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Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

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Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

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Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

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Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad

Monasterio Cisterciense Santa María de Huerta

Jornada Mundial de la Juventud – (Madrid 2011)

 

 

Finalmente no fue publicado, pero sí lo colgué en nuestra web (“reflexiones”) 

Aprovechando que nuestro monasterio es visitado por la cruz y el icono de la Jornada Mundial de la Juventud, quisiera reflexionar sobre el acontecimiento que tendrá lugar el mes que viene en Madrid, y que no deja indiferente a casi nadie, lo que lo hace especialmente significativo. 

Hay quien critica la JMJ y hay quien la ensalza. Se critica porque lo que cuesta se podría haber reunido y dárselo a los pobres; porque se acude a los ricos para buscar dinero; porque éstos aprovechan la ley de mecenazgo para desgravar en los impuestos parte de lo que dan; porque es un montaje muy grande que parece desentonar en un tiempo de crisis y con la sencillez del evangelio; porque se puede utilizar con intención de “sacar músculo” y mostrar el peso de lo religioso sirviéndose de la presencia masiva de los nuevos movimientos y maquillando la realidad; porque se utilizan locales públicos para acoger a los visitantes; porque algunos funcionarios no podrán disfrutar esos días de agosto de descanso, etc. 

Los que la apoyan dicen que a los pobres siempre los tenemos y debemos compartir nuestros bienes con ellos, pero eso no impide tener otras iniciativas. Para éstos, el que Jesús de Nazaret viviese en una casa pequeña no significa que sólo hagamos casas pequeñas si lo que pretendemos es meter en ellas a mucha gente. El tiempo en que vivimos, caracterizado por un mundo visto como aldea global, el gran poder de los medios de comunicación, el intercambio cultural entre los pueblos y la movilidad de los jóvenes que no les importa ir a un macroconcierto en cualquier parte del mundo, parecen propiciar también encuentros internacionales de tipo religioso. Se considera una gran ocasión de evangelización, mostrando un rostro rejuvenecido de la Iglesia que pueda estimular a jóvenes desanimados o desmotivados. Incluso, aunque ese no sea el fin que se busca, es incuestionable el beneficio económico que supone para Madrid y para España, además de otros beneficios intangibles de tipo cultural, de imagen, de conocimiento del país, creando lazos de amistad al compartir unos días con otras familias, practicando la acogida y la hospitalidad y recogiendo los frutos que estos valores propician. Más de 20.000 voluntarios y muchos colaboradores se encargarán del evento. No obstante, es probable que algunos funcionarios, como policías, guardias de tráfico, bomberos, etc., tengan que estar presentes como en cualquier otro acontecimiento importante, debiendo tomar sus vacaciones en otro momento; como es seguro que lo harán multitud de comerciantes de forma voluntaria, más en estos momentos de crisis. 

Más allá de los puntos de vista diversos, no podemos quedarnos sentados discutiendo si son galgos o podencos, si es mejor lo grande o lo pequeño, si la caridad debe ejercitarse ante la necesidad inmediata o afrontando los grandes males estructurales de la sociedad. Sin duda que encontraremos actitudes muy sinceras y comprometidas junto a otras intenciones más espurias. Sea lo que fuere, es una buena ocasión para seguir el pragmatismo paulino cuando nos dice: Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos; con los que están bajo la ley me he hecho como bajo ley, no estando yo bajo ley; con los que no tienen ley me he hecho como quien no tiene ley, no siendo yo alguien que no tiene ley de Dios, sino alguien que vive en la ley de Cristo, para ganar a los que no tienen ley. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles, me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del evangelio, para participar yo también de sus bienes (1Cor 9, 19-23). 

Los jóvenes tienen derecho a que les llegue la Buena Noticia por cualquier camino honesto. Y la Buena Noticia es que Cristo ha vencido a la muerte, cualquier tipo de muerte (física, moral, espiritual), y nos hace copartícipes de esa victoria si creemos en él y nos abrimos a su evangelio del amor. Muchos vendrán a la JMJ esperando ser acogidos. Nuestra acogida sincera, dejando de lado visiones partidistas, es lo que les llegará al corazón, no nuestras sensibilidades particulares que transformamos en ideologías cuando dejamos que nos sometan. 

