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Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

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Comunidad

7 días en el monasterio

2 Monjes Arrodillados

¿Te interesa tener una experiencia de silencio y espiritualidad, de vida sencilla en armonía con uno mismo y con lo que nos rodea? La espiritualidad solo es real cuando se vive y nos transforma. Te ofrecemos esa posibilidad sin más pretensiones, con el deseo de compartir lo que hemos recibido. Una experiencia vivida desde dentro, con los monjes y como los monjes.

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Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

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Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2a

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

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Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad


 

Sábado, 21 Marzo 2020 15:39

SE 14 - Nuestro tesoro

De las tres buenas obras que debemos realizar para ser justos delante de Dios según la mentalidad judía (limosna, oración y ayuno), el evangelio nos pone en tercer lugar el ayuno, que debemos practicarlo también en secreto, como la limosna y la oración.

Parece como si Jesús nos invitase al disimulo, algo que contrasta con su deseo de que vivamos en la verdad. ¿Por qué hemos de ocultar lo que hacemos bien? Personalmente creo que no debemos dejar de hacer ninguna obra buena por evitar ser vistos, ni afanarnos excesivamente por ocultarla, pero tampoco parece el camino correcto proclamar nuestras buenas acciones, que es la tendencia más natural, pues nos gusta que los demás se enteren de lo que hemos hecho, eso sí, sin que parezca que somos presuntuosos. El mandato de que no se entere tu mano izquierda de la obra buena que hace tu derecha, es una prueba muy fuerte para nuestro ego.

Jesús nos explica el por qué de ese mandato de realizar las buenas obras en secreto: Dios ve lo que está secreto y lo prefiere, es signo de que actuamos por él y nada más, desde el amor de Dios, sin buscar otra recompensa. El secreto es signo de complicidad y de predilección. Cuando confiamos un secreto a alguien estamos mostrando la predilección por él, le estamos compartiendo algo de nuestra intimidad. En cuanto buscamos que los demás lo conozcan, el secreto desaparece y también la complicidad en el amor y sus consecuencias. Según Jesús, al publicar nuestras buenas obras ya recibimos la recompensa de los demás con su alabanza, ¿qué más queremos?

Todo esto, y los pasajes que vienen a continuación, nos hablan de la centralidad de Dios en nuestras vidas, de la invitación a vivir de una manera diferente a la superficialidad o las apariencias que son como aljibes agrietados incapaces de llenarnos. La superficialidad, también la espiritual, nos pone a nosotros como centro, preocupados de nuestro avance, de nuestra reputación, de que nos acojan y reconozcan. Quien vive desde su yo profundo se olvida de sí mismo para vivir desde el amor que, por esencia, está proyectado hacia el otro, es donación de sí para el otro, es deseo de vivir desde el Otro.

En el evangelio de hoy Jesús resalta que los mandamientos de Dios se resumen en dos: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo. En esto se condensa la ley y los profetas. Es decir, en el olvido de sí mismo para vivir de cara a Dios y en la entrega a los hermanos. Nuestro problema es que terminamos manipulando ese mandato. ¿Cómo? El mismo Jesús nos lo dice al elegir él los personajes de la parábola de hoy: un sacerdote y un escriba dejaron de ayudar al hombre necesitado por un supuesto amor a Dios, para no alterar el cumplimiento de sus obligaciones religiosas, para no mancharse cayendo en la impureza, para no quedar impuros en su servicio en el templo al que se dirigían (¿y si el hombre malherido llega a estar muerto y lo tocan?). Buena excusa para desentenderse del problema y no complicarse la vida con el pretexto de cumplir la ley. Y no pensemos que nosotros somos mejores que ellos. A veces no ayudamos al hermano inobservante para que aprenda, o porque estamos enfadados con él, o porque nos puede arrastrar a incumplir nosotros mismos lo que está establecido, o dejamos de ayudar al estirado porque él tampoco está dispuesto a ayudar de buena gana o nos mira con prepotencia y desdén, etc. Y para mayor inri Jesús elige también al personaje que sí vivió el mandato de Dios: un heterodoxo samaritano. Sin duda que se cumple aquello de que al final de la vida nos juzgarán en el amor y nada más, un amor que quien mejor lo puede evaluar es quien lo recibe, y no nuestro sentimiento engañoso o la creencia que tengamos de nuestra entrega a los demás. Preguntemos a los hermanos con quienes convivimos y descubriremos si se sienten amados por nosotros o no.

