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Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

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Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

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Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

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Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad

Monasterio Cisterciense Santa María de Huerta

El P. Abad va al monasterio de Benaguacil (Valencia) para reunirse con la comisión de coordinación y preparar la próxima conferencia regional.

2018.10.01

Damos un aperitivo-merienda al pueblo y los voluntarios que han colaborado en la limpieza de la casa. Lo hacemos en el refectorio gótico, donde proyectamos una película que recoge los diferentes vídeos de la riada que nos han hecho llegar los vecinos del pueblo.

2018.09.29

La Inundación como lección y acción de gracias

Hace poco alguien preguntó que si los monjes habíamos percibido la inundación que sufrimos en septiembre como un castigo de Dios. Me quedé un poco perplejo, pues en ningún momento lo percibí así. Sin duda que la inundación que hemos tenido ha sido muy dañina, que en una hora nos ha puesto todo patas arriba, llevándose por delante muchas cosas, pero no considero en absoluto que haya sido un castigo de Dios, pues, además, la justicia de Dios no se parece en absoluto a la de los hombres, que parece buscar más la venganza, la satisfacción de la propia ira, que la transformación del pecador.

Para mí toda situación que se nos presenta es una oportunidad. Oportunidad para saber responder en las alegrías y en las penas, en la fortuna y en la calamidad. Todo momento es una ocasión para comprobar lo que verdaderamente habita en nuestro corazón y poner a prueba nuestros recursos interiores. La fortuna nos alegra y la desgracia nos entristece, pero nosotros no somos ni la una ni la otra. Ponernos en sus manos es vender nuestra alma a otro. No es bueno embobarse cuando las cosas van bien, pues nos dormiremos y correremos grave peligro. No es bueno abatirse en demasía cuando las cosas van mal, pues nos quitará las fuerzas que necesitamos para salir adelante. Ni lo primero nos hace más que los demás ni lo segundo nos hace inferiores a nadie. Vivir así nos da libertad y nos robustece, pues no dependeremos de los acontecimientos ni de los demás, ni siquiera de nuestros propios sentimientos.

Varias son las lecciones que nos ha ofrecido la inundación.

En primer lugar constatamos que las catástrofes son dolorosas, pero ayudan a sacar lo mejor de uno mismo. Como un parto que hace pasar por el dolor para gozarse finalmente con el fruto de vida que surge en él. Un llanto que nos llena de alegría.

Nos impulsa a trabajar mirando al frente, a la necesidad real que ha surgido, olvidándonos de nosotros mismos, sin tiempo para mirarnos el ombligo. El dolor intenso si nos cortan una mano nos hace olvidar las pequeñas molestias que teníamos y diluye los pensamientos absurdos que nos marean, las preocupaciones vacías de lo que los demás puedan pensar de nosotros o el temor imaginario a un futuro incierto que se disipa ante el dolor presente.

Nos une en un proyecto común real, no inventado, en el que todos nos sentimos implicados y sabemos que nuestro trabajo es importante para los demás y va a tener una repercusión real en la rapidez con que solucionemos el problema. No es algo que se nos encomienda para estar ocupados, sino que nos ocupamos motivadamente porque es una necesidad real. Las necesidades reales generan gran solidaridad, sin caer en la mezquindad de compararnos por ver si el otro trabaja más o menos que yo.

Nos permite ser más humildes, teniendo que pedir ayuda y dejándonos ayudar. Esto es muy importante, pues dentro del mundo clerical tendemos a situarnos por encima, esperando que los otros reclamen nuestra ayuda para ayudarles o no, según nuestra disponibilidad y benevolencia, lo que nos hace sentir bien e importantes, pero nos puede encerrar en un halo de soberbia que endurezca nuestro corazón y nos aleje de los demás.

