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Cursillo

Vida Monástica y Oración

Cursillo Cister

Se trata de dar a conocer la vida monástica y la oración a toda persona que esté interesada. Durante los tres días del cursillo los participantes pueden convivir con los monjes participando de su oración y de su trabajo.

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Comunidad

7 días en el monasterio

2 Monjes Arrodillados

¿Te interesa tener una experiencia de silencio y espiritualidad, de vida sencilla en armonía con uno mismo y con lo que nos rodea? La espiritualidad solo es real cuando se vive y nos transforma. Te ofrecemos esa posibilidad sin más pretensiones, con el deseo de compartir lo que hemos recibido. Una experiencia vivida desde dentro, con los monjes y como los monjes.

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Fraternidad

Los Laicos Cistercienses

Fraternidad Cister

Somos un grupo de cristianos, hombres y mujeres laicos, de diversas edades y condición, que aspiramos a vivir en la sociedad de acuerdo con el mensaje evangélico, basándonos en la espiritualidad y carisma cisterciense.

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Vocación

Monastica Cisterciense

Vocacion Cister2

La vocación es Dios pidiendo permiso para caminar con nosotros y para que en nuestra vida hagamos su voluntad. En la medida en que uno se decide a dejarle sitio se va fortaleciendo la relación de amistad con Dios.

Y en esa amistad es donde se escucha la llamada. Y Dios se mete, no para, te busca, insiste... hasta que uno se decide por el sí o por el no.

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Descubrir el propio proyecto desde la fe, supone querer imitar a Jesús, vivir la experiencia de la amistad y de la compenetración con Jesús como amigo íntimo y salvador. Siempre cuenta con nosotros y no nos deja tranquilos, aunque respeta nuestra libertad


 

Sábado, 15 Febrero 2020 06:09

SE 12 - Garantizar nuestro perdón está en nuestras manos

La quinta petición del padrenuestro es todo un reconocimiento de nuestra fragilidad, una humilde petición de la misericordia de Dios y un compromiso personal de que nosotros actuaremos del mismo modo con las fragilidades de los demás: perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Por un lado, es un motivo de tranquilidad, pues ya que no podemos evitar el pecado, el Señor nos enseña cómo evitar la pena. Pero, por otro, estamos condicionando el perdón de Dios a nuestra disponibilidad a perdonar. Al menos esa es la interpretación del texto que hace el mismo Jesús a continuación: Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

A veces cometemos errores, hacemos lo que no debiéramos, ofendemos gratuitamente, y nos sentimos mal. Por un lado, hacemos daño a la otra persona y enturbiamos la relación. Ese “otro” puede ser nuestro semejante o el mismo Dios. A nuestro semejante podemos ofenderlo, pero a Dios no, si bien se daña la relación con ambos. En ambos casos nosotros mismos nos sentimos mal y se genera en nosotros un sentimiento de culpa que nos corroe. Ese sentimiento no desaparece hasta que no se restablece la relación con el otro, es decir, hasta que no se recibe el perdón del otro. Es lo que sentimos cuando escuchamos al otro que nos perdona o nos acercamos al sacramento de la reconciliación y escuchamos al sacerdote decirnos en nombre de Dios que nuestros pecados han sido perdonados. Es entonces cuando se desvanece el sentimiento de culpa, un sentimiento de culpa purificador porque nos impulsa a purificarnos y que desaparece al lograr su objetivo: restablecer la relación rota.

Pero no podemos olvidar que también hay otro sentimiento de culpa patológico, fruto de los escrúpulos o del narcisismo del que se mira continuamente a sí mismo o es demasiado perfeccionista. Este sentimiento de culpa es algo psicológico que nosotros nos creamos y que solo desaparecerá tomando distancia de los pensamientos y sentimientos nocivos que nos invaden sin fundamento. Cuando asumimos nuestra fragilidad y nuestras equivocaciones, cuando aceptamos que no es necesario que todos nos quieran y alaben, cuando nos reímos de nuestras meteduras de pata y las contemplamos con condescendencia, cuando hacemos de nuestros errores un aprendizaje en nuestro caminar y no una pesada carga que arrastrar siempre, cuando miramos hacia adelante sin llevar la cabeza girada hacia el pasado, cuando hacemos todo eso estamos echando de nosotros el sentimiento de culpa enfermiza que nos paraliza.

