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Sábado, 13 Mayo 2017 11:09

Nuestro paso por la ITV

La actitud que tengamos ante la vida es lo que nos hace felices o infelices. Hay quien ve la prueba como una oportunidad y hay quien la ve como un obstáculo.

Los acontecimientos de la vida son una gran ITV (Inspección Técnica de la Vida) en la que se ponen a prueba todos y cada uno de nuestros resortes. A los vehículos se les prueba el acelerador, pero también los frenos, se le comprueban las luces largas y las cortas, el estado de las ruedas y la nitidez de los espejos. Hay quien ve la ITV como un incordio para sacarnos los defectos, y hay quien la ve como un estímulo para tener a punto todas las partes de nuestro vehículo.

Así sucede con la vida. La vida pone continuamente a prueba todos nuestros resortes. ¿Qué diríamos de alguien que al llevar su coche a la ITV, cuando le dicen que la caja de cambios no funciona bien, se sienta en el suelo a llorar y a increpar a los técnicos porque son malos, que dejan al descubierto el defecto de su caja de cambios, que le están avergonzando y haciendo daño? Probablemente, tras un momento de perplejidad, diríamos que esa persona no está madura.

Pues bien, la vida pone a prueba continuamente todos nuestros resortes. Los momentos agradables ponen a prueba nuestra sobriedad, mientras que los momentos desagradables ponen a prueba nuestra resistencia. Aquellos nos resultan tan atractivos que podrían embobarnos provocándonos algún accidente, como el que se embelesa con las luces de su vehículo mientras conduce, jugando con ellas y poniendo en riesgo su vida. Basta saber que están ahí y usarlas cuando se necesitan.

Pero lo que más nos marca, sin duda alguna, son las deficiencias que encontramos en nosotros o los acontecimientos desagradables que vivimos. Para muchos son un obstáculo vital ante el que se frenan y se ponen a llorar su mala fortuna, sin darse cuenta que la ITV de la vida le está descubriendo algo que no va bien y debe afrontar para ir más cómodo y seguro por la vida.

Hay algo que nos distorsiona la realidad y provoca en nosotros esas reacciones equivocadas. Eso nos sucede cuando funcionamos desde la comparación, desde metas que nos imponemos o los demás nos imponen, como si tuviéramos que alcanzar un patrón determinado que actúa como un juez severo sobre nuestras vidas. En una sociedad competitiva, donde prima el tener y el poder y donde la gratuidad no ocupa un lugar importante, la fuerza del amor no se utiliza. El amor como fuente satisfactoria del deseo, sí, pero el amor como forma de afrontar la realidad, no. Esta fuente del amor está dentro de nosotros, no fuera. Por ese motivo no dependerá de lo amable o poco amable que sea lo que tengamos delante, sino de cómo nosotros lo amamos. Las cosas podrán ser amables o no, pero en cuanto las amamos nos hacen felices, les damos un sentido. Como el que ama a un hijo poco dotado. Hay quien tiene una actitud tan negativa y pesimista que nada le resulta amable por muy amable que sea. Y, por el contrario, hay quien abraza la dificultad y termina transformándola. En este caso no se vive frente a las cosas comparándose con los demás, teniendo que responder a unas expectativas que nos imponen desde fuera. Simple y llanamente vivimos desde nuestro centro acogiendo en él a todo el que se nos acerca, nos guste más o menos. Es entonces cuando podemos ver nuestras mismas limitaciones y abrazarlas con amor para ir construyendo con ellas.

Los defectos siempre nos acompañan, y habremos de tomar conciencia de ellos de vez en cuando, pero no debieran estar en nuestros labios más tiempo del necesario. Quien se obsesiona con sus defectos, se paraliza. Quien se acostumbra a regodearse en los defectos y faltas de los demás, sacándolos a la luz con descaro o sutileza, termina siendo tóxico. Sólo el amor acoge, motiva y transforma.

Una vez leí lo que hacía un grupo de terapia con unos niños que tenían un trastorno alimentario que les llevaba a vomitar cuando comían alimento sólido. Cuando un niño conseguía mantener la comida en la boca durante más de un minuto, todo el grupo lo celebraba cantando, bailando, aplaudiendo, siendo el niño el centro de todo. Sin duda que esto fue mucho más eficaz que las reprimendas, insultos o castigos. El puro gozo de ser causa de tal felicidad cambiaba el sistema nervioso de los niños, que procuraban mantener en la boca la comida cada vez por más tiempo. Los niños deseaban los halagos y se sentían motivados por ellos, nosotros también.