La actitud generosa y entregada de la gente ha sido para nosotros una gran lección. No basta con conmoverse, sino que hay que moverse para ayudar en la necesidad concreta. En estos momentos muchos prejuicios se vienen abajo, al constatar el buen corazón de la gente y su entrega más allá de las ideas que se puedan tener. Llama la atención esa disponibilidad a posponer los intereses personales para ayudar al otro. ¿Qué decir de ese matrimonio que se iba a marchar el lunes para tomar sus vacaciones y se quedó para ayudarnos toda la semana en las labores de limpieza del monasterio? ¿Qué decir de los profesionales del pueblo que han aparcado sus trabajos para ayudarnos “porque era lo que había que hacer”, sin cuestionarse nada más ni decir: “yo no puedo, que lo hagan los que están más liberados”? Forma clara de vivir la parábola del buen samaritano que quizá algunos desconocen, pero la cumplieron. ¿Qué decir de los que han venido expresamente de fuera para ayudarnos, incluso con sus niños? ¿Qué decir de su empeño por seguir trabajando los días de fiesta, sin preocuparles si estaban o no los monjes presentes o si nos habíamos ido a rezar? ¿Qué decir de su empeño por trabajar sin escudarse en que no tenían herramientas o en que ya habían acabado o en que no había una buena organización? Ellos mismos buscaban la herramienta, iban a sus casas o las pedían al vecino. Ellos mismos trataban de organizarse o buscaban otro lugar donde ayudar cuando en el suyo ya no había necesidad. ¡Gran lección para cuando nos sentimos tentados de escaquearnos mirando a otro lado! ¿Qué decir de la sensibilidad de las mujeres atentas a que no nos faltara comida al carecer de cocina, especialmente nuestras hermanas del Sgdo Corazón? ¿Qué decir de tantos amigos, familiares, fraternos, huéspedes, comunidades hermanas y hasta proveedores que han colaborado de una u otra forma según sus posibilidades? ¿Qué les ha movido a todos? Sin duda la bondad que llevan en el corazón, pero también el amor de Dios que lo vemos reflejado en todo ello.

Es de admirar tanta gratuidad que nosotros hemos sabido acoger con sencillez y humildad. Dejarse ayudar mejora las relaciones y hace sentirse bien al que ofrece su ayuda, máxime habiendo sido un daño compartido por muchos vecinos. Es admirable el que los que ayudan se sientan confundidos cuando se les ofrece algún regalo, pues no esperan nada a cambio, sino que están convencidos de estar haciendo lo que tienen que hacer: atender a la necesidad de un necesitado.

Por otro lado, también ha sido hermosa la actitud de la comunidad dando testimonio con la paz y serenidad con que hemos afrontado la situación, sin muestras de gran preocupación por las pérdidas materiales o por el futuro, trabajando codo a codo con los demás.

Todo esto nos ayuda a vivir desde la fe, recordando las palabras del salmista: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles… Es inútil… que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen! Lo que estamos viviendo es una prueba clara de ello que nos invita a confiar y estar tranquilos. Aquello que parece ser una terrible calamidad se puede transformar en una bendición. Aprender a tener esa mirada de fe aún en las cosas pequeñas nos ayuda a vivir con alegría, confianza y en paz.

Verdaderamente nadie se puede sentir mejor que los demás. Lo más importante es la bondad del corazón, no el título que se ostente. Recordemos aquellas palabras del Señor: Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa, mientras que los invitados serán echados fuera. No basta con saberse hijos de Abraham, sino vivir según el evangelio. No olvidemos la lección.

NO QUEDA PRESCRITA EN ESTA REGLA TODA LA PRÁCTICA DE LA PERFECCIÓN

(RB 73)

Este capítulo tiene un carácter de epílogo en paralelismo con el prólogo inicial. Hay quien ha discutido su autenticidad y lo ha atribuido a un copista posterior. Parece ser, sin embargo, que sí perteneció a la redacción inicial de la Regla, pero originalmente estaba situado a continuación del capítulo 66 (sobre los porteros), que es donde concluía el texto original de la Regla, antes de que se añadiesen los capítulos adicionales del 67 al 72. Al incluir éstos, el presente capítulo se desplazó al final.

¿Qué pensar cuando un padre espiritual como San Benito, después de escribir una regla de vida para sus monjes, avalada por su larga experiencia, concluye: Hemos redactado esta Regla para que, observándola en los monasterios, demostremos tener alguna honestidad de costumbres o un comienzo de vida monástica? ¿Verdaderamente se cree San Benito lo que está diciendo? Aunque algunos ven en ello un exceso de modestia, yo creo que lo pensaba verdaderamente, pues ya en el Prólogo nos dice que no pretende mandar nada gravoso, salvo que lo exija la caridad o el combate de los vicios. Esa misma idea aparece a lo largo de toda la Regla cuando nos invita a una discreción que anime a caminar y no desanime a los débiles.

