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Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

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Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

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Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

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Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad

Monasterio Cisterciense Santa María de Huerta

PRÓLOGO DE LA RB

(Pról.03)

                La exhortación de San Benito -“Escucha, hijo”- es algo cercano e íntimo, pero al mismo tiempo quiere darle una proyección universal: “quien quiera que seas”. Se dirige a todos los que están dispuestos a emprender el camino de retorno a Dios olvidándose de sí mismos. Así nos dice: A ti, pues, se dirige ahora mi palabra, quienquiera que seas, que renunciando a satisfacer tus propios deseos, para militar para el Señor, Cristo, el verdadero rey, tomas las potentísimas y espléndidas armas de la obediencia (v. 3).

Lo que más caracteriza la vida religiosa desde sus comienzos es el voto de virginidad consagrada. Quien se siente llamado a una vida orientada toda ella a la alabanza divina, como donación gratuita de sí mismo, expresa esa exclusividad con el voto de castidad. Es cierto que todos somos del Señor, hagamos lo que hagamos, pero el corazón es solamente uno y puede estar más o menos dividido. No es que la consagración religiosa pretenda apartarnos del amor a lo demás “porque nos distraen”, lo que sería una visión desencarnada del amor. Se trata más bien de una opción de vida que desea seguir el modelo vivido por Jesús de Nazaret en un amor universal, de ahí que el mejor calificativo para un religioso sea el de “hermano/a”. Esa consagración facilita vivir la primacía del amor de Dios en gratuidad y orientación plena hacia él, para en él encontrarnos con el amor universal de Dios que todo lo abarca y al que nosotros también nos debemos. Así los primeros “religiosos” fueron las vírgenes o los ascetas.

Pero dentro de éstos, lo que más caracteriza a los cenobitas es la obediencia. Quien se decide a vivir en comunidad, no sólo expresa la donación de sí con el voto de castidad, sino que también lo hace con el de obediencia, deseando seguir el camino de Jesús que se hizo obediente hasta el extremo. Así como el celibato es una opción espiritual del corazón que se expresa también corporalmente, igualmente la obediencia, siendo un ofrecimiento de sí a la voluntad divina, conlleva una expresión muy concreta a través de los superiores y los hermanos que nos va transformando el corazón.

Esto es algo laborioso, y así lo manifestaban los monjes antiguos. Hablaban del trabajo de la oración, pero también de lo costosa que era la obediencia. Pero aquí San Benito quiere dar un matiz más ilusionante a tan ardua empresa. Hablar de lo costoso de una empresa, de las muchas renuncias que hay que hacer, etc., desanima al personal y a más de uno le puede hacer abandonar. Pero presentarlo como un reto, algo hermoso que podemos alcanzar y por lo que debemos luchar, enardece los ánimos y empuja hacia delante. Es por eso que San Benito decide utilizar un lenguaje ya empleado por los apóstoles y los mártires y que en la edad media -cuando nace Císter- tuvo tanto gancho, el lenguaje de la milicia; algo, por lo demás, también presente en congregaciones modernas que llegan a entusiasmar a los jóvenes.

Soporta los sufrimientos como un buen soldado de Cristo, le decía San Pablo a Timoteo (2Tim 2,3). Y nos dice también a nosotros: Poneos las armas que Dios da para resistir a las estratagemas del diablo, porque la lucha nuestra no es contra hombres de carne y hueso, sino (...) contra las fuerzas espirituales del mal. Por eso os digo que cojáis las armas que Dios da, para poder hacerles frente en el momento difícil y acabar el combate sin perder terreno. Conque en pie: “abrochaos el cinturón de la verdad, por coraza poneos la honradez” -Is 11,5-; bien calzados, “dispuestos a dar la noticia de la paz” -Is 52,7-. Tened siempre embrazado el escudo de la fe, que os permitirá apagar todas las flechas incendiarias del malo. Tomad “por casco la salvación y por espada la del Espíritu” -Is 59,17-, es decir, la palabra de Dios (Ef 6, 10-17).

