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Miércoles, 11 Abril 2018 19:45

Espiritualidad una y plural

El que todos los pueblos de la tierra tuvieran una lengua común podría resultar eficaz, pero restaría belleza y nos privaría de la multitud de matices que refleja el espíritu de cada cultura. Para transmitir una misma idea, cada pueblo lo hace con la cultura que lo configura, fruto de su propia historia, de su forma de ver las cosas o de comunicarlas. Sin duda que las diversas lenguas se influyen y enriquecen entre sí, pero el mantener su diversidad no sólo es algo que consolida la identidad de los pueblos que las hablan, sino que enriquece al conjunto, embelleciéndose con variedad de matices.

Igual sucede con la música. Cuando se escribe una composición musical se da la misma partitura a todos los músicos para que cada uno la interprete con su propio instrumento. Cada instrumento tiene su peculiaridad y su momento de intervención. Dos instrumentos podrían estar tocando las mismas notas a la vez, por ejemplo un violín y un piano, pero cada uno lo haría con un matiz y una sonoridad diferentes. No produce el mismo impacto un instrumento de cuerda que uno de viento o uno de percusión o uno electrónico. Buscar unir todos los sonidos en un solo artefacto que los englobara a la vez no sería lo mismo, además de perderse la identidad de cada instrumento, su sonoridad individual y hasta su forma y sensación al tacto.

Algo parecido sucede con la espiritualidad en nuestros días. Debido a muy diferentes causas, existe la tentación de unificar todo en una sola expresión que puede obstaculizar la identidad de cada tradición religiosa con su propia historia e idiosincrasia. La forma como se expresa cada una de ellas tiene detrás todo un contenido que conforma dicha expresión. Trasladar sin más ciertas expresiones propias de una tradición a otra, termina vaciándolas de significado o, al menos, lo puede distorsionar seriamente. Nadie lo duda: en el centro de la rueda todos los radios se encuentran, pero cada uno guarda su propia peculiaridad. Todos los radios se sujetan en el eje, pero el eje necesita los radios para llegar a toda la llanta, ocupando cada uno el lugar que le corresponde.

Cada tradición tiene su propia riqueza que debe profundizar. Quizá algún aspecto que esté más dormido en ella se despierte al contemplarlo en otra tradición, pero no se puede caer por ello en la imitación de unas formas cuya motivación es diversa. Por ejemplo, no es lo mismo renunciar a comer carne por creer en la reencarnación, que hacerlo por respeto a todo animal vivo o por considerar que dicho alimento genera unas pulsiones más agresivas que lo pueda hacer una dieta vegetariana. Como tampoco es lo mismo hacer determinados ejercicios físicos para vivenciar la unificación con la Naturaleza que hacerlo para alcanzar una armonía personal o, simplemente, para estar más en forma. Como tampoco es lo mismo la práctica de un silencio que trata de apaciguar la mente, buscando la no dualidad en la propia unificación, que vivir un silencio místico frente al tú de Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos, en una unidad sin confusión.

En el caso de los cristianos tenemos una gran riqueza que hemos de profundizar, pues ciertos aspectos muy valiosos pueden estar dormidos. Pero hay que hacerlo sin complejos, sin buscar el visto bueno de la espiritualidad dominante en la actualidad y de una cultura científica que tiende al agnosticismo y la secularidad. Siempre hay que intentar hacerse entender, presentando de forma atractiva e inteligible lo que se quiere comunicar como un bien para todos, pero sin que prevalezca la necesidad de la aceptación y el aplauso. No es bueno actuar demasiado preocupados por el futuro. Pero sería también un suicidio y una infidelidad no profundizar y anunciar el tesoro recibido. Dios sigue enviándonos profetas dentro y fuera de la Iglesia. La corriente espiritual de nuestro tiempo también es un grito del profeta que no podemos matar porque nos resulte incómodo, pero que tampoco nos debe llevar a perder nuestra propia identidad cristiana.

Hoy día la espiritualidad y la mística tienen un lugar incuestionable en nuestra experiencia más esencial y trascendente, pero no creo que ello suponga el fin de la religión. Esta no se extinguirá en favor de una espiritualidad pura, que busca lo común desde el silencio y el eclecticismo, tomando prácticas de aquí y de allá sin una conexión real con las raíces en donde surgieron. Cuando nos ponemos nosotros mismos en el centro de la espiritualidad, terminamos creando algo para nuestro propio consumo, bien sea sentimental, ritual o “más comprensible” para el gnosticismo actual y en sintonía con un agnosticismo que relega el tú de Dios. No hay que olvidar que eso está en la base de una espiritualidad más atractiva para los que se consideran agnósticos.

