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                                                          ESPIRITUALIDAD Y MÍSTICA ESPONSAL

¿Caducada y reliquia del pasado o vigente y profética en el presente?

(Semana Monástica AOS-2007)

Me propongo hablar de esa experiencia del deseo de Dios que tomó forma esponsal durante la Edad Media y que, luego, los historiadores de la espiritualidad bautizaron con el nombre de “mística nupcial”. Una afirmación, hecha en un discutido documento del Magisterio, me ha servido como fuente de inspiración; dice así:

Como reflejo e irradiación de su vida contemplativa, las monjas ofrecen a la comunidad cristiana y al mundo de hoy, necesitado más que nunca de auténticos valores espirituales, un anuncio silencioso y un testimonio humilde del misterio de Dios, manteniendo viva de este modo la profecía en el corazón esponsal de la Iglesia (Verbi Sponsa 7; Cf. Vita Consecrata 85).

En la presente conferencia trataré de presentar el aporte monástico medieval y su fundamento bíblico; consideraré, luego, cómo dicho aporte tradicional puede ser comunicado en el mundo de hoy. Si logramos comunicarlo, podremos pensar que dicha comunicación es una de nuestras contribuciones al compromiso profético de la Iglesia en nuestros días. En este caso, la espiritualidad y mística esponsal no serán una reliquia caducada del pasado sino una realidad vigente y profética en nuestro presente.

Más concretamente, he aquí el itinerario que me propongo seguir. Las principales etapas son tres: el dato bíblico, el aporte medieval y nuestro presente abierto al futuro. Esto nos llevará a una conclusión en la que trataré de prestar voz al profetismo esponsal. En mayor detalle:

-Revelación judeo-cristiana

-Visión conjunta

-Cantos de la Kalá y el Dodí

-Un Esposo Salvador

-Acogida de la tradición medieval

-Un varón llamado Bernardo

-Una mujer llamada Matilde

-Entrega de lo recibido

-La categoría esponsal

-La espiritualidad esponsal

-Profetismo esponsal

Antes de cerrar esta introducción, se imponen cuatro aclaraciones que serán como una luz rectora de toda la exposición. Conviene tenerlas presentes desde el mismo inicio y en todo momento.

-Ante todo, ha de quedar claro que valoro el deseo humano y que me ubico en esa corriente de espiritualidad y mística en la que el deseo es primordial. La esponsalidad con Dios se juega en registros de deseo, es decir: búsqueda y encuentro, tensión siempre ardiente hacia Dios Deseable y permanencia en Él. Finalmente, me recuerdo a mí mismo y a todos los varones, el deseo se integra y eleva mediante: la renuncia a placeres sensibles como fines en sí mismos a fin de integrarlos en el gozo interpersonal, accediendo así a la bienaventuranza de la comunión en el espíritu.

 

 

 

-La segunda aclaración: hablaremos indistintamente de espiritualidad y mística esponsal. En el primer caso, entendemos: una vida en el Espíritu, con y por Cristo Esposo, hacia el Padre; vida acogida con fe, obrada en el amor y anticipada por la esperanza; vida que, por ser teologal, pneumática, cristológica y trinitaria, es asimismo eclesial. Ahora bien, cuando esta vida, por especial influjo de la gracia divina, se convierte en experiencia interior de presencia y comunión, gozando o padeciendo aquello que se conoce, podemos hablar con propiedad de mística. En algunos casos las fronteras son nítidas y la travesía es notable, en otros casos las fronteras son difumadas y el paso es gradual e imperceptible... El mundo de la relación con Dios no es el mundo de las ciencias exactas, ¡aunque es más cierto que todas las exactitudes humanas!

-Tercera aclaración: la especulación sobre el tema profético es siempre actual, por eso es importante explicar de qué estamos básicamente hablando. El profetismo es inherente a toda forma de vida consagrada, es decir, la vida consagrada, en cuanto tal, es profecía de la primacía de Dios y de los valores evangélicos en la vida cristiana. Dicho de otra forma, la vida consagrada, por su propia existencia, susurra, habla o grita que nada se ha de anteponer al amor por Jesucristo y por los pobres con quienes Él se identifica. De esta fuente profética pueden surgir y surgen hombres y mujeres que sienten lo que Dios siente y movidos por esta pasión divina proclaman propuestas innovadoras o renovadas al servicio de la Alianza de Dios con la humanidad, propuestas que muchas veces van a “contrapelo” de las modas, modelos vigentes y sistemas predominantes.

-La cuarta aclaración se refiere a todos nosotros, a ustedes y a mí, es decir: monjas y monjes que seguimos a Cristo con perseverancia y constancia por el camino monástico que lleva a la cruz del calvario y a la luz de la resurrección. Quiero creer también que, como diría Bernardo el claravalense: están suficientemente instruidos por la gracia de Dios para conocer y despreciar la vanidad de este mundo, como enseñan las palabras del Eclesiastés. ¿Y qué decir de los Proverbios? ¿Es que la doctrina que hay en estos dos libros no es suficiente para enmendar e informar nuestra vida y nuestras costumbres? ¡Por supuesto que sí, por eso podemos sin temor entrar en ese misterio sagrado y contemplativo, de la relación esponsal con el Señor, que sólo puede confiarse a espíritus y oídos sobrios y puros (Sobre el Cantar = SC 1:1)

1. Revelación judeo-cristiana

La mística, la espiritualidad y la virginidad o celibato en términos esponsales son una realidad basada en la revelación bíblica y no el producto de una imaginación romántica o eróticamente recalentada. Tampoco son un desborde de sexualidad femenina reprimida en un pequeño mundo claustral, ni producto de la opresión patriarcal, aunque haya a veces sido utilizada con tal finalidad.

Comenzamos, entonces, consultando la revelación judeo-cristiana a fin de edificar sobre el cimiento de la palabra divinamente inspirada. Luego de una visión general y conjunta, nos detendremos en el Cantar de los Cantares. Esto nos introducirá de la mano al Esposo Mesiánico y Salvador, nuestro Señor Jesucristo.

1.1. Visión conjunta

La esponsalidad divina-humana se revela por medio de numerosas afirmaciones de las Sagradas Escrituras. Recordemos, ante todo, que Juan el Bautista designa a Jesús como el esposo que tiene a la esposa, es decir, el pueblo que acude a su bautismo; mientras que él, Juan, se ve a sí mismo como el amigo del esposo, el que asiste y le oye, y que se alegra mucho con la voz del esposo (Jn.3:29).

Esta imagen esponsal ya se usaba en el Antiguo Testamento para indicar la relación íntima entre Dios e Israel: especialmente los profetas, después de Oseas (1-3), se sirvieron de ella para exaltar esa relación y recordarla al pueblo, cuando la traicionaba (Cf. Is.1:21; Jr.2:2; 3:1; 3:6-12; Ez.16; 23). En la segunda parte del libro de Isaías, la restauración de Israel se presenta como la reconciliación de la esposa infiel con el esposo (Cf. Is.50:1; 54:5-8; 62:4-5). Esta imagen de la religiosidad de Israel aparece también en el Cantar de los Cantares y en el Salmo 45, cantos nupciales que representan las bodas con el Rey-Mesías, es así como han sido interpretados por la tradición judía y cristiana.

En el ambiente de la tradición de su pueblo, Jesús toma esa imagen para decir que él mismo es el esposo anunciado y esperado: el Esposo-Mesías (Cf. Mt.9:15; 25:1). Insiste en esta analogía y en esta terminología, también para explicar qué es el reino que ha venido a traer. El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo (Mt.22:2). Parangona a sus discípulos con los compañeros del esposo, que se alegran de su presencia, y que ayunarán cuando se les quite el esposo (Cf. Mc. 2:19-20). También es muy conocida la otra parábola de las diez vírgenes que esperan la venida del esposo para una fiesta de bodas (Cf. Mt.25:1-13); y, de igual modo, la de los siervos que deben vigilar para acoger a su señor cuando vuelva de las bodas (Cf. Lc.12:35-38). En este sentido, es significativo también el primer milagro que Jesús realiza en Caná, precisamente durante un banquete de bodas (Cf. Jn.2:1-11).

 

Jesús, al definirse a sí mismo con el título de Esposo, expresó el sentido de su entrada en la historia. El Verbo se hizo humano a fin de realizar las bodas de Dios con la humanidad, según el anuncio profético, a fin de establecer la nueva Alianza de Yahveh con su pueblo y derramar un nuevo don de amor divino en el corazón de los hombres, haciéndoles gustar su alegría. Como Esposo, invita a responder a este don de amor: todos están llamados a responder con amor al Amor.

Sabemos que también san Pablo tomó y desarrolló la imagen de Cristo Esposo, sugerida por el Antiguo Testamento y adoptada por Jesús en su predicación y en la formación de sus discípulos. A quienes están unidos en matrimonio, el Apóstol les aconseja que consideren el ejemplo de la esponsalidad mesiánica: maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia (Ef.5:25). Pero también fuera de esta aplicación especial al matrimonio, considera la vida cristiana en la perspectiva de una comunión esponsal con Cristo: os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo (II.Cor.11:2).

Si deseamos sintetizar en pocas palabras el mensaje bíblico, podemos decir: el eros de Dios para con el hombre es a la vez caritas; o, con palabras quizás más atrevidas: la caritas divina es asimismo “erótica” (Cf. Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 10).

1.2. Cantos de la Kalá y el Dodí

En el libro inspirado del Cantar de los Cantares encontramos las bases para la espiritualidad y mística esponsal, prolongada en el Nuevo Testamento, sobre todo en el evangelio de San Juan.

El Shir hashirim es una colección de poemas amorosos originalmente independientes entre sí. Han sido unidos aunque sin una articulación unitaria, sino más bien ordenados por asociación de ideas y temas, lo cual le da una cierta uniformidad. Por lo tanto, podemos concluir: ni unitariedad ni fragmentariedad absolutas.

Los comentarios al Cantar en clave cristológica, eclesial y espiritual son numerosos. El Cantar de los Cantares enseñaba a los primeros cristianos “quién” es la Iglesia y, en consecuencia, quién es cada uno de ellos: toda la vida cristiana era entendida en forma esponsal. Los comentarios espirituales son más medidos y discretos, el Cantar se refiere al estado más avanzado del itinerario espiritual. Por eso se recomienda su lectura a quienes ya han avanzado de la carne al espíritu, pues sólo el hombre-mujer espiritual puede comprender su verdadero sentido.

No es este el lugar para hacer la historia de la hermenéutica del Cantar. Sabemos que la lectura tradicional, tanto judía cuanto cristiana, es de tipo alegórica. Simplificando un poco, esto significa que: el sentido del Cantar no se encuentra en el texto sino fuera de él (alegoría deriva de allos = otro), el texto es figura de otra realidad. Algunos eruditos distinguen dos formas en el “sentido alegórico”:

-El sentido alegórico simbólico (tipológico): el autor del Cantar habla de amores profanos, pero como tipo de la alianza de amor entre Dios y su Pueblo, entre Cristo y su Iglesia.

-El sentido alegórico figurado: el Cantar es una parábola epitalámica que revela el amor de Dios a los suyos y de Cristo por su esposa, pero sin alusión alguna a amores profanos.

Pese a todas las distinciones posibles, tengamos presente que en el Medioevo latino, al igual que en los siglos precedentes, no existía distinción entre alegorismo y simbolismo, ambos términos eran considerados sinónimos. Además, los autores medievales, al igual que los padres de la Iglesia precedentes, mezclan interpretaciones simbólicas o tipológicas y alegóricas de un modo no fácil de discernir. Los comentarios cistercienses al Cantar de los Cantares se ubican en la corriente de interpretación alegórica, pero introducen, como enseguida veremos, una novedad.

La exégesis contemporánea, y nosotros con ella, asume la tradición y la trasforma valorizando el sentido literal y natural del texto. El Cantar no es una alegoría, sino una metáfora o símbolo que reenvía a otra realidad: el amor humano es trascendido hacia el amor divino. Esta forma de interpretar el Cantar tiene en cuenta la lógica de la encarnación: lo divino está presente en lo humano. La dimensión teológica no es algo que se agrega desde afuera sino que es inherente al sentido literal del texto. En la letra, sólo en ella y mediante ella, se descubre el mensaje de fondo.

La oposición entre una lectura “naturalista” y una lectura “teológica” es un problema nuestro y no del autor(es) o época del Cantar. Algunas traducciones e interpretaciones no han escapado totalmente al influjo de la represión sexual o de la revolución sexual. Nunca hay que olvidar que se trata de un texto “divinamente inspirado”.

 

Un mismo lenguaje de amor expresa audazmente el amor interpersonal humano y el amor divino por el pueblo elegido de Dios. La Iglesia, y los místicos y místicas de todas las épocas, han reconocido el misterio de su unión con Cristo, en aquello que hay de más humano y de más divino. El Papa Benedicto, en su primera Carta encíclica, se expresa de la siguiente forma:

Por eso podemos comprender que la recepción del Cantar de los Cantares en el canon de la Sagrada Escritura se haya justificado muy pronto, porque el sentido de sus cantos de amor describen en el fondo la relación de Dios con el hombre y del hombre con Dios. De este modo, tanto en la literatura cristiana como en la judía, el Cantar de los Cantares se ha convertido en una fuente de conocimiento y de experiencia mística, en la cual se expresa la esencia de la fe bíblica: se da ciertamente una unificación del hombre con Dios —sueño originario del hombre—, pero esta unificación no es un fundirse juntos, un hundirse en el océano anónimo del Divino; es una unidad que crea amor, en la que ambos —Dios y el hombre— siguen siendo ellos mismos y, sin embargo, se convierten en una sola cosa: « El que se une al Señor, es un espíritu con él », dice san Pablo (1 Co 6, 17) (Deus Caritas Est, 10).

Como podemos ver, la esencia de la fe bíblica consiste en la comunión íntima entre Dios y el ser humano. Esta comunión es de tipo esponsal, el Cantar la canta a partir de una pareja humana abierta al más allá.

El amor, tal como Dios lo ha participado y creado, tiene en la tradición bíblica valor religioso y teológico: el amor conyugal está abierto a la trascendencia, por eso es apto para manifestar la relación con Dios y, al mismo tiempo, la alianza entre Dios e Israel y entre Cristo y la Iglesia. La interpretación “analógica” del Cantar permite constatar como este amor esponsal se actualiza del mismo modo y de modo diferente en la dimensión inmanente (humana) y trascendente (divina).

1.2.1. La pareja y su mutuo amor

La pareja del Cantar está formada por un “él” y una “ella”, uno y otra encarnan lo masculino y lo femenino en la experiencia del amor humano; lo que se dice sobre ellos se puede aplicar a todas las parejas de la historia.

