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Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

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Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

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Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

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Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad

Monasterio Cisterciense Santa María de Huerta

                            75 AÑOS NO ES SIGNO DE VEJEZ, SINO DE VIDA

  

En este año eucarístico que estamos celebrando, la comunidad de Sta. Mª de Huerta también conmemora un acontecimiento importante: el 75 aniversario del retorno de los monjes, expulsados en 1835 y vueltos en 1930. Y es que la vida es una fuerza que hace brotar incluso lo que aparenta estar seco y abandonado.

 En una cultura como la nuestra, donde se prima lo joven, lo fuerte, lo valioso, relegando lo pobre, lo débil, lo viejo, hemos de recuperar el valor de la debilidad del anciano, no viéndolo como una pérdida de poder, sino como un desprendimiento de lo superficial, que se va encontrando con lo esencial, tan frágil, tan sucinto, tan lleno de experiencia y sabiduría.

 Es para nosotros un tiempo de acción de gracias, pues la fuerza de Dios se revela en nuestra debilidad, y su fidelidad en nuestra incoherencia. “Es el ejército del Señor”, me gusta decir cuando contemplo la debilidad de la comunidad cristiana, viendo en ella la obra de Dios. Por eso la acción de gracias brota aún con mayor liberalidad.

 Nuestra misión principal es vivir el misterio eucarístico del amor. Amor rebosante de Dios que busca rebosar en nuestros corazones en una vida de comunión, hasta que la gente pueda decir “mirad cómo se aman”. ¿Pero cómo amar gratuitamente lo fuerte, lo que me da seguridad, lo que me produce satisfacción? El “mérito” del amor es amar cuando no hay razones aparentes para ello. Quizá de esto sí abunde la comunidad cristiana, y por ello mismo también se nos esté dando la oportunidad de vivir esa fuerza del amor que nos lleve a la comunión.

 Hace 75 años la comunidad de Viaceli quiso sembrar en Huerta la semilla del carisma recibido. Y lo tuvo que hacer en un tiempo de profundo dolor, cuando 19 de sus hermanos fueron privados del don de la vida, aunque en realidad, más que quitársela, supieron entregarla. La semilla prende en el momento de mayor debilidad, cuando se pudre en la tierra.

 Hoy nosotros podemos celebrar este acontecimiento con los hermanos de la Fraternidad, una nueva planta que el Espíritu ha querido suscitar en medio de nuestra debilidad. Ahora que la Orden parece estar en vía descendente, como la vida religiosa en general, brota un nuevo tallo del tronco que vivifica el Espíritu. Es momento de acción de gracias, pero también de contemplar la obra de Dios y de trabajar para que no deje de dar fruto. La asistencia de algunos miembros de nuestra Fraternidad de Huerta al encuentro internacional de Claraval, nos puede seguir dando nueva vida. Espero que desde la debilidad del humilde sepamos escuchar la voz del Espíritu y gozarnos en comunión con Aquél que merece todo honor, gloria y poder.

               ESPERAR LA PASCUA CON ANSIA DE ESPIRITUAL ALEGRÍA

  

Esa es la actitud que nos pide San Benito en tiempo de cuaresma: esperar la pascua con ansia de espiritual alegría (RB 49, 7). Esa es la espiritualidad de la primitiva comunidad cristiana que, no teniendo cuaresma, celebraba el triduo pascual como una espera anhelante del Señor que marchó y prometió volver (viernes santo - vigilia de resurrección).

 Nadie espera de forma anhelante como si de un luto se tratase o como oveja llevada al matadero. Estas cosas las sufrimos con mayor o menor entereza, pero no las deseamos, y menos con ansia de espiritual alegría. Es por ello que hemos de estar atentos a cómo vivimos la cuaresma. Nuestras expresiones litúrgicas, sus cantos y todos los elementos que la componen no nos pueden confundir con un dolorismo más propio de una espiritualidad de época que de la preparación a la celebración del acontecimiento pascual.

 Pero también es cierto que nadie que espera anhelante se da a la buena vida como si nos quedaran dos días sobre la tierra. El que vigila está atento, vela y se alimenta lo necesario, pero no se duerme fácilmente, dispuesto a ir al sepulcro con las mujeres, muy atento a la aparición del resucitado que nos trae la vida.