Cuidemos lo pequeño y que no nos asuste lo grande. Quien siembra tacañamente no puede esperar la abundante cosecha del que siembra con generosidad. Sin duda que el evangelio tiene su mayor consistencia en la fuerza de la debilidad, en la levadura que hace fermentar toda la masa. Pero esa pequeñez sabe hacerse grande cuando se desborda, como la multitud que seguía a Jesús y a la que no quiso dispersar, sino que alimentó con los panes y los peces que ofrecieron los discípulos. Vivir la fuerza de la debilidad y la riqueza evangélica de la pobreza, no nos puede reducir a una visión estrecha y un tanto “monjil” de las mismas, que obsesionado en lo pequeño se olvida de lo grande; aunque tengamos que estar atentos para no prostituir el evangelio anunciándonos más a nosotros mismos que al Señor. 

Ya sería verdaderamente extraño que un hecho de tal envergadura no fuera aplaudido o criticado. Cada cual hablará según le dicte su corazón y sus intereses. Eso sí, no deja de llamarme la atención lo que el otro día pude oír en un importante medio de comunicación. Hablaban de la manifestación del “Orgullo Gay” y cómo se jactaban de esperar a más de un millón de participantes (¡!) y producir un beneficio económico para Madrid de unos 110 millones de euros (¡!). Pues bien, todos parecían contentos y no escuché crítica alguna. Muy al contrario, la manifestación estaba encabezada por diversos dirigentes sindicales y políticos -incluso alguna que otra ministra-, sin mayor preocupación. Una vez escuché decir a uno que los cristianos parece que estamos un poco idiotizados. Yo no llegaría a decir tanto, pero sí que podemos revisar los frenos que nos ponemos desde una lectura restringida del evangelio y del espíritu abierto de un concilio ya lejano. Mostrar un honesto orgullo por lo que somos no va contra nadie, simplemente puede contagiar.

Como si no…

 

 El que no tiene “vive” la pobreza, pero sólo quien no se aferra a lo que tiene “es” pobre. Quien no se aferra y lo demuestra, claro está. Es más fácil vivir que ser, aunque no sea por ello más grato. “Vivir” pobre es fácil porque no hay que esforzarse mucho para conseguirlo, simplemente nos cae encima. Ser fácil no significa que sea agradable. Vivir pobre es terriblemente desagradable aunque sea fácil, pues normalmente es algo no querido, sino impuesto, sin habernos pedido permiso. Ser pobre, sin embargo, supone una gran purificación, un esfuerzo considerable de renuncia y edificación interior, pero que, si se alcanza, hace grato lo que tanto esfuerzo ha costado. 

¿Cómo saber si lo hemos alcanzado? En primer lugar veamos cómo funciona el corazón humano. Imaginemos que nos toca un premio de 500.000 euros para nosotros solos. ¿Cómo lo recibimos? Sin duda que con gran alegría. Imaginemos ahora otro escenario en el que lo que nos toca son 5 millones de euros. Estoy seguro que la alegría es desbordante. Comenzamos a pensar lo que podemos hacer con tanto dinero: quitar trampas, hipotecas, comprar cosas que siempre habíamos deseado, hacer algunos viajes… Incluso estaríamos dispuestos a ayudar a algún conocido que nos lo pide, dar regalos a gente querida, también alguna limosna,… Esos pensamientos nos hacen sentirnos bien, importantes, seguros de nosotros mismos, hasta magnánimos. Pero a los dos días de estar saboreando estas mieles nos comunican que han aparecido otros cuatro acertantes y que el premio lo hemos de dividir entre los cinco, es decir, que “sólo” nos toca un millón de euros. ¿Qué sentimientos nos vienen? La verdad es que no lo sé, porque nunca me ha sucedido, pero haciendo la trasposición desde otras experiencias menores, deduzco que se me iba a escapar algún enfado. ¡Gano un millón de euros y encima me enfado! Pero es que, además, al cabo de una semana me informan que el 40% se lo lleva Hacienda, y que yo sólo puedo disfrutar de 600.000 euros ¿Es posible que me enoje ganando esta cantidad, superior a los 500.000 euros que me habían hecho feliz en el primer caso? 

Este ejemplo revela lo que hay en nuestro corazón y dónde está la raíz de la felicidad y la infelicidad. La felicidad no está en las cosas sino en nuestra disposición frente a las cosas. Cuando disfrutamos de las cosas nos sentimos bien, felices. Cuando nos aferramos a las cosas, les damos nuestra felicidad, dependiendo de ellas a partir de ese momento, de forma que si ellas se van, con ellas se aleja nuestra felicidad. 