Para los cristianos la fe supone algo más que una experiencia espiritual sentimental o mística. El cristiano necesita celebrar su fe en Cristo Jesús, en su misterio pascual y en su evangelio, algo cargado de simbolismo, pero también de realidad.

Sábado, 06 Enero 2018 16:32

Relación con Dios en una oración contemplativa

Nuestra relación con Dios puede ser de muy diversas maneras. La relación contemplativa se caracteriza porque va más allá de los sentimientos cuando se hace unitiva y silenciosa, sin que ello signifique que se excluyan otras formas de relación más sensible, visual (imágenes), vocal o ritual. Todo tiene su momento. Pero como esta dimensión contemplativa suele estar más olvidada, es bueno recordarla.

Hay un centro que nos habita y sostiene, pero no siempre lo conocemos, pues nuestros sentidos sólo alcanzan a percibir lo que está fuera de nosotros. En nuestro centro habita el espíritu y sólo el espíritu lo reconoce. De ahí que la tradición mística cristiana insista en que para “ver” hay que cerrar los ojos, y para “oír” hay que acallar la mente, cerrar las puertas de los sentidos para unirnos a Aquél que habita en nosotros. Santa Teresa de Jesús nos invita a vivir esa experiencia de oración asidua, unitiva y esponsal en lo más interior de nosotros mismos cuando nos dice:

“Esta secreta unión pasa en el centro muy interior del alma, que debe ser donde está el mismo Dios y, a mi parecer, no necesita puerta por la que entre. Digo que no es menester puerta porque en todo lo que… pasa en la unión del matrimonio espiritual es muy diferente (a lo dicho hasta ahora): se aparece el Señor en este centro del alma sin visión imaginaria, sino intelectual, aunque más delicada que las dichas anteriormente… Es un secreto tan grande y una merced tan subida lo que comunica Dios allí al alma en un instante… por más subida manera que no por ninguna visión ni gusto espiritual” (Las Moradas, 7,2).

San Bernardo cuando nos habla de la curiosidad que estimula la vista y el oído, dice que es ella la que nos mantiene fuera de nosotros mismos, impidiéndonos tener esa experiencia (cf. Grados X, 28). La curiosidad nos puede llevar a apartarnos de la órbita de la verdad y entrar en la órbita de la ilusión. De hecho la oración contemplativa busca evitar toda curiosidad de los sentidos, acallando también los sentimientos para entrar en una vivencia del espíritu.

Dios es el tesoro escondido que nos pide el desprendimiento de otros pequeños tesoros para abordarlo directamente dentro de nosotros. Es el Maestro interior que necesita el silencio de los sentidos para ser escuchado. Para alcanzar el saber hemos de pasar por el no-saber. Cuando acallamos la parte sensitiva y racional, se agudiza el sentido del espíritu dentro de nosotros, como nos viene a decir San Juan de la Cruz al hablarnos de la noche oscura de los sentidos que deja la casa sosegada.

“En una noche oscura,

con ansias, en amores inflamada,

¡oh dichosa ventura!

Salí sin ser notada,

Estando ya mi casa sosegada”.

Y aclara: “Dice que (el alma) salía, estando ya su casa sosegada, que es la parte sensitiva; sosegados ya y dormidos los apetitos en ella… sin que ningún apetito… se lo pudiese estorbar” (Subida al Monte Carmelo, I, 1, 4). Y no sólo los apetitos, sino transitando la noche de la fe para el entendimiento, entrando en comunicación con Dios sólo en el espíritu. “De manera que, para venir el alma a unirse con la sabiduría de Dios, antes ha de ir no sabiendo que por saber” (SMC, I, 4, 5).

La teología suele buscar a Dios siguiendo un camino positivo y reflexivo. La mayoría de los creyentes trata de acercarse a Dios a través del conocimiento, la meditación y el sentimiento. El místico busca dirigirse a Dios abandonando todo eso para hacerlo desde el centro de su propio ser, de su anhelo más profundo, desde su no-saber para dejarse iluminar por el saber de Dios.

