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Sábado, 08 Diciembre 2018 20:50

MÁRTIRES DE TIBHIRINE

La beatificación de nuestros hermanos de Tibhirine es una buena ocasión de contemplar el testamento espiritual que nos dejó el P. Christian, prior de Tibhirine, como un hermano mayor en la vida monástica y en la fe. El testamento es lo que dejan los padres a los hijos y a los seres queridos. A la hora de la partida se quiere compartir con ellos lo que se tiene, los bienes que se han adquirido. Los ricos suelen dejar muchas cosas materiales que, tristemente con frecuencia, son causa de enfrentamientos familiares, pues el dinero lleva a la codicia, a la envidia y a los enfrentamientos. Nuestros hermanos monjes de Tibhirine no tuvieron nada material que dejarnos, pero su legado fue mucho más valioso y extenso, pues es para todos y en la misma proporción, un legado de vida espiritual y no de bienes materiales.

Comienza diciendo: Cuando un A-Dios se vislumbra De jóvenes no se suele hacer testamento, pues uno no piensa en la muerte y da por supuesto que aún vivirá muchos años. Predomina más el “hola” que el “adiós”. Pero cuando oímos sus pasos en el atrio de nuestra casa, empezamos a prepararnos. Christian vislumbró el adiós de la despedida como un “A-Dios”, una partida y un encuentro, una despedida para reencontrarnos en Dios. Adiós hasta que nos volvamos a ver en Dios.

Todos sabemos que hemos de morir y tratamos de evitar o posponer la muerte mientras podemos. Eso es algo normal y saludable. Pero en ese proceso se entremezclan otros valores, otras personas queridas y una posible decisión personal libre. Entra en juego la diferencia entre perder la vida y dar la vida. Perder la vida no tiene mérito, pues a todos se nos acabarán los días. Dar la vida es una decisión libre desde el amor. La incidencia que tiene sobre nosotros y sobre los demás una realidad y la otra es muy diferente. Cuando uno muere, se le entierra. Cuando uno da la vida, se le recuerda como fuente inagotable de vida para los demás.

Quien se limita a perder la vida esquiva mirar la muerte. Sólo mira y añora la supervivencia. Quien está dispuesto a dar la vida mira la muerte de frente, no huye. La teme, es verdad, pues el instinto de supervivencia es muy poderoso, pero la mira de frente: Si me sucediera un día –y ese día podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia… No se trata de soñar en una posibilidad lejana de dar la vida, sino en algo muy real, muy cercano, muy posible, que llama a la puerta. Tan real que sólo unos días antes de escribir este testamento ya habían entrado en su casa los terroristas avisando que volverían.

Es en esos momentos cuando sale fuera la verdad que llevamos dentro, dándonos cuenta de la coherencia o incoherencia entre lo que decimos y lo que nos habita realmente, descubriendo la verdad que sustenta nuestra vida. ¿Cómo temer perder la vida si ya la habíamos entregado? ¿Quién teme perder lo que ya no le pertenece? Eso es lo que recuerda el P. Christian a los suyos: yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios y a este país. Por eso nadie se la podía quitar, él ya no se pertenecía. Nos invita a abrir los ojos de la fe. Ciertamente que hubo alguien que, confundido, le quitaría físicamente la vida. Pero el P. Christian nos anima a ver en ello una realidad más profunda, donde es el mismo Dios quien toma lo suyo, lo que el monje le había entregado: Que ellos acepten que el Único Maestro de toda vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal. Que recen por mí. ¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?