Quien elige “ser” pobre no elige primeramente carecer de cosas, sino no aferrarse a nada, por eso encuentra la felicidad. Obviamente tiene que ser un no aferrarse probado, constatable en una vida que no acumula, que no es consumista, que es capaz de compartir incluso lo que necesita. El ser pobre es una opción de vida que tiene que hacer cada uno, más allá de la fortuna económica que le haya caído en suerte, aunque, sin duda, le resultará más fácil al que menos tiene, por no haber tenido ni la oportunidad de dejarse atar por la codicia. 

San Pablo expresa esa dimensión de “ser” pobre al hablarnos de nuestra actitud expectante de la venida del Señor: “Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. Yo os quisiera libres de preocupaciones” (1Co 7, 29-32). 

La expresión “como si no” no niega una realidad, sino que expresa una actitud ante la misma. San Pablo no nos invita a una indiferencia ante las realidades del mundo, pues eso nos podría llevar a una grave falta de compromiso, sino más bien se trata de una relativización de las cosas frente al Reino de Dios. Una relativización que nos hace libres. Sólo es libre el que no está atado; aunque el que no está atado pero tampoco actúa, es como si lo estuviera. 

Nuestro destino no es nuestro “sino”. Nuestro destino lo forja nuestra libertad, que es la respuesta a lo que la vida nos depara. Pero nuestra libertad responde según los ideales más profundos del propio corazón. Como con frecuencia nos engañamos, observemos dónde “tira la cabra” y sabremos dónde tenemos el monte. Y si vemos que ese monte no es el que nos conviene, vayamos con el nuevo Moisés al Monte de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5-7) para aprender dónde radica la verdadera felicidad, ya que, como él mismo concluye: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca” (Mt 7, 24-25).

Ser agentes activos en la construcción de nuestra cultura

 

 Las leyes que un país se pone a sí mismo no son asépticas, sino fruto de unas creencias, cultura y antropología que se va formando con el diálogo entre sus miembros y grupos. Ciertamente que no podemos pretender imponer las ideas de un determinado colectivo a los demás, pero a la hora de legislar siempre estamos determinados por una visión concreta del mundo y del hombre, limitando así los deseos de algunas personas o colectivos en función del grupo. 

Los cristianos debemos ser respetuosos, pero no irrelevantes. La visión del mundo y del hombre que brota del Evangelio es una aportación válida que debemos anunciar y sembrar en nuestra sociedad. 

Podemos alegrarnos de vivir en una sociedad que permite todo tipo de manifestación en libertad: apoyo a diversas opciones políticas aunque sean extremistas; apoyo a diversos colectivos que pueden ir en contra de nuestras propias creencias; apoyo a diversas opciones cuestionables como el aborto; manifestación de rechazo de ciertas leyes aprobadas o en vía de aprobación; incluso manifestación de rechazo a sentencias judiciales, si bien acompañadas de un “acatamiento” no exento de cinismo. Se compartan o no las opiniones de los manifestantes, lo cierto es que ello expresa la libertad en que vive una sociedad. 

La manifestación del propio pensamiento, deseo o creencia ayuda a ir configurando el pensamiento colectivo. Por eso es un derecho y una obligación que todos se expresen para poder configurar la sociedad de la forma más rica y plural. Otro será el trabajo de buscar consensos que permitan una convivencia civilizada. 

En este contexto también los cristianos hemos de manifestar sin complejos la luz que recibimos del Evangelio, pues esa será una forma de evangelizar muy actual sin quedarnos tras los muros de las sacristías con el complejo de no querer molestar a nadie. El reto será evitar ser manipulados por aquellos que se quieran aprovechar de los que se manifiestan para anunciarse a sí mismos más que el Evangelio de Jesús. Habrá que evitar también, cómo no, utilizar métodos cuestionables como la mentira, la injuria, la calumnia o la violencia, cosas que los mismos que las utilizan hubiesen reprobado en el adversario ideológico. 

Debemos manifestarnos en defensa de la vida, en defensa de la justicia y la paz, en defensa de la igualdad, en defensa de la familia y la educación según las propias creencias, en contra de toda ley injusta que vaya contra los derechos de las personas (vida, educación, trabajo, inmigración, igualdad, …). 