Si tenemos en cuenta todo el Cantar y el contexto de la revelación bíblica veterotestamentaria, hay que afirmar que se trata de una pareja unida en matrimonio. En efecto, se canta como realizada la ceremonia del “desposorio”: hatunah, (3:11), que equivale a las bodas; la tradición hebrea no legitima jamás el amor libre y, además, la mujer soltera debía llegar virgen al matrimonio (Cf. Dt.22:13-21; 28).

Por lo recién dicho, nuestros personajes pueden muy bien ser llamados esposo y esposa. No obstante, con algún exégeta moderno, preferimos llamarlos: Kalá y Dodí, a fin de evocar todo lo que estas palabras sugieren.

-Kalá: que además de novia-esposa, es como un piropo que evoca “llenazón”, plenitud, perfección de belleza (Cant.4:7,9,10,11,12; 5:1).

-Dodí, o sea: el que me ama y a quien amo, resulta también un piropo y un nombre propio (Cant.1:13 + 27 veces su raíz).

El verbo ahev expresa en la Biblia hebrea una triple realidad: el amor a Dios (Dt.6:5), el amor entre amigos (I Sam.18:1, David y Jonatán) y el amor entre un varón y una mujer (Juec.16:4, Sansón y Dalila). La experiencia del amor mutuo (ahava) aparece a lo largo de todo el Cantar (1:3,4,7; 2:4,5,7; 3:1,2,3,4,5,10; 5:8; 7:7; 8:4,6,7); pero sólo al final se nos descubre como tema y mensaje central: el amor vence a la muerte. Se trata básicamente de un amor de pareja heterosexual, exclusivo, perenne y plenamente expresado: sensual y afectivo, erótico y sexual. Este amor se mueve en clave de deseo: ausencia y presencia, búsqueda y encuentro, tensión y reposo, dolor y gozo. Los físico y lo anímico van unidos; por eso el Cantar deja siempre un buen gusto, además, su lenguaje evocativo eleva el corazón; todo lo contrario de la crasa pornografía que reduce lo humano a lo animal y concentra en lo sexual. Las sugerencias permiten evitar la vulgaridad: ¡el deseo erótico tiene más recursos literarios que el simple sexo!

1.2.2. El Jardín del Dodí

 

Veamos un texto clave que se encuentra justamente en el centro de los poemas que componen el Cantar. Ubiquémoslo ante todo en su contexto precedente y tengamos en cuenta lo dicho sobre el sentido de estos poemas. El Dodí, que ha contemplado detenidamente el cuerpo de su Kalá la invita ahora a prepararse para el amor: Despierta, cierzo; llégate, austro; orea mi jardín, que exhale sus perfumes (Cant.4:16ab). Pareciera que ella no necesita preparaciones, pues inmediatamente responde invitando a su Dodí a gozar de sus encantos y a unirse en una sola carne: Entra, amor mío, en tu jardín a comer de sus frutos exquisitos (4:16cd). El así invitado no se hace esperar, es que la invitación corresponde a sus deseos más íntimos:

Ya entro a mi jardín, hermana y kalá mía,

a recoger el bálsamo y la mirra,

a comer de mi miel y mi panal,

a beber de mi leche y de mi vino

Compañeros, comed y bebed, y embriagaos con amores (Cant.5:1)

Y es así como se ha consumado la unión entre el Dodí y su Kalá: comunión de personas en la unidad de una sola carne. Este amor, no sólo es bueno, sino que también se invita a repetirlo y renovarlo. Presento ahora algunas notas exegéticas justificativas de la interpretación que hemos sugerido.

-Ya entro a mi jardín (5:1a)

El verbo entrar (venir, llegar, meter), en este contexto, resulta muy sugerente a cualquier oído hebreo. En el Antiguo Testamento este verbo suele utilizarse como eufemismo para hablar del acto sexual. Por ejemplo, cuando Raquel constata que no le da hijos a Jacob, le dice: Ahí tienes a mi criada Bilhá; entre a ella y que dé a luz sobre mis rodillas (Gn.30:3; Cf. Gn.6:4; Dt.25:5).

La entrada en, más aún si se trata del jardín, en el Cantar, expresa la unión de los amantes (Cant.1:4; 2:4; 3:4; 4:6; 8:2; Cf. 6:2,4). En efecto, la Kalá es un jardín (Cant.4:12,15-16; 6:2,11), al igual que se la identifica con la viña y la tierra. En todo Oriente, el “jardín” es: lugar del amor (Cant.1:16; 7:12; 8:5) y/o metáfora de la sexualidad femenina: Hijo mío, conserva sana la flor de tu juventud y no des tu vigor a extranjeras, busca un buen campo por todo el país y siembra tu semilla, fiel a tu estirpe; así durarán tus frutos y madurarán con la firmeza de tu estirpe. (Sir.26:20).

-Hermana y Kalá mía (5:1a)

Sólo en este canto del Dodí, en el que le canta a su Kalá bajo la metáfora del jardín, ella es llamada Hermana y Kalá (Hermana: 4 veces [4:9,10,12; 5:1]; Kalá: 6 veces [4:8,9,10,11,12; 5:1]). Ya hemos visto el significado del término Kalá, el cual además de significar novia y esposa, sirve también para “piropear”, tal como si se dijera: ¡hermosa de pies a cabeza!

Por lo demás, Hermana, es un término común para referirse a relaciones amigables y/o eróticas sin ninguna referencia de consanguinidad, homosexualidad o incesto. Valga el siguiente ejemplo como botón de muestra: Ragüel llamó a su mujer Edna y le dijo: Hermana prepara la otra habitación y lleva allí a Sarra (Tob.7:15; Cf. Tob.5:21;7:16; 10:6,13; Gn.12:13; 20:2,12; I Cor.9:5).

-A recoger el bálsamo y la mirra, a comer de mi miel y mi panal, a beber de mi leche y de mi vino (5:1bcd)

El Dodí comienza recogiendo, tomando o abrazando a su Kalá representada con la metáfora aromática del bálsamo y la mirra (Cant.4:13-14). Luego, del olfato se pasa al gusto. El valor simbólico del entrar se confirma con el comer y el beber que son metáforas arquetípicas de la unión sexual en toda la literatura amorosa del antiguo Oriente (Cf. Prov.5:15,19; 7:18; 9:17; 30:20). Veamos más detalladamente qué es lo que come y bebe el Dodí.

El alimento del Dodí es la miel y el panal. Notemos que en Cantar 4:11 los labios de la Amada son un panal que destila, en clara referencia a la dulzura de sus besos. En esto el Cantar parece polemizar con el autor de los Proverbios, allí donde dice: los labios de la extraña destilan miel y su paladar es más suave que el aceite (Prov.5:3). Hasta el habla de la Kalá es dulce y delicioso (Cant.4:3). El fuerte deseo amoroso del Dodí hace que se coma hasta el panal, el cual no es comestible... Cuando se ama locamente a alguien suele decirse: “me la/lo como”.

Y su bebida consiste, en este caso, en vino y leche: ¡rara mezcla! Las dos bebidas son mencionadas en Cantar 4:10-11 en relación con los besos (Cf. los frutos exquisitos en Cant.7:14). Se trata, en definitiva, del alimento más nutritivo y de la bebida más embriagadora.

 

El vino es símbolo del amor (Cant.1:2; 2:4; 7:3,10), y esto por dos motivos: por ser fruto de la viña-mujer y porque emborracha o saca fuera de sí mismo (Cant.5:1). Por si quedase alguna duda, escuchemos estos tres textos de indudable sabor vinícolo y erótico: Me metió en su bodega (=sala del vino) y contra mí enarbola su bandera de amor (Cant.2:4); tu ombligo (=sexo) es una copa redonda, rebosante de vino aromado (Cant.7:3); ...te metería en casa de mi madre, en la alcoba en que me crió, te daría a beber vino aromado (Cant.8:2)

La leche remite a los pechos maternos. La Kalá reenvía al Dodí a sus orígenes. Notemos, además: encontré al amor de mi alma, lo agarre y no lo soltaré, hasta meterlo en la casa de mi madre (Cant.3:4; Cf. 8:2). La mujer, por esposa que sea, guarda siempre sentimientos maternos aún hacia su propio marido; por otro lado, todo varón, por esposo que sea, al reencontrarse a sí mismo en el amor esponsal queda también remitido al origen.

El Dodí acoge plenamente la donación de sí misma de su Kalá. La mutua unión es fuente de placer y dulzura, gozo y pureza, vitalidad y fecundidad. La insistente repetición del pronombre personal, mí, repetido en total ocho veces, subraya la dimensión interpersonal de esta relación de amor. En ningún caso se trata de un dominio posesivo sino de la mutua pertenencia.

El poema se cierra con unas palabras que bien pueden ser del redactor-recopilador (aunque también podrían atribuirse al Dodí y/o a la Kalá, con lo cual cambiarían de sentido): Compañeros, comed y bebed, y embriagaos con amores (dodim) (Cant.5:1ef; Cf. Prov.7:18). El redactor retoma las palabras precedentes del Dodí, comer y beber, e invita ahora a ambos a comer-beber, es decir: a unirse físicamente en el amor. Esta invitación a saciarse de amor es asimismo una profesión de fe en la bondad del amor heterosexual y la unión en una sola carne. La unión sexual es buena, y no algo tolerado o sospechoso, vano o pasajero; el amor del Dodí y de la Kalá no es algo ilusorio sino algo que permanece (Cf. Eclesiastés 9:7-9). El amor sensible (dodim) y el amor personal-espiritual (ahavah) se han integrado y forman una perfecta unidad. Nos encontramos en el centro cuantitativo y cualitativo del Cantar, el poema ha alcanzado su punto más alto, sólo equiparable con Cantar 8:6, máxima afirmación de la bondad del amor humano creado a imagen de Dios: el amor es una llamarada de Yahvéh.

Para comprender en profundidad y realismo el pasaje que hemos considerado hay que ponerlo en relación con algunas afirmaciones que han precedido y otras que le siguen:

-Ella: Me metió en su bodega y contra mí enarbola su bandera de amor. Dadme fuerzas con pasas y vigor con manzanas: ¡desfallezco de amor! Ponme la mano izquierda bajo la cabeza y abrázame con la derecha (Cant.2:2-6).

-Ella: ¡Mi amado es mío y yo soy suya, del pastor de azucenas! Mientras sopla la brisa y las sombras se alargan, retorna, amado mío, imita al cervatillo por montes y quebradas (Cant.2:16-17; Cf. 6:3)

-Él: Mientras sopla la brisa y se alargan las sombras me voy al monte de la mirra, iré por la colina del incienso. ¿Toda eres hermosa, amada mía, y no hay en ti defecto! (Cant.4:6-7).

-Él: Ya vengo a mi jardín, hermana y novia mía, a recoger el bálsamo y la mirra, a comer de mi miel y mi panal, a beber de mi leche y de mi vino (Cant.5:1).

-Ella: Ha bajado mi amado a su jardín, a los macizos de las balsameras, el pastor de jardines a cortar azucenas. Yo soy de mi amado y mi amado es mío, el pastor de azucenas (Cant.6:2-3).

-Ella: Yo soy de mi amado y él me busca con pasión. Amado mío, ven, vamos al campo (...) y allí te daré mi amor (Cant.7:11-13).

-Ella: ¡Oh si fueras mi hermano (...) te metería en casa de mi madre, en la alcoba en que me crió, te daría a beber vino aromado, licor de mis granados. Pone la mano izquierda bajo mi cabeza y me abraza con la derecha (Cant.8:1-3).

-Ella: Date prisa, amado mío, imita a una gacela o a un joven cervatillo, por los montes perfumados (Cant.8:14).

 

Volvemos a recordar que el sentido literal del Cantar de los Cantares es antropológico, y en esta antropología se encuentra el mensaje teológico: la revelación bíblica jamás separa a la pareja humana de su Creador; la referencia a Dios se hace mediante un varón y una mujer que se aman. Hay, pues, una dimensión “teológica” del amor en el Cantar; dimensión que no precisa ser demostrada mediante procedimientos alegóricos. Ya nos enseñó Juan Pablo II que el amor humano es la “gran analogía” para hablar de Dios Amor.

Este amor humano y conyugal es, nada más ni nada menos, que sacramento del amor de Cristo por su Iglesia. Los esposos cristianos están invitados a vivir no sólo el símbolo sino también la realidad, el sacramento es lugar de misterio y de experiencia mística esponsal. Los consagrados en virginidad o celibato no están exentos de esta experiencia, aunque dicha gracia no pasa para ellos por el símbolo sacramental.

1.3. Un Esposo Salvador

Consideremos ahora lo que nos dice la revelación cristiana sobre el Esposo Salvador. La esponsalidad de Jesucristo se hace comprensible desde una cuádruple relación: con la revelación profética sobre la alianza esponsal entre Yahvéh con su pueblo, con la Iglesia en cuanto Esposa, con el sacramento del matrimonio y con la escatología o fin de los tiempos.

1.3.1. Revelación profética

Los profetas utilizan con frecuencia la simbología y analogía esponsal para referirse a diferentes situaciones de la alianza entre Yahvéh y su pueblo elegido. Entre los textos más significativos encontramos los siguientes:

-Oseas: una intuición profunda de fidelidad y traición (1-3)

-Proto Isaías: la desilusión del Esposo (5:1-7)

-Jeremías: nostalgia de amor fiel y la nueva alianza (2:2,23-24; 16:2,9; 25:10;31:3; 33:11)

-Ezequiel: amor e historia, juicio y esperanza (16)

-Deutero Isaías: el regreso de la esposa (54:1-10)

-Trito Isaías: el gozo del Esposo (61:8-11; 62:1-5)

La imagen esponsal del Antiguo Testamento confluye en Cristo y en Él adquiere su plenitud y realidad. El cumplimiento y la superación de la alianza esponsal entre Yahvéh y su pueblo se verifica en Cristo en tres niveles, a saber:

-La singularidad de la Persona que une en sí mismo lo divino y lo humano: cuando se habla del Esposo independientemente de la esposa se sugiere que la unión esponsal se efectúa en la persona de Cristo (Mc.2:19-20; Jn.3:29); en el misterio de la encarnación redentora se da la unión indisoluble entre la naturaleza divina y humana en la unidad personal de Jesucristo; esto es equivalente a decir que en Cristo se efectúa y que Él es la Alianza entre Dios y su pueblo.

-La universalidad de su amor salvador abierto a todos sin ninguna excepción: la parábola de los invitados al banquete de bodas pone bien en evidencia la universalidad de la alianza esponsal, todos son llamados aunque no todos aceptan el vestido de bodas para participar en dicha fiesta nupcial (Mt.22:9-10; Lc.14:16ss.).

-La consumación de la unión esponsal en la cruz y la Eucaristía: en el Misterio pascual se obra la recreación de la esposa eclesial gracias a la donación total y sacrificial del Esposo (Ef.5:25-27).

1.3.2. Iglesia Esposa

Cristo, en sí mismo, es el sujeto principal del acontecimiento esponsal, pero la esponsalidad requiere también la presencia afirmativa de una Esposa, la Iglesia. La encarnación es redentora, es decir, en vistas a la salvación de la Iglesia, salvación que puede ser entendida como unión esponsal de Cristo con ella.