Cuando damos un regalo a alguien esperamos que nos lo acepte. Si no nos lo acepta nos sentimos ofendidos. Algo parecido sintió el P. Christian. Él había entregado su vida de verdad. Lo hizo en su profesión monástica. Lo hizo en el segundo sí que hay que dar en la vida madura, cuando la prueba llama a nuestra puerta y pone a prueba nuestra perseverancia. Era un sí auténtico, no dicho con la boca pequeña, en la esperanza de que no se nos tome en cuenta y no nos exijan demasiado. Era el sí del que ama verdaderamente a la persona a la que se ofrece el regalo, en este caso a Dios al que se entrega la propia vida. Un Dios encarnado en el pueblo argelino. Una vida que iba afectar a su misma realidad física. Y una ofrenda tan sincera que anhelaba ser aceptada. La ofrenda de la propia vida unida a la de otros, como un buen cenobita: Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas y abandonadas en la indiferencia del anonimato. Mi vida no tiene más valor que otra vida. Tampoco tiene menos.

Cuando hacemos un regalo expresamos nuestra entrega personal. Más importante que el regalo mismo es la relación que hay entre las dos personas implicadas. Los regalos institucionales se hacen entre dos personalidades sin verdaderos lazos afectivos, por lo que se pone especial interés en el valor del regalo como gesto de cortesía. Cuando existe amor entre dos personas el valor físico del regalo deja de tener tanta importancia, prevaleciendo su dimensión emocional y afectiva. Un niño puede regalar a sus padres cualquier cosa que éstos la recibirán con agrado, aunque sea defectuosa, pues verán al hijo que les da algo, sin recordar siquiera lo que les da. Algo parecido nos sucede a nosotros con Dios. Él no necesita nada de nosotros, pues todo le pertenece. Todo menos lo que nos ha dado a nosotros, nuestra libertad, nuestra decisión libre de aceptarle o rechazarle. Quizá nos hayamos ensuciado mucho en el camino. Quizá nos hayamos deteriorado por nuestras malas acciones. Pero aunque seamos un juguete roto, siempre tenemos la posibilidad de entregarlo, pues el Padre no mirará la integridad del juguete, sino el amor del que ha sido capaz de entregárselo con la confianza de sentirse hijo. Es lo que nos viene a decir también el P. Christian: En todo caso, (mi vida) no tiene la inocencia de la infancia. He vivido bastante como para saberme cómplice del mal que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo, inclusive del que podría golpearme ciegamente.

Quien se sabe pecador no se atreve a condenar a los demás. Quien ha perdido la inocencia, ¿cómo se va a atrever a juzgar al que carece de ella? No nos engañemos. Hay que ser muy conscientes de lo que somos para poder valorar correctamente lo que nos rodea. Podemos identificar el defecto para corregirlo, pero nunca podremos juzgar y condenar cuando nosotros mismos somos reos de la misma culpa. El pecado de los demás no es muy diferente del nuestro. Más todavía, todos participamos del mismo pecado por el que debemos pedir perdón. Nos sigue diciendo el P. Christian: Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que me permita pedir el perdón de Dios y el de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido.

Esa es la característica del verdadero martirio: morir desde la fe y por la fe, y hacerlo perdonando de corazón a quien lo agrede. Un perdón que justifica, como hizo Jesús en la cruz: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Un perdón que desea cargar incluso con la culpa del culpable para quitarle la condena. ¡Qué lejos se encuentra esto de la sabiduría de este mundo! Y es tal la sinceridad que expresa el P. Christian que siente una gran zozobra sólo de pensar que la muerte que le podría granjear la gracia del martirio iba a ser a costa de que el pueblo que amaba fuera denostado: Yo no podría desear una muerte semejante. Me parece importante proclamarlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato. Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la “gracia del martirio” debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam.

Navegar supone dejar la tierra firme que nos da seguridad. El movimiento de las aguas, cuando se levanta el temporal, nos produce miedo e inseguridad. Es entonces cuando tratamos de echar el ancla aun con el riesgo de que se rompa el barco o intentamos quedarnos varados en tierra firme. En el ámbito religioso eso sucede cuando el miedo y la inseguridad buscan la seguridad del radicalismo, un integrismo que no dudará en matar a su semejante para sentirse más seguro, haciéndolo en nombre de Dios para tranquilizar su conciencia. Eso sucedía cuando mataron a nuestros hermanos de Tibhirine. Vivían en un contexto de radicalismo religioso azuzado por la corrupción política. Un radicalismo extremista que se alejaba de la bondad del Islam, como lo manifestaba el P. Christian: Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente. Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo. Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.