No hay por qué hacer caso cuando se nos tilda -desde fuera o dentro de la Iglesia- de no aceptar el momento cultural actual, pues esa cultura la creamos todos cuando lo hacemos con respeto, y el Evangelio y la sabiduría de veinte siglos de cristianismo también tienen algo que aportar. No podemos ser perros mudos ni olvidar que para que el Evangelio sea una propuesta creíble ha de ser una propuesta humilde, pero insistente. No es bueno usar un lenguaje agresivo, ni amenazante, ni catastrofista, si es que creemos en la fuerza misma del Evangelio y del Espíritu del Señor. Tampoco son de recibo las acusaciones que no se atienen a la estricta verdad. Ni podemos olvidar que el lenguaje apocalíptico de la Biblia fue creado como un canto de esperanza para un pueblo judío desterrado (AT) o una Iglesia perseguida (NT), pero no para meter un miedo infantil por ver si así tenemos más éxito. 

En cualquier caso no podemos esconder la luz como si tuviéramos vergüenza o nos sintiéramos culpables de un pasado cristiano más impositivo al amparo del poder. El poder en nuestro mundo actual radica en la manifestación significativa, convincente y esperanzada a través de tantos medios a nuestro alcance. El mundo virtual ha democratizado mucho más ese poder de manifestación siempre y cuando sea utilizado. Permite transmitir a todos noticias e ideas en tiempo real, así como sacar a la luz lo que antes los más poderosos conseguían ocultar. Pero también es un peligroso medio de transmisión de mentiras y crispación. Quien propone el Evangelio debe hacerlo con audacia, decisión y sobria prudencia para no contradecirlo en aras de una eficacia mundana. 

Manifestémonos así sin miedo alguno, con la fuerza misma del Evangelio, nada más, para ser luz para todo aquel que se acerque. Las amenazas de privación de ayudas económicas no debieran nunca echarnos atrás, además de ser algo injusto. La Iglesia, como un colectivo social importante para el bien común, tiene siquiera el mismo derecho que otros muchos colectivos sociales a participar de los bienes comunes que se logran con la aportación de todos y del que los gobiernos son meros administradores. La amenaza de privación de esos recursos o su utilización arbitraria sólo pueden generar crispación social. Construyamos activamente nuestra sociedad a la luz del Evangelio sin pretender teocracias irrespetuosas con la “autonomía del mundo” y la diversidad de pensamiento y de culturas.

La “virtud” del terremoto

 

 El sueño nocturno es reparador, pero también una trampa sutil. Cuando dormimos nos introducimos en un mundo irreal que confundimos con la verdad. Cuando dormimos es el momento predilecto para que los ladrones entren y nos roben o el enemigo nos dañe. Cuando dormimos bajamos la guardia, no estamos atentos a los peligros ni construimos nada nuevo. El sueño es agradable, pero peligroso. Y nos suele entrar el sueño cuando todo está tranquilo y estamos bien comidos y bebidos. 

Lo que más daña a la Iglesia es el sueño, por eso el Señor nos invita a velar en todo momento (Mc 13, 37). Cuando nos mecemos en la aprobación de los demás, nos adormecemos. Cuando el materialismo entra en nuestras vidas y nos aburguesamos, nos adormecemos. Cuando vivimos en una sociedad que nos valora excesivamente y la Iglesia es partícipe del poder, nos adormecemos. ¡Ay si todos hablan bien de vosotros!, nos avisa el Señor; entonces es posible que ya sólo nos importe dormir, es decir, que nadie nos moleste para poder dormir. 

Sin duda que hoy no sucede esto, pero quizá sí sintamos la tentación de que vuelva a suceder. Naturalmente que lo deseamos movidos por la mejor de las intenciones: si Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, ¿qué mejor que pretender crear una auténtica ciudad de Dios, donde las leyes humanas se sometan en lo posible a la ley divina? Pero esto trae consigo una preponderancia de la Iglesia y del sacerdocio que podría adormecer a la misma Iglesia, ocultando más fácilmente las miserias de sus miembros, como nos recuerda Benedicto XVI cuando apunta eso mismo como una de las causas de la crisis actual en la que se encuentra la Iglesia: “la tendencia de la sociedad a favorecer al clero y otras figuras de autoridad y una preocupación fuera de lugar por el buen nombre de la Iglesia y por evitar escándalos” (Carta a los católicos de Irlanda, n. 4). 