Así como Eva fue creada desde el costado de Adán profundamente dormido, de igual modo la Iglesia nace del costado de Cristo ofrecido en kenosis total en la cruz. Cristo es así el Nuevo Adam y la Iglesia la Nueva Eva (Rom.5:12-21; I Cor.15:44-50). La íntima relación entre Adán y Eva (ayuda semejante, carne de mi carne y huesos de mis huesos) nos dice mucho sobre la íntima relación entre Cristo y la Iglesia.

 

La relación esponsal entre Cristo y la Iglesia es, indudablemente, indisoluble. Y esta unión se da en el Cuerpo de Cristo entregado y sacrificado. A partir de aquí se puede hablar de Cristo-Cabeza y de la Iglesia-Cuerpo (Ef.1:22-23; Col.1:18-20).

1.3.3. Matrimonio sacramental

La cristología esponsal y su dimensión eclesial confluyen en la antropología de la relación varón y mujer e iluminan el sacramento del matrimonio. La teología del sacramento del matrimonio se funda en la relación esponsal de Cristo con su comunidad eclesial; a su vez, el amor de un varón y una mujer unidos en matrimonio se convierte en signo eficaz de la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia.

La relación de amor entre los esposos es una forma de seguimiento del Señor: Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo, sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo (Ef.5:21). El resto del capítulo quinto de la carta a los Efesios muestra cómo la relación esponsal humana ha de imitar y reflejar la relación esponsal de Cristo con la Iglesia (Ef.5:22-33).

El matrimonio cristiano se ubica entre las bodas paradisíacas de Adán y Eva (Gn.2:18-25) y las bodas escatológicas del Cordero y la Esposa-Iglesia (Apo.21:2-7):

Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y llegarán a ser los dos uno solo. Gran misterio es éste, que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia (Ef.5:31-32).

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva (...) Vi también bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo (...) Entonces se acercó a mí uno de los siete ángeles (...) y me dijo: ¡Ven! Te mostraré la novia, la esposa del Cordero (...) El Espíritu y la Esposa dicen ¡Ven! (Apo.21:1-2,9; 22:17).

El sacramento del matrimonio es un aspecto esencial de la revelación y de la historia de la salvación, desde el origen hasta la consumación: revela y actúa el amor de Dios en Cristo. El pecado atentó gravemente contra esta realidad, pero en el principio no era así (Mi.19:4-8). Cristo, con su amor gratuito, incondicional y fecundo, revela el sentido original del matrimonio. Los esposos cristianos viven de este amor, lo actualizan y están llamados a testimoniarlo.

1.3.4. Esperanza escatológica

La esponsalidad de Cristo dice también referencia a la escatología. Los textos del Nuevo Testamento referentes a Cristo Esposo son asimismo textos escatológicos. Las siguientes parábolas de la tradición sinóptica lo muestran con claridad: el reino de los cielos y las bodas del hijo del rey (Mt.22:1-14); el reino de los cielos y las jóvenes previsoras y descuidadas (Mt.25:1-13); el amo que vuelve de las bodas y los criados que vigilan (Lc.12:36).

Hay otros textos que, leídos en profundidad, revelan el mismo mensaje. El primero de ellos lo encontramos al inicio del Evangelio de Marcos, se refiere al ayuno cuando el Esposo está presente o cuando sea arrebatado (Mt.2:19-20). Se afirma, ante todo, que el Esposo está presente y por eso hay que celebrar; pero, por otro lado, se anuncia el alejamiento del Esposo (Cf. Is.54:7-8). Dicho alejamiento puede entenderse de dos formas: el luto que acompaña a la consumación sacrificial de las bodas y/o el hecho de ir a preparar un puesto para sus discípulos. De una y otra forma, el texto permite entrever “el ya-pero-aún-no” de los esponsales de Cristo con su Iglesia.

Un mensaje semejante lo encontramos en Jn. 3:29 en donde se habla de Juan el Bautista como el amigo del novio: el que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. El texto hace referencia a la costumbre matrimonial judía; en ella se distingue entre el compromiso matrimonial (quiddushin) y las bodas (nissuhin); pero téngase en cuenta de que el compromiso convierte ya a los novios en esposo y esposa. El Bautista, en cuanto amigo del novio, acompaña a la novia a la casa de éste y escucha la aclamación gozosa y la bendición del novio. La proclamación del Bautista es el clímax del misterio esponsal que el Evangelista a comenzado a desarrollar con el relato de las bodas en Caná (2:1-12). El texto proclama también la fe de la iglesia en Cristo en quien se cumplen las profecías mesiánicas y esponsales (Cf. Os.2:21-22).

 

La misma distinción, con igual mensaje, encontramos en San Pablo cuando habla de sus celos divinos en relación con la comunidad cristiana de Corinto (II Cor.11:2-3). Pablo es el amigo del novio que asegura la virginidad de la novia al momento del compromiso esponsal (quiddushin). Pero teme que al momento de las bodas (nissuhin) la novia haya perdido la pureza que debe al esposo Cristo.

Por último, el mensaje del Apocalipsis sobre la esponsalidad de Cristo Resucitado no hace entrar de lleno en la órbita escatológica. Los textos más ilustrativos son los siguientes:

-La novia ya está preparada para las bodas del Cordero (Apo.19:7-8)

-La dicha de los invitados al banquete de bodas del Cordero (Apo.19:9)

-La iglesia ya está ataviada como una novia adornada para su esposo (Apo.21:2-7)

-Contemplación de la novia, la esposa del Cordero (Apo.21:9)

-El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! (Apo.22:17)

En fin, como hemos podido constatar, en muchos de estos textos la imagen del banquete de bodas es clave para subrayar la dimensión escatológica de la esponsalidad entre Cristo y la Iglesia. La Iglesia ya está desposada con Cristo y nadie ni nada puede ya separarla de Él, por eso espera con confianza la consumación esponsal en las bodas eternas.

2. Acogida de la tradición medieval

Consideremos ahora cómo la tradición bíblica sobre la esponsalidad entre y Cristo y su Iglesia tomó forma en la Edad Media. Nos limitamos a presentar dos testigos y profetas que plasmaron su unión con Cristo en clave esponsal y que estuvieron al servicio de la Esposa Iglesia. El hecho de que sean un varón y una mujer nos permitirá apreciar mejor algunas diferencias precisamente a causa del género.

2.1. Un varón llamado Bernardo

Un autor clásico latino gozó de peculiar estima en los siglos XI y XII: Publio Ovidio Nasone. Entre otras cosas es presentado como el maestro por excelencia del arte de amar. Pero, en su Ars Amatoria, Ovidio, enseña un amor licencioso y carnal. Las vocaciones cistercienses provenían de las escuelas catedralicias y urbanas o de las cortes y mundo de la caballería; ahora bien, en estos ambientes culturales se conocía muy bien al maestro del amor mundano. Este dato nos permite comprender porqué, en las “escuelas de caridad” cistercienses, se buscó una literatura y un maestro alternativo, a saber: Salomón, el gran poeta del amor, y su Cantar de los Cantares.

Los comentarios cistercienses al Cantar se ubican, como ya lo hemos dicho, en la corriente de interpretación alegórica. No obstante, nunca abandonan la visión global del símbolo del amor humano entre un varón y una mujer. El interés está centrado en la pregunta ¿cómo y para que leer el Cantar? Quizás por este motivo ponen fuertemente el acento en el sentido moral (tropológico, práctico o propiamente espiritual) del texto, sentido que ilumina la conversatio morum y enseña cómo hemos de obrar para crecer en caridad. Este sentido es el que más interesa a quienes buscan a Dios a fin de hacerse un solo espíritu con Él. Por este motivo, la comunidad monástica es la destinataria directa de estos comentarios y, además, la Esposa-Iglesia es ahora el alma-esposa que desea la unión con su Esposo en el secreto de su interioridad.

Bernardo de Claraval y Guillermo de Saint Thierry comienzan sus propios comentarios al Cantar casi simultáneamente, es decir, en el año 1135. Para esas fechas la Orden cisterciense había crecido desmesuradamente –el Abad de Claraval había tenido buena parte en esto– y la primitiva sencillez contemplativa había dejado el paso a otros intereses expansionistas y de grandeza –¡en Claraval se ha comenzado la construcción de la tercera iglesia abacial sin el beneplácito del abad! (Cf. Bernardo, QH 7:14; Guillermo, ExCC 188-189). No es raro entonces que nuestros dos abades intenten con sus respectivas obras suscitar un retorno al fervor primitivo y a la quies contemplativa.

Veamos brevemente cómo entiende y utiliza el Cantar el abad de Claraval, Bernardo. Procederemos en tres pasos sucesivos: en primer lugar sintetizaremos su enseñanza sobre el paso de la “carne” al “espíritu”; luego haremos una breve pero importante aclaración sobre la libertad y el deseo; concluiremos con una sumaria presentación de textos dejándolos hablar por sí mismos.

2.1.1. Conyugalidad carnal y matrimonio espiritual

 

Para San Bernardo de Claraval el Cantar expresa el mutuo amor entre Cristo y la Iglesia, entre Cristo y el alma eclesial. Y este amor es el ideal hacia el que el monje ha de tender con toda la fuerza de su corazón : Así, pues, Salomón divinamente inspirado, canta en ese libro los loores de Cristo y su Iglesia, celebra las dulzuras del amor sagrado y los misterios [sacramenta] de sus nupcias eternas; traduciendo además los sanos deseos del alma santa en un canto nupcial, compuesto [por Salomón] con espíritu exultante y gozoso, pero mediante símbolos [figurato tamen] (SC 1:8).

El vocabulario del eros y amor humano se refiere al deseo del alma santa, a la tensión hacia Dios y la unión con Él, este vocabulario está en función de la caridad. Es este un canto nupcial que traduce los castos y dulces abrazos de los espíritus, es unión perfecta de voluntades y estrecho comercio de afectos y mutuas inclinaciones (SC 1:11).

La realidad del amor humano, en todos sus registros (besos, abrazos, cópula), es la realidad que se convierte en símbolo de algo ulterior y superior. El amor humano es un elemento clave en la constelación de símbolos para hablar de la relación creyente con Dios.

El misterio cristiano de la comunión entre Dios y nosotros se hace “comprensible” desde una luz que ignoran otras mediaciones abstractas o teóricas. Bernardo no vacila en tomar como ejemplo el matrimonio humano para ilustrar la unidad en el espíritu que es la esencia del matrimonio espiritual: si se hacen una sola carne los que forman un matrimonio carnal, ¿por qué la unión espiritual no puede hacer a los dos con mayor razón un solo espíritu? Estar unido con el Señor es ser un Espíritu con Él (SC 8:9; Cf. SC 7:2).

Toda la lectura bernardiana del Cantar se rige por este principio: transformación del amor carnal en amor espiritual, paso de la una caro al unus spiritus. Es decir que, del contenido real del símbolo hay que pasar al contenido teológico simbolizado, a saber:

-Contenido real del símbolo: connubium carnale,

punto de partida a fin de pasar al:

-Contenido teológico simbolizado: matrimonium spiritualem

Para evitar malentendidos en su audiencia monástica, San Bernardo no se cansa de repetir que el lenguaje esponsal ha de entenderse en sentido figurado o simbólico (Cf. SC 1:8,11) y que importa más el sentido espiritual que el sentido literal del texto: No nos quedemos, pues, en el exterior, no sea que, Dios no lo permita, lo consideremos como halagos de torpes amoríos. Escuchemos con oídos inocentes el diálogo de amor que ahora tenemos entre manos. Cuando meditéis en estos dos amantes, no debéis pensar en unas relaciones entre hombre y mujer, sino entre el Verbo y el alma (SC 61:1; Cf. SC 73:1-2; 74:1-2; 75:1-2; 79:1).

Este paso de la carne al espíritu presupone algunas condiciones. Ante todo: estar ya instruido, por el libro de los Proverbios y del Eclesiastés, en el conocimiento y menosprecio de la vanidad de este mundo (SC 1:2); lo cual significa: tener ya un corazón puro (SC 1:3); pero sobre todo: estar abiertos a la unción de la gracia que permite acceder a la experiencia espiritual (SC 1:11-12).

En definitiva, para que la espiritualidad esponsal se convierta en mística, el alma ha de haber llegado a la edad perfecta y proporcionada al matrimonio y de ser capaz de la unión con el Esposo celestial (SC 1:12). En esta edad perfecta, la esposa sabe distinguir el amor del espíritu y el afecto de la carne (Cf. SC 33:2) y ha aprendido a valorar más lo interior y espiritual que lo superficial y sensible:

El alma así afectada y así amada, no quedará satisfecha con la manifestación común del Esposo a través de las cosas creadas, ni tampoco con su presencia, más insólita, en sueños y visiones. Reclama un privilegio: que Dios baje del cielo y penetre en lo más íntimo de sus afectos y en la médula de su corazón. Entonces poseerá a quien desea, pero no en figura sino infundido, ni meramente visible, sino tocando y provocando un gozo tanto más intenso cuanto es interior y no superficial. Se trata del Verbo sin sonido que penetra; no habla y actúa; no hiere los oídos y halaga con sus afecciones. Su rostro no tiene forma determinada, pero se imprime en el alma; no deslumbra los ojos del cuerpo, pero regocija el corazón; gratifica con el don del amor, no con algo sensitivo (SC 31:6; Cf. 83:6).

2.1.2. Deseando libremente al Dios Deseante

 

Para comprender mejor el pensamiento de San Bernardo se impone decir alguna palabra sobre su doctrina acerca de la libertad y del deseo humano y divino.

Los seres humanos gozamos de libertad. Y es precisamente mediante el libre albedrío que podemos reorientar nuestro deseo desde los bienes terrenos hacia el Bien divino. Sin el consentimiento de la voluntad, presupuesta la gracia divina manifestada en el deseo de Dios por nosotros, no hay posibilidad de retorno a Dios (SC 84:3): El libre albedrío, don del todo divino, es piedra preciosa engastada en oro que resplandece en el alma. En virtud de este don posee el alma el conocimiento para discernir y opción para elegir entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la luz y las tinieblas (...) Este ojo del alma es como árbitro censor, capaz de discernir y elegir entre cosas opuestas (...) en virtud del mismo puede la voluntad inclinarse y elegir entre dos cosas, la que prefiera (SC 81:6).

Así reorientado, gracias a la libertad, nuestro deseo atrae al Esposo para que more en el alma: Cultiva en tu alma lirios, si quieres que venga a morar en ella el que vive rodeado de lirios; procura que por su candor y olor, todas tus obras, tus costumbres, tu deseo sean otros tantos lirios (SC 71:1).