Es bueno examinar cómo hablamos de los demás, si predominan las alabanzas, el reconocimiento de lo que hacen bien, o predominan las críticas, el resaltar lo que hacen mal. Es probable que enseguida justifiquemos nuestra mala tendencia con la excusa de motivar al otro a que cambie. Pero no nos engañemos, nuestra fijación en las faltas de los demás, en lo que nos molesta de ellos, ni nos ayuda a nosotros ni les ayuda a ellos.

¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué los demás se fijan más en nuestros fallos que en nuestros aciertos? ¿No será probablemente porque hacemos nosotros lo mismo? Y, sin embargo, no sólo estamos necesitados de reconocimiento o refuerzo positivo, sino que éste nos ayuda a mejorar y a sentirnos mejor, irradiando positividad a nuestro alrededor.

Domingo, 05 Marzo 2017 17:35

LA IMPORTANCIA DE LA MIRADA - CUARESMA 2017

 

En este inicio de cuaresma quisiera fijarme en un aspecto bastante inspirador del mensaje del papa para este tiempo litúrgico: la importancia de la mirada. Hay miradas que sanan: son miradas acogedoras, sonrientes, que no juzgan y están llenas de misericordia porque saben mirar con el corazón. Hay otras miradas duras, acusadoras, llenas de violencia, rencor o enfado, que nos arrugan, nos empequeñecen y hacen sentirnos culpables. Pero hay otras miradas todavía peores, miradas que matan sin disparar siquiera. Son las miradas que no ven porque ni siquiera miran, cuando tan necesitados estamos de ser mirados, de sentir que existimos para los demás.

La mirada es la puerta por la que se sale y por la que se deja entrar. La mirada que ve nos hace tomar conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor, nos despierta el corazón ante las necesidades ajenas y nos impulsa a actuar saliendo de nosotros mismos. La mirada que ve, llena de esperanza al que nos necesita al sentirse visto, como el náufrago que observa que le han divisado desde el barco que pasa cerca de él.

La cuaresma es un tiempo de despertar nuestra mirada para que mire donde tiene que mirar y vea lo que tiene que ver. En ese contexto el papa nos invita a reflexionar sobre la parábola del hombre rico y Lázaro pobre (cf. Lc 16, 19-31). ¿Cómo eran sus miradas?

Estos dos personajes nos pueden resultar familiares por su forma de vivir, sus actitudes y su relación con los demás. En primer lugar se nos describe al pobre en medio de un cuadro deprimente: está hundido, sin fuerzas ni para levantarse, tirado a la puerta de la casa del rico para intentar comer algunas migajas que puedan caer de su mesa. Además, se le ve todo él llagado y lamido por los perros. Eso sí, tenía nombre, era alguien concreto, no se trata de la pobreza en abstracto, sino de un pobre, un pobre que se llamaba Lázaro. Un nombre que para mayor perplejidad significa “Dios ayuda”. El pobre que pasa a nuestro lado, que llama a nuestra puerta, que nos mira necesitado y que no es nadie importante, ni siquiera agradable, y que además nos complica la vida y nos quita tiempo.

Sin embargo, ese pobre que miraba por ver si podía coger algunas migajas caídas de la mesa del rico –que no ofrecidas-, ni era visto ni era mirado por el rico. Su presencia resultaba invisible a los ojos del rico. Es precisamente esa una de las experiencias más duras que manifiestan ciertos pobres tirados en la calle: ser invisibles para los viandantes. El rico no mira a Lázaro porque no le resulta valioso, nada le puede ofrecer, no es nadie en su vida. Algo muy distinto nos sucede cuando vemos al otro como un don para nosotros, como alguien valioso que Dios pone en nuestro camino. Y, sin embargo, es el pobre aquel por el que un día nos dirán: tuve hambre, sed, estuve desnudo, preso, enfermo y me acogiste… o pasaste de largo. Por eso es un don. Porque es el mismo Dios que se nos da en su imagen humana. Resulta así que la presencia de Lázaro es la presencia de la “ayuda de Dios” para nosotros. Es la oportunidad que se nos ofrece para transformar el corazón de piedra en un corazón de carne. Es la oportunidad que Dios nos pone delante para recibirle a él mismo en nuestra casa, para ofrecerle lo nuestro y gozar de su presencia. Pero ¿cómo reconocer una presencia tan desconcertante, cuando pensamos que se debiera presentar en forma de paz, ausencia de problemas, vida ordenada y limpia, gozo sensible o sublime experiencia?