Somos conscientes de nuestra fragilidad en el amor y de nuestras carencias afectivas, que nos dificultan salir de nosotros mismos y nos mantienen dependientes de los demás, pero es bueno conocer el camino que nos guía a lo más auténtico, aunque tropecemos o vayamos arrastrando los pies. Negarlo sólo porque nos cuesta, tiene peores resultados.

Quien ayuna, se priva de algo o hace alguna obra buena y lo pregona para que los demás se enteren, no hace nada malo, pero de nada le sirve a su yo profundo, pues ya ha recibido la paga inmediata del reconocimiento o la alabanza. Jesús nos pide no nos contentemos con la recompensa inmediata del propio ego, sino que busquemos algo más duradero y consistente. De ahí que nos invite al disimulo para no mostrar fácilmente nuestras buenas obras. Es algo difícil de entender, pues vivimos de la imagen, pero, a pesar de ello, intuimos que tiene algo de verdad, pues las apariencias son inconsistentes y nos esclavizan ante la opinión de los demás, mientras que cuando actuamos por principios, sin buscar el aplauso de los otros, estamos renunciando al gusto inmediato para obtener un bienestar más profundo, que no dependerá de la aprobación de los demás.

En la perícopa siguiente del evangelio, Jesús nos lo aclara: Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón. El tesoro es lo más valioso para uno. Podemos disfrutar de muchas cosas y tener muchos bienes, pero solo tenemos a buen recaudo lo que consideramos más valioso, nuestro tesoro, por el que estamos dispuestos a renunciar a otras cosas de menos valor.

El evangelio nos invita a discernir qué es lo que tenemos nosotros por más valioso. Sin duda que todos diremos que nuestro mayor tesoro es Dios, la fe, etc., pero hemos de hacer un trabajo introspectivo para observarnos cómo actuamos, dónde ponemos todo nuestro afán, qué es lo que más nos molesta si nos lo quitan, qué es lo que más ansiamos y protegemos. Las cosas en sí mismas son buenas, el problema es hasta qué punto nos tienen preso el corazón o las anteponemos al mismo Dios. Por ejemplo, si nos hundimos en la miseria cuando oímos hablar mal de nosotros, si nos desesperamos cuando perdemos bienes materiales que nos daban seguridad, si maldecimos cuando nos viene la desgracia, etc., entonces es claro que todo eso eran grandes tesoros para nosotros, aunque creamos haberlo dejado todo. Jesús nos invita a trabajar sobre todo en lo que nos da consistencia precisamente ante las adversidades. No amontonéis esos tesoros, nos dice Mateo, la polilla y la carcoma se los terminan comiendo y sufriréis mucho inútilmente, pues no es un sufrimiento fruto del amor, sino de vivir auto referenciado.

Este pasaje se refiere principalmente a la seguridad que dan el dinero y los bienes materiales. Por eso Lucas es más explícito cuando dice: Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos.

Pero bien sabemos que en la vida religiosa ese no suele ser un gran problema para nosotros, pues la mayor parte de la comunidad no maneja el dinero, salvo para necesidades muy concretas y pequeñas. Es verdad, sin embargo, que, a veces, surge cierta preocupación cuando se cree que se está compartiendo demasiado con los demás, pero yo lo atribuyo a falta de perspectiva por no estar implicados directamente en los asuntos económicos ni conocer la evolución social en este punto. Es por lo que nosotros debemos leer este pasaje evangélico con una perspectiva más amplia y espiritual, ampliando los bienes materiales de los que se nos habla a otros aspectos de la vida, a otros tesoros que pueden aprisionar nuestro corazón. Despojarnos de nuestros tesoros materiales, psicológicos o ideológicos en favor del hermano y sus necesidades, es alcanzar un tesoro que nadie podrá robarnos. Es entonces cuando observamos que nuestra lengua, nuestros gestos o nuestros pensamientos hablan de lo que abunda el tesoro del corazón, predominando la compasión, la misericordia y el amor sobre cualquier otro ídolo que nos fabriquemos.

Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

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