Pero, ¿qué entiende Bernardo de Claraval por deseo. El deseo manifiesta un sentimiento de carencia; es un movimiento que impulsa nuestro ser hacia el bien ausente (Cf. SC 58:2; 31:4; 32:2). El bien ausente sólo puede ser concebido y deseado a partir de situaciones que hemos experimentado como satisfactorias y plenificantes y que queremos renovar de forma absoluta, ilimitada y permanente. Deseamos a Dios a partir de una experiencia humana. A nivel de la consciencia estas experiencias se traducen en símbolos que remiten y expresan lo deseable e inefable. Nuestra concepción de Dios nace de nuestras disposiciones y deseos:

El que llamemos a Dios con los diversos nombres de Padre, Maestro, Señor, no quiere decir que haya alguna diversidad en su naturaleza simplicísima y completamente invariable, sino una múltiple variación en nuestros afectos según los diversos progresos o defectos de nuestra alma (Sermones varios 8:1).

Es conveniente que el gusto de la divina presencia varíe conforme a los diversos deseos del alma, y que el sabor infuso de la dulzura celestial deleite de diferente manera el paladar del alma anhelante (SC 31:7).

Pero, ¿qué rostro simbólico tiene Dios para el alma que ha deseado con ardor y perseverancia y se ha ejercitado en la oración sin intermisión y perseverado en ella con ardientes deseos (SC 31:5,7)? He aquí la sabia respuesta bernardiana:

Béseme con el beso de su boca: ¿quién lo dice? La esposa: ¿quién es la esposa? El alma sedienta de Dios (...) El alma que pide un beso es que está enamorada. De todos los sentimientos naturales es éste el más excelente, en especial cuando vuelve a su principio, Dios. Y no hay palabras más dulces para expresar la dulzura de la mutua amistad entre el Verbo y el alma que las cambiadas entre esposo y esposa (SC 7:2,8).

Es decir, nuestra concepción subjetiva de Dios se origina en la experiencia psíquica de nuestros afectos y deseos. Y no nos ha de maravillar que el registro esponsal es el que toca las cuerdas más hondas y sonoras del alma.

El Verbo Esposo ofrece al alma todo lo que ella desea y todos los deseos del alma se funden en el amor esponsal: Esa alma no tiene porque temer si dice: mi Amado es para mí. Pues sintiendo que ama a Dios, y que ardientemente le ama, no duda de ser amada entrañablemente también por Él (SC 69:7). Al renunciar ella a todos los demás afectos, dedícase todo al único amor, pues tiene que corresponder al amor dando amor, devolviendo amor (SC 83:6).

Pero todavía queda algo por decir respecto al Dios de nuestra búsqueda. Nuestro Dios es un Dios Deseante. Pero en una forma distinta de nosotros. Nuestro deseo implica algún tipo de carencia que nos pone en búsqueda. Dios, por el contrario, no nos busca por carecer de algo sino para plenificarnos consigo mismo. Además, si nosotros deseamos en respuesta a la experiencia de “ser deseados”, habrá que decir que nuestro deseo de Dios se fundamenta en el hecho de que Él nos ha deseado primero (SC 84:2; 57:6). El Espíritu Santo, que gime en nuestros corazones, es como el deseo de Dios o Dios-Deseo (Cf. SC 59:6; 74:7). Dios nos atrae hacia Sí no en cuanto Deseado sino en cuanto Deseante.

Concluyendo, podemos decir que la mística y espiritualidad esponsal se alimenta de deseo; y sin una ascética de los deseos no puede haber intentio cordis u orientación pujante del corazón hacia Dios. San Bernardo considera al ser humano, y tanto más al monje y a la monja, como un ser de deseos. El deseo compromete todo su ser y cataliza todos sus fuerzas (SC 31:4); y además se extiende hasta el infinito (SC 31:1):

 

Creo que aún al encontrarlo no desiste de buscarle, no por movimiento de pies sino de deseos. Y cuando se ha tenido ya la dicha de hallarle, lejos de calmarse tales deseos, aumentan más todavía: que la gozosa posesión del objeto apetecido no extingue los deseos, sino que los acucia más y más (...) pero notad bien que esa búsqueda incesante no procede de indigencia, ni tampoco los ardientes deseos van acompañados de turbación o ansiedad. Excluye aquello la presencia del Amado; esto, su perfecta y pacífica posesión (SC 84:1).

2.1.3. Presentación de textos

Cualquier camino espiritual auténtico, además de purificativo, ha de ser transformativo y unitivo. Y esto por varios motivos, entre ellos: nos saca de nosotros mismos y nos centra en el Otro; nos hace pasar de lo propio a lo común, de lo limitado a lo infinito; libera nuestra libertad de la tiranía de nosotros mismos gracias a la libertad del Espíritu; nos “esponsaliza”, cristifica, pneumatiza y diviniza.

La espiritualidad y mística esponsal no se refiere necesariamente a “fenómenos místicos”, sino que es una posibilidad de nuestra naturaleza, creada a imagen y semejanza de Dios, potenciada por la gracia divina. Nuestra parte consiste en buscar asidua y ardientemente al Señor y en decirle un “sí” incondicional y permanente. Esta búsqueda y este “sí” unen nuestra voluntad con la voluntad divina haciendo de los dos un solo espíritu.

-Cambio de forma, paso de la desemejanza a la semejanza: Suprimiendo esa iniquidad que es origen de esa parcial desemejanza, surgirá la unión del espíritu, la mutua visión y el mutuo amor (SC 82:8).

-Búsqueda esponsal, deseo vehemente del Esposo: Si para alguno de nosotros, como para el santo Profeta, lo bueno es estar junto a Dios, o más claramente, si alguien entre nosotros es un hombre de deseos, que llega al extremo de desear la muerte para estar con Cristo, y lo desea con tal vehemencia que le abrasa esa sed y lo piensa sin cesar, ése, sin duda, recibirá al Verbo como esposo en el momento de su visita, es decir, cuando se sienta abrazado interiormente como por los brazos de la sabiduría, y así se vea poseído por la dulzura del santo amor. Aunque todavía peregrina en la carne, se le ha concedido el deseo de su corazón, pero parcialmente, por algún tiempo, por muy poco tiempo. Porque después de haberlo buscado durante largas vigilias y oraciones, y con torrentes de lágrimas, de repente, cuando creía poseerlo, se le escapa, pero se deja alcanzar de nuevo cuando ve que le acosa llorando, aunque nunca consigue prenderle, pues otra vez se le va de las manos, por así decirlo (...) Sin embargo, no se presentará así a cualquier alma, aunque sea de paso, sino solamente a la que por su gran devoción, su intenso deseo y su dulce ternura se muestra como digna esposa. Por eso el Verbo se viste de su hermosura, para acercarse con la gracia de su visita, tomando la forma de esposo (SC 32, 2-3).

-Unión en el amor, comunión de voluntades: Dios y el hombre al no ser la misma sustancia o naturaleza, no se puede decir que son una misma cosa. Pero se puede afirmar con verdad cierta y absoluta que son un mismo espíritu, si se unen entre sí con la adhesión del amor (glutino amoris inhaereant). Esta unidad no se realiza por la coherencia de las esencias, sino por la conexión de las voluntades (conniventia voluntatum) (SC 71:7).

-Unión esponsal, un mismo querer y no querer: Esta conformación del alma con el Verbo desposa al alma con el Verbo, pues ya que es semejante a él por naturaleza procura también ser semejante a él por el amor, amando como es amada. Y si ama perfectamente, se desposa (...) En realidad, éste es el contrato nupcial santo y espiritual (...) He hablado de contrato, pero en realidad resulta impropio: se trata de un abrazo. Un abrazo estricto, porque el hecho de querer y no querer al unísono hace de los dos un mismo espíritu (...) Son esposo y esposa. ¿Qué otra relación o unión puedes buscar entre los esposos que no sea el mutuo amor? (SC 83:3).

Esta esponsalidad está llamada a ser fecunda y producir abundantes frutos. Las esposas de Verbo encarnado han siempre cooperado en forma eminente en la salvación del género humano, pagando el precio de la propia renuncia y postergando su bienaventuranza hasta el día del banquete de bodas del Esposo eterno. La primacía del servicio es auténtica cuando se fundamenta en el deseo y gozo profundo de estar siempre con el Señor. La caridad o “comunión de voluntades” es la síntesis ente esponsalidad y maternidad, oración y acción, mística y compromiso.

 

-El mismo Esposo envía y acompaña, celo de las buenas obras: Siguiendo su costumbre, el Esposo después de caer en cuenta que su amada ha descansado algo sobre su seno, no vacila en inducirla otra vez a lo que es más conveniente (quae utiliora sunt). Pero no a la fuerza, pues no puede hacer él lo que había prohibido. Con esta incitación del Esposo confirma a la esposa en el deseo que le fascina: el celo de las buenas obras, el interés de ser fecunda para el Esposo, pues su vida es el Esposo y morir una ganancia. Se trata de un deseo ardiente: no sólo le pide que se levante, sino que se levante en seguida. Porque le dice: 'Levántate, date prisa y ven'. Estas palabras la confortan mucho, pues le dice 'ven' y no 'vete'; dándole a entender que no la envía, sino que la lleva y que el esposo irá junto a ella (...). Por tanto, no la despierta contra su voluntad, pues antes le infunde el deseo, que no es otra cosa que una inspirada avidez de santa entrega (SC 58:1-2).

-La esposa no busca lo suyo, primacía del servicio al prójimo: Soporto con paciencia que me arranquen de los brazos de la infecunda Raquel, cuando me desbordan los frutos de vuestro aprovechamiento. No me pesa lo más mínimo haber abandonado mi quietud para componer un sermón, cuando veo que ha germinado en vosotros mi semilla, y crecen y se multiplican las cosechas de vuestra justicia. El amor que no busca lo suyo me ha hecho ver con claridad que yo no debo anteponer a vuestro bien ninguna afición personal. Orar, leer, escribir, meditar y cualquier otra riqueza espiritual, lo considero como perdida por vosotros (SC 51:3; cf. 52:7).

-La preferencia de la esposa, gozar del Verbo: De muy distinta manera es afectado el espíritu cuando fructifica para el Verbo que cuando goza del Verbo. En el primer caso urge la necesidad del prójimo; en el segundo, invita la dulzura del Verbo. Es cierto que la madre se alegra por su prole, pero es mayor la alegría de la esposa por los mutuos abrazos. Los hijos son unas joyas entrañables, pero deleitan mucho más los besos. Es gran cosa salvar a muchos, pero es mucho más dichoso ser arrebatado y estar con el Verbo (SC 85:13).

En fin, según la enseñanza del Doctor Melifluo, todas y todos, sin ninguna excepción, estamos invitados a la transformación esponsal mediante la comunión con el único Esposo.

Toda alma, aunque esté cargada de pecados, presa en las redes de los vicios, acechada por la seducción, cautiva en el exilio, encarcelada en el cuerpo, pegada al fango, hundida en el barro, retenida en los miembros, atada a las preocupaciones, dispersa por el trabajo, oprimida por los miedos, afligida por el dolor, errante tras el error, inquieta por las angustia, desazonada por las sospechas y extranjera en tierra hostil; y como dice el Profeta, contaminada con los muertos, evaluada entre los que yacen en el infierno; esa alma, repito, puede volverse sobre sí misma, a pesar de hallarse tan condenada y desesperada, y no sólo se aliviará con la esperanza del perdón y de la misericordia, sino que también podrá aspirar tranquila a las bodas del Verbo (...) ¿A qué no podrá aspirar con seguridad ante él si se contempla embellecida con su imagen y luminosa por su semejanza? (...) Esfuércese por embellecer y hermosear con el digno adorno de sus costumbres y afectos la gloria celestial impresa en ella por sus orígenes (SC 83:1).

2.2. Una mujer llamada Matilde

Sabemos que durante los siglos XIII y XIV la espiritualidad y devoción a la Humanidad de Cristo, según la carne sufriente y según el espíritu de vida nueva, alcanzó un notable florecimiento. Esta espiritualidad encontró un clima favorable en el ámbito del deseo y la esponsalidad. Nace así una corriente espiritual, mística, afectiva y femenina, que encarna en vidas y experiencias la doctrina espiritual de los padres cistercienses del siglo precedente; sobre todo la doctrina de Bernardo de Claraval y Guillermo de San Thierry respecto al alma esposa sedienta y ardiente en deseos de amor. En cierto sentido, ha sido y sigue siendo verdad, que ellas vivencian lo que nosotros teorizamos. No obstante, muchas de las místicas medievales son auténticas teólogas. Se trata de una teología encarnada en una experiencia femeninamente sexuada en la que el cuerpo está también presente.

Vamos ahora a visitar un monasterio que sigue la observancia cisterciense, aunque en ese entonces no había sido incorporado en las estructuras de la Orden, se trata del monasterio de Helfta en Sajonia. Nos encontramos allí simultáneamente con tres grandes místicas cristianas: Matilde de Magdeburgo (1207-1282), Santa Matilde de Hackeborn (1241-1298) y Santa Gertrudis (1256-1301). En sus escritos nos explican los favores divinos gratuitamente recibidos: la primera en La Luz de la Divinidad, la segunda en El Libro de la Gracia especial, y la última en el Heraldo del Amor divino.

Fijamos nuestra atención sobre la más anciana de ellas: Matilde de Magdeburgo y su obra La Luz de la Divinidad. Comenzamos con una breve introducción a la persona y al texto; continuaremos con la presentación e interpretación de un fragmento con fuerte carga esponsal; concluiremos con un recuerdo de la santa muerte de Matilde según el testimonio de Santa Gertrudis.

2.2.1. La Luz de la Divinidad

 

Antes de entrar en Helfta Matilde vive durante 30 años una vida espiritual intensa, no carente de persecuciones y denuncias a causa de su crítica profética a la iglesia de su tiempo. Aconsejada por su confesor ingresa en el claustro en donde es acogida con brazos abiertos por la Abadesa y la comunidad. Soy consciente de que el pasado “beguino” de la mística de Magdeburgo, colorea en forma peculiar su experiencia monástica en la tradición benedictina y cisterciense; pero, al mismo tiempo, el claustro de Helfta tuvo su influencia sobre ella y le permitió madurar y llegar a una concepción más teológica de su propia experiencia espiritual.

Matilde compuso el texto de La Luz de la Divinidad en el bajoalemán del norte, su obra original nos es desconocida. Sus escritos nos han sido transmitidos en dos formas diferentes: una versión en lengua latina hecha por Enrique de Halles, teólogo dominico y director espiritual de Matilde; y otra posterior en alemánico preparada por Enrique de Nördlingen. La división y numeración de párrafos en una y otra versión no se corresponden.

La obra es una mezcla de prosa y poesía, testimonio y profecía, soliloquios y doxologías, visiones, revelaciones y liturgia. El amor ocupa el lugar central de la obra, la autora se vale del lenguaje profano y cortés al igual que del lenguaje sagrado del Cantar de los Cantares, pero no se trata de comentar el Cantar sino de vivenciarlo. En la experiencia mística de Matilde podemos distinguir: la inmediatez de la unión, el extrañamiento con respecto a Dios, la reconciliación entre unión y extrañamiento gracias a la humildad y el amor descendente.