El buen carterista es el que consigue desviar la atención de su presa para poderle quitar la cartera sin problemas. El buen timador no es el que se dirige a nosotros con una mentira, sino el que nos dice algo verdadero a modo de cebo para engañarnos y desvalijarnos. Así hace con nosotros el mal espíritu cuando se asienta en nuestro mundo. Muchas cosas buenas y atractivas nos sugiere, pero la trampa está en que nos lo presenta como lo único importante, nos invita a mirar fuera y no dentro de nosotros, haciéndonos creer que perdemos inútilmente la vida si seguimos el camino del espíritu, cuando precisamente en él se robustece nuestro existir. Es lo que le pasa al que siendo templo del Espíritu lo desconoce.

En el camino de profundización en el propio interior no van a desaparecer nuestros pensamientos superfluos, pero sí podemos dejarles de prestar atención. Sólo el vaciamiento de las superficialidades nos encamina a nuestro yo auténtico. Y cuando nuestro yo profundo emerge, sentimos la unificación que nos va haciendo experimentar la unidad con la plenitud de Dios que todo lo abarca.

El camino que nos acerca más directamente a Dios no es el conocimiento, sino el amor, un amor más místico que sensitivo. A Dios podemos amarlo, pero no pensarlo. Los conceptos nunca nos revelan a Dios, pero el amor sí nos acerca a él. De ahí que quien busca a Dios en la oración deba dejar de lado todo pensamiento, sea malo o bueno. Para esto podemos ayudarnos también de alguna breve palabra significativa para nosotros que dicha repetitivamente ayude a desvanecer los pensamientos que nos distraen. El valor de esa palabra repetida estriba precisamente en su simplicidad. En la oración contemplativa todos los pensamientos terminan siendo un obstáculo por muy sublimes que sean. Los pensamientos sobre Dios nos pueden distraer de Dios mismo.

El libro “La Nube del No-Saber” nos propone una forma de realizar la oración de un modo contemplativo:

“Eleva tu corazón al Señor; con un suave movimiento de amor, deseándole por sí mismo y no por sus dones. Centra tu atención y deseo en él y deja que sea esta la única preocupación de tu mente y tu corazón. Haz todo lo que esté en tu mano para olvidar todo lo demás, procurando que tus pensamientos y deseos se vean libres de todo afecto a las criaturas del Señor o a sus asuntos tanto en general como en particular. Quizá pueda parecer una actitud irresponsable, pero, créeme, déjate guiar; no les prestes atención…

Es natural que al comienzo no sientas más que una especie de oscuridad sobre tu mente o, si se quiere, una nube del no-saber. Te parecerá que no conoces ni sientes nada a excepción de un puro impulso hacia Dios en las profundidades de tu ser. Hagas lo que hagas, esta oscuridad y esta nube se interpondrán entre tú y tu Dios. Te sentirás frustrado, ya que tu mente será incapaz de captarlo y tu corazón no disfrutará las delicias de su amor.

Pero aprende a permanecer en la oscuridad. Vuelve a ella tantas veces como puedas, dejando que tu espíritu grite en aquel a quien amas. Pues si en esta vida esperas sentir y ver a Dios tal y como es, ha de ser dentro de esta oscuridad y de esta nube. Pero si te esfuerzas en fijar tu amor en él olvidando todo lo demás –y en esto consiste la obra de la contemplación que te insto que emprendas-, tengo la confianza de que Dios en su bondad te dará una experiencia profunda de sí mismo” (La Nube del No-Saber, 3).

Para llegar a la luz de Dios hemos de ir por el camino del no-saber. Y para ello, en el momento de la oración contemplativa, primero hemos de tomar distancia de todo. Cualquier pensamiento que tengamos de Dios nunca será Dios mismo, pues nuestra mente nunca podrá comprender plenamente a Dios.

Domingo, 17 Septiembre 2017 15:09

Transmitid lo que habéis recibido

La mejor forma que tenemos de agradecer la vida que hemos recibido es transmitirla. Esa vida se nos da de múltiples formas. Es la vida biológica, pero también son los dones recibidos. El sabio que oculta su saber, retiene el flujo de la sabiduría recibida, dejando en la ignorancia a quien se pudo beneficiar de ella. Es lo que le sucede también a cualquier profesional, siendo especialmente doloroso en aquellos que hubieran podido ofrecer la salud al enfermo, la vista al que no ve, el camino saludable al que va errado o la esperanza al que carece de ella.