Christian, tenía una percepción diferente porque había tenido relación con el mundo musulmán ya desde niño. Él, que era de familia de militares, estuvo en Argelia durante 27 meses de servicio militar en plena Guerra de la Independencia, en la que un amigo musulmán le salva la vida y muere por ello, lo que le marcó fuertemente. Su amor al mundo musulmán le llevó a implicarse en el diálogo interreligioso y a estudiar árabe e islamología. Este dato es relevante para comprender su apertura al mundo musulmán. Sólo amamos lo que conocemos y nos atemoriza lo desconocido. Cuando nos acercamos al otro desde la vida, desde la relación interpersonal, desde el conocimiento mutuo y la convivencia, valoramos lo que es en sí mismo, lo acogemos con sencillez y podemos entrar en una fructífera relación donde cada uno aporta lo que tiene, enriqueciendo al otro y valorando lo que cada uno es. Esto no sucede cuando falta esa primera relación libre de prejuicios. Cuando nos formamos una idea del otro por lo que oímos, por lo que la gente opina, atribuyéndole incluso las cosas malas que pudieran haber hecho algunos de su familia y resaltando las diferencias culturales con los de mi familia, nos llenamos de prejuicios y miedos que distorsionan gravemente la relación antes incluso de comenzar a tenerla. Cuando percibimos al otro desde una relación humana sin prejuicios, desde la vida y la convivencia, todo cambia. Así lo expresaba el prior de Tibhirine: Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.

Esto que nos dice el P. Christian puede impresionar o escandalizar al que haga de su religión un arcón cerrado de verdades absolutas y auténticas que le impide sentir ninguna necesidad de abrirse a otras tradiciones religiosas. Quien se sabe en la verdad y que es poseedor de la verdad única y absoluta, ¿por qué se va a abrir a otras tradiciones religiosas que no le pueden aportar más que lo que cree tener? Y, sin embargo, Christian descubre en Argelia y el Islam el hilo conductor del Evangelio que aprendió de su madre cuando era niño en Argelia. Encontrar ese lazo de unión profunda, de comunión en la fe de Dios, es lo que le abrió todavía más a una relación sincera y profunda con el Islam y sus creyentes.

Dios es más que nuestras verdades y creencias. Dios fue antes que nuestras verdades y creencias, las cuales no son más que un intento de encerrar la infinitud de Dios en los estrechos márgenes de nuestro edificio mental para tenerlo todo bajo nuestro control. La revelación de Dios se esparce por todo el mundo y se ha manifestado a lo largo de toda la historia desde los orígenes de la humanidad. Quien limita su experiencia de Dios a la comprensión de la verdad expresada según sus categorías no necesita de los demás y puede despreciarlos junto con sus creencias. Pero el verdadero orante, el místico, se acerca a Dios en su realidad más pura, esa que alcanza a todo ser humano, imagen de Dios y capacidad de Dios, sea de la cultura que sea o de la tradición religiosa que sea. Esto no es devaluar lo que se ha recibido, sino encontrar el punto de relación con el otro en el centro de la rueda, donde todos nos encontramos, y no en su periferia, donde todos nos alejamos. Es entonces cuando somos capaces de identificar la presencia del mismo Dios al que yo amo en la persona de todos mis semejantes.

Pero, bien sabemos, abundan más los que necesitan la seguridad de las doctrinas, los razonamientos lógicos, el no ser ingenuo en este mundo anteponiendo la cuenta de resultados contante y sonante, incluso garantizándose el cielo con el esfuerzo de sus buenas obras. De ahí que el que tiene una mirada contemplativa, el que se ha dejado invadir por el mismo Dios, resulte a los ojos de los demás un iluso que fracasará seguro, del que otros se aprovecharán. Es lo que también anticipaba el P. Christian en su testamento: Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista: “¡Que diga ahora lo que piensa de esto!”. Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad. Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con El a Sus hijos del Islam tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Es en la muerte donde el P. Christian sabe que encontrará la plenitud de la luz, el amor y la verdad. Porque sabe que solo en Dios podrá ver como Dios ve, descubriendo en Él lo mucho que Dios ama a todos sus hijos del Islam, por los que también envió a su Hijo, cuya Pasión también los beneficia y cuyo Espíritu también los invade. Si esto era así, si intuía esa realidad, ¿cómo no se iba a dar en él ese amor a sus hermanos musulmanes, aun reconociendo las diferencias?