 Es cierto que este tiempo cuaresmal tiene unas connotaciones penitenciales que expresan la actitud interior del que pide perdón asumiendo las consecuencias de su pecado. Pero toda reconciliación está abocada al perdón, a la acogida sincera por parte de Dios y de la comunidad cristiana. ¿Cómo hacer entonces de nuestro camino cuaresmal un “pago” de nuestros yerros más que un camino hacia la pascua? El amor exige reconciliación, cambio de actitud y de vida, respuesta de amor al amor recibido, pero nunca venganza que satisfaga. No, Dios no está “eternamente enojado”, ni es aplacado con nuestras privaciones. A él no le añaden nada nuestras privaciones ni nuestros dones. Él nos quiere a nosotros, no nuestras cosas. ¿Pero qué amor no supone esfuerzo y renuncia?

 El camino cuaresmal es también el camino que hacen los catecúmenos que se preparan para el bautismo la noche de pascua, siendo adoctrinados en el misterio de Cristo que es luz, agua viva y vida. De eso se trata. Hay que mirar más hacia delante que hacia atrás. La conversión es el reconocimiento de nuestro pasado y el anhelo de nuestro futuro. Uno de los engaños del falso camino de conversión es estar mirando una y otra vez nuestra “indignidad”, bloqueados por ella, sin mirar hacia delante. Ahí estriba la diferencia entre un cristiano triste y un cristiano alegre.

 Estamos llamados a vivir desde la alegría, ¿por qué? “Estad siempre alegres, porque el Señor está cerca”, nos recuerda San Pablo. La alegría de los que han sido testigos de la resurrección que no pueden callar ni disimular unas vidas agradecidas, gozosas y esperanzadas. En una ocasión un misionero llegó a tierras lejanas. Allí estuvo con unos indígenas a los que habló de la vida de Jesús, su entrega generosa, sus milagros, su mensaje de amor, su donación hasta el extremo, su resurrección que nos salva a todos, etc. Los indígenas asombrados y llenos de alegría, preguntaron al misionero que cuántas lunas hacía que había sucedido eso. A lo que les respondió: no se puede contar por lunas, sino por años, muchísimos años. Entonces observó cómo sus rostros cambiaban la sonrisa por un gesto de tristeza y rabia. Y tras un silencio exclamó el cacique: ¡Desgraciados! Hace tantos años que sucedió eso ¿y hasta ahora no nos lo habéis venido a contar? Eso significa que ustedes dan poca importancia a lo que nos anuncian o nos quieren muy mal.

 La alegría es algo llamado a compartir. Pero la alegría fácil apenas nos sirve a nosotros y dura lo que una borrachera. La alegría que ha sabido esperar, perdonar, sufrir, es la alegría pascual que no se puede guardar para uno mismo envolviéndola en un pañuelo. “Id y anunciad”. Pero que esa alegría se vea en nuestros rostros, pues si no ¿a quién vamos a engañar?

 Al celebrar en estos días el primer aniversario del trágico 11-M, muchos son los sentimientos que se producen en nosotros. ¿Qué podemos aportar como cristianos testigos del resucitado? Quizá nada haya que decir, pues cada cual tiene que pasar su triduo pascual y hacer su luto. Pero sí que podemos ser testigos en nuestras vidas de aquello en que creemos y vivimos.

                                                            LA PALABRA II

 

 Un año más celebramos la venida de la Palabra de Dios encarnada. La palabra revela lo que llevamos dentro. En el corazón de Dios sólo reside el amor, por eso su palabra es el amor encarnado que acampa entre nosotros. Y no le bastó comunicarse, sino que quiso acampar en medio de nosotros, quizá por aquello de que la levadura en medio de la masa la termina fermentando. Nosotros, hechos a imagen de Dios, nos sentimos impulsados también a salir y a “acampar” en los demás. Pero, ¿qué podemos ofrecer y qué es lo que nos mueve a ello?

 La palabra en sí misma no tiene valor alguno. Es una simple mediación, por lo que lo verdaderamente importante es su origen y su destinatario, aquello que nos mueve a hablar. La palabra siempre tiene una “motivación”. En Dios su palabra es gratuita. No tiene otra motivación que la sobreabundancia de su amor que quiere comunicarse. Si la fuente es el Amor y el destinatario es visto como algo propio, como a un hijo muy amado, entonces la palabra dicha y escuchada no puede sino engendrar vida y potenciar el amor.

