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Miércoles, 31 Octubre 2018 14:57

La Inundación como lección y acción de gracias

Hace poco alguien preguntó que si los monjes habíamos percibido la inundación que sufrimos en septiembre como un castigo de Dios. Me quedé un poco perplejo, pues en ningún momento lo percibí así. Sin duda que la inundación que hemos tenido ha sido muy dañina, que en una hora nos ha puesto todo patas arriba, llevándose por delante muchas cosas, pero no considero en absoluto que haya sido un castigo de Dios, pues, además, la justicia de Dios no se parece en absoluto a la de los hombres, que parece buscar más la venganza, la satisfacción de la propia ira, que la transformación del pecador.

Para mí toda situación que se nos presenta es una oportunidad. Oportunidad para saber responder en las alegrías y en las penas, en la fortuna y en la calamidad. Todo momento es una ocasión para comprobar lo que verdaderamente habita en nuestro corazón y poner a prueba nuestros recursos interiores. La fortuna nos alegra y la desgracia nos entristece, pero nosotros no somos ni la una ni la otra. Ponernos en sus manos es vender nuestra alma a otro. No es bueno embobarse cuando las cosas van bien, pues nos dormiremos y correremos grave peligro. No es bueno abatirse en demasía cuando las cosas van mal, pues nos quitará las fuerzas que necesitamos para salir adelante. Ni lo primero nos hace más que los demás ni lo segundo nos hace inferiores a nadie. Vivir así nos da libertad y nos robustece, pues no dependeremos de los acontecimientos ni de los demás, ni siquiera de nuestros propios sentimientos.

Varias son las lecciones que nos ha ofrecido la inundación.

En primer lugar constatamos que las catástrofes son dolorosas, pero ayudan a sacar lo mejor de uno mismo. Como un parto que hace pasar por el dolor para gozarse finalmente con el fruto de vida que surge en él. Un llanto que nos llena de alegría.

Nos impulsa a trabajar mirando al frente, a la necesidad real que ha surgido, olvidándonos de nosotros mismos, sin tiempo para mirarnos el ombligo. El dolor intenso si nos cortan una mano nos hace olvidar las pequeñas molestias que teníamos y diluye los pensamientos absurdos que nos marean, las preocupaciones vacías de lo que los demás puedan pensar de nosotros o el temor imaginario a un futuro incierto que se disipa ante el dolor presente.

Nos une en un proyecto común real, no inventado, en el que todos nos sentimos implicados y sabemos que nuestro trabajo es importante para los demás y va a tener una repercusión real en la rapidez con que solucionemos el problema. No es algo que se nos encomienda para estar ocupados, sino que nos ocupamos motivadamente porque es una necesidad real. Las necesidades reales generan gran solidaridad, sin caer en la mezquindad de compararnos por ver si el otro trabaja más o menos que yo.

Nos permite ser más humildes, teniendo que pedir ayuda y dejándonos ayudar. Esto es muy importante, pues dentro del mundo clerical tendemos a situarnos por encima, esperando que los otros reclamen nuestra ayuda para ayudarles o no, según nuestra disponibilidad y benevolencia, lo que nos hace sentir bien e importantes, pero nos puede encerrar en un halo de soberbia que endurezca nuestro corazón y nos aleje de los demás.

La actitud generosa y entregada de la gente ha sido para nosotros una gran lección. No basta con conmoverse, sino que hay que moverse para ayudar en la necesidad concreta. En estos momentos muchos prejuicios se vienen abajo, al constatar el buen corazón de la gente y su entrega más allá de las ideas que se puedan tener. Llama la atención esa disponibilidad a posponer los intereses personales para ayudar al otro. ¿Qué decir de ese matrimonio que se iba a marchar el lunes para tomar sus vacaciones y se quedó para ayudarnos toda la semana en las labores de limpieza del monasterio? ¿Qué decir de los profesionales del pueblo que han aparcado sus trabajos para ayudarnos “porque era lo que había que hacer”, sin cuestionarse nada más ni decir: “yo no puedo, que lo hagan los que están más liberados”? Forma clara de vivir la parábola del buen samaritano que quizá algunos desconocen, pero la cumplieron. ¿Qué decir de los que han venido expresamente de fuera para ayudarnos, incluso con sus niños? ¿Qué decir de su empeño por seguir trabajando los días de fiesta, sin preocuparles si estaban o no los monjes presentes o si nos habíamos ido a rezar? ¿Qué decir de su empeño por trabajar sin escudarse en que no tenían herramientas o en que ya habían acabado o en que no había una buena organización? Ellos mismos buscaban la herramienta, iban a sus casas o las pedían al vecino. Ellos mismos trataban de organizarse o buscaban otro lugar donde ayudar cuando en el suyo ya no había necesidad. ¡Gran lección para cuando nos sentimos tentados de escaquearnos mirando a otro lado! ¿Qué decir de la sensibilidad de las mujeres atentas a que no nos faltara comida al carecer de cocina, especialmente nuestras hermanas del Sgdo Corazón? ¿Qué decir de tantos amigos, familiares, fraternos, huéspedes, comunidades hermanas y hasta proveedores que han colaborado de una u otra forma según sus posibilidades? ¿Qué les ha movido a todos? Sin duda la bondad que llevan en el corazón, pero también el amor de Dios que lo vemos reflejado en todo ello.