2.2.2. “El camino del alma amante”

Abrimos el Libro IV de La Luz de la Divinidad. Todo el Libro se refiere al deseo amoroso y a la unión con el Amado Deseante y Deseado. Nos encontramos ante una mística del deseo en clave esponsal. La elección de un texto, por este motivo, no es fácil. No obstante, lo intentamos.

El capítulo sexto se refiere al “Camino del alma amante”. Se trata de una parábola que presenta un itinerario espiritual, nos interesa la conclusión del mismo, aunque sin excluir el contexto. Sigo la versión latina, sabiendo que es más sintética y domesticada, pulida y liberada de todo atisbo de error o imprecisión teológica; todo esto al precio de sacrificar las raíces biológicas, instintivas y desinhibidas del lenguaje de Matilde.

El capítulo comienza con estas palabras: Oh Alma que desfalleces de amor (o languens amore anima), ¿quieres conocer tus caminos? Responde el alma: Vamos, Espíritu Santo, amado mío, enséñamelos. Las prácticas propias del camino ascético han llevado al alma amante, agotada, a decir suspirando: Oh hermoso joven (o decore iuvenis), tu presencia me regocija, ¿dónde podré encontrarte? Y el joven hermoso oye el clamor proveniente de la enfermedad del amor, voz que deseaba oír, y conmovido, sale en búsqueda del alma que languidece de amor.

Advertida de que el príncipe se prepara para salirle al encuentro, el alma, señora y reina, se reviste y adorna con las virtudes, sobre todo la humildad y la castidad. De este modo, puede participar en la comunión de los santos, pero no se presenta todavía el joven deseado (desideratus iuvenis) que buscaba.

Convocados los mensajeros que precedieron (Abraham, los profetas, la Virgen María, el Señor Jesucristo...) se forma junto con el alma amante un coro jubiloso que la van llevando con sus buenos ejemplos. Y, en ese momento, se hace presente el joven que había salido a su encuentro.

El joven, llamándola amada, la invita a danzar y a dirigir ella misma su propio coro. Ella responde: si quieres que dance, debes cantar tú; de este modo danzaré de amor... Y el joven comienza a cantar: Por mi mismo me apresuro a ir a ti; tú, empero, por ti misma te alejaste de mí. Mi gozo es estar contigo y sin ti no lo encuentro agradable. Y añade luego : ¡Oh hermosa, admirable! Esta danza se ha organizado en tu honor, gozarás tiernamente según deseas con el Hijo de la Virgen. Tu corazón se ha fatigado en la danza de este coro: ven a descansar al mediodía en la sombra de las fuentes, allí tendrás descanso conmigo en la alcoba del amor. A lo cual ella responde como una verdadera teóloga: Señor, sobrepasa todo mérito que participe de tu amor la que no se caldea por dentro con el amor si no es movida por un don tuyo.

A esta altura del texto, nos hemos dado cuenta de que el joven en cuestión es el Hijo de la Virgen y, además, Señor.

 

El alma entabla ahora un diálogo con sus cinco sentidos. Ella desea abandonarlos a fin de encontrar sosiego en su reposo. Ellos le proponen contentarse con una consolación sensible: te basta, señora, el consuelo de la Magdalena, en la ternura de lágrimas de amor... El alma acepta esta propuesta, pero sólo temporalmente, pues no desea leche sino el alimento sólido que Dios ha preparado con su dulzura para el pobre. El alma, considerándose ya perfecta y adulta, desea volar como el águila y poner su nido en las cumbres, en el regazo del Amado. Los sentidos temen que si esto sucede, ellos quedarán anulados y ciegos porque la divinidad es luz incendescente e inaccesible. El alma vuelve a responder con filosófica teología agustiniana y guillermina: el Creador otorgó a cada criatura obrar naturalmente conforme a su naturaleza; ¿cómo podré entonces resistir a mi naturaleza?; ¿cómo no me voy a apresurar a ir a mi Dios, que es para mí Padre digno de veneración, hermano deseable y esposo amable? Y decide partir, prometiendo volver.

Marcha pues, la amada hacia el más hermoso, hacia la secretísima cámara (cubiculum) de la invisible majestad, donde encuentra el lecho del amor (lectulum amoris) y el abrazo (amplexus) de deífica ternura.

-El Esposo le dice: permanece en pie, amada.

-Y ella: ¿qué me ordenas, amado mío?

-Le responde Él: desnúdate.

-(Ella) ¿Y qué me va a suceder, Señor Dios?

-Él: la gracia inefable nos ha unido (conjunxit) de tal manera mediante la unión de naturalezas, que no podrá tener lugar ningún divorcio. No asumí a ninguno de los ángeles sino a la descendencia de Abrahán, por lo mismo, arroja todo temor, rubor y poder que venga del exterior, y conserva sólo lo que posees internamente por naturaleza. Escoge este noble deseo y la pasión de la recta voluntad sin fondo (fundoque carentem rectae voluntatis concupiscentiam); yo completaré la mía eternamente con generosidad interminable.

-Responde ella: en estos momentos, Señor, soy un espíritu puro y desnudo (simplex et nuda sum mens); tú, un Esposo revestido de gloria. Nuestra interminable comunicación de vida se convierte ahora en un inquieto ardor intolerable y en un quietísimo silencio de amor, según el deseado placer (voluptatem) de nuestras dos voluntades. El Esposo se comunica a la esposa y ésta a Él (Ipse se sponsae e sponsa se sponso communicat) , no ignoran lo que está sucediendo: éste es el alivio que desean. Breve instante éste, en el que Esposo y esposa se unen quedamente (occulte convenit). Es necesario que la separación inseparable acontezca con frecuencia, y separe a los que son indivisibles.

Subrayo brevemente algunos puntos. El alma amante es un yo-deseante, la unión es un don gratuito fundado en la gracia creacional de la imagen de Dios en la creatura humana, sólo es necesario el noble deseo y la pasión de la recta voluntad sin fondo. El joven que buscaba al alma es el Esposo glorioso o divino. La unión se da a nivel de dos voluntades que se comunican recíprocamente, el Esposo se comunica con la esposa y ésta con Él, ella y Él se donan o entregan mutuamente (tal como dice el texto alemán: er gibt sich ihr, und sie gibt sich ihm), ambos se unen secreta y quedamente.

La nota fenomenológica y experiencial no falta: inquieto ardor intolerable, quietísimo silencio de amor, deseado placer, resulta imposible ignorar lo que está sucediendo y que distensiona y alivia al deseo. Todo ha durado brevemente, la necesaria separación de lo indisolublemente unido, permite comenzar otro ciclo del deseo.

Y el capítulo concluye así: ¡Amigo de Dios! Te he descrito este camino del amor, y ojalá Dios se digne grabarlo en tu corazón. Amén.

No hay duda de que Matilde está hablando de sí misma, el itinerario amoroso ofrecido es el mismo itinerario que ella recorre. Escuchemos este otro texto, se refiere a un día en que Matilde se siente sola y desterrada, alejada de la comunidad por motivos de salud; entonces el Señor le dice:

Tú eres mi deseo, el sentimiento del amor, dulce refrigerio de mi pecho, beso apretado de mi boca, gozo deleitable de mis maravillas; yo estoy en ti y tú en mí. No podemos acercarnos más porque ya estamos fundidos en uno, estamos configurados en una sola imagen y permaneceremos así unidos sin cansarnos (IV:10).

2.2.3. “Felix copula”

Llega la hora suprema de Matilde. Su hermana de comunidad, Gertrudis, nos relata en el Heraldo del Divino Amor, la agonía y el adiós. Nos interesa lo que sigue:

 

Vio (Gertrudis) cerca de sí al Señor de las virtudes y Rey de la gloria, más hermoso que todos los hombres y todos los ángeles juntos. Estaba sentado a la cabecera del lecho de la enferma y recibía en su sagrado Corazón, por el lado izquierdo, el aliento que, como un arco de oro brillante, se escapaba de los labios de moribunda [...] Y vio, al final del salmo: “ad te levavi animan meam” (Sal.24), que el Señor se inclinaba con gran ternura sobre la enferma, para abrazarla como a una queridísima esposa, lo cual hizo por dos veces seguidas [...]

Entonces apareció la Virgen María, ilustre hija de una estirpe real, solemnemente vestida con regias vestiduras púrpuras. Se inclinó llena de bondad sobre la esposa de su Hijo y con suaves manos sostuvo la cabeza de la enferma, para que su aliento pudiera alcanzar directamente el Corazón divino [...]

Y apareció el Señor, transfigurado por un maravilloso resplandor, y su divino rostro resplandecía como brilla el sol en su fuerza. Cuando ésta (Gertrudis) regresó en sí misma desde el éxtasis y del estar fuera de sí, vio cómo la resplandeciente Rosa del cielo, la virginal Madre, felicitaba jubilosa y abrazaba con ternura y besaba con dulzura al Esposo, su hijo, por la unión con la nueva esposa.

Ella (Gertrudis) entendió que entre el esposo y la esposa había una feliz unión (felix copula) en la que había entrado el alma sedienta como en una bodega. Y el alma se hundió en las profundidades sin fondo de la bienaventuranza, de la que ya nunca volvería a salir (Heraldo V:7).

Notemos el contexto bíblico y casi litúrgico de la muerte de Matilde, al concluirse el Salmo ad te levavi animan meam... El “aliento” divino recibido en los orígenes del mundo y en su propio nacimiento retorna ahora a su Señor y recreador. En esos momentos el Señor Esposo enternecido la abraza como a una queridísima esposa. La Virgen Madre se hace presente rebozando gozo y cariño. Finalmente, el Esposo y la esposa se unen indisoluble y eternamente: ¡felix copula!

3. Entrega de lo recibido

Una tradición que no se renueva y rejuvenece, muere; si se renueva, permanece. El criterio más seguro para discernir la autenticidad de una tradición es su capacidad de enriquecerse con el paso del tiempo y de comunicarse así enriquecida a nuevas generaciones. Una tradición de raigambre bíblica suele tener esta potencialidad integradora y donativa. La espiritualidad y mística esponsales se ubican en esta línea y contexto.

En este apartado trataremos de comprender mejor lo que podemos llamar la “categoría esponsal”, esto nos permitirá hablar ya de lleno acerca de la espiritualidad y mística esponsales. A partir de ahora, a fin de simplificar el discurso, hablaré tan solo de espiritualidad esponsal, teniendo por supuesto que ella puede ahondarse y crecer, por peculiar influjo de la gracia, en una auténtica mística esponsal.

3.1. La categoría esponsal

Abordaremos este tema desde una doble perspectiva. La primera será descriptiva y analógica; la segunda será meramente conceptual. Esto nos permitirá acceder de lo conocido a lo desconocido y, luego, precisar y sintetizar el discurso.

3.1.1. Ascenso y descenso

Los seres humanos accedemos a la divinidad invisible a través de realidades visibles: en Dios hecho hombre conocemos el misterio insondable de Dios. De igual modo, la realidad esponsal humana nos abre al misterio de la esponsalidad eclesial, cristológica y trinitaria. Por otro lado, a fin de que no nos extraviemos por el camino ascendente, Dios nos revela el misterio de su vida íntima con-descendiendo hacia nuestra experiencia humana.

El punto de partida de nuestra experiencia esponsal es la pareja humana, varón y mujer. En efecto, la persona humana no existe en abstracto sino siempre encarnada en un cuerpo específico y caracterizado: macho y hembra, mujer y varón. La impronta varonil y femenina de la persona humana nos dice que la persona es siempre relacional: relativa a y relacionada con otro/a. La autoconsciencia personal es asimismo consciencia del otro/a, y la presencia personal implica siempre la presencia de un otro/a: soy consciente de ser yo mismo en referencia a un tú, y para hacerme presente necesito otra presencia que me acoja.

 

Podemos entonces decir que la esponsalidad es el don de un “yo” que despierta el “tú” del otro/a motivándolo/a a la donación. El despertar del “yo-sexuado” se da mediante un “tú-sexuado”: el varón “crea” a la mujer y ésta “crea” al varón; el varón se “realiza” y plenifica gracias a la mujer y la mujer gracias al varón.

El misterio de la esponsalidad reside en que una persona realiza y plenifica a la otra permitiéndole ser más sí-misma en relación. Se ha creado así una conjunción o relación-conjugada en la cual uno no existe sin el otro/a. Toda relación-conjugada es fecunda y se abre a la fecundidad. La unión en “una sola carne” es una relación-conjugada plenamente encarnada y fecunda. Conjunción

Ahora bien, sólo el amor permite la esponsalidad, pues el amor distingue y une a la vez: distingue el sí-mismo a fin de que haya espacio para la libertad; une, precisamente, gracias a la opción libre de amar. Esta doble realidad (unión-diferencia) se da ejemplarmente en la unión en “una sola carne” vivificada por el amor fecundo.

La revelación y teología cristiana, haciendo pie en la experiencia esponsal recién descripta, nos enseña que los seres humanos hemos sido creados a imagen de Dios, de un Dios Trinidad Esponsal: tres Personas Conjugadas en una Naturaleza, ¡Tres Amantes en un solo Amor! Y este Dios, desde toda la eternidad, tenía presente la esponsalidad de su Verbo encarnado que la Escritura divinamente revelada nos presenta como relación entre Cristo y la Iglesia. Esta esponsalidad entre Cristo y la Iglesia es una esponsalidad modélica y salvífica, centrada en el Misterio Pascual y concentrada en la Eucaristía: ¡la Pascua y la Eucaristía son esponsales!

Lo que precede nos permite decir que el misterio esponsal existe en toda persona humana por el simple hecho de serlo, esté o no esté conyugalmente unida a otra, sea porque aún no es conyugue o porque ha optado por vivir y ejemplificar otra forma de esponsalidad a causa de Jesús y de su Reino.

3.1.2. Síntesis conceptual

Hagamos ahora un esfuerzo conceptual a fin de aclarar y sintetizar de alguna manera lo que llevamos dicho. Intentemos precisar el sentido de la esponsalidad y distinguir sus diversas formas, esto nos permitirá sacar algunas conclusiones básicas.

-Sentido:

-Don recíproco en comunión fecunda.

-Donación y acogida mutuas, profundas, permanentes, transformantes y fecundas.

-Plenificación recíproca que permite ser más uno mismo en relación.

-Relación conjugada que respeta la diversidad de cada uno.

-Comunión fecunda en un mismo querer y no querer.

-Formas:

-Humana:

-Esponsalidad varón-mujer:

-Conyugal: amor cohabitacional, sexual, fecundo y de por vida (esponsalidad propia de la mayoría de las personas humanas).

-Virginal: amor cohabitacional, interpersonal, fecundo y de por vida (esponsalidad propia de Santa María y San José).