 Nosotros también hablamos. Pero debiéramos preguntarnos por qué y para qué. No basta con hablar para que se nos escuche, para que los demás aprendan y cambien. Hay algo previo muy necesario si queremos que la palabra fructifique. Quien vence no siempre convence ni engendra verdadera paz. La palabra que quiera convencer necesita brotar de un corazón pacífico y ser gratuita -aceptando sin acritud no ser acogida-. Quizás seamos más fuertes y nuestros argumentos sean más sólidos, pero eso no basta. La verdad se impone por sí misma. Quien pretende imponerla, la oculta con su prepotencia y menosprecio. La Palabra encarnada lo hizo de una forma frágil y vulnerable, buscando el fruto que brota del amor y no el éxito que surge del poder. No nos sintamos fácilmente perseguidos por no ser escuchados, pero perseveremos en una palabra que, si es verdadera, se irá purificando y e irá convenciendo.

 Hoy vivimos cierta división y enfrentamiento en el seno de la Iglesia, en la sociedad y entre las culturas. Algo debemos aportar quienes deseamos vivir desde lo esencial. El primer paso es creer en el ser humano salido de las manos de Dios y en la bondad de sus opiniones. Hay quien cree de corazón que ciertos lenguajes y visión de la vida, incluso de la experiencia y formulación religiosa, deben encontrar nuevos cauces en consonancia con la cultura actual noroccidental y laica. No se puede ver en ello una actitud hostil, sino una expresión sincera de lo que se piensa. Hay quien cree de corazón que ciertas verdades son inamovibles por venir de lo alto y, aún reconociendo la influencia cultural de lo que recibimos, piensan que su interpretación puede poner en peligro valores fundamentales de la persona si no se respetan ciertas visiones del ser humano y de la familia.

 Quien busca la comunión, sin caer en engañosos términos medios, debe ir primero a aquello más primigenio que nos une a todos, y donde se encuentra el mismo Dios, pues acampó entre nosotros y somos templos de él. Ese punto de unión es creer en la bondad esencial que sustenta toda postura que busca la verdad y el bien de la persona humana, sin caer en una ingenuidad que descuide los intereses ocultos que algunos tienen. Partir del reconocimiento de esa bondad esencial es fundamental para un diálogo honesto, sin arrogancias, revanchismos o imposiciones que no generan más que enfrentamientos estériles. Si todos buscamos el bien, sin duda que estamos en comunión. Es un trabajo duro el saber transmitir lo que uno piensa sin acusar o menospreciar, al mismo tiempo que se acoge lo que el otro dice en una escucha sin recelos. La verdad propuesta se irá abriendo poco a poco en las personas de buena voluntad. La palabra puede ser dañina si brota de un corazón dañado, pero también puede hacer daño si el corazón que la recibe es estrecho, suspicaz, siempre a la defensiva.

 Que no nos asuste la diversidad desde el respeto. Cuando se habla exponiendo, no imponiendo ni pretendiendo echar en cara nada a los que no opinan como yo, por su formación, por su forma de ser, por sus expectativas, etc., y cuando se escucha acogiendo al que habla, se comparta o no lo que se dice, la comunión se puede realizar en una diversidad vivida pacíficamente. El miedo es mal consejero. Hablar o dejar de hablar por miedo, y escuchar con una prevención miedosa, es un síntoma, no una enfermedad, es un síntoma que la comunión de corazones aún no se ha realizado.

 Erraríamos si aplicamos esto a los otros olvidándonos de nosotros mismos. Con esto no pretendo más que invitar a tener actitudes de comunión, dejando de lado la misión de los que tienen que tomar decisiones concretas.

 Acojamos al Señor que nos habla en verdad, desde la fuerza de la debilidad y el amor.

                                          ¿CUAL ES NUESTRA IDENTIDAD?