Es de admirar tanta gratuidad que nosotros hemos sabido acoger con sencillez y humildad. Dejarse ayudar mejora las relaciones y hace sentirse bien al que ofrece su ayuda, máxime habiendo sido un daño compartido por muchos vecinos. Es admirable el que los que ayudan se sientan confundidos cuando se les ofrece algún regalo, pues no esperan nada a cambio, sino que están convencidos de estar haciendo lo que tienen que hacer: atender a la necesidad de un necesitado.

Por otro lado, también ha sido hermosa la actitud de la comunidad dando testimonio con la paz y serenidad con que hemos afrontado la situación, sin muestras de gran preocupación por las pérdidas materiales o por el futuro, trabajando codo a codo con los demás.

Todo esto nos ayuda a vivir desde la fe, recordando las palabras del salmista: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles… Es inútil… que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen! Lo que estamos viviendo es una prueba clara de ello que nos invita a confiar y estar tranquilos. Aquello que parece ser una terrible calamidad se puede transformar en una bendición. Aprender a tener esa mirada de fe aún en las cosas pequeñas nos ayuda a vivir con alegría, confianza y en paz.

Verdaderamente nadie se puede sentir mejor que los demás. Lo más importante es la bondad del corazón, no el título que se ostente. Recordemos aquellas palabras del Señor: Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa, mientras que los invitados serán echados fuera. No basta con saberse hijos de Abraham, sino vivir según el evangelio. No olvidemos la lección.

Domingo, 22 Julio 2018 19:28

            Hay algo dentro de nosotros que nos impulsa a construir, es un deseo natural que experimentamos como prolongación de la obra creadora de Dios.

En la Biblia aparece con frecuencia el tema de la construcción, del edificio que se va levantando. Se construyen casas y ciudades para habitar, se edifica un templo para que habite Dios en medio del pueblo. Pero también se construye una familia o un grupo humano. Son muchas las cosas que podemos hacer, pero hay una a la que damos prioridad: tener una casa. ¡Ay de los que carecen de casa! ¡Ay de los que no tienen un techo donde cobijarse! Tener una casa nos da seguridad y nos ayuda a mantener una estabilidad interior con dignidad. Somos indigentes y necesitamos protección. El hombre se gestó cobijado en el seno materno y necesita una casa donde seguir cobijado.

Vivir a la intemperie es como estar desnudos, hace experimentar la vulnerabilidad, la indefensión. Y, sin embargo, Jesús se nos presenta en contraste con los pájaros que tienen nidos o las zorras madrigueras, él no tiene dónde reclinar su cabeza (Mt 8, 20). Es obvio que nos está hablando metafóricamente, pues gozó de una familia, de una casa sencilla en Nazaret y de la casa de sus discípulos.

Jesús nos invita a que edifiquemos una casa para nosotros que es aún más importante que la material: nuestra propia casa, a nosotros mismos. Esa casa nadie nos la puede construir, sólo nosotros la podemos levantar o, al menos, no se edificará sin nosotros. Es nuestra propia casa, nuestra realidad personal. Y tenemos que estar atentos a cómo la construimos.

Bien sabemos que antes de comenzar a levantar la casa hemos de profundizar en los cimientos. Jesús nos recuerda que a veces edificamos sobre arena, y nos aconseja hacerlo sobre roca: El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande. (Mt 7, 24-26). Esto nos lo dice Jesús justamente al concluir el sermón de la montaña, la nueva “ley”, los mandamientos que nos abren las puertas de la casa del Padre.

            San Pablo avisa igualmente: ¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. (1 Cor 3, 10ss). Somos libres de elegir cómo deseamos construir nuestra casa.

En otro pasaje, donde Jesús nos habla sobre las condiciones para ser su discípulo, nos invita a examinar antes de ponernos a construir una torre si tendremos suficiente para acabarla y que no se rían de nosotros. Lo curioso es observar de qué fondos nos está hablando Jesús, cuál es la cuenta corriente tan abultada que tenemos que tener antes de ponernos a construir. Pues bien, ese capital inicial que nos dará seguridad para acabar la torre no es otro que el renunciar a todo: Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío (Lc 14, 33). Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 26-27).