El monje es un soldado de Cristo, que milita bajo su estandarte y utiliza sus armas. El estandarte de Cristo es su cruz victoriosa, su misterio pascual. Quien no quiera aceptar esa realidad en su propia vida podrá ser un buen soldado, pero bajo otro estandarte. Cuando la cruz la vivimos como escándalo o necedad, no somos de Cristo. Cuando la acogemos con la mansedumbre del que confía en Aquél que la venció, entonces podemos sentirnos verdaderamente de Cristo. Militar bajo su estandarte es confiar que el Señor está con nosotros, en nuestra frágil barca agitada por las aguas; que él va delante, que él nos sostiene, que él lucha en nosotros y por nosotros, que él garantiza la victoria a los humildes.

Y ¿cuáles son las armas? Es muy importante tener las armas idóneas si no queremos hacer el ridículo. Emplear flechas contra tanques es tan ridículo como emplear tanques contra indígenas dispersos en la selva. Para saber qué armas emplear necesitamos saber primero quién es el enemigo al que se combate. San Pablo ya nos lo recordaba: “las fuerzas espirituales del mal”. Esas fuerzas que luchan dentro de nosotros y que nos llevan a hacer el mal que no queremos y dejar de hacer el bien que deseamos. Esas fuerzas que empujaron al hombre a apartarse de Dios por el camino de la desobediencia. Por eso San Benito centra en esto las armas que debemos tomar, esas mismas que perdimos con nuestra ofuscación por el pecado, pero que Cristo ha conseguido rescatar. Él nos las ofrece de nuevo para que nosotros podamos gozar de la mansedumbre de los sencillos, verdadera vivencia del Reino de Dios ya en este mundo como anticipo de su plenitud más allá de la muerte. ¿Hay mayor gozo que el vivir desde el amor de Dios?

De esta forma, el retorno a Dios adquiere un matiz marcial, glorioso, exultante, pero al mismo tiempo humilde, confiado, gozoso. Empuñamos las armas de la obediencia que nos hace humildes y nos robustece a un mismo tiempo. Cristo, a quien seguimos, se va haciendo en nosotros y su victoria la ven los hermanos que nos rodean. No es algo meramente pasivo, no es una simple renuncia que aceptamos a veces con tristeza, sino que se trata más bien de un empeño, de un deseo, de un combate ofensivo. Por eso San Benito nos hablaba de ese obedecerse a porfía, sólo comprensible para los que de verdad desean militar bajo el estandarte de Cristo.

Los estudiosos dicen que los términos militia y militare “no designaban exclusivamente el servicio de armas, sino que se aplicaba, asimismo, al servicio civil”. De tal forma que militare evoca la idea del servicio de los siervos de Dios. Pero a fin de cuentas da igual decir que se sirve a Dios siguiendo el ejemplo de Cristo obediente hasta la muerte, que militar en sus filas con las armas de la obediencia.

Finalmente quisiera resaltar cómo San Benito hace la diferencia de ese combate entre los ermitaños, que curtidos en la vida espiritual lo pueden realizar solos, y los cenobitas, que encuentran gran apoyo en la misma comunidad. Se supone que el ermitaño ya ha vencido la voluntad propia que nos esclaviza y ha obtenido el don de un oído atento y dócil a la palabra de Dios. Los que vivimos en comunidad tenemos la gran ayuda de los hermanos, que continuamente nos invitan a renunciar a nosotros mismos por amor, aunque a veces esto nos fastidie bastante. Cuanto más nos fastidian los hermanos, más necesitados estamos de vivir en comunidad, pues es signo de que nuestro ego está demasiado arraigado como para obedecer, estamos demasiado maniatados por nuestras Aveleidades@ que nos esclavizan. Cuando los hermanos ya no nos fastidian -aunque nos puedan resultar algo incómodos- es el signo más claro de nuestro avance en esa militia Christi.