  Cuando Moisés delante de la zarza ardiente preguntó a Dios su nombre, éste le respondió: “Yo soy” y se implicó prometiendo liberar a su pueblo. Cuando Jesús en el huerto de los olivos va a ser apresado y preguntan por él, responde: “Yo soy”, y si me buscáis a mí dejad marchar a estos, implicándose también en favor de los suyos. Pedro, sin embargo, niega temblorosamente su identidad ante el interrogatorio del siervo: “Yo no soy”, y con ello rehuye toda implicación. ¿Por qué? Pedro había sido muy rápido en prometer al Señor en el transcurso de una cena el seguirle incluso a la muerte. Y esa rapidez de compromiso, motivada por un mero deseo y entusiasmo, se reveló estéril. A Pedro le movía el amor a Jesús, pero todavía no había llegado el momento en que tomara conciencia de lo que él era verdaderamente, por eso escucha las palabras del Señor: “Adonde yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde”. Y no sólo negó a Jesús cuando fue prendido, sino que, según la tradición, pretendió huir de Roma en tiempo de persecución. Pero finalmente dejó que “otro le llevara donde no quería”. ¿Qué tuvo que suceder? Sin duda, tomar conciencia de quién era y qué se le pedía.

 Cada uno de nosotros puede decir con el filósofo: “yo soy yo y mis circunstancias”. Esas circunstancias no son otra cosa que mi relación con lo exterior a mí, con las cosas, los acontecimientos, las personas, ... , que van a influenciar mi identidad. Si me considero forofo de un equipo de fútbol, no estaré obligado a mucho más que comprarme una bufanda con su escudo y animar al equipo de vez en cuando. Si me hago miembro de una asociación o de un partido político, mi implicación social será mayor. Si asumo una corriente de pensamiento, estaré muy determinado por sus principios. Si soy padre o hijo, no podré dejar al margen esa realidad de mi propio ser, lo que me comprometerá ineludiblemente. Dios se reveló a Moisés como Dios de su pueblo, por eso se comprometió con él. Jesús de Nazaret se sabía hijo de Dios, por eso llevó su identidad hasta sus últimas consecuencias, acogiendo los designios inescrutables de su Padre. Pedro deseaba seguir a su Maestro, pero aún no había descubierto su verdadera identidad, por lo que carecía de fuerzas para ello.

 Cada uno de nosotros tiene su propio camino porque tiene su propia identidad. Intentar seguir miméticamente los pasos de otro por muy santo que sea, no es hacer el propio camino, no es fruto de la propia identidad. El Señor Jesús, se nos dice, fue creciendo lentamente en sabiduría (Lc 2, 52), tomando conciencia de su identidad de hijo de Dios y de su misión, identidad que le mantuvo hasta el final, aún ante una paternidad que parecía esconderse en el calvario. El Señor Jesús hizo su camino y nos mostró el nuestro. El descubrir lo que somos nos llevará a hacer nuestro propio camino como él lo hizo, pero sin pretender hacer el que él hizo, que sólo a él perteneció. Así como él hizo su camino en total confianza, sabiéndose hijo muy amado del Padre, intentando hacer siempre la voluntad del Padre, descansando en él, así nosotros estamos llamados a hacer nuestro propio camino, sabiéndonos hijos de nuestro Padre y abrazando su presencia en todo nuestro existir. La forma que tengamos de afrontar nuestra historia nos revelará la conciencia que tenemos de nuestra condición filial, pues la identidad impulsa a caminar, mientras que el que carece de ella simplemente es llevado por los vaivenes de la vida.

 Una persona sola nunca se descubre a sí misma. Pero una persona rodeada de gente tiene que tener la sabiduría necesaria para no confundirse con los demás intentando imitar, sino valerse de la oportunidad que le da la relación con los otros para despertar su verdadera identidad. La identidad no es exactamente aquello con lo que yo me identifico si no soy realmente yo mismo. Es tan ingenuo el que se busca a sí mismo en la imitación o beneplácito de los otros como el que lo pretende hacer marcando unas diferencias que le hagan sentirse original.

 Pienso que la identidad es algo personal y comunitario. Si para descubrir la propia identidad hay que saber escuchar mucho, dejarse interpelar por los otros, también lo hemos de saber hacer comunitariamente, escuchando el latido de la Fraternidad, en sí y en su relación con la comunidad monástica, para responder en consecuencia. Quizá entonces podamos reconocer mejor nuestra identidad sin que nos despisten los roces propios del ir juntos.

                  QUIEN TRABAJA POR LA COMUNIÓN CREA COMUNIDAD

  

La comunidad no es algo secundario para nosotros, a quienes se dirigen aquellas palabras del Génesis: ‘No es bueno que el ser humano -hecho a imagen y semejanza de Dios- esté solo’. Y no se trata de tener con quien amenizar el camino, sino de poder entrar en relación de comunión, esa comunión que se nos revela entre las personas de la Trinidad.