El verdadero creyente es el contemplativo que sabe ver así las cosas. No bastan los ritos litúrgicos por muy bien que se realicen. No bastan nuestras buenas obras por muy bien que las llevemos a cabo. No bastan las técnicas de meditación vacías de Dios. El místico hace todo eso, pero lo hace con alma, desde Dios y en Dios. Nuestra relación y amor a nuestros semejantes nos revelan la autenticidad de nuestra mística. Como decía Orígenes al comentarnos el relato del trigo que se mantiene firme mientras la paja se la lleva el viento cuando es aventada con la horca: “Cuando tu alma ha sucumbido a la tentación, no es que la tentación te convierta en paja, sino que, siendo como eres paja, esto es, ligero e incrédulo, la tentación ha puesto al descubierto tu verdadero ser. Y al contrario…” (Hom. 26 sobre Ev. de San Lucas).

El P. Christian lleva hasta el extremo esa visión contemplativa de las cosas que permite dar la vida para alcanzarla en plenitud, reconociendo que nuestra propia vida no es nuestra, sino de todos, también de aquél que quizá nos la quite. Despojo radical solo comprensible en aquel que se ha descentrado completamente de sí para vivir en el centro de Dios, origen y cuna de todo y de todos. Así nos sigue diciendo: Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para este GOZO, contra y a pesar de todo. En este GRACIAS en el que está todo dicho, de ahora en adelante, sobre mi vida, yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, amigos de aquí, junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos, ¡el céntuplo concedido, como fue prometido!

Llegando al sumo de la entrega martirial cuando incluye a sus ejecutores con disculpa incluida: Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este “A-DIOS” en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. ¡AMÉN! IM JALLAH!

Miércoles, 31 Octubre 2018 14:57

La Inundación como lección y acción de gracias

Hace poco alguien preguntó que si los monjes habíamos percibido la inundación que sufrimos en septiembre como un castigo de Dios. Me quedé un poco perplejo, pues en ningún momento lo percibí así. Sin duda que la inundación que hemos tenido ha sido muy dañina, que en una hora nos ha puesto todo patas arriba, llevándose por delante muchas cosas, pero no considero en absoluto que haya sido un castigo de Dios, pues, además, la justicia de Dios no se parece en absoluto a la de los hombres, que parece buscar más la venganza, la satisfacción de la propia ira, que la transformación del pecador.

Para mí toda situación que se nos presenta es una oportunidad. Oportunidad para saber responder en las alegrías y en las penas, en la fortuna y en la calamidad. Todo momento es una ocasión para comprobar lo que verdaderamente habita en nuestro corazón y poner a prueba nuestros recursos interiores. La fortuna nos alegra y la desgracia nos entristece, pero nosotros no somos ni la una ni la otra. Ponernos en sus manos es vender nuestra alma a otro. No es bueno embobarse cuando las cosas van bien, pues nos dormiremos y correremos grave peligro. No es bueno abatirse en demasía cuando las cosas van mal, pues nos quitará las fuerzas que necesitamos para salir adelante. Ni lo primero nos hace más que los demás ni lo segundo nos hace inferiores a nadie. Vivir así nos da libertad y nos robustece, pues no dependeremos de los acontecimientos ni de los demás, ni siquiera de nuestros propios sentimientos.

Varias son las lecciones que nos ha ofrecido la inundación.