¿Por qué para el rico era invisible? El rico que se nos presenta en la parábola carece de nombre (epulón = rico). Viste de púrpura, como los dioses y los reyes. Su riqueza era excesiva y ostentosa, pues banqueteaba a diario espléndidamente, mostrando así su poder para ser halagado y disfrutar de la vida. Su riqueza le cegó, le llenó de vanidad y le ensimismó en una soberbia por la que ya no veía a nadie más que a sí mismo. El dinero y el poder en todas sus formas pueden endurecernos el corazón encerrándonos en nosotros mismos. De ahí la importancia de abrir nuestra puerta una y otra vez a la solidaridad, mirando las necesidades de los otros y compartiendo todo lo que hemos recibido. El otro se transforma así en un don que se nos hace, una ocasión que se nos da para vencer nuestro propio egoísmo, para evitarnos ser prisioneros de una apariencia vacía. El pobre y también los momentos de prueba en los que algo se nos quita, en los que somos rechazados o humillados, son un verdadero regalo de Dios para no quedar presos de nuestra apariencia y nuestra soberbia. La riqueza, el poder, el reconocimiento de los demás, nos pueden atontar encubriendo el vacío interior y haciéndonos olvidar nuestra propia fragilidad. Y embobados en nosotros mismos nos olvidamos de ver a los pobres que nos rodean. Es lo que tiene la riqueza en cualquiera de sus formas. No nos preocupemos cuando nos despojan, que es un don de Dios para ser libres.

Al final de la vida se revela nuestra realidad más profunda. Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él, nos recuerda San Pablo (1 Tim 6,7). El rico y el pobre se encontrarán de una forma nueva. Curiosamente, ahora será el rico quien mire al pobre Lázaro. La necesidad le abre los ojos y le quita el velo de la apariencia que da la riqueza y el poder. Ahora parece que el rico sí mira a Dios, viendo a Lázaro descansando en el seno de Abrahán. Quien no vio la presencia del pobre, ahora desea que el pobre le mire a él y vaya a aliviar su dolor. Sólo en la necesidad el rico toma conciencia de cómo tenía que haber actuado ante el pobre. Sólo en la necesidad seremos capaces nosotros mismos de mirar con la ternura de Dios. Sólo el enfermo comprende al enfermo, como sólo el pobre comprende al pobre.

La cuaresma comienza precisamente con el reconocimiento del propio pecado, con la invitación a tomar conciencia de lo que somos, recibiendo la ceniza que nos invita a salir de nuestro ensimismamiento. Pero bien sabemos que eso puede quedarse en un simple rito. De ahí la importancia del don de Dios para toparnos de frente con nuestra pobreza en todas sus formas. Don que nos permitirá tener una mirada benévola hacia los pobres que nos rodean. Es la espiritualidad de Jesús que tanto nos cuesta comprender porque nos cuesta aceptar nuestro propio pecado y buscamos una espiritual de apariencia con la que nos sintamos bien, sin ser molestados, sin mancharnos las manos, contentándonos con dejar caer algunas migajas de nuestra mesa, pero sin abrazar al pobre.

La parábola del rico y del pobre Lázaro no se ha escrito para consolar al que sufre prometiéndole un festín en la otra vida y así que pueda sobrellevar mejor el hambre en ésta. Es un aviso para nosotros cuando sentimos la tentación de vivir en una burbuja de seguridad, cayendo en la idolatría del dinero, del poder, de la buena fama, de la soberbia, de la vanidad o de la cerrazón de corazón. Justamente antes de esta parábola nos dice el evangelista: Los fariseos, que eran amigos del dinero,… se burlaban de Jesús. Y les dijo: “Vosotros os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que es sublime entre los hombres es abominable ante Dios (Lc 16, 14-15). Jesús se refiere a los ricos, pero lo que provoca la parábola no parecen ser los ricos paganos en primer lugar, sino los creyentes, incluso devotos y religiosos, que viven en la idolatría del dinero, el poder y la apariencia. A fin de cuentas el rico parece creer en Dios, pero sólo en el tormento de la condenación exclama: “Padre Abrahán”.