Es por eso que el Señor Jesús nos enseñe a pedir el perdón como camino de liberación interior. Ahora bien, ese perdón debe ser sincero, no basta con decir la palabra “perdona” vacía de contenido.

La justicia busca dar a cada uno lo suyo. Si uno roba, lo justo es que devuelva lo robado, además de ser castigado por el daño provocado a la comunidad con su mala acción. Si no puede devolver lo robado, el castigo será mayor. Cuando no hay una estructura social equitativa y justa, lo que prima es la venganza, que es la forma de satisfacer la ira que sentimos por haber sido agredidos de cualquier forma. El objeto robado se puede devolver, pero la herida hecha no siempre puede ser sanada. Así, la Ley del Talión habla de ojo por ojo y diente por diente, que es una forma de satisfacer la propia ira, pues sacarle el ojo al que me lo sacó a mí, no me va a devolver la vista.

Y cuando el perdón es completo, se renuncia a la pena que merece el culpable y/o a la deuda adquirida. Pero se necesita un arrepentimiento sincero, de forma que el mismo arrepentimiento y la petición de perdón vienen a sustituir al castigo. Evitarle el castigo al culpable sin una petición previa de perdón no es misericordia, sino debilidad personal que puede llegar a ser injusticia al privar al pecador de la ayuda necesaria para romper las cadenas de un pecado que terminará esclavizándolo. No olvidemos nunca la necesidad de la pedagogía en nuestro crecimiento personal.

En derecho los actos se juzgan por su gravedad objetiva, por la intencionalidad al cometerlos y por el destinatario de nuestros actos. No es lo mismo golpear a un adulto, a un niño, a un anciano o enfermo o a un jefe de Estado. Por ese motivo se dice que la ofensa a Dios tiene mayor gravedad, no por el daño que le podamos hacer a él, que es nulo, sino por su dignidad. Pues bien, el Señor nos propone una salida fácil. Ya que no podemos evitar el pecado, nos ofrece la forma de evitar la pena si nosotros actuamos como nos gustaría que actuaran con nosotros. Deja en nuestras manos el juicio y la pena que merecen nuestros actos: Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores. No lo afirma, sino que lo condiciona.

¿Cómo es posible esa condición? ¿Puede Dios no perdonar? Nuestra época es verdaderamente egocéntrica. Todo lo miramos desde nosotros mismos, si nos gusta o no, si nos es útil o no, si está de acuerdo con nuestras ideas o no. Nos cuesta escuchar a los demás y nos cuesta escuchar a Dios. Escuchar supone ser receptivo y estar dispuesto a acoger, no bastando guardar silencio en la espera de que el otro termine de hablar para evaluar en qué coincide lo que ha dicho con lo que yo pienso para darle o no la razón. Si antes se atemorizaba a la gente con la imagen de un Dios justiciero e irascible para evitar la agresividad de los más rudos, ahora tendemos a caer en la visión de un Dios con una misericordia buenista y poco pedagógica. Pero las palabras de Jesús son lo que son y él nos dice lo que nos dice en el evangelio. Sus razones tendrá para ello, y seguro que su enseñanza nos aporta una verdad salvífica que debiéramos acoger y poner en práctica.

El misterio de la encarnación tiene algo que ver con todo esto. Dios se ha comprometido hasta tal punto con su criatura humana que se ha hecho uno de nosotros. Y no solo eso. Al hacernos a imagen suya, lo que hacemos a uno de nuestros hermanos a él se lo hacemos, como nos recuerda en diversos lugares. Es por lo que nuestra magnanimidad en el perdón fraterno nos abre la puerta a la reconciliación con Dios. La primera carta de San Juan nos lo expresa gráficamente cuando nos dice que quien dice que ama a Dios, al que no ve, y no ama a su hermano, al que ve, es un mentiroso. Que el perdón que pedimos a Dios por nuestras malas obras se concretice en el perdón que damos nosotros a la imagen de Dios en el hermano.