En primer lugar constatamos que las catástrofes son dolorosas, pero ayudan a sacar lo mejor de uno mismo. Como un parto que hace pasar por el dolor para gozarse finalmente con el fruto de vida que surge en él. Un llanto que nos llena de alegría.

Nos impulsa a trabajar mirando al frente, a la necesidad real que ha surgido, olvidándonos de nosotros mismos, sin tiempo para mirarnos el ombligo. El dolor intenso si nos cortan una mano nos hace olvidar las pequeñas molestias que teníamos y diluye los pensamientos absurdos que nos marean, las preocupaciones vacías de lo que los demás puedan pensar de nosotros o el temor imaginario a un futuro incierto que se disipa ante el dolor presente.

Nos une en un proyecto común real, no inventado, en el que todos nos sentimos implicados y sabemos que nuestro trabajo es importante para los demás y va a tener una repercusión real en la rapidez con que solucionemos el problema. No es algo que se nos encomienda para estar ocupados, sino que nos ocupamos motivadamente porque es una necesidad real. Las necesidades reales generan gran solidaridad, sin caer en la mezquindad de compararnos por ver si el otro trabaja más o menos que yo.

Nos permite ser más humildes, teniendo que pedir ayuda y dejándonos ayudar. Esto es muy importante, pues dentro del mundo clerical tendemos a situarnos por encima, esperando que los otros reclamen nuestra ayuda para ayudarles o no, según nuestra disponibilidad y benevolencia, lo que nos hace sentir bien e importantes, pero nos puede encerrar en un halo de soberbia que endurezca nuestro corazón y nos aleje de los demás.

La actitud generosa y entregada de la gente ha sido para nosotros una gran lección. No basta con conmoverse, sino que hay que moverse para ayudar en la necesidad concreta. En estos momentos muchos prejuicios se vienen abajo, al constatar el buen corazón de la gente y su entrega más allá de las ideas que se puedan tener. Llama la atención esa disponibilidad a posponer los intereses personales para ayudar al otro. ¿Qué decir de ese matrimonio que se iba a marchar el lunes para tomar sus vacaciones y se quedó para ayudarnos toda la semana en las labores de limpieza del monasterio? ¿Qué decir de los profesionales del pueblo que han aparcado sus trabajos para ayudarnos “porque era lo que había que hacer”, sin cuestionarse nada más ni decir: “yo no puedo, que lo hagan los que están más liberados”? Forma clara de vivir la parábola del buen samaritano que quizá algunos desconocen, pero la cumplieron. ¿Qué decir de los que han venido expresamente de fuera para ayudarnos, incluso con sus niños? ¿Qué decir de su empeño por seguir trabajando los días de fiesta, sin preocuparles si estaban o no los monjes presentes o si nos habíamos ido a rezar? ¿Qué decir de su empeño por trabajar sin escudarse en que no tenían herramientas o en que ya habían acabado o en que no había una buena organización? Ellos mismos buscaban la herramienta, iban a sus casas o las pedían al vecino. Ellos mismos trataban de organizarse o buscaban otro lugar donde ayudar cuando en el suyo ya no había necesidad. ¡Gran lección para cuando nos sentimos tentados de escaquearnos mirando a otro lado! ¿Qué decir de la sensibilidad de las mujeres atentas a que no nos faltara comida al carecer de cocina, especialmente nuestras hermanas del Sgdo Corazón? ¿Qué decir de tantos amigos, familiares, fraternos, huéspedes, comunidades hermanas y hasta proveedores que han colaborado de una u otra forma según sus posibilidades? ¿Qué les ha movido a todos? Sin duda la bondad que llevan en el corazón, pero también el amor de Dios que lo vemos reflejado en todo ello.

Es de admirar tanta gratuidad que nosotros hemos sabido acoger con sencillez y humildad. Dejarse ayudar mejora las relaciones y hace sentirse bien al que ofrece su ayuda, máxime habiendo sido un daño compartido por muchos vecinos. Es admirable el que los que ayudan se sientan confundidos cuando se les ofrece algún regalo, pues no esperan nada a cambio, sino que están convencidos de estar haciendo lo que tienen que hacer: atender a la necesidad de un necesitado.