Jesús pidió a los cristianos que saliéramos por los caminos anunciando aquello que habíamos visto y oído. Jesús nos pidió dar a conocer lo que se nos ha dado a conocer. El que era manso y humilde de corazón no pretendía aumentar el número de sus seguidores para mostrar músculo, sino que deseaba ardientemente que todos nos beneficiáramos de su reino y de la felicidad que encierra. Es una actitud portadora de vida que mira hacia adelante con esperanza. Es una mirada de primavera –como nos dice el papa Francisco- y no de otoño, como el que está preocupado únicamente de recoger las velas y ponerlas a buen recaudo.

Los cristianos hemos de transmitir nuestra fe como el que da testimonio de algo que le hace feliz y da sentido a su existencia. Nunca como el que busca reclutar para ser un ejército más poderoso, ni como el que busca vender para sacar beneficio, ni como el que menosprecia otros caminos porque le resulta insufrible el que es diferente. Del mismo modo los que hemos recibido un carisma monástico hemos de hacer partícipes a otros de este gran don, haciendo ver su atractivo por lo atractivo que nos resulta a nosotros mismos y la vida que nos aporta.

A veces, es verdad, tienen que venir de fuera a despertarnos, quizá del lejano Oriente, de culturas milenarias o, incluso, jóvenes indignados ante la injusticia. No veamos un competidor en el que anuncia otros caminos de felicidad, sino un despertador de nuestra propia felicidad. Es lo que nos dice de forma plástica el siguiente relato:

“En Cracovia vivía hace mucho un judío pobre llamado Eisik que una noche en sueños recibió la orden de ir a Praga. Allí había un tesoro escondido bajo el puente del Rey, que él debería desenterrar y llevarse a casa. Sólo cuando el sueño se repitió otras dos veces, se puso en camino y marchó a Praga. Una vez allí, llegó fácilmente al puente del Rey, preguntando. Pero había guardia día y noche, y temió que lo apresaran si empezaba a excavar bajo el puente. ¿Qué hacer? Comenzó la búsqueda un poco alejado del puente. Cuando el jefe de guardia, que lo había visto en seguida, le preguntó que hacía, le contó el sueño. Lo primero que hizo el jefe de guardia fue reírse de él. Pero luego se puso serio y contó al judío que él había tenido un sueño parecido. Se le había dicho que en Cracovia, en la casa de un piadoso rabino llamado Eisik, detrás del horno había un tesoro escondido. No bien había oído éste su nombre, se despidió del jefe de guardia y se marchó apresuradamente a Cracovia. Llegado a casa, encontró en seguida el tesoro en su propio cuarto detrás del horno” (H.M.Enomiya-Lasalle, El zen entre cristianos, pp. 39-40, relato tomado de M. Eliade)

Sí, a veces algunos han dicho: “Conocer el budismo me ha hecho mejor cristiano”. Esto puede resultar desconcertante, pero expresa la realidad de algunas personas. Por algo el mismo concilio Vaticano II nos decía para desconcierto de algunos: “Consideren atentamente la manera de incorporar a la vida religiosa cristiana las tradiciones ascéticas y contemplativas, cuyas semillas ha esparcido Dios algunas veces en las antiguas culturas antes de la predicación del Evangelio” (Ad Gentes, 18). También los discípulos de Jesús se inquietaban frente a aquellos que hacían milagros y no eran de su grupo, por lo que tuvieron que escuchar de boca del Maestro: No os preocupéis que quien no está contra vosotros, está con vosotros (Lc 9, 49-50; Mc 9, 38-40).

Aprovechemos lo bueno que puedan tener los demás para redescubrir mejor nuestro propio tesoro y ofrezcámoslo con orgullo y sencillez para que otros se puedan beneficiar de él. No nos quedemos frenados por los errores pasados o más recientes que haya podido tener la Iglesia. No nos enredemos tampoco en defensas teóricas de dogmas inaceptables cuando se carece de fe. Basta con testimoniar en todo momento con nuestra propia vida que somos discípulos de Jesús.

Ofrezcamos con humildad el tesoro que se nos ha confiado. Salgamos de nuestros refugios para compartir lo que hemos recibido. No tengamos miedo, que el Espíritu nos sostiene. No tengamos complejo, que la esencia de lo que ofrecemos es de gran calidad. No callemos por miedo a expresarnos torpemente, que es el Señor, y no nosotros, quien habla al corazón, cuando nuestra boca habla de lo que habita dentro de nosotros. Lo único que nos debe preocupar es tratar de vivir lo que anunciamos, pues nadie da lo que no tiene. Esto es especialmente cierto cuando invitamos a otros a tener una experiencia del Dios vivo en el silencio del corazón. Sólo el corazón silenciado por un vacío habitado puede anunciarlo creíblemente.