En casi todos los ámbitos de la vida y a lo largo de toda la historia encontramos con frecuencia la contraposición entre el espíritu y la letra, los valores y su concreción, la espiritualidad y la institución. Bien sabemos que ambas realidades necesitan ir juntas, pero según sea nuestra sensibilidad nos apoyamos en la una o en la otra, a veces denigrando a la contraria. Unas veces se valora el alma de tal forma que se rechaza el cuerpo, mientras que otras nos centramos en las cosas creadas para ridiculizar una supuesta espiritualidad que consideramos mera proyección de nuestros deseos insatisfechos. Inmediatez o proyección. Materialismo o espiritualismo. Nos acercamos a Dios atribuyéndole cualidades humanas o lo tenemos por una supuesta energía difusa que todo lo engloba.

Frente al gnosticismo primitivo, el cristianismo se empeñó en resaltar la encarnación del Verbo. San Juan comienza su evangelio afirmando que el Verbo se hizo “carne”. Pero otros muchos se quedaron entonces con esa carne sensible, emotiva y reduccionista de un Dios que todo lo rebasa, atribuyéndole figura humana, encerrándolo en templos materiales que no existirán en la Jerusalén celeste, y recluyendo al espíritu en formulismos rituales. El camino monástico es un camino espiritual que necesita una concreción que nos ayude a realizarlo sin perdernos en una nebulosa de buenos deseos y sentimientos que nos llevan a la tristeza cuando desaparecen. Pero al mismo tiempo el camino monástico es mucho más que esas formas de vida que nos ayudan. Es lo que pienso que trata de decirnos San Benito.

Las disposiciones de la Regla son un camino seguro. Nuestra jornada monástica, con sus obligaciones y exigencias, es una verdadera ascesis que va purificando el corazón. Nuestra caridad se concretiza en la convivencia con otros hermanos diferentes a mí y a los que debo de amar sobrellevando con paciencia sus debilidades. El seguimiento de un horario nos ayuda a autodisciplinarnos, sabiendo dejar lo que nos gustaría seguir haciendo y permitiéndonos guardar el equilibrio necesario entre trabajo, lectura y oración, así como entre los tiempos de comunidad y de soledad. La realización de un trabajo que no siempre nos tiene que gustar ni es para el que mejor valemos, también es un elemento pedagógico. Como exigente y de gran ayuda lo es también el tener fijados unos tiempos para la oración litúrgica en común. Asimismo la exigencia de un clima de silencio que respete la soledad de los demás y favorezca la oración interior nos facilita nuestro camino monástico. Y las dificultades espirituales como la soledad del corazón que más de una vez tenemos que experimentar como oblación de nosotros mismos, nos van fortaleciendo. Son tantas las exigencias de la jornada monástica que constituyen un verdadero ejercicio de disciplina interior, aunque no siempre respondamos de forma ideal.

La vida monástica en sí misma tal y como la regula San Benito, es un camino espiritual seguro. Un camino suficiente para los débiles y estimulante para los que buscan más. San Benito no quiere que los débiles se desanimen y espera que los fuertes incrementen su empeño. Por eso reconoce que lo suyo no es más que una “regla” o norma de vida, animando a los que deseen más ir más allá de las reglas escritas o la vereda trazada. Estos deben acudir a la Sagrada Escritura, donde nos habla el Maestro interior. Entrar en una verdadera relación de amor con el Señor lleva a dejarse hacer por Él de forma incondicional.

San Benito es grande porque sabe ser humilde. Es consciente de su condición de mediador que debe conducir al Maestro y dejar que él actúe en cada hermano a su manera. Y no se equivoca cuando nos dice que no propone más que “un principio de vida monástica”. Y mientras para unos esa vida monástica resulta llevadera al vivirla con fidelidad y buen ánimo, sintiendo una profunda alegría, para otros se hace difícil y agobiante cuando empiezan a regatear a Dios o a darle vueltas y vueltas a la cabeza dejándose asustar por un futuro incierto sin saber disfrutar del presente. La observancia de la Regla no es más que un taca-taca necesario, pero lo verdaderamente gozoso es la vivencia interior de la llamada de Dios en cada momento de nuestra jornada.

San Benito invita a los que desean ir más allá a que sigan los consejos de las Sagradas Escrituras, de los Santos Padres de la Iglesia y de los Padres del monacato. Son los tres tipos de lecturas que regula en la jornada monástica: en las vigilias se debían leer los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como los comentarios de los “Padres católicos, renombrados y ortodoxos” (9,8); y antes de completas, las Colaciones de Casiano, las Vitae Patrum u otro libro del mismo estilo (42,3). Difícilmente podremos alcanzar la meta que nos propone si buscamos otras fuentes, alimentándonos con comida basura que está muy buena, pero daña la salud. Hoy día hay cantidad de libros y revistas que nos informan y nos entretienen. Nuestro gran peligro sea quizás esto mismo, estar buscando lo que nos agrada y evitar la lectura de algo que requiere esfuerzo y dedicación.

