdad y en la justicia misericordiosa. La reconciliación es el mejor instrumento para la paz. A veces el contar lo que llevamos dentro nos permite aclarar lo erróneo de nuestra percepción al haber atribuido al otro unas intenciones que no tenía. Pero incluso cuando el daño que recibimos fue cierto e intencionado, el perdón y la reconciliación es el único camino que nos traerá la paz.

Y no solo hay que recordar los momentos amargos de enfrentamiento, sino también aquellos donde reinó la solidaridad y el amor. Son esos momentos luminosos los que nos ayudan a seguir creyendo en la persona humana. ¡Qué gran don es para las comunidades tener en su seno personas que viven desde el amor y creen no tener que perdonar porque no se sienten ofendidas! Su ejemplo de vida son luz y esperanza en nuestro trabajo por construir la paz.

El Papa nos dice: “El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación”. ¿Quién desea venir a trabajar en ese campo del Señor?

Y esa paz no solo estamos llamados a construirla en nuestras familias, nuestras comunidades y entre los pueblos, sino que también debemos vivirla frente a la naturaleza y todos los seres que en ella habitan. Todo es creación de Dios. El hombre tiene un papel preponderante en la naturaleza, pero su acción puede ser opresora, de dominio y abuso o, por el contrario, participando de la obra artesana del Creador. La falta de respeto a nuestra casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales genera una tensión que ahuyenta la paz y armonía en la misma creación. Ya no son modas, bien lo sabemos, es una situación urgente que debemos afrontar con una esperanza activa y comprometida.