Moriremos según hayamos elegido vivir. La otra vida será plenitud de ésta. Por eso es tan importante tomar conciencia de lo que ahora estamos viviendo sin refugiarnos en la seguridad que nos da el ser hijos de Dios. Nos toca no sólo ser hijos, sino vivir como hijos y reconocer como hermanos a todos los demás. La cuaresma es un tiempo especial para ello experimentando nuestro vacío con el ayuno en todas sus formas, reconociendo la primacía de Dios en la oración y por la lectura asidua de su palabra y mirando al hermano necesitado con la limosna que se hace sentir, no bastando las migajas que se nos caigan de la mesa.

El problema del rico es que vive cerrado a la palabra de Dios. Quizá es una persona religiosa, pero cerrada a la palabra de Dios. Por eso dice el evangelista: es inútil que tenga una experiencia maravillosa, eso no le convertirá, pues si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Aprovechemos este tiempo cuaresmal para dejarnos hacer por la gracia estando abiertos a ella.

Domingo, 27 Noviembre 2016 20:24

MISERICORDIA ET MISERA

 

             Hace justo una semana se clausuró el año jubilar de la misericordia. Al día siguiente el papa Francisco hizo pública la carta apostólica Misericordia et misera como un plan de actuación para mantener vivo el espíritu del jubileo concluido. El papa manifiesta su expreso deseo de conservar los frutos de este año porque su orientación la considera esencial para la Iglesia en su caminar.

Varias son las ideas y peticiones que nos presenta. Recogeré aquí algunas de ellas que nos ayuden a profundizar y alimentar el espíritu de la misericordia empezando por la propia comunidad.

Comienza la carta poniéndonos dos imágenes significativas del evangelio: el encuentro de Jesús con la adúltera y el encuentro de la mujer pecadora con Jesús en la casa de Simón. En el primer caso quedan los dos solos, la miserable y la misericordia, como decía San Agustín. Este encuentro con la misericordia no puede ser algo esporádico en la Iglesia, sino que afecta a su misma esencia, su modo de ser, el reconocimiento de lo que verdaderamente somos frente a la misericordia de Dios. Sin esa experiencia no lograremos vivir plenamente aquello a lo que estamos destinados. Por eso la experiencia de la misericordia es algo que celebramos y vivimos continuamente en nuestras comunidades, en la liturgia, en los sacramentos y en las relaciones fraternas.

El papa quiere resaltar expresamente la misericordia plasmada en unas personas concretas y en un hecho determinado para afirmar que: “En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo. En este relato… no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús… ha leído su corazón… La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor”.

Estas afirmaciones son de un gran calado, pues de alguna manera son una forma de humanizar nuestra vivencia religiosa. Evidentemente no se cuestionan los dogmas y valores generales, pero sí se insiste en que hay que colocar en el centro al hombre en su relación con Dios, en su experiencia de la misericordia y el amor de Dios. Eso que les faltaba a los ancianos de la ley que sólo buscaban se aplicara a la mujer las normas y disciplina establecidas por la ley de Moisés. Eso que tampoco supo ver el fariseo Simón, que juzgaba a Jesús por dejarse tocar por una pecadora de mala fama. Eso mismo que a veces nos puede suceder a nosotros cuando nos olvidamos de la persona misma del hermano para parapetarnos en las exigencias de la ley, de lo que se debe hacer, condenando al otro para quitar de en medio aquello que nos perturba, olvidándonos de la misericordia que carga pacientemente con la debilidad del hermano tratando de buscar su salvación y no el propio bienestar ni la satisfacción del propio enfado o la sed de venganza.

El papa Francisco nos presenta esa Iglesia como un “hospital de campaña”. Y ya sabéis que en un hospital de campaña se reciben a todos los que llegan sin preguntar, sabiendo que vienen en muy mal estado y que los medios con los que se cuentan son precarios. Dicho hospital se caracteriza por estar en los lugares más complicados, en donde la gente recibe las heridas del combate de la vida. Por eso es tan importante no recluirse, no encerrarse en uno mismo para no complicarse la vida, no buscar simplemente que todo esté bien olvidándonos de la realidad de un hermano herido. El papa pone el acento en el amor y la misericordia, en las personas concretas que sufren, que pecan, que se alejan de Dios y a las que hay que acoger, atraer, hacer experimentar la misericordia de Dios para que recuperen la alegría de vivir y la esperanza.

