Este sitio usa cookies y tecnologías similares. Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso.

Acepto

Teléfono: +34 975 327 002 :: Email: huerta@planalfa.es

Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

Leer Más [+]

Comunidad

7 días en el monasterio

2 Monjes Arrodillados

¿Te interesa tener una experiencia de silencio y espiritualidad, de vida sencilla en armonía con uno mismo y con lo que nos rodea? La espiritualidad solo es real cuando se vive y nos transforma. Te ofrecemos esa posibilidad sin más pretensiones, con el deseo de compartir lo que hemos recibido. Una experiencia vivida desde dentro, con los monjes y como los monjes.

Leer Más [+]

Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

Leer Más [+]

Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2a

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

Leer Más [+]

Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad


 

Sábado, 06 Junio 2020 15:55

SE 25 - La conversión cambia el corazón, el milagro, solo la situación

Jesús avala su autoridad con signos y milagros. Veamos cómo afronta en ellos el dolor humano y cómo reciben sus beneficiarios su acción salvífica.

Un leproso se acercó y se postró ante Jesús, diciendo: “Señor, si quieres puedes limpiarme”. Él extendió la mano, le tocó y dijo: “Quiero, queda limpio”. Y al instante quedó limpio de su lepra. Y Jesús le dice: “Mira, no se lo digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio” (Mt 8, 2-4).

Para que se pueda dar la curación de Dios se necesita una cercanía. En unos casos es el enfermo el que se acerca a Jesús. En otros, es Jesús quien se dirige al enfermo. En otros casos, finalmente, se da una cercanía solo por la fe, no físicamente. Pero en todas las situaciones se requiere ese acercamiento, pues se trata de una acción libre, no impuesta. Aunque sea el espíritu de Dios el que suscite el deseo de acercarse a Jesús, nosotros somos libres de hacerlo o no. La fe no se impone, se acoge. Los signos y milagros de Jesús no son acciones mágicas, sino acciones salvíficas que requieren la adhesión personal. De ahí la necesidad del acercamiento. No basta con saber que está aquí o allí, tenemos que ponernos en camino y acercarnos a él, dejar por un momento nuestras muchas ocupaciones para posibilitar ese encuentro.

El leproso se acerca a Jesús, se postra ante él reconociendo su poder y, abandonándose a su voluntad, le dice: “si quieres puedes curarme”. La fe le lleva a acercarse a Jesús, la compunción le permite reconocer su situación de leproso y el poder de Dios y la humildad cautiva la voluntad de Jesús. Son tres actitudes que todos tenemos a nuestro alcance por muy perdidos que nos encontremos. La fe se nos da. La compunción es el fruto de una fe acogida que nos permite tomar conciencia de nuestra situación miserable frente al poder misericordioso de Dios. La humildad es nuestra fuerza, pues Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.

La respuesta de Jesús es como un eco. A la pregunta “si quieres” le sucede la respuesta “quiero”. La salvación de Dios no se hace esperar, “extendió enseguida su mano y al instante quedó limpio”. Pero esa inmediatez de Dios no siempre se realiza de forma absoluta en el tiempo. Es como aquel al que se le capacita para cursar una licenciatura universitaria, dándole inteligencia, tiempo y posibilidades, pero solo obtendrá el título tras un trabajo personal. La magia busca cambiar las cosas sin más. La salvación de Dios busca transformar los corazones. Ese es el motivo por el que muchas veces creemos que nuestra oración no es escuchada: no buscamos la transformación salvadora según Dios, no aceptamos el trabajo de la conversión personal, sino simplemente queremos que nos quiten de delante el problema que nos incomoda o nos hagan santos sin esfuerzo alguno.

Y también corremos el riesgo de olvidarnos pronto de que es obra de Dios y no solo nuestra. Cierto que se nos pide un esfuerzo, pero de nada serviría sin la gracia divina. Por eso Jesús manda al leproso al sacerdote como representante de la comunidad, para que se reconozca públicamente la acción de Dios y se responda a ella con una ofrenda de agradecimiento y reconocimiento. Si nuestra adhesión al Señor Jesús nos permite creer en su poder, ¿de qué tememos?