-Divina-humana:

-Esponsalidad Cristo-Iglesia: comunión fecunda y pneumática de amor y misión.

-Esponsalidad Cristo-cristiano/a: un solo querer y no querer místicamente transformativos y misionales.

-Divina:

-Esponsalidad Trinitaria: Tres Personas Conjugadas en una Naturaleza o Tres Amantes e un Amor.

 

-Conclusiones:

-La Esponsalidad Trinitaria es el arquetipo de toda otra esponsalidad.

-La esponsalidad entre Cristo y la Iglesia es modelo y fuente de esponsalidad conyugal y mística-misional.

-La esponsalidad conyugal humana nos permite conocer y acceder analógicamente desde lo conocido hacia lo desconocido.

3.2. La espiritualidad esponsal

Habiendo establecido lo que entiendo por “categoría esponsal”, abordamos ahora nuestro tema, es decir, la espiritualidad esponsal. Y lo haremos en tres pasos sucesivos. En primer lugar liberaremos esta espiritualidad de toda sospecha machista o patriarcal. En segundo lugar puntualizaremos algunos presupuestos que fundamentan nuestra exposición. Finalmente, hablaremos de la vivencia o experiencia concreta de la esponsalidad espiritual.

3.2.1. Liberación

Algunos grupos femeninos han alzado su voz en contra de una espiritualidad en clave esponsal. En efecto, cierto movimiento feminista actual desconfía de la metáfora esponsal y de todo lo referente a la sexualidad en el contexto de la cultura patriarcal. La razón es muy sencilla: los varones han controlado y subyugado a las mujeres precisamente controlando y subyugando su sexualidad. Valgan algunos ejemplos provenientes de diferentes épocas y contextos culturales y religiosos: posesión reproductiva de la mujer por parte del varón en contexto conyugal, mutilación femenina con pretensión cultual pero con otros fines equívocos y menos confesables, violación de la “hembra” en cuanto botín de guerra, confinación por peligro de seducción, medidas protectoras contra terceros y la sociedad en general, sistemas éticos (jurídicos y religiosos) discriminatorios. Y hasta podríamos agregar, en este contexto de protesta, la ¡clausura papal de las monjas contemplativas!

A pesar de todo esto, que tiene su parte de verdad, debemos decir que hay algo más. Utilicemos, por un momento, nuestra “imaginación exegética” a fin de interpretar un texto bíblico. Quede al mismo tiempo claro que aceptamos desde ya que el argumento ex silentio exige cautela y es insuficiente para fundar conclusiones.

Ahora bien, sabemos que un grupo de mujeres seguían y servían a Jesús durante sus años itinerantes, es decir: eran discípulas del Maestro de Nazareth (Lc.8:1-3; Mc.15:40-41). Nos preguntamos: ¿qué habrán sentido y pensado estas mujeres al escucharle decir a Jesús: algunos eligen no casarse por causa del Reino de los cielos (Mt.19:12)? Opinamos que las mujeres discípulas habrían sentido que se les abría un nuevo horizonte existencial. Las casadas comprendieron que el Maestro abolía la tradición del divorcio que favorecía al varón. Y para las aún no casadas se abría la posibilidad de una opción por el Reino que las dejaba libres de familia y potestad marital.

El Evangelista nos sigue diciendo: entonces le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase; los discípulos les regañaban... (Mt.19:13). Nos permitimos pensar que quiénes presentaron a los niños, a pesar del disgusto de los discípulos varones, fueron mujeres discípulas y/o las madres de los mismos. Todas ellas habían comprendido que Jesús había elegido no casarse por causa del Reinado de Dios y que, por eso mismo, estaba abierto y amaba a todos, mujeres y niños, con una esponsalidad y paternidad del todo peculiar.

En conclusión, el Nuevo Testamento, como así también la historia de la Iglesia, nos enseña que la experiencia esponsal con Cristo simbolizada en la opción virginal no fue en su origen, ni tiene porqué serlo en la actualidad, una imposición de la cultura patriarcal sino un ejemplo elocuente de autonomía, autoposesión y emancipación femenina.

En efecto, esta experiencia y opción fue un poderoso signo en el contexto del mundo judeo y greco-romano: la vírgenes mártires de los primeros siglos, fueron tales por fidelidad unitiva y exclusiva a Jesucristo, simbolizada en su virginidad, la cual era una protesta indirecta contra: el culto al emperador, la absoluta potestad paterna y el hecho de convertirse en propiedad de un varón y máquinas reproductoras al servicio de su patrimonio y nombre de familia. En este sentido, podemos hablar, valga la paradoja, de un proto-feminismo evangélico y místico. A partir de estas bases, es también posible imaginar una espiritualidad esponsal profética y liberadora de muchos otros condicionamientos sociales, culturales y eclesiásticos.

3.2.2. Presupuestos

 

A fin de no edificar sobre arena, vamos ahora a establecer tres presupuestos de diferente índole: lingüísticos, doctrinales y pedagógicos. Ellos nos permitirán caracterizar la espiritualidad esponsal antes de describir la experiencia de la misma.

-Lingüísticos

La metáfora es una creación lingüística. Es una forma de usar el lenguaje a fin de evocar un sentido incomunicable con el mero valor de las palabras. Implica un “es” y un “no es” que no se anulan mutuamente sino que se relativizan, enriquecen y completan entre sí.

Valga el siguiente ejemplo: “la Iglesia es esposa de Cristo”. En un sentido, la Iglesia “es” esposa de Cristo por la mutua, fiel y permanente entrega en comunión fecunda; en otro sentido, la Iglesia “no es” esposa de Cristo pues no hay relación genital y no engendra hijos e hijas biológicamente hablando.

-Las metáforas se encarnan en símbolos. Los símbolos no son algo meramente lingüístico, se ubican en la frontera de lo lingüístico y la realidad metalingüística. El símbolo es el puente o mediación entre lo finito y lo trascedente. Por ejemplo: nuestros cuerpos median nuestras personas con otras personas, con la realidad circundante y con nosotros mismos.

Los símbolos, a su vez, dan lugar a las metáforas. La realidad se experimenta en el símbolo el cual se expresa en metáfora. Ejemplificando:

-La realidad de nuestra unión con Dios en Jesucristo Resucitado se expresa en el símbolo del celibato-virginidad consagrados, y utiliza la metáfora de la esponsalidad.

-La esponsalidad con Cristo es una metáfora fundada en la analogía (igualdad en la desemejanza) existente entre la virginidad y el matrimonio monógamo y fiel.

-La realidad de la unión conyugal de los esposos en el matrimonio se expresa mediante el símbolo del acto sexual exclusivo y fiel.

-La realidad de la unión esponsal con Cristo, actuada en la contemplación y la comunión eucarística, se expresa mediante la virginidad personal-corporal, la cual excluye el acceso de otros a la intimidad unitiva simbolizada.

El lenguaje religioso, siempre y en todo lugar, es un lenguaje simbólico basado en la noción metafísica de la analogía de los seres. El símbolo es un signo, representativo de algo o de alguien, que natural o convencionalmente tiene relación analógica con él. El lenguaje religioso nos permite así comunicar lo incomunicable, y el lenguaje de los místicos y de las místicas es su más sublime manifestación.

La metáfora-símbolo esponsal tiene un doble valor. Ante todo, el valor que le viene del orden natural y creado: resulta ser lo más espontáneo y adecuado. Y, más aún, el valor que le viene del orden sobrenatural: ¡Dios mismo se ha valido de ella, y hasta se ha valido de un “Supremo Cantar” para darSe a entender!

La realidad del amor humano, en todas sus manifestaciones, es la realidad que se convierte en símbolo de algo ulterior y superior. El amor humano es un elemento clave en la constelación de símbolos para hablar de la relación creyente con Dios.

Es decir que, el misterio cristiano de la comunión entre Dios y nosotros se hace “comprensible” desde una luz que ignoran otras mediaciones abstractas o teóricas. Recordemos que no existe en el ser humano un “deseo específico” que lo oriente hacia Dios: es el mismo dinamismo humano del deseo el que, partiendo de lo pulsional y reorientado por el libre albedrío, lleva a buscar y encontrar a Dios. Los y las genuinos buscadores del Esposo saben distinguir entre el deseo y amor espiritual y el deseo de la carne, es decir: el mero deseo y el deseo reorientado por el libre albedrío hacia Dios.

La simbología de la alianza y de la intimidad esponsal nos dice claramente que estamos ante una espiritualidad y mística radicalmente dialógica y relacional. No culmina en la fusión, ni en la disolución, ni siquiera en la mera transformación, culmina en el encuentro de amor. En torno a la búsqueda y encuentro esponsal aparece toda una constelación de símbolos que remiten a la fiesta y al juego, a la danza y a las canciones, al vino y a la ebriedad, a las flores y a los perfumes.

 

-Doctrinales

La antropología cristiana actual afirma la unidad fontal de las diversas manifestaciones del deseo o amor carenciado y en búsqueda. El amor es en el fondo una realidad única, aunque con diversas dimensiones; según los casos, una u otra dimensión puede destacarse más, pero si se separan completamente una de otra se produce una caricatura o forma mermada de amor (Cf. Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 7-8). En realidad no se trata de nada nuevo, la antropología monástica medieval, más aún la de corte cisterciense, se movía con los mismos presupuestos. Es decir que:

-El apetito sexual, el eros interpersonal y el anhelo de Dios son aspectos distinguibles en una continuidad de experiencia.

-El placer sexual puede ser convertido por el gozo del eros interpersonal y éste puede ser transformado por la felicidad del anhelo de Dios.

-Habrá que aceptar que alguna vez pueda suceder que el anhelo de Dios despierte movimientos sensuales y hasta sexuales: ¡nos somos ángeles aunque a veces creamos serlo!

Pasando de la antropología a la teología, jamás hemos de olvidar que Dios nos ama primero y gratuitamente: para acoger su don, hemos de dejarnos amar. La autodonación divina se hace concreta en la persona de Jesús y en la sacramento de la Eucaristía, por eso ella es el sacramento esponsal: recibiendo la Eucaristía accedemos a una unión participativa en la entrega de Jesús; la mística del sacramento consiste en una elevación y unión esponsal totalmente inaccesible por otro medios.

El principio teológico recién presentado trae consigo una importante consecuencia antropológica: todos, varones y mujeres, hemos de potenciar nuestra capacidad de receptividad. La receptividad natural femenina puede servir de modelo para el varón en su relación con Dios.

-Pedagógicos

La espiritualidad esponsal, entendida como “don recíproco en comunión fecunda”, presenta indudables riquezas y suscita algunos problemas, subsanables con una correcta pedagogía.

Destaquemos, ante todo, algunas riquezas. Una lectio divina auténtica del Cantar de los Cantares nos permite rescatar, para la vida célibe y de virginidad consagrada, tres realidades humanas básicas, postergadas o rechazadas en contextos culturales y religiosos conocidos por todos. Ante todo, la bondad del cuerpo, principalmente femenino, respecto del cual el Cantar canta sus mejores cantos, esto está destinado a enriquecer nuestras teologías desencarnadas del celibato. En segundo lugar, hemos de rescatar la sexualidad con su capacidad de establecer relaciones, es así como la sexualidad nos remite a Dios. En tercer lugar, hemos de poner todo el énfasis en el amor, un amor que no busca dominar sino igualar y diferenciar, un amor que no busca seducir sino comulgar.

La espiritualidad esponsal se fundamenta en el ser humano real, con sus complejidades y obscuridades, potencialidades y realizaciones. Permite autoconocerse en cuanto persona sexuada y facilita la integración del deseo en la búsqueda y fruición espiritual. Aún más: ordena el amor, lo concentra y adhiere a la persona de Jesucristo, permitiendo así perderlo todo a cambio de esta sublime ganancia. La vida consagrada en celibato o virginidad, en clave esponsal, sortea el riesgo de ser una vida afectivamente raquítica o eróticamente desbordada. El amor esponsal a Jesús es la esencia y el alma de nuestro voto de castidad consagrada.

Además, en una cultura androcéntrica como la nuestra, la espiritualidad esponsal puede también prestar un servicio terapéutico para muchos varones proclives al machismo. En efecto, enfatizando la dimensión receptiva o “femenina” del psiquismo humano –hasta podríamos decir: potenciando el hemisferio cerebral derecho– permitirá desarrollar la relación y la comunión, la intuición y la síntesis, la fantasía y lo lúdico y festivo.

 

Y son precisamente estas riquezas las que, por contraste, pueden ser para algunos causas de problemas. Veamos algunos de estos posibles problemas y anticipemos algunos recursos pedagógicos. Todos somos conscientes de que la exégesis del Cantar, sin despreciar la exégesis científica y objetiva, es forzosamente de tipo subjetivo. Es decir, dado que la Kalá y el Dodí están afectiva y deseosamente implicados, esto produce un impacto afectivo en el lector y la lectora-intérprete y da lugar a un discernimiento de los corazones: se discierne quien tiene un corazón puro y quien aún tiene que purificarlo. A medida que se avanza en la lectio divina del Cantar de los Cantares se llega a esta conclusión: es una colección de poemas para gente adulta y casta, casados o célibes-vírgenes, que tienen bien integrada su sexualidad y han logrado establecer relaciones armónicas con personas del sexo opuesto. Sólo de esta manera, el texto conserva todo su significado real (connubium carnale) y puede convertirse en símbolo del matrimonium spiritualem (contenido teológico simbolizado). Las personas no castas o medianamente castas tienden a alegorizar apresuradamente el texto vaciándolo de todo realismo humano o, por el contario, quedan encerradas en la seducción erótico-sexual sin apertura a la trascendencia. En este caso, con palabras de los clásicos monásticos, ¡se impone regresar a la escuela del Eclesiastés y de los Proverbios, desenraizando vicios y plantando virtudes!

Además, la metáfora-símbolo esponsal en relación con Cristo puede chocar con la autoimagen que el varón tiene de sí mismo; o puede evocar modelos conyugales que despiertan placeres sensuales en personas consagradas en el celibato o virginidad. Algunos varones pueden experimentar una dificultad especial a causa de eventuales connotaciones homofílicas (u homosexuales) que se despiertan y entreveran en su relación con Cristo, Dios hecho hombre. Dificultades de este tipo pueden subsanarse en diferentes formas: sea subrayando que se trata de una esponsalidad espiritual entre Cristo y el “alma” (o con el Verbo o Sabiduría y el alma), sea espiritualizando la metáfora y hablado más abstractamente de “unidad de espíritus”. De cualquier modo que sea, la experiencia enseña que los varones tendemos a “espiritualizar” la metáfora, muchísimo más que las mujeres, o a encontrar otras posibilidades: ¡ningún varón se siente mal siendo amigo del Esposo!