Por eso los tiempos de inestabilidad, rechazo, incomprensión, o incluso persecución, tienen la virtud de despertarnos del sueño. También ellos son un tiempo de gracia, un paso del Señor. En esos momentos podemos ver cómo salen a la luz algunas debilidades de sus miembros que nos avergüenzan. 

Los momentos difíciles nos despiertan del sueño o nos quitan el sueño. Como toda vigilia, es dolorosa e incómoda, pero nos permite ver lo que hay en nuestra noche y esperar el día, la luz de Cristo que nos ilumine y conforte con su calor. Experimentar el dolor de todo terremoto más allá de lo justo o injusto que nos parezca, nos permite descubrir más claramente nuestra fragilidad, nos hace orientarnos a lo esencial y velar por nuestras vidas y las de los demás, sin prepotencias que se vienen abajo, sin adornos que de nada valen cuando la vida corre peligro, sin imágenes falsas que no se sostienen, sin poner nuestra esperanza más que en Aquél que es la Verdad y la Vida. 

No tengáis miedo, nos dice el Resucitado. No tengáis miedo porque yo estoy en medio de vosotros a pesar de los pesares, aunque la tierra tiemble bajo vuestros pies. No tengáis miedo, pero convertíos. ¿Cómo? Volviendo de nuevo a Galilea, al amor primero, allí donde yo me hice encontradizo en la cotidianeidad de vuestras vidas, para iniciar de nuevo el camino a Jerusalén dejándoos guiar por el espíritu del Resucitado. 

La tierra puede temblar bajo nuestros pies, pero saber que Aquél que venció a la muerte descendió a lo más profundo para desatar toda cadena, nos llena de esperanza. La esperanza pascual no es el sueño del insensato, sino la confianza del débil que reconoce su pecado y se abre a la conversión de una vida nueva, la del Espíritu. Quien vive desde él, nada teme, pues el pecado no tiene poder definitivo sobre él. 

Pero a pesar de todo no callemos. Clamemos a los cuatro vientos la gracia del Señor resucitado. Quien vive plácidamente en su sueño tranquilo, suele anunciarse a sí mismo, su seguridad de ensueño, con prepotencia y dureza de juicio. Quien ha pasado por la vela del temblor sabe que sólo puede anunciar al Señor resucitado, a Aquél que le ha amado y rescatado, a Aquél que es su roca firme, descansando en su poder y no en el propio. Esta experiencia pascual es la que nos debe lanzar a anunciar la buena noticia, para compartir la esperanza del Resucitado con aquellos que sienten temblor en la tierra de sus vidas, haciéndolo desde la propia experiencia de salvación.

No a una visión maniquea de la Iglesia

  

Cuando el viento sopla a favor existe el peligro de la autocomplacencia, de creer que el éxito es fruto de nuestro esfuerzo. Todo se hace más sencillo, nos sentimos en la verdad y puede que surja la tentación de medrar y buscar lugares más vistosos de poder. A los políticos los vemos también tranquilos cuando su partido tiene una cómoda mayoría, siendo la sonrisa y la lisonja el anzuelo que llevan puesto por si algo pueden pescar.

Pero cuando las cosas van mal surge inmediatamente la tentación de buscar culpables. La división interna aparece con facilidad, sobre todo cuando el paso a ser minoría ha sido reciente, y ya no se goza de la seguridad anterior. Y cuando el tiempo pasa y no vuelve el protagonismo de antaño, se entremezclan sentimientos y realidades muy diversas que no siempre se disciernen atinadamente: ¿Será que el barco se hunde y hay que prepararse a bien morir? ¿Será que estábamos equivocados? ¿Será que estamos pasando por un desierto temporal? ¿Será que este mundo está tan errado que no es capaz de entendernos ni saben lo que se pierden de ciegos y sordos que están? ¿Será que nos falta el ardor suficiente para hacer prender nuestro fuego salvador en el mundo? Y si eso es así, ¿no convendrá apartar los tibios tizones y encender nuestras antorchas para que un nuevo y antiguo fuego prenda en el mundo por su propio bien?

Es saludable mantener una actitud crítica y buscar las causas de nuestros males para poder mejorar. Pero es bueno también hacerlo con gran humildad y gratuidad, y no siempre lo hacemos así. La reacción más común es la de buscar culpables fuera de nosotros mismos donde descargar nuestras culpas, miedos y decepciones.