Nuestra comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que en 1892 constituyeron la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (OCSO). Somos seguidores de la espiritualidad que San Benito dejó plasmada en su Regla escrita en el siglo VI y asumida por los primeros cistercienses desde la fundación de Císter en 1098.

La historia de nuestra comunidad es dilatada, pues sus orígenes remontan hacia 1150. El arte acumulado a lo largo de tantos siglos expresa, principalmente en la arquitectura, la vida del Espíritu que ha conformado nuestra existencia. Oración y trabajo, soledad interior y vida comunitaria, silencio que escucha y palabra que comparte y acoge, separación y solidaridad con el mundo, en especial con los pobres, serán las características que definan este modo de vida peculiar que no quiere separar lo humano de lo divino.

En la actualidad la comunidad de Sta. Mª de Huerta está formada por una veintena de monjes y tiene una fundación en el monasterio de Ntra. Sra. de MONTE SIÓN, a las afueras de Toledo. Esa vida que desea transmitir, también ha dado nuevos frutos en la Fraternidad de Laicos Cistercienses que se ha ido creando alrededor del monasterio y que viviendo en su condición secular quieren participar de su carisma.

La communauté de Santa María de Huerta est constituée de moines cisterciens de la branche qui créèrent en 1892, la OCSO (Ordre Cistercienne de la Stricte Observance). Ils se conforment a la Régle établie par Saint Benoît au sixième siècle et adoptée par le premiers cisterciens depuis la fondation de cet ordre.

L’histoire de cette communauté est ancienne puisque elle remonte a 1150. L’art accumule au fil de tant de siècles s'exprime principalement dans l architecture et la vie spirituelle qui sont en sont l'essence. La prière et le travail, la solitude et la vie en communauté, le silence et la parole, qui permettent l'écoute, le partage et l'accueil. L’isolement et la solidarité envers les autres, surtout les pauvres, sont les caractéristiques qui définissent ce mode de vie spécifique qui a pour fin de ne pas séparer l'humain du divin.

Actuellement, la communauté de Santa Maria de Huerta est composée d'une vingtaine de moines. Celle ci est en train de créer une nouvelle fondation, dans le Monastère de Notre Dame du Mont Sion, aux alentours de Tolède. Cet état d'esprit que souhaitent transmettre les moines, s’est étendu à des communautés laïques, crées autour des monastères,qui tout en menant une vie séculière, intègrent l'état d'esprit cistercien.

The monastery of Our Lady of Huerta is a community of Cistercian monks of the Strict Observance OCSO who follow the Rule of Saint Benedict, written in the 6th century. The Cistercian Order was founded in 1098.

Our Lady of Huerta has a long history, with its origin going back to 1150. Its art and architecture, accumulated down through the centuries, expresses the life of the Spirit that has shaped its existence. Prayer and work, inner solitude and community life, a silence that listens and a word of welcome, separation and solidarity with the world, especially the poor, are the characteristics of the community’s way of life, which seeks not to separate the human from the divine.

At present, the community of Our Lady of Huerta number approximately twenty monks. It has erected a new foundation, Our Lady of Mount Sion, on the outskirts of Toledo. This community’s life has also born fruit in a lay community that has grown up around the monastery and which, while living in ‘the world’, hopes to share in the Cistercian charisma.

«No anteponer nada al amor de Cristo»

Regla de San Benito LXXII,11.

«Si cuando queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con humildad y reverencia, con cuánta mayor razón se ha de suplicar al Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción».

Regla de San Benito XX, 1-2

«No abandones en seguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho. Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios»

Regla de San Benito, Prólogo, 48-49.

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