Las mujeres no son ajenas a algunos de los problemas recién indicados. Y además, más fácilmente que el varón pueden quedar enganchadas en sensiblerías románticas o permanecer cautivadas en la humanidad de Jesús sin trascender o ahondar en su divinidad. Asimismo, con más frecuencia que el varón, la mujer puede disociar la intimidad esponsal con Cristo de las cruces cotidianas, la convivencia comunitaria y el servicio o la misión.

Por todo lo recién indicado se impone una sana pedagogía, ya hemos anticipado algunas sugerencias. Es fácil darse cuenta que ésta pedagogía se basa en la virtud de la castidad, entendida como fuerza integradora de los deseos y armonizadora de las relaciones.

Supuesta esta virtud, deseamos señalar otros recursos pedagógicos básicos. En primer lugar, jamás olvidar que se trata de un Esposo crucificado y resucitado, habrá que decir entonces que lo esencial es la comunión en un mismo querer y no querer, y que esta comunión de voluntades permite pasar de la cruz a la luz. En segundo lugar, hay que aceptar sin condiciones la alternancia pasiva de presencia-ausencia, gozo-dolor, consolación-desolación como experiencias que integran, ordenan y reorientan el deseo. Estas purificaciones pasivas no descartan, todo lo contrario, el esfuerzo de una ascesis, entendida como “renuncia, abierta a un bien mayor”; sólo así, el eros, enraizado en el substrato biológico de la sexualidad, podrá remontarse en “éxtasis” hacia lo divino llevándonos más allá de nosotros mismos. Siempre es verdad aquello que nos dice Jesús: hay que perder la vida a fin de recobrarla, pues quien pretende guardarla la pierde. Una santa “esposa” de Cristo contemporánea, heredera de la espiritualidad medieval por mediación de la tradición carmelitana, había ya comprendido a sus 17 años de edad, todo lo que esto significaba:

Creo que en el amor está la santidad. Quiero ser santa. Luego me entregaré al amor, ya que éste purifica, sirve para expiar. El que ama no tiene otra voluntad sino la del amado; luego yo quiero hacer la voluntad de Jesús. El que ama se sacrifica. Yo quiero sacrificarme en todo. No me quiero dar ningún gusto. Quiero inmolarme constantemente para parecerme a Aquél que sufre por mí y me ama. El amor obedece sin réplica. El amor es fiel. El amor no vacila. El amor es lazo de unión de dos almas. Por el amor me fundiré en Jesús (Santa Teresa de los Andes, Diario 31; 14-VIII-1917).

En fin, sepamos que Dios es Misterio insondable, esto significa que existen muchísimas formas de participación misteriosa en lo que Él es y en lo que Él hace. Y, además, siempre es bueno sonreír un poco, el buen humor nunca hace mal, ni siquiera en los más altos estados místicos, todo lo contrario. La razón de nuestra sonrisa es esta: el Dios de nuestra espiritualidad y mística es Dios y no es Dios: es Dios pues Él se nos comunica primero, no es Dios pues Él es totalmente Otro.

-Caracterización

Recojamos, antes de continuar avanzando, algunos datos que nos permitan caracterizar, a fin de reconocer, los elementos esenciales de la espiritualidad esponsal.

-Se funda en el misterio de la Alianza entre Dios y su pueblo, entre Cristo y su Iglesia, y la simbología esponsal que la expresa.

 

-Encuentra en el Cantar de los Cantares inspiración y modelo, motivación y elevación.

-Se refiere a Jesucristo, Dios hecho hombre, muerto y resucitado, por nuestra salvación.

-Se nutre y manifiesta en la vida sacramental, sobre todo en el sacramento del amor, es decir: la Eucaristía.

-Está representada por la corriente monástica medieval (a partir de los ss..XII y XIII).

-Presupone una integración de los deseos en el único deseo fontal de Dios, deseo pre-electivo que nos mueve, por atracción, hacia Él.

-Se trata de una donación total como respuesta a un Amor precedente y gratuito.

-Más que “ser uno”, se trata de “estar unido” con Él en un mismo querer y no querer, esta comunión con el Amor transforma y posibilita amar.

-El dinamismo de la esponsalidad lleva a la maternidad en el Espíritu con hondas entrañas de misericordia portadoras de vida.

-En síntesis: acogida y donación recíprocas en comunión fecunda.

3.2.3. Experiencia

La espiritualidad esponsal subraya la femineidad o receptividad, entendida como acogida amorosa, dimensión del ser humano que puede ser vivida tanto por el varón cuanto por la mujer, aunque hay que reconocer que ésta tiene una peculiar afinidad o connaturalidad con la misma. Aquellas y aquellos que se sienten invitados a articular e interpretar su vivencia evangélica y de comunión con el Señor en clave esponsal hallan en el Cantar de los Cantares un espejo que les revela la fuerza del amor divino que se manifiesta en Jesucristo y las exigencias de la propia respuesta de amor.

Veamos a continuación las principales características de esta espiritualidad según el testimonio de quienes la han vivido y viven con hondura y fidelidad.

-Totalidad y exclusividad

La relación esponsal no es con un Dios anónimo, sino con Jesucristo glorificado, enfatizando el aspecto humano e íntimo de la relación. Y esta relación consiste en una donación y acogida mutuas y totales: mi amado es para mí y yo son para mi amado (Cant.6:3). Toda la vida se concentra en la relación y todo emana y fluye de ella. Hasta la comunidad y el servicio quedan subordinados a la relación esponsal con el Señor. Se trata de una forma particular de amistad, pero con una nota que falta en la amistad: sólo entre esposos se puede decir de forma unívoca e incondicional: “en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, en mutua pertenencia”.

La totalidad de la donación se expresa, para muchos, en el símbolo de la virginidad: la persona-cuerpo está totalmente reservada exclusivamente para el Esposo. Esta exclusividad es fuente de misión y servicio fecundos. Esta fecundidad remite y es atribuida al Amado. La historia de la Iglesia está llena de “esposas vírgenes y fecundas”. Así como la exclusividad no se funda en la ley sino en la fidelidad; de igual modo, el “para siempre” no es una obligación externa sino una exigencia interna de la relación.

En el libro de los Ejercicios de Santa Gertrudis de Helfta encontramos numerosos textos esponsales, sobre todo en el ejercicio tercero, que lleva como título: Ejercicio de las bodas y de la consagración. En casi todos estos textos se hallan referencias al Cantar de los Cantares. El Cantar fue para los autores cistercienses varones una ocasión y un símbolo fuerte para educar el amor de los monjes; diferentemente, Gertrudis, mujer, recurre al Cantar para vocalizar sus deseos y anhelos de vida plena en comunión total con el Amado. Veamos uno de estos textos que ejemplifica bien la nota totalizante y exclusiva de la esponsalidad.

¡Oh Jesús, mi hermano y esposo!

Rey soberano, Dios y Cordero,

coloca, coloca una señal tal sobre la faz de mi alma,

 

que bajo el sol, no elija nada, no desee nada, no ame nada fuera de ti.

Y tú,

el más Amado de todos los amados,

dígnate unirte a mí por el lazo del matrimonio espiritual,

de tal manera que sea para ti mujer y esposa legítima,

por ese amor indisoluble que es más fuerte que la muerte (Ejercicio III).

-Igualdad y reciprocidad

El matrimonio, según el plan de Dios en los orígenes, implica una igualdad total entre el varón y la mujer. El pecado creó una situación interpersonal e institucional de subordinación de la mujer y dominio del varón. La cultura patriarcal perpetuó esta situación. Pero, el Esposo Salvador, posibilita la igualdad y reciprocidad original. En efecto si la esponsalidad es una forma de amistad, entonces no puede faltar en ella la nota de la igualdad recíproca.

En la esponsalidad con Cristo hay una desigualdad ontológica que sólo Él puede igualar. Y esto es lo que Jesús hace con sus discípulos llamándolos amigos (Jn.15:15-16) . Los místicos y místicas ilustran maravillosamente esta igualdad esponsal entre el alma y el Señor.

En un momento de su vida Santa Gertrudis repasa las gracias recibidas a fin de agradecer y alabar al Señor. Escribe:

Celebro entre tantas gracias, dos en especial, conviene a saber, que estampaste en mi corazón las resplandecientes de tus saludables llagas, e incrustaste además en él tan clara y eficazmente la herida de amor, que si nunca me hubieras otorgado consuelo otro alguno ni interior ni exterior, con estas dos solas gracias me colmaste de bienaventuranza [...] Añadiste a estos favores el de la familiaridad inestimable de tu amistad (inaestimabilem amicitiae familiaritatem), porque de diferentes modos me diste aquella nobilísima arca de tu deidad, esto es, tu corazón endiosado como venero de todas mis complacencias, unas veces de balde, y otras para mayor indicio y muestra de la mutua familiaridad, trocándole por el mío. Por este modo me manifestaste lo escondido de tus secretos juicios a la par que tus soberanos deleites, y derretiste (liquefecisti) mi alma muchas veces con regalos tan amistosos (tam amicissimis blanditatibus), que si no conociera el abismo sin suelo de tu misericordia, me maravillara al entender mostrase afecto de tan grandísima familiaridad y regalo a la sola digna, a tu madre beatísima que reina contigo en el cielo, más que a cualquiera otra criatura (Heraldo 2:23).

La igualdad del Señor con Gertrudis va desde la mutua confidencia amistosa hasta una familiaridad e intimidad sólo superable por la del Hijo divino con su inmaculada Madre, pasando por al intercambio de corazones. No nos maravilla entonces que nos cuenten que cierta vez le dijo el Señor a Gertrudis: así como tú me aseguras que en ninguna criatura puedes recibir contento fuera de mí, yo a mi vez por mi virtud divina te certifico que jamás quiero recibir contento en criatura alguna fuera de ti (Heraldo 3:50). San Juan de la Cruz, por su parte, asegura que el mayor júbilo del alma en la unión proviene de escuchar al Señor decirle: Yo soy tuyo y para ti y gusto de ser tal cual Soy para ser tuyo y para darme a ti (Llama 3:6).

Sin tener que llegar a tan sublimes cumbres, muchas veces el Señor se abaja, nivela, iguala y empareja compartiendo su cruz y dolor y haciendo suyo nuestro dolor y cruz. Y hasta pareciera que valora más lo nuestro que lo suyo propio, ¡si es que queda algo que sea nuestro o suyo!

-Historia y biografía

La relación de Dios con su pueblo en clave esponsal, según los profetas, se desarrolla a lo largo de una historia con innumerables altibajos. Conoce toda una gama de experiencias de fidelidad e infidelidad, amor y rechazo, castigo y reconciliación, promesas y cumplimiento. Agreguemos, como de paso, que esta esponsalidad está inculturada en un contexto patriarcal, por eso: cuando Israel es fiel es considerado como un “hijo” predilecto, y cuando es infiel es considerada una “prostituta”. La idolatría es representada como un adulterio por parte de la mujer, cuando en la mayoría de los casos el adulterio provenía y proviene de los varones.

 

La relación esponsal, diferentemente a la amistad, posee una característica histórica y biográfica que le es muy propia. Se trata de una relación que se desarrolla en el tiempo y conoce las alternancias de toda relación interpersonal y humana. La fidelidad y el “para siempre” le ofrecen un marco y un clima totalmente único y peculiar.

La esponsalidad con el Señor, al igual que nuestro celibato y virginidad consagrados, se vivencia asimismo en el marco de la fidelidad y perpetuidad, pero no por esto está exento de las vicisitudes de la condición humana. No obstante, porque Él es un Esposo fiel, vencemos nuestra debilidad y ganamos eternidad.

La experiencia nos enseña también que un celibato-virginidad consagrados en clave esponsal es cualitativamente diferente a otro motivado por la comunidad, el servicio o la misión. En el primer caso se trata de un estado de vida caracterizado por una relación con el Señor que es, en última instancia, independiente de aquello que institucionalmente lo contextualiza. Se trata de una alianza esponsal con Alguien que puede ir más allá del compromiso con una institución determinada.

La dimensión biográfica de la esponsalidad con Cristo permite una fidelidad práctica y concreta y, al mismo tiempo, trascendente, que hace posible remar contra la corriente de la historia: la eventual persecución por parte de los buenos y de la autoridad no impide seguir siendo miembro entrañable de la Iglesia, Cuerpo esponsal de Cristo.

-Contemplación y Eucaristía

La contemplación silenciosa es tan necesaria para quien vive la espiritualidad esponsal cuanto es necesaria la intimidad personal, afectiva y sexual entre dos personas unidas en matrimonio. Sin estos momentos de contemplación, el servicio, la misión y hasta la misma vida comunitaria se vuelven causa de nerviosismo y tensión, ansiedad y agotamiento. Tal como sucede con un matrimonio totalmente ocupado con el trabajo, la familia y las relaciones sociales. En esto, más que en muchas otras cosas, se verifica la máxima: experientia docet!

Y lo que venimos diciendo es aún más válido en relación con la Eucaristía. El sacramento eucarístico es el genuino alimento de la espiritualidad esponsal. La razón es obvia: la Eucaristía es sacramento esponsal. La espiritualidad esponsal revaloriza y pone a la Eucaristía en el centro mismo de la vida cristiana. El Papa Benedicto, asumiendo una larga tradición, se expresa de esta manera:

La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega. La imagen de las nupcias entre Dios e Israel se hace realidad de un modo antes inconcebible: lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su cuerpo y su sangre. La “mística” del Sacramento, que se basa en el abajamiento de Dios hacia nosotros, tiene otra dimensión de gran alcance y que lleva mucho más alto de lo que cualquier elevación mística del hombre podría alcanzar (Deus Caritas Est, 13).

La celebración eucarística llega a su cumbre en las palabras del Señor: Tomad y comed, tomad y bebed. Tomar es acoger, pero no sólo acoger, sino también ser acogido. La celebración eucarística es comunión esponsal en la mutua entrega y la mutua acogida. De este modo se cumple la palabra de Jesús: Vosotros en mí y Yo en vosotros (Jn.14:20).

La Kalá o esposa del Cantar de los Cantares dice a su Dodí esposo: mejores son que el vino tus amores (Cant.1:1). No es raro que toda la tradición mística cristiana haya hablado de la sobria ebrietas y del vino aromado como símbolos fuertes de la experiencia de quienes se sienten y saben embebidos esponsalmente en Dios.

Las místicas medievales han sido todas místicas eucarísticas. Baste el ejemplo de Matilde de Hackeborn, la más benedictina de las monjas de Helfta. En su Libro de la Gracia Especial encontramos un breve “tratado sobre la Eucaristía y la comunión” (3:19-29), pero lo que ahora nos interesa es su experiencia. Nos cuentan que: Al acercarse el momento nobilísimo del banquete, en que recibiría al Amado de su alma en la comunión del sacramento del Cuerpo y de la Sangre, oyó que le decía: “Tú en mí y yo en ti, no te abandonaré jamás” (1:1; Cf. 1:13).

