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Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

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Comunidad

7 días en el monasterio

2 Monjes Arrodillados

¿Te interesa tener una experiencia de silencio y espiritualidad, de vida sencilla en armonía con uno mismo y con lo que nos rodea? La espiritualidad solo es real cuando se vive y nos transforma. Te ofrecemos esa posibilidad sin más pretensiones, con el deseo de compartir lo que hemos recibido. Una experiencia vivida desde dentro, con los monjes y como los monjes.

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Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

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Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2a

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

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Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad


 

Monasterio Cisterciense Santa María de Huerta

 

La experiencia de quietud del hesicasmo pasa por el distanciamiento físico de las personas y de las cosas, pero también por el distanciamiento de los mismos pensamientos. Evidentemente no se trata de prescindir de pensar, pero sí de tomar una cierta distancia de los pensamientos dejándolos de vez en cuando en “stand by”, que es lo que hacemos en la oración silenciosa.

La soledad exterior e interior se potencian mutuamente, pero no siempre van de la mano. La soledad física a veces cuesta conseguirla, pero se puede lograr siquiera temporalmente cuando estamos dispuestos a sacrificar algo. La soledad interior, sin embargo, requiere un trabajo mucho más delicado e intenso. Si yo quiero ir al desierto, basta con saber dónde está y dirigirme a él. Pero el silencio del alma y sus facultades requiere un conocimiento de éstas que no es tan sencillo como activar un localizador o GPS. Para poder silenciar y apaciguar las propias pasiones, primero tenemos que hacer un trabajo introspectivo de conocimiento. Conocer su origen, su forma de actuar y de qué forma lo hacen en mí. Este primer paso de conocimiento de mí mismo es al que nos invitaba el monacato antiguo con los conocidos “pensamientos” de los que nos hablan Evagrio Póntico y Casiano, los que se han dado en llamar pecados capitales.

El vaciamiento interior busca llenarse, la inquietud del corazón busca apaciguarse. De ahí nuestra insaciabilidad que nos lleva a picotear en todos los sitios buscando llenar lo que no puede ser llenado desde fuera, porque la fuente la llevamos dentro y necesitamos descubrirla.

Ciertamente que el camino del hesicasmo, buscando ese silencio y apaciguamiento interior, puede llevar a una insana indiferencia hacia el prójimo. Cuando San Ireneo criticaba ciertos postulados y actitudes gnósticas, era por la facilidad con que la dimensión salvífica se podía reducir al ámbito personal e intelectual, buscando una experiencia espiritual descomprometida. Por eso insistía en que el auténtico camino de salvación se centra en la caridad, en el amor a los semejantes y en la entrega personal, tal y como nos dice Jesús uniendo el mandamiento del amor a Dios con el del amor a los hombres y presentándonos el día del juicio final, cuando se indicará quién se salva y quién no, como una evaluación en el amor por las obras de misericordia.

Esto, no obstante, no contradice en absoluto el trabajo por buscar la quietud interior, simplemente lo sitúa en su justo lugar. La quietud interior busca el despojo de todo lo que nos puede entorpecer una contemplación de Dios más profunda y lúcida, pero esa contemplación no puede sino acrecentar en nosotros una mayor sensibilidad que escucha y ve la necesidad del hermano y nos impulsa a atenderla y comprometernos.

Pero tanto el trabajo del propio corazón que intenta embridar sus pasiones, como la entrega asidua a los demás, pueden ser engañosos, encubriendo miedos o carencias. De ahí la necesidad de iluminar el ojo del alma con la luz del Espíritu que se percibe en el silencio de los sentidos y en el dominio de las pasiones. Es en esa iluminación recibida –que no provocada- cuando nos adentramos en el amor de Dios, amor con que Él nos ama y amor con el que nosotros nos sentimos impulsados a amar. Un amor purificado de nuestro yo dominante y asentado en la pureza gratuita del amor de Dios.

La necesidad de buscar esa quietud del corazón la encontramos en innumerables autores desde la antigüedad con un denominador común. No se busca la soledad por sí misma o por simple huida, sino el bien de la inteligencia y la contemplación. En el cristianismo, sin embargo, siempre se valoró la comunión, la vida fraterna, el amor a los semejantes. Por esa razón, la soledad buscada por los monjes cristianos no podía ser ajena a esa realidad. De ahí la conocida expresión de Evagrio Póntico: “Monje es aquél que está separado de todos y unido a todos”. Y Orígenes: “Los santos, mediante la contemplación, están unidos a Dios, entre sí y con los demás”.