Por otro lado, también ha sido hermosa la actitud de la comunidad dando testimonio con la paz y serenidad con que hemos afrontado la situación, sin muestras de gran preocupación por las pérdidas materiales o por el futuro, trabajando codo a codo con los demás.

Todo esto nos ayuda a vivir desde la fe, recordando las palabras del salmista: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles… Es inútil… que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen! Lo que estamos viviendo es una prueba clara de ello que nos invita a confiar y estar tranquilos. Aquello que parece ser una terrible calamidad se puede transformar en una bendición. Aprender a tener esa mirada de fe aún en las cosas pequeñas nos ayuda a vivir con alegría, confianza y en paz.

Verdaderamente nadie se puede sentir mejor que los demás. Lo más importante es la bondad del corazón, no el título que se ostente. Recordemos aquellas palabras del Señor: Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa, mientras que los invitados serán echados fuera. No basta con saberse hijos de Abraham, sino vivir según el evangelio. No olvidemos la lección.

Domingo, 22 Julio 2018 19:28

            Hay algo dentro de nosotros que nos impulsa a construir, es un deseo natural que experimentamos como prolongación de la obra creadora de Dios.

En la Biblia aparece con frecuencia el tema de la construcción, del edificio que se va levantando. Se construyen casas y ciudades para habitar, se edifica un templo para que habite Dios en medio del pueblo. Pero también se construye una familia o un grupo humano. Son muchas las cosas que podemos hacer, pero hay una a la que damos prioridad: tener una casa. ¡Ay de los que carecen de casa! ¡Ay de los que no tienen un techo donde cobijarse! Tener una casa nos da seguridad y nos ayuda a mantener una estabilidad interior con dignidad. Somos indigentes y necesitamos protección. El hombre se gestó cobijado en el seno materno y necesita una casa donde seguir cobijado.

Vivir a la intemperie es como estar desnudos, hace experimentar la vulnerabilidad, la indefensión. Y, sin embargo, Jesús se nos presenta en contraste con los pájaros que tienen nidos o las zorras madrigueras, él no tiene dónde reclinar su cabeza (Mt 8, 20). Es obvio que nos está hablando metafóricamente, pues gozó de una familia, de una casa sencilla en Nazaret y de la casa de sus discípulos.

Jesús nos invita a que edifiquemos una casa para nosotros que es aún más importante que la material: nuestra propia casa, a nosotros mismos. Esa casa nadie nos la puede construir, sólo nosotros la podemos levantar o, al menos, no se edificará sin nosotros. Es nuestra propia casa, nuestra realidad personal. Y tenemos que estar atentos a cómo la construimos.

Bien sabemos que antes de comenzar a levantar la casa hemos de profundizar en los cimientos. Jesús nos recuerda que a veces edificamos sobre arena, y nos aconseja hacerlo sobre roca: El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande. (Mt 7, 24-26). Esto nos lo dice Jesús justamente al concluir el sermón de la montaña, la nueva “ley”, los mandamientos que nos abren las puertas de la casa del Padre.

            San Pablo avisa igualmente: ¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. (1 Cor 3, 10ss). Somos libres de elegir cómo deseamos construir nuestra casa.

En otro pasaje, donde Jesús nos habla sobre las condiciones para ser su discípulo, nos invita a examinar antes de ponernos a construir una torre si tendremos suficiente para acabarla y que no se rían de nosotros. Lo curioso es observar de qué fondos nos está hablando Jesús, cuál es la cuenta corriente tan abultada que tenemos que tener antes de ponernos a construir. Pues bien, ese capital inicial que nos dará seguridad para acabar la torre no es otro que el renunciar a todo: Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío (Lc 14, 33). Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 26-27).