-Testimonio y martirio

 

La espiritualidad esponsal no es patrimonio exclusivo de las personas consagradas en la vida religiosa, es algo que pertenece a todo el Pueblo de Dios y a cada uno de sus miembros (Cf. II Cor.11:2). Pero es el caso de que, a muchas personas consagradas, la vivencia de la espiritualidad y del celibato-virginidad en clave esponsal, les permite una relación peculiar con Jesucristo que vivífica y potencia sus vidas en forma incomparable y testimonial.

Cuanto el testimonio evangélico alcanza un grado de fuerza convincente y transformativa se convierte en profecía. Y hay un modo peculiar de profecía de la cual se dice: “no hablando sino muriendo”. Es así como del testimonio saltamos al martirio.

El martirio cristiano es una forma de identificación con Cristo en cruz como manifestación del amor más grande. Es una entrega esponsal y eucarística del propio cuerpo a la muerte, en comunión con Jesucristo, para que muchos tengan vida.

En este contexto podemos comprender algunos “textos esponsales”, incluido el testamento, de un mártir contemporáneo: el P. Christophe Lebreton, monje trapense, secuestrado en Argelia junto con seis hermanos de comunidad el 26 de Marzo y asesinado el 21 de Mayo de 1996. Trataré de conservar los textos tal cual aparecen diagramados en su original, sin puntuación ni mayúsculas. Mi traducción, por lo demás, no tiene ninguna pretensión literaria.

El primer día del año 1996 Christophe se encuentra después del oficio de Vigilias haciendo su lectio divina en el scriptorium del monasterio. Tiene ante sus ojos y escucha el “Corazón” mismo de la Biblia: el Cantar de los Cantares.

como el libro delante mío

el año 1996 está abierto y en la noche:

tu voz (en el corazón del Libro)

la tierra desposada escucha que le dicen

hete aquí eres hermosa amiga mía

increíble Pero

mirándote María asiente de todo corazón

al don que la embellece: colmada de gracias

llena de amor ella canta

agítese el viento y soplo

sobre mi jardín

que destile sus aromas

un día de este año hazme la gracia tu

Amado de decirme verdaderamente

entro en mi jardín

recojo como

bebo

toda tu vida

hazme entonces la gracia de donarte yo

 

sin medida mis amores

Christophe se considera a sí mismo, en comunión con María, como la tierra desposada de Isaías (62:4), la voz del Amado le habla con las palabras del Cantar (5:1) tanto deseadas: Entro en mi jardín. Y el Amado entra a fin de comer y beber la vida entera de nuestro monje convertido en sacrificio eucarístico, y que desea donarse sin medida a su Amado. Esta es la gracia que pide comenzando el año, cuando faltan menos de tres meses para el rapto que lo llevará a la muerte.

Durante ese mismo mes de Enero, el día en que se festejan los santos Fundadores del Císter, compone un poema que titula: En dulce y fraternal compañía, este 26/01.96

Invitado al banquete nupcial

y con promesa de participar

del viaje

de bodas

del Cordero

yo a título de amigo

aquí en Argelia

sonrío

esperando

su hora

nupcial

el don me conquista

poco a poco y mi pecado pedazo a pedazo

me lo quitan

porque en fin amigos míos

es necesario que entre nosotros

esto

sea bien claro

yo soy de él

y siguiendo sus pasos voy

hacia mi plena verdad

pascual

No se nos escapa las alusiones al libro del Apocalipsis y los evangelios de Mateo y de Juan. Christophe se siente invitado al banquete y al viaje de bodas del Cordero-Esposo (Apo.19:9). Como amigo, contento y prudente, aguarda su llegada (Cf. Mt.25:10), sabiendo que, en cuanto amigo, ha de estar dispuesto a dar la vida por el Amigo (Jn.15:13). El martirio implica una vocación y una vigilancia o atenta espera de la hora común con el Cordero-Esposo. El don de sí mismo gana terreno a medida en que el pecado es perdonado y borrado: la novia-amigo está siendo preparada para su Esposo-Amigo (Cf. Apo.21:2). Finalmente, ha de quedar claro para todos, y nadie ha de interferir: Christophe es del Resucitado así como Éste es de él.

 

Y llegamos así a un texto que tiene como título: testamento. Leído bajo la luz de los textos precedentes se comprende mejor su dimensión esponsal. No está fechado, pero se puede conjeturar que fue compuesto en marzo de 1996; en efecto, el día 24 de Marzo Christophe se lo envía y confía a Philippe, monje amigo del monasterio de Tamié.

testamento

mi cuerpo es para la tierra

pero por favor

sin preservativo

entre ella y yo

mi corazón es para la vida

pero por favor

sin formalidades

entre ella y yo

mis manos para el trabajo

serán cruzadas

con toda simplicidad

para el rostro

que permanezca al desnudo

para no impedir el beso

y a la mirada

déjenla VER

P.S

gracias

Desde el mismo inicio Christophe describe su unión esposal con la tierra, unión íntima y fecunda, pues no admite ningún preservativo: el don martirial de sí mismo es siempre fecundo. Sigue la unión esponsal con la vida, unión sin gestos superfluos. Las manos cruzadas, que pueden ya reposar del trabajo, testimonian con simplicidad la identidad cristiana. Por último, la unión esponsal con Dios y, una vez más, que nada se interponga, a fin de que el amor conozca y vea. Siendo las cosas así, ¿cómo no estar agradecido a Dios y a todos sin medida?

En definitiva, el testamento de Christophe de Tibhirine nos confirma un dato de la tradición: la meta del martirio es la unión esponsal y fecunda con Cristo.

4. Profetismo esponsal

Ha llegado el momento de volver al inicio y formularnos el interrogante con el que abrimos esta meditación: ¿es la espiritualidad y mística esponsal una reliquia caducada del pasado o una realidad vigente y profética en nuestro presente?

La respuesta a esta pregunta presupone otra: ¿he logrado comunicar para el hoy en que vivimos el aporte de la mística nupcial medieval? Y este es un interrogante que espera respuesta por parte de cada uno de ustedes, auditores y lectores.

 

Pero, sea la que sea vuestra respuesta, y sabiendo que la profecía es más cuestión de verdad perenne que de anuncio futuro, déjenme rayar en la locura y permítanme prestar mi voz al bisbiseo divino y a la tradición secular y viviente para pregonar lo que sigue.

-Primer pregón: El Cantar de los Cantares, en un mundo en el que abunda la pornografía excitante y enervante , barata y consumista, nos invita a una relación más distendida y seria con las dimensiones sexual y erótica de la vida. Estos poemas, inspirados por Dios, nos invitan a vivir y a reflexionar sobre la sexualidad sin libertinajes ni genitalismos, sin miedos y tabúes, sin falsos pudores o sonrojados silencios, sin discursos irreales y etéreos disfrazados de espiritualidad. El Cantar permite discernir entre la pureza del amor y la cosificación abusiva, la pertenencia y la posesión, la fascinación y la seducción, el dominio y la aceptación, la comunión interpersonal en la unión corporal y la animalidad de un simple “hacer el amor”. El Cantar canta proféticamente la utopía de una humanidad que ha retornado al paraíso junto al Creador. En esta utopía se manifiesta la armonía básica entre el eros y la caridad, el placer y la gratuidad en la plenitud del encuentro interpersonal sexuado. Este amor genuino, a imagen del amor divino, es sacramento del amor entre Cristo y su Iglesia: ¡me amó y se entregó por mí! Todos, casados y solteros, célibes y vírgenes estamos invitados a proclamar esta noticia profética del amor cristiano. ¡El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias!

-Segundo pregón: La esponsalidad personal con Cristo sólo se entiende en el ámbito de la esponsalidad de Éste con su Iglesia. Pero, al mismo tiempo, la concreta y muestra su valor espiritual y pastoral. Cuando se habla de la Iglesia Esposa se está hablando del conjunto de todos los creyentes en Cristo: una “persona mística y esponsal en el Espíritu”. Esta realidad sólo es posible en la medida en que los cristianos vivamos la comunión o koinonía entre nosotros, sólo así podemos ser “uno y una”. Si no somos Esposa no podemos conocer el amor tierno y cariñoso del Esposo ni su entrega sin límites ni condiciones. En este caso, nuestra experiencia eclesial será más legal, vertical y estratificada que amorosa y de alianza. Además, en una Iglesia Esposa de Cristo, Éste se hace presente por medio de sus ministros (obispos y sacerdotes) los cuáles han de amar con “su” amor de Esposo y no con el machismo de célibes arrogantes y prepotentes o alfeñiques temerosos y distantes. ¡El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias!

-Tercer pregón: La historia nos enseña que muchas mujeres esposas de Cristo han tenido una influencia profética notable y patética en la sociedad y en la Iglesia de sus tiempos. En ellas no existió ningún tipo de intimismo estéril sino que tuvieron una fecundidad social y eclesial que las transformó, más allá de sus obras, en madres en el Espíritu. La esponsalidad es lugar de encuentro entre la intimidad y la misión, la contemplación y la acción, el ser y el quehacer. Pero, atención, la mujer consagrada esponsalmente con Cristo es proféticamente fecunda no por lo que “hace” en servicio de la Iglesia y del mundo, sino por lo que ella “es” en cuanto femenina y en cuanto mujer. El “genio” femenino consiste, ante todo, en ser mujer. Este es su carisma y su don para bien de todos. Si las mujeres ocupan su lugar en la Iglesia, no hay duda de que ésta, siendo la misma, será diferente, es decir: será más esposa y menos prostituta. ¡El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias!

-Cuarto pregón: La fidelidad de la Iglesia-Esposa a Cristo Esposo y Señor se manifiesta en una doble dimensión: la confesión de fe y las obras de la fe. Ortodoxia y ortopraxis que se verifican y nutren mutuamente. La Esposa descubre, sirve y se une al Rey Esposo en aquellos con quienes Él quiso identificarse: tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me alojasteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme (Mt.25:35-36). La Iglesia Esposa y enamorada de su Esposo jamás lo ignora en su presencia menesterosa, el juicio final consistirá para ella en esta fidelidad esponsal en la búsqueda y encuentro, comunión y servicio. Al fin de la vida seremos juzgados, no tanto por la ortodoxia de nuestra fe cuanto por esa fe que ha obrado por la caridad y optado por los pobres. Y, quizás, descubriremos con sorpresa, que algunos que considerábamos “no creyentes”, se nos adelantarán en la Vida eterna pues sirvieron a los enclenques y empobrecidos. Estos tales, también se sorprenderán al aprender que todo lo bueno que hicieron por los carenciados había sido hecho al Cristo mismo. Y habrá también otra gran sorpresa para todos: la presencia en el Reino eterno de todos aquellos marginados que aceptaron, de cualquier forma que fuera, la invitación al banquete de bodas del Hijo del Rey. ¡El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias!

 

-Quinto pregón: La esponsalidad con Cristo es un lugar de encuentro entre la espiritualidad matrimonial y la espiritualidad celibataria y virginal. Tanto la consagración religiosa y monástica cuanto la relación conyugal sellada por el sacramento del matrimonio, pueden ayudar a comprender la unión esponsal entre cada uno de nosotros y Cristo Dios: la consagración religiosa, como un “dejarlo todo” para seguir sólo a Jesús; el matrimonio, en cuanto signo de las nupcias entre Cristo y la Iglesia. Una y otra vocación, cada una a su modo, realizan la unión esponsal con Cristo Esposo. Cambian las mediaciones y la modalidades, pero el objetivo final es el mismo. Dejemos de lado toda superioridad e inferioridad en abstracto, acentuemos la igualdad y diferencia concretas. Cuando un monje, una monja, un hombre casado o una mujer casada pueden llegar a decir: Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir, podemos tener la certeza de que ya es esposa y de que ya ha sido fecundada por el Señor. Se trata, para unos y para otros de adherirse indisolublemente a Cristo Esposo de la Iglesia y de cada cristiano. Él nos enseña a todos, en la encarnación, la pascua y la eucaristía la naturaleza íntima de la esponsalidad: amor gratuito, total y permanente que invita a la reciprocidad fecunda. ¡El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias!

-Sexto pregón: La mística esponsal asume y abraza el núcleo mismo de la revelación y fe cristiana. Dios nos salva en el contexto y en el proceso de una historia; esta historia de salvación conoce momentos diferentes: creación, pecado, salvación; y la obra de salvación tiene forma de alianza. La finalidad de la alianza es introducirnos en la comunión de vida con Dios. El sacrificio pascual de Cristo en la cruz es el medio que permite dicha comunión de entrega recíproca y de pertenencia al Señor. En el corazón mismo de la alianza se ubica la esponsalidad, por eso, la alianza: implica más el corazón que la razón, es un desposorio y no un contrato, compromete al amor que supera a la ley, es más mística que jurídica. Los profetas se ubican en esta veta esponsal y mística de la alianza y denuncian cualquier tipo de cosificación de la misma. Por todo esto, la mística esponsal es la aportación propia y genuina del cristianismo para entablar un diálogo fecundo con las otras grandes corrientes religiosas. El diálogo interreligioso no tiene como finalidad la reducción a la fusión indiferenciada, todo lo contrario, su fruto más exquisito es la unión diferenciada. El alma de este diálogo es el amor, y el amor siempre une y diferencia, siendo así causa de admiración gozosa ante el misterio de las diferencias conjugadas en la unidad. ¡El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias!

-Séptimo y último pregón: La situación presente de la vida consagrada, y de la vida monástica en particular, está siendo caracterizada como tiempo de “caos”, “éxodo”, “hibernación” y “noche obscura”... Por mi parte, yo diría también, “concubinato secularista” y/o “viudez esponsal”. Nos han quitado al Esposo o lo hemos olvidado o tememos abrazarlo dejándonos abrazar. La buena noticia de la espiritualidad esponsal puede sacarnos de la pobreza consumista, de la castidad castrada y de la obediencia obsecuente; puede asimismo liberarnos del legalismo y ritualismo sin alma y del racionalismo cosificante de la realidad. Se trata de retornar al primer amor, ese amor original y primordial, ese amor de primor que apasiona y devuelve la vida y las ganas de generarla para que otros también monásticamente vivan. Nuestro Cristo Esposo es el Cristo Dador de Vida, es el Cristo de la Parusía, es el Cristo de la escatología que cumple e incentiva nuestros deseos infinitos, es el Cristo de la esperanza que no defrauda y del “ya pero aún no” que nos invita a empeñarnos por un mundo más humano... En definitiva, es el Cristo ante quien nada se ha de anteponer, el Cristo que está pronto para llevarnos a todos juntos a la Vida Eterna del Padre Dios. ¡El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias!

La Sagrada Escritura se abre con un grito esponsal de gozo y agradecimiento. Adan, el Terráqueo, exclama en los albores de la creación: “¡Qué bueno, esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” Y concluye la Escritura Santa, al igual que yo ahora en trío con el Espíritu y la Esposa, con otro clamor nupcial rebosante de esperanza y abierto a la Parusía: “¡Maranatha, ven Señor Jesús!”

Bernardo Olivera

Roma, Agosto 2007