Evagrio reconoce que no todos los pensamientos son dañinos. No dañan los que no dejan impronta en la inteligencia, pues pertenecen al quehacer diario, si no ponemos en ellos el corazón (tomar distancia de las cosas sin dejarse atar por ellas). Los pensamientos que dañan son los que imprimen una imagen en la inteligencia, los que dejamos que nos afecten. Éstos sí que indicen decisivamente en la oración, pues excitan las pasiones y no los podemos dejar fácilmente.

La quietud del hesicasmo no tiene nada que ver con el quietismo, pues exige un empeño trabajoso. Para iniciar el camino de la quietud debemos trabajar primero en ordenar nuestros pensamientos, pues ellos son el origen de nuestras decisiones finales. Actuamos partiendo de un pensamiento inicial que será lo que nos lleve finalmente a tomar decisiones. De ahí la importancia de cómo sean nuestros pensamientos. Los pensamientos desordenados son tóxicos y fácilmente terminan esclavizándonos y apartándonos de lo que realmente somos, tomando decisiones que nos perjudican. Esos pensamientos tienen ocho raíces principales que él llamará los ocho vicios.

Los pensamientos siempre están activos en nosotros. No paramos de pensar, y eso influye no solo en nuestras decisiones, sino también en nuestro estado más profundo, viviendo en paz o en guerra. Con frecuencia no paramos de “dar vueltas a la cabeza”, como decimos coloquialmente. Y es que los pensamientos son necesarios, pero también son la mayor fuente de sufrimiento inútil. Depende cómo los utilicemos nos ayudarán o serán un gran obstáculo en nuestra vida. El problema surge cuando nuestros pensamientos se apoderan de nosotros en lugar de estar a nuestro servicio. Creemos controlar nuestra mente, pero no somos capaces de desactivarla cuando queremos, viviendo en un torbellino de pensamientos que nos sacan de la realidad que estamos viviendo y nos llenan de preocupaciones y de temores. Silenciar los pensamientos inútiles nos ayuda a encontrar la paz y a vivir desde lo que somos sin dejar que nos bombardeen sin parar.

Cuando dejamos que los pensamientos vivan alocados en nuestra mente, enloquecemos de alguna forma. Imaginemos que vemos a alguien por la calle gesticular y hablar solo. Lo primero que nos viene a la mente es que esa persona está loca. Pues bien, es exactamente lo mismo que hacemos nosotros en nuestra mente, aunque no lo expresemos en voz alta. Pensamos, debatimos, juzgamos, refutamos, atacamos, nos defendemos, contraatacamos, … y todo ello en un mundo imaginario e irreal, como personas enajenadas, quedando fatigados y predisponiéndonos negativamente contra los que nos disgustan o nos asustan.

Por lo general, esos pensamientos que surgen dentro de nosotros no son más que la voz de nuestros temores por cosas que nos han podido suceder en el pasado. Olvidamos lo que nos ocurrió, pero el temor que nos dejó quedó dentro de nosotros como una cicatriz que se abre en circunstancias parecidas, brotando nuestro sentimiento de indefensión. Total, que sufrimos lo indescriptible por cosas que ni han sucedido ni probablemente sucederán.

Para poner freno a esa locura hay algo que podemos hacer y tiene su eficacia, contemplarnos a nosotros mismos desde fuera, de una manera introspectiva. Una forma de aprender a dominar nuestros pensamientos es tomar distancia de ellos. Cuando nos turban pensamientos obsesivos que no nos dejan en paz o nos inducen a hacer aquello que no deseamos, es bueno hacer como que nos contemplamos a nosotros mismos desde fuera, con cierta imparcialidad y distancia, como si se tratase de otra persona. Hacer eso siempre sin juzgarnos, con simple objetividad. Al observarnos en esa lucha con unos pensamientos que vienen sin llamarlos y nos inquietan, vamos percibiendo que nosotros no somos nuestros pensamientos, no somos esa voz que nos aturde. Esto nos ayuda a vivir en paz. Los pensamientos están ahí y yo estoy aquí. Cuando descubro eso puedo llevarlos con paciencia, como el que tiene que aguantar el ruido de los coches en la calle que le dificulta la atención en el estudio, hasta que deja de luchar contra él y se olvida de él. Pero si nos confundimos con esos pensamientos, nos sentiremos culpables y los alimentaremos al intentar eliminarlos. Es más eficaz desactivar que tratar de eliminar.