Sin duda que estamos pasando por un tiempo en el que somos minoría aparente, que no numérica. La minoría, como la precariedad, puede ser signo de decrepitud o de nacimiento. Tan necesitado está un bebé como un anciano terminal. Nuestra vida no es algo lineal, sino que encierra sucesivas etapas que vamos concluyendo para abrir otras nuevas. Por ello experimentamos continuos altibajos que encuentran en las “crisis” los puntos de inflexión necesarios, allí donde la fragilidad del final de una etapa se confunde con la fragilidad del comienzo de la siguiente.

Saber vivir esos momentos es algo crucial. Quien no encuentra la esperanza en el futuro, se aferra a la etapa anterior, desesperanzándose o teniendo como única esperanza el retorno de algo que se nos va como la vida misma. Es entonces cuando buscamos culpables fuera y dentro de nuestro grupo que nos alivie el sentimiento de culpa, y nos dé la seguridad de caminos ya trillados que se revelaron útiles en otro tiempo.

En tiempo de “crisis” (juicio) necesitamos ser “críticos” (capaces de juzgar), saber “elegir”, saber dejar lo que ya no vale, saber continuar con lo todavía útil y saber acoger lo nuevo que nos ayude. ¿Qué hacer en concreto en nuestra vida cristiana hoy? Dos cosas no han caducado ni caducarán: vivir en unión con Dios y amar al hombre; oración y caridad, nos recuerda Jesús cuando sintetiza los mandamientos en dos. Cuando nos movemos con estos dos pies la minoría tiene la fuerza victoriosa del Crucificado desnudo y derrotado antes de ser glorificado. Una gloria que, no lo olvidemos, no es de este mundo. Trabajemos por ser los cristianos hombre y mujeres de oración que viven en Dios y desde Dios. Trabajemos por ser testigos del amor de Dios para con los que sufren y han sido depositarios de las bienaventuranzas de Jesús. Trabajemos por ser fieles anunciadores del evangelio como buena noticia para los hombres, también para los de hoy. No tengamos miedo a ser rechazados por “ofrecer” una buena noticia exigente. Tampoco tengamos miedo a los que se dejan llevar por la tentación de un poder religioso que se impone y no sólo propone, pues esta tentación arrastra un corazón no purificado. La política, los nacionalismos, los mesianismos, la religión, cualquier gran principio salvador de la vida ha de pasar por la prueba del despojo de la cruz y quedarse en ello para que el Padre –y no otro- lo confirme en la glorificación.

“Si en verdad es hijo de Dios que baje de la cruz y creeremos en él” (Mt 26, 43), decían los que se habían apropiado de la ley, escandalizados por el Dios que presentaba la cruz de Cristo. Para creer a veces pedimos barbaridades. Y Jesús se queja de que sólo le buscamos por interés, porque nos da de comer (Jn 6, 26). Pero él no quiere reinar sobre nosotros así: “Al darse cuenta que venían a hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 15).

Anunciemos el evangelio con ardor, de palabra y en la vida. Vivamos unidos a Dios en la oración, por la fe y la esperanza que alimentan la caridad. Busquemos hacer partícipes a todos de la buena nueva de Jesús, aceptando la incomprensión y sin caer en la tentación del poder, proponiendo sin imponer. Pero, sobre todo, no rompamos la comunión en Cristo. Si la diversidad de sensibilidades embellecen la Iglesia cuando se respetan mutuamente, los partidos enfrentados en su seno la destruyen, como lo hace la búsqueda de culpables a los que arrinconar. No son las formas de pensar de las personas lo que daña a la Iglesia, sino sus actitudes y pecados. 

“Pero si os mordéis y os devoráis mutuamente, ¡mirad no vayáis a destruiros los unos a los otros!” (Gál 5, 15). A veces se ven demasiados mordiscos en el seno de la Iglesia, y “todo reino divido queda asolado, cayendo casa contra casa” (Lc 11, 17). La crítica y la corrección mutua son necesarias para vivir en la verdad cuando se hacen desde el amor y con amor. Pero la exclusión, el insulto o la descalificación, son reflejo de egos alejados del evangelio que sólo traen la división. No seamos el hazmerreír de los no creyentes, sino la luz que ilumina y atrae.

Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

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