Nuestro tesoro y nuestro cimiento están en nuestra desapropiación. Nuestra fuerza está en nuestra debilidad abrazada pacíficamente. Nuestra seguridad está en estar dispuestos a abandonar toda seguridad. Nuestra victoria está en aceptar la aparente derrota diaria que brota de un amor que vence el mal a fuerza de bien. Es la fuerza de los mansos, el tesoro de los pobres, la sabiduría de los sencillos que les hace parecer necios a los ojos de los que creen controlar su vida. Es estar dispuestos a dar -renunciar nos dice Jesús- el propio tesoro, las propias seguridades, para sostenerse sólo en la fuerza de la palabra dicha por alguien en quien se confía y al que se ama. Es la diferencia de edificar sobre cosas que parecen sólidas, pero son arenosas, a edificar sobre la intangibilidad del amor y la confianza, que terminan siendo una verdadera roca, pues son la forma de vivir desde el Espíritu de Jesús.

Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles, nos dice el salmo 126. Nuestra ineptitud como albañiles hace que Dios salga al paso en nuestra vida y él construya y reconstruya nuestra casa, haciendo una obra admirable ante nuestros ojos, convirtiéndose en nosotros en piedra angular, roca sobre la que edificar. Por eso no debemos desesperar. A veces tomamos conciencia del tiempo perdido, de lo abandonada que tenemos nuestra casa, de que los años van pasando, y nos entra la tentación de tirar la toalla culpabilizándonos de nuestros actos. Pero la invitación del Señor sigue ahí. No importa el tiempo, no importan las arrugas ni las canas, basta con que hoy digamos: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Y olvidados de nosotros mismos retomemos el camino de la gracia, del abandono, de la confianza, de estar dispuestos a dar la vida en las cosas pequeñas de cada día, en cada momento, sin esperar a mañana. Nuestra casa necesita la entrega generosa de hoy para que se vaya edificando.

Nuestra verdadera casa es obra del Espíritu, aunque nosotros seamos colaboradores necesarios (1Cor 3, 9). Tampoco podemos construirla en solitario, simple y llanamente porque fuimos creados en grupo, en comunidad, a imagen de la relación trinitaria. Ser conscientes de eso nos permite tomar conciencia de la parte y del todo a un mismo tiempo. Nos edificamos mientras nos edifican y contribuimos a la edificación de otros mientras nos edificamos. Es la realidad comunitaria. La comunidad nos ayuda a tomar conciencia que lo que somos es para los demás: recibimos sin apropiarnos y lo damos sin perderlo. Tomar conciencia de eso nos ofrece la libertad de los que nada temen perder porque todo lo dan, recibiendo en esa entrega el cimiento más sólido para la construcción de su casa, el cimiento del amor de Dios.

Estamos llamados a colaborar en la edificación del cuerpo de Cristo que no sólo soy yo, sino la Iglesia, la humanidad y nuestra comunidad. Quien pone otro cimiento diferente a Cristo se arriesga a que se le caiga todo el edificio. ¿En qué consiste poner otro cimiento diferente? ¿Podemos llegar a hacer eso nosotros? El salmo nos dice que sí: La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular (sal. 117, 22; Mt 21, 41s). Se rechazó el estilo de vida de Jesús y al mismo Jesús, prefiriendo otros estilos más mundanos, más rentables, más atractivos, más poderosos. Falsa espiritualidad que no alcanza a construir la propia casa es la que se levanta sin haberse cimentado primero.

Jesús es el nuevo edificio, el nuevo templo que sustituye al antiguo. El templo judío fue considerado como “el templo del Señor, el templo del Señor”, pero fue un edificio demasiado humano, por lo que se anunció su demolición. Se había transformado en cueva de ladrones que sólo buscaban lo suyo, decía el profeta Jeremías (Jer 7, 11). ¡Tan grande!, ¡tan hermoso!, se vino estrepitosamente abajo. Nuestra casa no se vendrá abajo si lo que nos mueve son los sentimientos de Cristo y seguimos sus pasos aunque nos haga sentir el dolor de la renuncia a nosotros mismos. Dolor intenso, pero breve: Destruid este templo y en tres días lo levantaré (Jn 2, 19-22).