Ese es un buen comienzo para tratar de silenciar nuestra mente. No se trata de no pensar, sino de pensar de forma saludable. Dicen que el 80 % de nuestros pensamientos son repetitivos, se entretienen en curiosear o juzgar vidas ajenas y terminan haciéndonos mucho daño. El pensamiento es como una herramienta. Las herramientas las usamos cuando las necesitamos y las dejamos guardadas en su sitio cuando no las necesitamos, dispuestas siempre para volverlas a usar cuando surja la ocasión. Un coche no se estropea por dejarlo en el garaje cuando no tenemos necesidad de viajar. Sí se estropea por sobrecalentamiento si no dejamos que pare ni un momento. Algo parecido nos sucede a nosotros cuando desgastamos la mente al no dejarla reposar ni un instante. Y, sin embargo, cuando la silenciamos descubrimos cosas que nos sorprenden.

Nosotros y nuestra inteligencia somos mucho más que nuestra mente pensando. Fijaros simplemente en un detalle: cuando a veces estamos en silencio o en oración silenciosa, brota de repente una luz, una idea, una intuición que no hubiéramos alcanzado con la mente pensando sin parar. Parece como si el dar rienda suelta a los pensamientos nos estuviera oscureciendo la inteligencia al dejar entrar a todas las emociones, mientras que al silenciar la mente brota de forma incontaminada lo que hay en nuestro interior, ahí donde reside nuestro verdadero ser. El amor, la alegría, la paz o la creatividad surgen más allá de los pensamientos, pues son algo previo, más profundo. Es verdad que algunas intuiciones interesantes pueden surgir también cuando pensamos, pero suelen tener un matiz más utilitarista e interesado, no tan puro.

Que nadie piense que la mística supone alejamiento, sino es más bien adentramiento transcendente, como el silencio es el hueco donde resuena la palabra. Todo forma una unidad interrelacionada, aunque algunos se empeñen en no verlo así. Hablamos de nuestras necesidades corporales o del valor de nuestro cuerpo y algunos lo consideran hedonismo y vivir de tejas abajo. Hablamos de los procesos psicológicos y emocionales que nos habitan, y algunos dicen que no se puede psicologizar todo, que eso diluye nuestra realidad espiritual. Hablamos de espiritualidad y cómo la fe y la transcendencia son una referencia fundamental en nuestras vidas, y algunos lo tachan de espiritualismo. Si hablamos del compromiso social al que nos debe llevar la fe, algunos lo califican de implicación política partidista que se aleja de una vida de oración. Y si nos paramos a hablar del trabajo del corazón y la vida de oración, es que somos autistas autorreferenciados que no nos importan los demás.

El ser humano abarca todas esas facetas al mismo tiempo. Hablar de una de ellas no excluye las demás, pero para hacer un cuadro hay que usar un color detrás de otro, mezclándolos oportunamente.

Todos hemos escuchado la expresión atribuida a Karl Rahner: “el cristiano del s. XXI será místico o no será”, expresión con otros matices atribuida también a otras personas. Es llamativa la paradoja que se da en nuestro tiempo, donde parece convivir un cierto ateísmo y antropocentrismo radical con una fuerte necesidad espiritual. Más que rechazar a Dios, se reivindica al ser humano, especialmente cuando hacemos de Dios un refugio cómodo que debe solucionar nuestros problemas. Es una reivindicación de lo secular, del cuerpo, de lo terreno, de la ciencia, frente a una espiritualidad que -piensan algunos- no se compromete o espera soluciones milagrosas. Es una espiritualidad que se centra en la experiencia personal y sospecha de las expresiones religiosas incongruentes con la propia vida cuando ha convivido con la violencia, el poder o los abusos. En general es una espiritualidad centrada en la persona y escasa de transcendencia.

Sin entrar en el debate de los peligros de esa espiritualidad, del uso inadecuado que se pueda hacer de ella o del substrato ideológico que la sustenta, hay que reconocer que también puede ser para nosotros un estímulo para redescubrir lo que ya tenemos y, a veces, hemos olvidado. Se suele decir que nuestro mejor maestro es la persona que nos incomoda, pues ella me enseña lo que hay en mí y lo que debo trabajar. Algo parecido nos sucede con la espiritualidad actual. Si nos conformamos con criticar la cultura en que vivimos, difícilmente aprenderemos algo. En un esfuerzo por aprender de lo que nos puede desconcertar, quisiera fijarme en nuestras fuentes cristianas y cómo encontramos en ellas una mística saludable que hoy se reclama y que nos puede ayudar a conectar con lo que verdaderamente somos, descubriendo ahí el templo de Dios que está vivo dentro de nosotros.