El patriarca de monjes nos dice: Por lo demás, el que tiene prisa para llegar a la perfección del monacato, tiene las enseñanzas de los Santos Padres, cuya observancia conduce al hombre hasta la cumbre de la perfección. En efecto, ¿qué página o qué palabra de autoridad divina, del Antiguo o del Nuevo Testamento, no es norma rectísima para la vida humana? O bien, ¿qué libro de los Santos Padres católicos no nos inculca cómo correr para llegar derechamente a nuestro Creador? Y, todavía, las “Colaciones” de los Padres y las “Instituciones” y sus “Vidas”, así como también la Regla de nuestro padre San Basilio, ¿qué son sino instrumentos de virtudes para monjes de vida santa y obediente? Aunque, para nosotros, perezosos, de mala conducta y negligentes, son motivo de vergüenza y confusión.

¡Qué cosas nos dice San Benito! ¿Cómo nos pondríamos si alguien nos dijese a la cara que somos perezosos, relajados y negligentes? No sé yo. Y Jesús no era más suave con los judíos cuando les decía que no se confiaran demasiado pensando que eran hijos de Abrahán y se convirtieran de corazón, pues Dios puede sacar hijos de Abrahán de las piedras. Que vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa de la que algunos invitados serán expulsados. Que no le fuéramos diciendo que “hemos comido y bebido con él y él ha enseñado en nuestras plazas”, pues podría no reconocernos si nuestras obras se alejan de la misericordia.

Lo importante no es que vivamos en la casa de Dios o que conozcamos muy bien la espiritualidad monástica o que nos adentremos en las Sagradas Escrituras. Lo verdaderamente importante es que la Sagrada Escritura se adentre en nuestro corazón, que los valores monásticos echen raíces en nosotros. Sólo entonces podremos decir que Dios ha hecho su obra en nosotros. Sólo entonces arderá en nosotros el deseo de Dios y se verá reflejado en el amor que irradiemos en nuestra vida y en medio de los hermanos. Un amor lleno de alegría, confiado y entregado hasta dar la vida.

Y concluye: Tú, pues, quienquiera que seas, que te afanas por llegar a la patria celestial, cumple, con la ayuda de Cristo, esta mínima Regla que hemos redactado como un comienzo, y entonces llegarás seguramente, con la protección de Dios, a las cumbres más elevadas de doctrina y de virtudes que acabamos de recordar. Amén.

Esa llamada personal a afanarse, a tener prisa, con la que San Benito concluye su Regla nos recuerda a otras “prisas” bíblicas frutos de una experiencia de Dios. Así sucedió a María que, tras el anuncio del ángel y la concepción del Señor, se apresura a visitar a Isabel. O los pastores, que tras escuchar el anuncio del ángel corren al establo de Belén. O Zaqueo que baja aprisa de la higuera para recibir a Jesús en su casa cuando ve que el Señor se dirige a él. O el mismo deseo ardiente de Jesús que desea encender el mundo entero con el fuego del Espíritu.

Sin duda que estamos necesitados de ese deseo que nos impulse. Un deseo que no se compra aquí o allá, sino que brota de lo profundo de nosotros mismos cuando nos abrimos a la palabra de Dios y entablamos una relación de amor con él. Que seamos luz y sal para el mundo habiéndonos dejado primero iluminar y transformar.

EL BUEN CELO QUE DEBEN TENER LOS MONJES

(RB 72-08)

La última máxima que da San Benito al hablar del buen celo que han de tener los hermanos es algo esencial que él desea que vivan los monjes: Que no antepongan absolutamente nada a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna. Es lo que nos recordaba también en el capítulo 4 al hablarnos de los instrumentos de las buenas obras: No anteponer nada al amor de Cristo. Si aquí nos pide no anteponer nada, en el capítulo 72 recalca “absolutamente nada”. ¿Por qué no anteponer nada a Cristo? Una de las fuentes de San Benito, San Cipriano en su comentario sobre el padrenuestro, nos lo dice: “No anteponer absolutamente nada a Cristo porque él tampoco antepuso nada a nosotros”. Una vez más vemos que todo se desarrolla en la dimensión del amor, no hay otras razones válidas. El amor no se puede pagar más que con amor.

