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La unidad, que es obra de la pobreza, reúne todas las heridas del alma y las cicatriza. Mientras permanezcamos pobres, mientras estemos vacíos e interesados solamente en Dios, no podremos ser distraídos. Pues nuestra misma pobreza nos impide que seamos “tironeados” (dis-traídos).

Si la luz que está en ti es oscuridad...

Supongamos que mi “pobreza” sea un hambre secreta de riquezas espirituales; supongamos que al simular la vaciedad, al simular que estoy en silencio, en realidad trato de adular a Dios enriqueciéndome con alguna experiencia ¿entonces qué? Entonces todo se convierte en una distracción. Todas las cosas creadas interfieren mi búsqueda de alguna experiencia especial. Debo cerrarles la puerta, o me harán pedazos. O peor: me convierto en una distracción. Pero, lo más desdichado de todo: si la plegaria se centra en mí mismo, si sólo aspira al enriquecimiento de mi propio ser, mi plegaria será mi mayor distracción potencial. Lleno de mi propia curiosidad, he comido del árbol del conocimiento y me he arrancado de mí mimo y de Dios. Me quedo rico y solo, y nada puede aliviar mi hambre: todo lo que toco se vuelve una distracción.

Dejadme buscar

el don del silencio, la pobreza y la soledad,

donde todo lo que toque

se convierta en plegaria;

donde el cielo sea mi plegaria,

los pájaros sean mi plegaria,

el viento en los árboles sea mi plegaria,

pues Dios está en todas las cosas.

Para que esto suceda debo ser realmente pobre. Nada debo procurar, sino que debo contentarme con lo que reciba de Dios. La verdadera pobreza es la del mendigo que se alegra de recibir limosnas de cualquiera, pero especialmente de Dios. La falsa pobreza es la del hombre que simula poseer la autosuficiencia de un ángel. Por esta razón, la pobreza verdadera consiste en recibir y dar gracias, sólo conservar lo que necesitamos consumir. La falsa pobreza simula no necesitar, simula no pedir, se esfuerza por procurarlo todo y rehúsa la gratitud por cualquier cosa.