PRÓLOGO DE LA RB

(Pról.02)

Escucha, hijo, los preceptos de un maestro e inclina el oído de tu corazón, acoge con gusto la exhortación de un padre bondadoso y ponla en práctica. En esta primera frase del Prólogo se observa el tono tan entrañable que emplea San Benito. Bien sabe él que la dulzura, el animar y el tocar el corazón es lo que hace cambiar a las personas. Es el Espíritu el que nos hace exclamar: “Abba, Padre”. Cuando revitalizamos el oído del corazón se agudiza el Espíritu que habita en nosotros y empezamos a ver las cosas desde la fe, pasando del mandato que mata a la exhortación que transforma. Si la vida monástica es una relación personal con el Señor –como Jesús tenía con su Padre-, un camino de amistad que nos va transformando, a nadie se le puede llevar por él de la oreja. Igual que Dios busca conquistar a su pueblo, San Benito emplea un tono paternal y de intimidad. Él no está legislando para un ejército ni para la buena marcha de un pueblo. Pero también es cierto que su experiencia y sentido común le llevan a tener en cuenta a aquellos que se han podido dormir o despistar, e incluso que se alejan notoriamente del camino emprendido, y que pueden ser causa de tropiezo o escándalo para el resto de la comunidad. Sólo en estos casos se muestra riguroso, movido igualmente por el amor a la comunidad. Pero a los dóciles y deseosos de responder, los estimula con palabras alentadoras.

Al referirse desde el principio a los preceptos del maestro y a las exhortaciones del padre bondadoso, San Benito se refiere a Cristo, pero también a él mismo. Algunos vieron esta atribución con recelo. Incluso, ya antes, el mismo San Jerónimo se oponía a que alguien se asignase el título de padre o maestro, pues el Señor lo había prohibido: Vosotros no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo (Mt 23, 8-9). Pero la verdad es que tanto San Jerónimo como el mismo San Benito dejan pronto estos escrúpulos, conscientes como son de que la paternidad o el magisterio que representan no es suyo, sino que ellos son simples mediaciones del único Padre y Maestro. El mismo motivo que hace sonrojarse al que se ve llamado con atributos que no le son propios, es lo que luego le hace tomar conciencia que no puede apropiarse de lo que representa. De hecho, San Benito se refiere al superior del monasterio como “padre” y “maestro” cuando dice que debe tratar a los monjes con la severidad de un maestro y el piadoso afecto de un padre (RB 2,24). Si esto no se tiene claro, las relaciones en el monasterio variarán necesariamente, o bien cayendo en un paternalismo que infantiliza, o en un autoritarismo que provoca temor e induce al cumplimiento sin amor, o en una camaradería que anula el papel espiritual del abad, o en una democratización a ultranza que anula la visión de fe. La paternidad y el magisterio de los que nos habla San Benito exigen madurez por parte del abad y de los hermanos, impulsando a éstos a vivir con amor filial su seguimiento al único Padre y Maestro en la escuela del monasterio. Igualmente, la actitud de principiante dispuesto a aprender, es algo sin lo cual difícilmente se puede prestar oído a la voz del Maestro. Vivir con esa actitud es prueba clara de nuestra sinceridad en la búsqueda de Dios y nuestro deseo de que habite en nosotros y nos transforme.

Escucha, hijo, los preceptos de un maestro e inclina el oído de tu corazón, acoge con gusto la exhortación de un padre bondadoso y ponla en práctica, a fin de que por el trabajo de la obediencia retornes a Aquel de quien te habías apartado por la desidia de la desobediencia (RB Pról. 2).

La razón de abrir el oído del corazón a los preceptos del maestro y a las exhortaciones del padre, la expresa con claridad San Benito: para que por el trabajo de la obediencia retornes a Aquel de quien te habías apartado por la desidia de la desobediencia. Es curioso constatar cómo esta alusión a la desidia comienza la Regla y también la termina: Aunque, para nosotros, perezosos, de mala conducta y negligentes, (los escritos de los santos Padres) son motivo de vergüenza y confusión (RB 73, 7). Y es que el pecado que encontramos en el origen de la humanidad es el mismo que nos acecha aunque entremos en el monasterio. Fácilmente nos dormimos, fácilmente nos acomodamos y la molicie nos vence, arrastrándonos por el camino de la desobediencia que nos aleja del Evangelio y de su puerta estrecha. Es por eso que la Regla nos remite continuamente al Evangelio, para confrontarnos con él y estimular la fuerza del amor que todos albergamos y que nos pone en la senda del retorno a Aquel de quien nos habíamos separado.