La vida del monje es una experiencia de amor. El amor no es excluyente, pero tiene prioridades. Cuando se ama, uno se encuentra en situaciones donde debe optar, sacrificando algunas cosas en sí buenas para poder elegir lo que más se ama. Si Cristo no antepuso su condición divina apegándose a ella (cf. Filp 2), ni salvaguardó su propia vida el que podría rogar a su Padre, que pondría al punto a su disposición más de doce legiones de ángeles (cf. Mt 26, 53), es porque lo que más amaba era hacer la voluntad del Padre, que no era otra que rescatar al hombre caído. Y no es que Dios necesitara para ello un sacrificio cruento en la persona de su Hijo, sino que buscaba reconciliarnos con él y mostrar al hombre el camino de retorno a Dios por la obediencia. Es una invitación a que el hombre confíe en los designios divinos ofreciéndose a sí mismo sin contentarse con sus ofrendas, ya que del Señor son todas las “bestias del campo”. Él nos quiere a nosotros, nuestra adhesión y voluntad, más que nuestros sacrificios y ofrendas. No anteponer nada a Cristo es tener los mismos sentimientos de Cristo. Es entonces cuando comenzamos a experimentar ya aquí la resurrección que transforma la muerte en vida, dando sentido al dolor, a la adversidad, a la injusticia, a la opresión, a la muerte, a todas las realidades que nos acompañan inevitablemente en este mundo. Es el trabajo de purificación del corazón que anhela vivirlo todo de una manera pascual, en el ofrecimiento de sí mismo, descansando confiadamente en el Señor, sabiendo que aunque nos maten no nos podrán quitar la vida, pues somos nosotros quienes la damos libremente recuperándola en plenitud.

Una comunidad que busca no anteponer absolutamente nada al amor de Cristo es una comunidad que se olvida de sí misma, centrada únicamente en conocer el amor de Cristo para intentar vivir según él. ¿Es ese nuestro caso? ¿En qué se nota? Es posible que todavía nos quede una larga andadura para tener una visión más elevada, no tan de tejas abajo. Si conociéramos verdaderamente al Maestro el celo de Dios ardería en nosotros, seríamos más carismáticos, veríamos más en profundidad, estaríamos más deseosos de “estar” y vivir desde el Señor, aceptaríamos las contrariedades, las injurias y a los hermanos con mayor gozo y confianza.

San Benito concluye el capítulo, y propiamente la Regla, con la expresión de un deseo muy hermoso, tanto por el fondo como por la forma de expresarlo: Que él (Cristo) nos lleve a todos juntos a la vida eterna.

Cuando nos hablaba de la cuaresma como un camino espiritual doloroso que busca combatir el pecado en todas sus formas nos decía que la debíamos vivir con anhelo pascual. Ahora insiste en lo mismo con otras palabras. Muchas son las cosas que nos ha dicho en su Regla para cenobitas, ahora insiste en el deseo de que todos juntos gocemos de esa pascua del Señor.

Si el Señor es el centro y fin de nuestras vidas, si a él nos hemos consagrado todos nosotros, si es a él al que todos buscamos conocer, si desde él queremos vivir y es él quien guía nuestros pasos, es normal que deseemos vivir con él, pues dos que se aman anhelan estar juntos. La Regla es la manifestación del esfuerzo que deseamos hacer para responder al amor de Dios, pero al final bien sabemos que es el Señor, y sólo el Señor, quien que nos puede llevar a la meta. Si en el Prólogo se nos decía que la Regla es un camino para volver a Aquél del que nos habíamos apartado por la desobediencia, ahora se reconoce que si él mismo no nos lleva, nunca llegaremos.

Que nos lleve a todos juntos, en racimo, pues si nos hemos comprometido a formar un solo cuerpo en la comunidad por el voto de estabilidad, justo es que gocemos de esa comunión que hemos pretendido, pero de una forma plena, en la vida eterna, haciéndose realidad lo que confesamos: que para el cristiano la muerte propiamente dicha no existe, sino que se trata simplemente del paso a otro modo de existencia. Por eso es tan importante que cultivemos el buen “celo” que nos une y dejemos el mal “celo” que nos divide.

Se trata de la vida eterna, tan deseada por San Benito, no como una enajenación de la realidad presente, sino como una plenitud de lo que se vive en esperanza. Hay quien añora la vida futura porque es incapaz de encontrarle un sentido a la presente. No puede ser así entre nosotros. Añoramos la patria futura como una plenitud de aquello que ya aquí estamos viviendo, aunque de forma distinta, transformando lo mundano en prenda del Reino que Jesús nos ha venido a traer. Es el camino del monje que se deja purificar con el anhelo de la pascua.

Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

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