No hay pecado tan grande que quede excluido de la misericordia de Dios. No, no lo hay. Como no hay acción negativa de un hermano que justifique una ruptura con él de corazón, un apartarle al rincón de los “imposibles”, de los que no tienen solución, de los que ya cargan con su propia sentencia. La esperanza nunca se apaga, aunque no por eso nos vayamos a engañar. Poco podemos hacer si la persona misma no quiere abrirse a la conversión tras experimentar la misericordia. Ese poco es la paciencia, y esa sí la debemos practicar en la misma medida con que Dios la practica con nosotros.

La experiencia de la misericordia da vida en forma de alegría. Tanto la adúltera como la pecadora se llenaron de una alegría que les abrió a la esperanza de una vida nueva. San Benito nos recuerda en su Regla que no quiere que ningún hermano se entristezca en el monasterio, que hay que evitar esto, pues la alegría del corazón es el reflejo más claro de vivir en el amor de Dios. No permitamos que nada nos quite la alegría, no dejemos entrar ese mal espíritu en nosotros, pues nos engaña y aleja de la experiencia del amor de Dios.

El papa nos recuerda que “en una cultura frecuentemente dominada por la técnica, se multiplican las forma de tristeza y soledad”. Por eso son tan “necesarios los testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales”. Esos paraísos en los que también nosotros podemos soñar en la vida religiosa, deseosos de seguridades o bienestar. Nada de eso nos da la verdadera alegría, ni siquiera el pretender tener un ánimo optimista. Sólo la alegría que brota de un corazón tocado por la misericordia es capaz de mantener firme nuestra casa sobre roca cuando vienen los vientos impetuosos o la noche oscurece la visión.

Cuando la adúltera escucha las palabras: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, la está llenando de esperanza, la invita a mirar hacia adelante con esperanza. Ese mirar hacia adelante conlleva un “haz tú lo mismo”, ten tú también misericordia de tu hermano, sé portador de la misericordia. Quien ha experimentado la mirada amorosa de Dios no puede permanecer indiferente, pues ella cambia la vida. El papa nos insiste en que el perdón de Dios borra completamente nuestros pecados hasta olvidarse de ellos. Por eso nos anima a revitalizar el sacramento de la reconciliación, encuentro con la misericordia de Dios. Experimentando ese perdón buscaremos hacer nosotros lo mismo. Así tendremos la experiencia vivida por la mujer pecadora que se encontró con Jesús en la casa de Simón: al que mucho se le perdona, mucho ama, y al que mucho ama, mucho se le perdona. El amor cubre la multitud de los pecados, nos dice la carta 1ª de Pedro. Y Jesús nos enseña a decir: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

¡Cuántas oportunidades tenemos a diario para “garantizar” nuestro perdón perdonando a los que nos ofenden! ¡Cuántas ocasiones desaprovechadas parapetándonos en lo que se debe hacer para no hacer nosotros lo que se nos ha mandado! Cuando quedamos encerrados en nosotros mismos incapaces de perdonar, la tristeza nos invade y se propaga a nuestro alrededor, venciendo el rencor, la rabia, la venganza. La vida se torna infeliz y se anula la alegría de la misericordia. Todo lo contrario sucede cuando es ésta la que reina en nuestras relaciones. Es entonces cuando la comunidad se transforma en testimonio vivo de la misericordia de Dios. Se hace atractiva por su alegría y humanidad. Evangeliza aunque no hable. Los que se acercan sentirán el gozo de vivir los hermanos unidos y un tesoro que no dan las cosas materiales.

La misericordia la hemos de vivir primeramente con los que nos rodean, luego con los que llaman a nuestra puerta y también debemos abrir los ojos para ver a los que la necesitan, aunque no metan ruido. Cuando hay fuego en nosotros debe inflamarnos e incendiar a nuestro alrededor. Esto puede suponer renunciar a algo de nosotros, compartir lo que tenemos, y eso siempre duele un poco. No os preocupéis, que todo se multiplicará aún sin buscarlo. ¿Y qué es lo que podemos compartir? Sin duda que nuestros bienes, pero sobre todo nuestras personas: cuando requieren nuestro tiempo, cuando nos trastocan nuestros planes, incluso cuando tenemos que compartir a algún hermano para ayudar a otros. Cierto que no estamos llamados a resolver los problemas de todos, pero ser misericordioso exige ejercer la misericordia con quien lo necesita. Si la comunidad recibe lo necesario, no debe importarle que otros también se beneficien de lo que ella tiene. Seamos evangelizadores desde esta vivencia de la misericordia ejercitando las obras de misericordia.