Desde luego que la lógica de San Benito es aplastante: ¿Qué hemos de hacer al habernos apartado de Dios por la desobediencia? Pues está claro, volver a El por el mismo camino pero en sentido contrario, esto es, el de la obediencia. Es curioso cómo nosotros perdemos cantidad de tiempo analizando las cosas y buscando soluciones para marear la perdiz y no caminar en absoluto. Cuando caemos empezamos a buscar razones de por qué hemos caído, quien ha sido el culpable, si hubiéramos caído o no de haber ido por otro camino, si merece la pena seguir; quizá también busquemos razones de nuestra forma de ser y escarbemos en nuestro pasado o en nuestra infancia, o en nuestras taras de familia, etc.; quizás nos paralicemos balanceándonos en una autocompasión estéril, sintiendo pena de nosotros mismos y justificando nuestras manías por taras del pasado, y todo para no ponernos a caminar. Desde luego que avanzaríamos mucho más si fuéramos más sencillos, si tuviéramos más sentido común y si nos moviera el amor y no nuestras teorías. Aquél que se tropiece y caiga en el suelo y se limite a analizar el por qué se ha caído en lugar de levantarse, le pueden suceder cosas peores como ser arrollado por algún vehículo. Es de humanos el caer, pero sólo es propio de tontos el no levantarse.

Quizás una de las cosas que más nos paralizan es constatar nuestra impotencia o pensar que la tentación nos puede y que todo sería mejor emprendiendo otro camino, pues quizás nos hayamos equivocado. Todo es posible, pero está claro que sólo quien confía en la fuerza de Dios podrá dejarse llevar por el mismo Dios hacia sí. Si el camino del apartamiento lo hicimos como fruto de una decisión personal y por nuestras propias fuerzas, el camino de retorno lo realizamos por el deseo que Dios ha puesto en nosotros y al que nosotros sólo podemos dar nuestro consentimiento, pues nos sobrepasa. Esta primera expresión de la RB nos adentra de lleno en la historia de la salvación, desde el Génesis hasta los Evangelios: Lo mismo que el delito de uno solo (Adán) resultó en condena de todos los hombres, así el acto de fidelidad de uno solo (Cristo) resultó en el indulto y la vida para todos los hombres; es decir, como la desobediencia de aquel solo hombre constituyó pecadores a la multitud, así también por la obediencia de este solo constituirá justos a la multitud (Rom 5, 18-19).

PRÓLOGO DE LA RB

(Pról.01)

 El Prólogo de la RB es una bellísima catequesis sobre la vocación del monje y su camino espiritual, indicándonos la clave de lectura para entender el resto de la Regla. Nos invita a adentrarnos en el lenguaje sapiencial de la Sagrada Escritura. Nos habla de la exhortación que hace un padre a su hijo, de la enseñanza de un buen maestro que exhorta con vehemencia a elegir bien entre los dos caminos de la vida. Jesús ya nos hablaba de la doble senda: la ancha que nos pierde y la estrecha que nos da vida (cf. Mt 7, 13-14), y es éste un tema clásico y recurrente en la espiritualidad cristiana. La serie de imperativos que encontramos están en la línea sapiencial que amonesta, alienta e invita con amor exigente. El celo del padre y maestro aparece de una forma dramática en el Prólogo, impulsando al discípulo a que tome una decisión que concierne a su destino temporal y eterno. Es la propia felicidad lo que está en juego, por eso San Benito se muestra con un amor exigente, a la vez que lleno de misericordia.