Nuestro tesoro y nuestro cimiento están en nuestra desapropiación. Nuestra fuerza está en nuestra debilidad abrazada pacíficamente. Nuestra seguridad está en estar dispuestos a abandonar toda seguridad. Nuestra victoria está en aceptar la aparente derrota diaria que brota de un amor que vence el mal a fuerza de bien. Es la fuerza de los mansos, el tesoro de los pobres, la sabiduría de los sencillos que les hace parecer necios a los ojos de los que creen controlar su vida. Es estar dispuestos a dar -renunciar nos dice Jesús- el propio tesoro, las propias seguridades, para sostenerse sólo en la fuerza de la palabra dicha por alguien en quien se confía y al que se ama. Es la diferencia de edificar sobre cosas que parecen sólidas, pero son arenosas, a edificar sobre la intangibilidad del amor y la confianza, que terminan siendo una verdadera roca, pues son la forma de vivir desde el Espíritu de Jesús.

Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles, nos dice el salmo 126. Nuestra ineptitud como albañiles hace que Dios salga al paso en nuestra vida y él construya y reconstruya nuestra casa, haciendo una obra admirable ante nuestros ojos, convirtiéndose en nosotros en piedra angular, roca sobre la que edificar. Por eso no debemos desesperar. A veces tomamos conciencia del tiempo perdido, de lo abandonada que tenemos nuestra casa, de que los años van pasando, y nos entra la tentación de tirar la toalla culpabilizándonos de nuestros actos. Pero la invitación del Señor sigue ahí. No importa el tiempo, no importan las arrugas ni las canas, basta con que hoy digamos: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Y olvidados de nosotros mismos retomemos el camino de la gracia, del abandono, de la confianza, de estar dispuestos a dar la vida en las cosas pequeñas de cada día, en cada momento, sin esperar a mañana. Nuestra casa necesita la entrega generosa de hoy para que se vaya edificando.

Nuestra verdadera casa es obra del Espíritu, aunque nosotros seamos colaboradores necesarios (1Cor 3, 9). Tampoco podemos construirla en solitario, simple y llanamente porque fuimos creados en grupo, en comunidad, a imagen de la relación trinitaria. Ser conscientes de eso nos permite tomar conciencia de la parte y del todo a un mismo tiempo. Nos edificamos mientras nos edifican y contribuimos a la edificación de otros mientras nos edificamos. Es la realidad comunitaria. La comunidad nos ayuda a tomar conciencia que lo que somos es para los demás: recibimos sin apropiarnos y lo damos sin perderlo. Tomar conciencia de eso nos ofrece la libertad de los que nada temen perder porque todo lo dan, recibiendo en esa entrega el cimiento más sólido para la construcción de su casa, el cimiento del amor de Dios.

Estamos llamados a colaborar en la edificación del cuerpo de Cristo que no sólo soy yo, sino la Iglesia, la humanidad y nuestra comunidad. Quien pone otro cimiento diferente a Cristo se arriesga a que se le caiga todo el edificio. ¿En qué consiste poner otro cimiento diferente? ¿Podemos llegar a hacer eso nosotros? El salmo nos dice que sí: La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular (sal. 117, 22; Mt 21, 41s). Se rechazó el estilo de vida de Jesús y al mismo Jesús, prefiriendo otros estilos más mundanos, más rentables, más atractivos, más poderosos. Falsa espiritualidad que no alcanza a construir la propia casa es la que se levanta sin haberse cimentado primero.

Jesús es el nuevo edificio, el nuevo templo que sustituye al antiguo. El templo judío fue considerado como “el templo del Señor, el templo del Señor”, pero fue un edificio demasiado humano, por lo que se anunció su demolición. Se había transformado en cueva de ladrones que sólo buscaban lo suyo, decía el profeta Jeremías (Jer 7, 11). ¡Tan grande!, ¡tan hermoso!, se vino estrepitosamente abajo. Nuestra casa no se vendrá abajo si lo que nos mueve son los sentimientos de Cristo y seguimos sus pasos aunque nos haga sentir el dolor de la renuncia a nosotros mismos. Dolor intenso, pero breve: Destruid este templo y en tres días lo levantaré (Jn 2, 19-22).