Pero antes de mandarlo al sacerdote Jesús dice al leproso curado: “Mira, no se lo digas a nadie”. Nuestra tendencia es pensar que somos más que los demás, que somos unos privilegiados, y nos gusta presumir de nuestros éxitos o fortuna, mientras que tendemos a ocultar nuestros fracasos y disimular nuestros errores. Todo esto es comprensible cuando vivimos desde nosotros mismos y necesitamos el halago de los demás. Pero cuando lo que nos sucede es fruto de una experiencia espiritual transformante, sentimos pudor de comentarlo. Es como un secreto de alcoba con alguien que amamos verdaderamente. Y tanto más lo guardamos en el corazón cuanto más amamos al causante de esa experiencia. Es un secreto muy gratificante en sí mismo que lleva a vivirlo de forma pacífica y silenciosa en el interior de uno mismo, sin deseo alguno de proclamarlo salvo cuando se suscita un encuentro muy especial con otra persona que haya vivido algo parecido y a quien nos une una amistad espiritual. Entonces sí se puede sentir el deseo de compartir, pero ya con una lejanía notable del propio yo que se envanece, buscando más bien ensalzar a Aquél que produjo en nosotros una experiencia similar que solo es motivo de alabanza suya.

Cuando en la Biblia se habla de lepra se designan distintas enfermedades de la piel muy comunes en la antigüedad, como también lo son hoy día (cf. Lv 13). Lo que caracteriza a las enfermedades de la piel sobre las demás enfermedades es que producen repulsa y asco a los que las ven. Uno puede abrazar a otro sin dificultad cuando tiene un cáncer extendido por dentro, pero disfruta de una piel sana. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice el refrán. Lo que vemos es lo que nos atrae o nos repele, aunque no sea más que una apariencia. La enfermedad de la piel es como nuestras torpezas y manías que alejan a los demás de nosotros, pues nos guiamos por las apariencias y nuestros miedos suelen surgir del valor que damos a lo que vemos. ¿O es que no consideramos leprosos a algunos a los que no nos acercamos por repugnarnos su forma de ser, de vestir, de oler o de actuar? Y es posible, incluso, que deseemos que los demás los traten así, como leprosos, aislados del grupo para no contaminarlo, y llevando una campanilla que nos avise de su cercanía, si es que no somos nosotros mismos los que hacemos de campanilla previniendo a los demás de su lepra para que se alejen de él. Sí, también eso se da entre nosotros y no nos damos cuenta porque lo justificamos con consideraciones que tienen parte de verdad, pero que también nos pueden alejar del comportamiento de Jesús. Razones como: es mejor apartar al enfermo para que no contagie a los demás, con un cierto parecido a las palabras de Caifás cuando dijo: “es mejor que muera un solo hombre a que no perezca todo el pueblo”. Esas palabras son verdad, pero alcanzan un sentido muy distinto dichas por Jesús o dichas por Caifás. Esas palabras son verdad, y también nos las recuerda San Benito, pero a veces nos apresuramos a hacer uso de ellas con mucha antelación.

Jesús nos pide dar un paso más, no retirarnos cuando las apariencias del hermano nos resultan desagradables. Todos tenemos un momento especial en el que conseguimos dar un paso importante en nuestra vida, donde se cambian muchas cosas. La vida es un proceso, pero siempre hay un momento clave que marca nuestro rumbo, donde hay un antes y un después. La conversión de San Francisco tuvo ese momento cuando logró abrazar al leproso que tanta repugnancia le provocaba. No basta con tomar conciencia de la repugnancia que me producen ciertas personas o acontecimientos. No basta con tomar conciencia de que el otro no tiene culpa, sino que soy yo quien no sabe afrontar las cosas. Necesitamos dar el paso, dar el abrazo al leproso para verme libre y que mi vida cambie. Tocar salvíficamente lo que me repugna del hermano sana al hermano y produce el milagro de mi conversión. Jesús extendió la mano y le tocó al leproso, nos dice el evangelio. Sus discípulos debemos hacer lo mismo.

Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

banner 16

monasterios con hospederia