 Pero lo que resalta sobre todo es el entusiasmo de la llamada. Hemos recibido, y recibimos cada día, una llamada de Dios que nos impulsa a caminar por el camino de la vida y alcanzar el gozo que se nos tiene reservado. Una llamada que se inserta en la llamada bautismal, y que San Benito la desarrollará comentando los salmos 33 y 14 (siempre cito siguiendo la liturgia = numeración de la Vulgata), tal y como hace la fuente más directa de la RB, que es la Regla del Maestro (RM).

 La palabra bautismo viene de un verbo griego que significa “sumergir”. Nuestro bautismo nos recuerda ese camino que hemos de hacer de desnudez e inmersión en nosotros mismos para que resurja aquello que realmente somos dejando lo que no somos pero se nos ha añadido como un molesto lastre.  La vida monástica quiere ser una expresión de ese camino espiritual, siendo el monasterio la “escuela” donde llevarlo a cabo.

 En el Prólogo de la Regla encontramos tres personajes: Cristo, el anciano que escribe y el joven monje. La misión de este último se orienta a “escuchar” para aprender el camino de la vida. El autor, el venerable maestro que comienza la Regla,  desaparece en seguida, para quedar la figura de Cristo como el centro absoluto que debemos contemplar. Si al principio se proclama a Cristo como el verdadero rey y Señor al que debemos servir por la obediencia, el Prólogo concluye animándonos a participar con paciencia en los sufrimientos de Cristo, para poder compartir también con él su reino.

 Cristo va a ser el auténtico y único Maestro. Él va enseñando poco a poco el camino de la vida a aquél que desee escuchar su llamada. Se entabla un diálogo muy bello en el que el Señor lleva siempre la iniciativa, a la espera de nuestra respuesta. Nos provoca, nos llama, nos inquieta, en una continua seducción que no obliga, pero que grita con amor paterno para llevarnos a gozar de su reino sin desanimarnos por las asperezas del camino, nada comparables con los frutos que recibe el que escucha su voz.

 Se trata de un diálogo muy personal, donde se nos invita no a alcanzar metas teóricas, sino al encuentro con una persona: Jesucristo. Un diálogo hermoso que denota la cercanía esponsal y paterna de Dios. Anima, fortalece, seduce. Esa es la vida monástica. Cuando no tenemos la experiencia de ese diálogo con Cristo, de ese encuentro personal con él, la vida se hace mortecina y costosa, demasiado centrada en uno mismo y, por eso, temerosa ante un futuro incierto. Cristo nos habla en cada momento de nuestra vida y nos va pidiendo respuestas que configuran poco a poco nuestro camino.

 Quien escucha la llamada inicial se pone en el camino que intuye. Pero una vez en él podemos sentarnos o seguir caminando. En ambos casos estamos en “nuestro camino”. ¿Pero de qué me vale estar en mi camino si no lo recorro? Ese camino interior es apasionante porque está en continua construcción. No es un camino hecho sobre el cual vamos, sino un camino que vamos haciendo, pues está en la línea del amor, donde la mutua respuesta de los amantes va configurando el camino mismo. Y si bien es cierto que a veces nos llevan, no es menos cierto que incluso para eso debemos dar una respuesta, debemos consentir que nos lleven, que el Señor “nos vaya haciendo”, camino pasivo de gran actividad.

 San Benito se sabe mediación del único Maestro, pero él mismo se sabe también discípulo. Por eso, unas veces se dirige al que lee su Regla con un afectuoso “tú”, mientras que otras él mismo se incluye al usar el pronombre “nosotros”.

 Escucha, hijo, los preceptos de un maestro e inclina el oído de tu corazón, acoge con gusto la exhortación de un padre bondadoso y ponla en práctica (RB Pról. 1).

 “Escucha”. Invitación especialmente apropiada en nuestra época, donde predomina el ruido y las muchas palabras que a veces nos aturden. Como si todo el mundo quisiera ser escuchado, hacer sentirse que existe. ¡Cuánta necesidad de ser escuchados, de ser reconocidos, de ser acogidos! Pero, ¿quién tiene tiempo y ganas para escuchar?