El gran sistematizador de la espiritualidad monástica cristiana, Evagrio Póntico (+ 399), nos propone el camino de la mística desde el propio conocimiento, haciendo un recorrido que nos llevará a la quietud de nuestro ser siguiendo el camino del hesicasmo: aléjate del bullicio, silencia tu mente y vive en la quietud y reposo interior donde tú habitas y donde habita Dios.

Cuando hablamos de “reposar” nos solemos referir al descanso. Cuando a uno le mandan reposo absoluto se le está diciendo poco menos que se quede tumbado descansando. El reposo alude también a que las cosas están tranquilas, sin movimiento. El agua en reposo es el agua sin agitación, en calma, sin movimiento. Por otro lado, reposar una cosa es dejar que se vaya asimilando, que haga su función. Reposar la comida es hacer la digestión, dejar que la comida se vaya asimilando. Un líquido en reposo deja que se asienten los sedimentos que hay en él.

El reposo no es propiamente una inactividad, sino una actividad pasiva, un dejar que las cosas sean, un terminar una etapa para comenzar otra. La naturaleza queda en reposo durante el invierno. Se trata pues de una inactividad aparente, pues es el momento de echar raíces, sin lo cual el crecimiento primaveral sería muy pobre. Cesa la actividad vistosa de la savia en ramas, hojas y frutos para preparar al árbol a una nueva jornada natural.

                Algo de todo esto sucede en la vida del espíritu. A esto es a lo que se refiere el hesicasmo. Por su valor intrínseco era algo buscado por los monjes antiguos, no simplemente el momento de descanso tras el trabajo realizado. Experimentar el reposo del corazón es preparar la estación de la vida, la puerta a un nuevo crecimiento. Es una experiencia buscada que tiene tres dimensiones: fuge, tace, quiesce (huye, calla, reposa).

La fuga mundi era parte de ese apartamiento. No se huye de nadie como si de demonios se tratase. Simplemente se busca la soledad para adentrarse en una experiencia vivificadora. El apartamiento físico es necesario para apaciguar los sentidos y poder tomar conciencia de nuestro ser interior. Evagrio nos decía que cuando el monje va al desierto se ahorra las turbaciones de los sentidos, quedando frente a su mundo interior. Santa Teresa nos habla de “la loca de la casa” que hay que dominar, y no solo por sus distracciones o fantasía, sino por todo ese mundo interior de sentimientos, emociones, deseos o estados de ánimo, que experimentamos. Sin una cierta soledad es imposible encontrar sosiego. Ese tomar distancia de las cosas nos permite separarnos lo suficiente de ellas como para que no nos atrapen en el activismo, las preocupaciones, o la ansiedad.

Callar y acallar es el segundo momento. Es la soledad interior, el silencio del alma y sus facultades, sin duda la soledad más importante. Si estoy solo es fácil que esté callado, pues lo contrario sería un síntoma peligroso. Cuando se está en el desierto junto con otros, en un monacato cenobítico, el silencio es como una forma de apartamiento físico -acústico en este caso-, que garantiza la soledad en comunidad y evita las preocupaciones propias de la murmuración, contenido habitual de toda palabra superficial. Pero aún quedan los discursos mentales siempre activos. Acallarlos es vivir ese silencio pleno que nos prepara para adentrarnos en el reposo del corazón. Tanto para la “huida” como para el silencio, se necesita una voluntad activa y un ejercicio práctico.

La quietud o reposo interior es un proceso más espiritual, un combate activo y pasivo. Esa quietud o reposo no es un mero estado de paz interior, de armonía o imperturbabilidad, aunque todo esto se dé. Se trata de un vivir en Dios por la oración, unido a Él y encontrando en Él la paz y la quietud.

El quiesce, reposo, supone un pararse en todos los sentidos, un “estar” donde se está, no solo estar en un sitio físico, sino estar con todo mi ser. Solo así se da el reposo. Quien está en un sitio a disgusto o por obligación, está, pero no encuentra reposo, está inquieto, deseoso de marchar de allí, dándose la paradoja que, por ese mismo motivo, en realidad no se encuentra en donde está presente su cuerpo. Para que haya verdadero reposo deben encontrarse en el mismo sitio el cuerpo y el espíritu, lo que supone estar con la voluntad y con la consciencia.

Encuentro trimestral de la Fraternidad de Laicos por videoconferencia. Hoy comienza Manuel su experiencia de 7 días.

La comunidad tiene su retiro mensual.

Viene Carlos a hacer los 7 días en el monasterio.

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Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

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