Miércoles, 11 Abril 2018 19:45

Espiritualidad una y plural

El que todos los pueblos de la tierra tuvieran una lengua común podría resultar eficaz, pero restaría belleza y nos privaría de la multitud de matices que refleja el espíritu de cada cultura. Para transmitir una misma idea, cada pueblo lo hace con la cultura que lo configura, fruto de su propia historia, de su forma de ver las cosas o de comunicarlas. Sin duda que las diversas lenguas se influyen y enriquecen entre sí, pero el mantener su diversidad no sólo es algo que consolida la identidad de los pueblos que las hablan, sino que enriquece al conjunto, embelleciéndose con variedad de matices.

Igual sucede con la música. Cuando se escribe una composición musical se da la misma partitura a todos los músicos para que cada uno la interprete con su propio instrumento. Cada instrumento tiene su peculiaridad y su momento de intervención. Dos instrumentos podrían estar tocando las mismas notas a la vez, por ejemplo un violín y un piano, pero cada uno lo haría con un matiz y una sonoridad diferentes. No produce el mismo impacto un instrumento de cuerda que uno de viento o uno de percusión o uno electrónico. Buscar unir todos los sonidos en un solo artefacto que los englobara a la vez no sería lo mismo, además de perderse la identidad de cada instrumento, su sonoridad individual y hasta su forma y sensación al tacto.

Algo parecido sucede con la espiritualidad en nuestros días. Debido a muy diferentes causas, existe la tentación de unificar todo en una sola expresión que puede obstaculizar la identidad de cada tradición religiosa con su propia historia e idiosincrasia. La forma como se expresa cada una de ellas tiene detrás todo un contenido que conforma dicha expresión. Trasladar sin más ciertas expresiones propias de una tradición a otra, termina vaciándolas de significado o, al menos, lo puede distorsionar seriamente. Nadie lo duda: en el centro de la rueda todos los radios se encuentran, pero cada uno guarda su propia peculiaridad. Todos los radios se sujetan en el eje, pero el eje necesita los radios para llegar a toda la llanta, ocupando cada uno el lugar que le corresponde.

Cada tradición tiene su propia riqueza que debe profundizar. Quizá algún aspecto que esté más dormido en ella se despierte al contemplarlo en otra tradición, pero no se puede caer por ello en la imitación de unas formas cuya motivación es diversa. Por ejemplo, no es lo mismo renunciar a comer carne por creer en la reencarnación, que hacerlo por respeto a todo animal vivo o por considerar que dicho alimento genera unas pulsiones más agresivas que lo pueda hacer una dieta vegetariana. Como tampoco es lo mismo hacer determinados ejercicios físicos para vivenciar la unificación con la Naturaleza que hacerlo para alcanzar una armonía personal o, simplemente, para estar más en forma. Como tampoco es lo mismo la práctica de un silencio que trata de apaciguar la mente, buscando la no dualidad en la propia unificación, que vivir un silencio místico frente al tú de Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos, en una unidad sin confusión.

En el caso de los cristianos tenemos una gran riqueza que hemos de profundizar, pues ciertos aspectos muy valiosos pueden estar dormidos. Pero hay que hacerlo sin complejos, sin buscar el visto bueno de la espiritualidad dominante en la actualidad y de una cultura científica que tiende al agnosticismo y la secularidad. Siempre hay que intentar hacerse entender, presentando de forma atractiva e inteligible lo que se quiere comunicar como un bien para todos, pero sin que prevalezca la necesidad de la aceptación y el aplauso. No es bueno actuar demasiado preocupados por el futuro. Pero sería también un suicidio y una infidelidad no profundizar y anunciar el tesoro recibido. Dios sigue enviándonos profetas dentro y fuera de la Iglesia. La corriente espiritual de nuestro tiempo también es un grito del profeta que no podemos matar porque nos resulte incómodo, pero que tampoco nos debe llevar a perder nuestra propia identidad cristiana.

Hoy día la espiritualidad y la mística tienen un lugar incuestionable en nuestra experiencia más esencial y trascendente, pero no creo que ello suponga el fin de la religión. Esta no se extinguirá en favor de una espiritualidad pura, que busca lo común desde el silencio y el eclecticismo, tomando prácticas de aquí y de allá sin una conexión real con las raíces en donde surgieron. Cuando nos ponemos nosotros mismos en el centro de la espiritualidad, terminamos creando algo para nuestro propio consumo, bien sea sentimental, ritual o “más comprensible” para el gnosticismo actual y en sintonía con un agnosticismo que relega el tú de Dios. No hay que olvidar que eso está en la base de una espiritualidad más atractiva para los que se consideran agnósticos.

Para los cristianos la fe supone algo más que una experiencia espiritual sentimental o mística. El cristiano necesita celebrar su fe en Cristo Jesús, en su misterio pascual y en su evangelio, algo cargado de simbolismo, pero también de realidad.