 Es un tema que sale con frecuencia, como no puede ser menos, y que también lo trata D. Bernardo en su última carta. Jesús quiso anunciar la Buena Nueva a sus discípulos reuniéndoles en comunidad. El Señor sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, le hizo experimentar su bondad en el desierto y lo introdujo en la tierra prometida, haciéndolo siempre como pueblo, como comunidad “eclesial”, es decir, pueblo “convocado” por Dios. Y si él nos convoca, él es la razón de ser de nuestra comunidad, el origen, camino y meta de nuestra comunión.

 Y ¿qué es la comunión? Seguro que si nos lo preguntamos,  no todos decimos lo mismo. Nadie saca su conocimiento ni sus respuestas de la punta de los dedos. Todo es un aprendizaje que se va enriqueciendo con nuestra aportación y madurez. Por eso es tan importante saber de dónde partimos, cuáles son las experiencias que tenemos y que nos llevarán a tener una visión particular de la comunidad, aún sin pretenderlo. Muchos pueden ser nuestros puntos de referencia: la familia, el grupo de amigos, el club que comparte aficiones, la agrupación para alcanzar un fin o negocio, la estructura militante de algunas instituciones o ¡la comunidad de vecinos! Pero la Fraternidad y sus comunidades bien sabemos que son otra cosa, que sólo se pueden entender como la comunidad de Jesús.

 La comunión es el amor al que Jesús nos convoca. Estamos hechos para amar. Quien se adentra en el camino del amor descubre en el propio corazón su sed grande de amar y de sentirse amado. Pero con frecuencia encontramos algo que nos ata, que nos impide mostrar lo que deseamos y experimentar la comunión en el amor. Esto nos hace sufrir, nos hace sentirnos prisioneros de nosotros mismos. Hasta que convencidos de que las ataduras se pueden romper, hacemos el camino de conversión cuaresmal y cambiamos el sentido de nuestra mirada, comenzando a mirar al otro. Es entonces cuando descubrimos que el amor busca comunicarse, necesita comunicarse. Es la necesidad de compartir con el otro el bien recibido. Y no compartirlo sólo a nivel de noticias, información o ideas, sino como comunión de bienes y de uno mismo. Cuando así se comparte, se experimenta que lo mío pasa a ser nuestro, que somos los dos los que nos gozamos con el bien de cada uno y usamos de él. El hermano tiene ya el mismo derecho que yo a usar el bien que yo poseo. Así la comunión acrecienta cada uno de nuestros dones y sabe salir en defensa de los peligros que la acechan. Cuando somos capaces de mirar lo propio como de todos y lo de los otros como propio, la envidia desaparece, el gozo se incrementa, la delicadeza se potencia, la comprensión se constituye en la forma habitual de relacionarnos. No hay lugar a la crítica, sino al estímulo y a la misericordia. Y la reserva y pudor que tenemos con lo mío la tenemos con lo nuestro. Entonces podemos decir que nuestra comunidad vive la comunión en el amor.

  La comunión en la Fraternidad y en sus comunidades es un reto. No nos debe desanimar el no conseguirlo de inmediato, pero sí debemos escribirlo en el frontispicio de nuestra vida como algo hacia donde caminamos, sin importarnos lo tortuoso del sendero, las caídas, los retrocesos o los cansancios. Todo camino conlleva una buena dosis de aventura e incertidumbre, y el camino de la fraternidad en el amor no es diferente. Pero necesitamos crear momentos de comunión, compartir lo que llevamos dentro, cultivar las buenas relaciones con delicadeza y respeto, estar atentos a la ayuda mutua, ser prontos a pedir, dar y recibir el perdón. Pero sobre todo es necesario la actitud del corazón que desee aquello que persigue, y sin lo cual nunca daremos el paso definitivo que rompe los muros que nos creamos a nuestro alrededor y que defendemos con razones, razones y razones que nos impiden “mirar” acogedoramente al otro.

 Todos nos necesitamos existencialmente, ¿pero somos capaces de reconocerlo? Reconocer la necesidad de los otros en el amor es reconocer la importancia del otro en mi vida, importancia que implica mi propio llegar a ser aquello que soy y que tiene que ver con el amor que es causa, camino y meta de mi existir. Todo un reto de comunión que espero sepamos vivir en nuestras comunidades y que será el mejor signo pascual que podemos ofrecer.

Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

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