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Cuando, por tren o carretera y siguiendo el curso del Jalón, afluente del Ebro, y dejando a la derecha la villa de Arcos de Jalón, se sale al campo abierto, árido y pobre en vegetación, a unos cuantos kilómetros se encuentra, todavía en la provincia de Soria, la pequeña villa de Santa María de Huerta; en medio la mole imponente y cálida del monasterio del mismo nombre. El acceso al monasterio es fácil y cómodo, a medio camino entre Madrid y Zaragoza y a unos ochenta kilómetros de la capital de provincia. Al llegar al lugar, los primitivos monjes se encontraron con un pequeño poblado, la aldea de Huerta, que desapareció muy pronto. El actual pueblo de Huerta surgió alrededor del monasterio, como grupo de arrendatarios de los monjes y bajo la dependencia espiritual y temporal de los mismos; era el Barrio de Huerta, y se mantuvo hasta la exclaustración de 1835. Huerta adquiere el título de Villa y se le antepone el de Santa María, hacia 1850. El núcleo geográfico-humano de Santa María de Huerta tiene notas especiales. El valle del Jalón, ya desde la misma prehistoria, es una vía importante de comunicación y un lugar de asentamientos humanos. Los vestigios arqueológicos lo revelan. Si Huerta, cuando llegan los monjes, es un pequeño poblado, la arqueología de la zona supone un aglomerado anterior y de mayor envergadura. Los restos de varios castillos de los alrededores lo detectan.

Breves rasgos históricos de la Orden de Císter

El monasterio de Santa María de Huerta ha sido cisterciense siempre, salvo desde la exclaustración de 1835 a la restauración de l930, y ha seguido todas las vicisitudes de la historia de la Orden. Cuando a finales del siglo XI, un grupo de monjes se escinde de la comunidad cluniacense de Molesmes, en la Borgoña (Francia), se está produciendo una corriente social y espiritual muy movida de experiencias y proyectos. El retorno al Evangelio, la pobreza y el retiro del mundo o vida eremítica, condensan las líneas de esta corriente espiritual. Roberto con 21 monjes sale de Molesmes en 1098 y se dirige al lugar de Císter; aquí puede Roberto realizar sus ideales de una auténtica vida monástico-benedictina, aunque al poco tiempo, es obligado por el Papa a retornar a Molesmes, con parte del grupo inicial,. Le sucede Alberico, quien muere a los pocos años. Las dificultades económicas y de personal cambian radicalmente cuando empieza su abadiato el tercer abad, Esteban Harding (1110), e ingresa Bernardo de Claraval con un buen contingente de postulantes (1113); en esta última fecha se realiza la primera fundación de Císter. Císter nace de un deseo de autenticidad y de radicalidad evangélicas y de un afán de soledad y de retiro del mundo. La pobreza, más radicalizada en Bernardo, se cifra en la sencillez y el despojamiento en la búsqueda de Dios que refleja el arte cisterciense, y en el trabajo manual, como signo de liberación y del ganarse el pan con sus propias manos.

Otras notas de su espiritualidad son el humanismo, la atención al hombre en su relación personal con Dios, la búsqueda de Dios en la escuela del amor fraterno. Por afán de soledad y de vida enclaustrada, los monjes acogen a laicos, salidos de estamento inferior de la sociedad, para que se dediquen al cuidado de la granjas alejadas del monasterio; son los hermanos conversos. A pesar de los inicios tan precarios, la Orden se expande con fuerza y rapidez. De 1113 a 1115 se llevan a cabo cuatro fundaciones, los proto-monasterios de la Orden, la Ferté, Pontigny, Claraval y Morimond. En 1134 son ya casi un centenar, y varios centenares cuando muere en 1153 san Bernardo, el gran artífice y catalizador de este gran crecimiento. La expansión abarca 2 también a la Península ibérica. Ante este hecho, los padres de Císter ofrecen dos documentos básicos: el Exordio Parvo, que recoge la intención inicial, y la Carta de Caridad, que presenta la estructura íntima de la Orden y ordena la relación de los monasterios entre sí, basada en la caridad, por los lazos de paternidad/maternidad y filiación.

La Orden entra en la Península ibérica hacia 1140; se desconoce cuál fue el primer cenobio cisterciense hispano. De las cinco Casas primitivas, Císter y los cuatro protomonasterios, fueron Claraval y Morimond quienes principalmente se repartieron las fundaciones en los reinos peninsulares; Císter solamente atendió a alguna petición de compromiso. Claraval fundó directamente 12 monasterios en el oeste peninsular: Sobrado, Osera, Melón, Monfero, Armenteira, Montederramo, Acebeiro y Oya, en Galicia; Moreruela, Valparaiso y Sandoval en León; La Espina en Castilla. También a través de sus filiales francesas, Fontfroide y Grand Selve, fundó los monasterios catalanes de Poblet y Santes Creus. Casi todas las fundaciones de la línea de Morimond se realizaron a través de sus filiaciones pirenaicas. A Scala Dei pertenecen los monasterios navarros de Fitero y La Oliva; Veruela en Aragón; Bujedo, Sacramenia y Montsalud en Castilla. Filiaciones de Berdous son los castellanos de Huerta, Valbuena y Óvila. Cristá funda Matallana en dicho reino; y Gimond, el aragonés de Rueda. El resto de los monasterios son filiaciones de abadías peninsulares. De todos ellos, Huerta, La Oliva, Poblet, Osera, Sobrado, Armenteira (hoy habitado por monjas) y el asturiano de Valdediós son los únicos en que ha vuelto a renacer, tras la desamortización del XIX, la vida monástica cisterciense.