Juan comienza su evangelio diciendo que la “Palabra” de Dios quiso hacerse escuchar, darse a conocer, por lo que acampó entre nosotros, pero no fue recibida “por los suyos”. Nosotros somos los suyos, imagen suya en la que espera reconocerse el modelo. Acampó en medio de nosotros y en cada uno de nosotros, pero no hubo quien la escuchara en el latido de su propio corazón. ¿Dónde está el problema? ¿Dónde radica nuestra incapacidad? ¿No podemos? ¿No tenemos tiempo? ¿No queremos? ¿Nos da miedo? ¿No sabemos? ¿Estamos confusos con nuestros ruidos?

Lo primero que necesitamos para escuchar es silenciarnos. La experiencia simple del silencio nos permite escuchar los sonidos más tenues. Sonidos sutilmente vibrantes, pero acallados por tantos ruidos exteriores. En el silencio escuchamos nuestro verdadero yo, nos escuchamos. Y también escuchamos esa palabra del Espíritu que nos habla en el silencio de nuestro ser.

“Escucha”. ¿Qué debo escuchar? Escúchate primero a ti mismo. Escucha tu propio ser, tu cuerpo, tus sentimientos, tus sombras, tus anhelos. Aprende a escucharte haciendo el hueco necesario para poder acogerte.  El silencio es el vacío que permite acoger. ¿Cómo poder escuchar y acoger a los otros si primero no hago el hueco necesario para escucharme y acogerme a mí mismo? Tanto más necesitamos ser escuchados por los demás cuanto menos nos escuchamos a nosotros mismos. Tanto más difícil nos resulta escuchar a los demás cuanto menos hemos sido capaces de escucharnos a nosotros mismos. Sin esta escucha personal en el silencio, las palabras de los otros rebotan en nuestros propios ruidos sin ser acogidas. Responderemos sin haber escuchado, es decir, no sabremos acoger.

De ahí la importancia de la escucha y el mandato sereno y acuciante de la Regla de San Benito en su mismo comienzo. “Escucha” es la primera palabra de la Regla. “Escucha, hijo”. El tono de este comienzo es muy revelador. Denota el celo paterno del que habla, el lenguaje sapiencial del libro de los Proverbios: Hijo mío, haz caso de mis palabras, presta oído a mis consejos... (4, 20); Hijo mío, haz caso de mi experiencia, presta oído a mi inteligencia... (5, 1); Hijo mío, conserva mis palabras y guarda mis mandatos.... (7, 1). Es el tono de súplica del padre que ama y desea lo mejor para su hijo, pero siempre respetándole como a una persona adulta, sin tenerle por niño. Es un tono que suscita intimidad entre los que hablan. Por eso encontramos frecuentemente frases como ésas en los escritos de otros padres del monacato. Su paternidad espiritual era muy directa, fijándose en la persona que tienen delante. San Pacomio empieza una de sus catequesis diciendo: “Escucha, hijo mío; sé juicioso, acepta la doctrina, pues hay dos caminos....”. San Jerónimo, en su famosa carta 22 a Eustoquia, se valdrá directamente de la expresión sálmica: “Escucha, hija, mira; inclina tu oído y olvida tu pueblo y la casa paterna, y el rey codiciará tu hermosura”.  Pero quizás la expresión más cercana es la de San Basilio: “Escucha, hijo, la amonestación de tu padre e inclina tu oído a mis palabras; préstame de buen grado atención y oye con corazón confiado todo lo que voy a decirte”.

El padre espiritual exhorta al hijo con celo paterno, pero sin paternalismos ni protagonismos. Invita a escuchar al Maestro interior, a escuchar con el oído del corazón, que es el lugar donde reside el Espíritu de Dios. El maestro enseña con autoridad, el padre exhorta con amor. Ambas cosas se dan de la mano en el comienzo de la Regla.

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Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

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